El Guardián de Ángeles (Jamie Johansson 1) 39
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Jamie se levantó de la silla, exhausta.

Sin embargo, Jamie tenía que encontrarla. La nota que le había dejado su padre decía que había dejado cosas para ella.

Y si estaban en algún sitio, debía ser allí.

Simplemente estaba segura de ello.

Él no se arriesgaría a dejar nada en la casa por si era su madre quien lo encontraba. Pero a su madre nunca se le ocurriría irse de acampada.

Asentía con la cabeza, bañada por la luz cegadora de la lámpara.

Hacía que le doliesen los ojos.

Jamie miró su reloj: eran ya casi las seis de la tarde y, una vez más, tenía el estómago vacío. Suspiró, se frotó los ojos y se puso a pensar en qué cenar. Suecia tenía casi cien mil lagos y visitarlos uno por uno hasta encontrar la cabaña no era la solución.

Pero no se le ocurría nada mejor en aquel momento, aunque tampoco lo necesitaba.

La cabaña podía esperar.

Eriksson seguía ahí fuera y el caso estaba lejos de estar cerrado. Cada minuto que pasaba era un minuto más cerca del siguiente cadáver. La siguiente víctima. La siguiente chica.

Y, sin tener ninguna nueva pista sobre Nyström, tampoco estaba más cerca de encontrarlo.

En cuanto al paquete de su padre, había esperado veinte años. Podía esperar unas semanas más.

Por ahora se limitaría a volver al hotel y comer algo. Se daría un baño caliente y dormiría a pierna suelta. O al menos tan bien como fuera posible. Cerrar los ojos solo significaba estar sola con las cosas que habitaban en su cabeza. Las cosas que había hecho.

Tenía que admitir, por mucho que le disgustara, que volver a trabajar en un caso le permitía concentrarse. Tener un propósito. Así conseguía bloquear los pensamientos intrusivos mientras estaba despierta, pero no podía hacer gran cosa cuando dormía.

Jamie guardó las fotos en el cuaderno, tanto la de su padre y Robert Nyström como la otra donde estaban solos ella y su padre, junto con algunas otras que no quería dejar tampoco allí, y se dirigió a la puerta.

Apagó la lámpara que tenía sobre la cabeza, constató que un profundo y punzante dolor le crecía detrás de los ojos, y abrió la puerta del despacho de su padre.

Jamie sintió un escalofrío que le recorrió el cuerpo y le erizó la nuca. Y no se debía tan solo a la temperatura cercana a los cero grados que había en la casa.

Contuvo la respiración y miró fijamente hacia el comedor a oscuras.

La mesa era solo una losa negra frente a ella, el aparador con las ventanas acristaladas, los estantes de vidrio y las jarras habían adquirido un contorno fantasmal, debido a que los rayos de luz más tenues resaltaban los bordes de las botellas.

Pero era la ventana lo que tenía a Jamie paralizada.

Estaba encajada entre el arco que daba a la cocina y el mueble y debía medir unos sesenta centímetros de ancho por noventa de alto.

Tenía las contraventanas cerradas. Jamie apenas podía distinguir las pálidas líneas de sus lamas.

Apenas dejaban pasar la luz naranja de las farolas de la calle, que trazaba rayos que atravesaban el polvo.

Solo podía ver a través de ellas desde ese ángulo y tan solo uno o dos milímetros entre cada lama. Apenas nada. Nada, de hecho. Y, sin embargo, su cerebro le decía que no moviera ni uno solo de sus malditos músculos.

Era oscuridad sobre oscuridad y apenas un ligero toque amarillo.

Sombra en ausencia de luz. Vacío que apenas percibía la vista.

Pero algo reclamaba su atención casi a gritos.

Algo que le helaba la sangre, tensaba sus músculos y los llenaba de sangre debido a la aceleración del corazón, que le inducía a clavar los talones en el suelo para ganar tracción y cerrar los puños.

Jamie entrecerró los ojos y se obligó a tomar aire, sin atreverse a apartar la mirada.

Y en ese momento la oscuridad se movió.

Fue tan solo una ondulación más allá de las contraventanas en el velo de la noche. El aleteo de una capucha o el revoloteo de unos cabellos. No importaba qué era exactamente. Pero era alguien a la carrera.

Y ahora también Jamie había salido disparada.

Se lanzó hacia delante por instinto y luego giró a la izquierda para entrar en la cocina, lo que le obligó a apartar una de las sillas mientras se deslizaba por el suelo de baldosas hasta alcanzar el pasillo.

El sonido de los pasos que chapoteaban en la nieve resonó a través de las ventanas cerradas, y llegó hasta Jamie desde la ventana derecha de la cocina, luego desde la ventana delantera y a continuación a través de la puerta principal cuando hubo llegado al porche.

Jamie abrió la puerta de un empellón y se pegó a la pared interior por si la figura iba armada. Pudo observar cómo la sombra se tambaleaba camino de la valla en el límite del jardín delantero, sin dejar de salpicar todo de nieve mientras avanzaba a grandes zancadas.

Toda la valla, podrida por el paso del tiempo, se balanceó violentamente cuando la persona se apoyó en ella, saltó por encima y cayó del otro lado, lo que le hizo tropezar antes de conseguir recuperar el equilibrio.

Jamie se impulsó hacia delante, a toda velocidad, por el camino helado, las suelas de sus botas luchaban por agarrarse al suelo mientras salía lanzada hacia la calle.

Se deslizó hasta el bordillo, entrecerró los ojos para ver mejor en la oscuridad, pero no había ni rastro de la figura.

Mierda.

Jamie se dio la vuelta y rodeó uno de los coches de los vecinos, y entonces vio el extremo de un abrigo entre dos parachoques, a unos veinte metros de distancia.

Llenó sus pulmones de aire y echó a correr por la calle a toda velocidad para recuperar terreno.

La figura se dirigía hacia la ciudad. Había acaso un kilómetro más o menos antes de que las casas y los jardines dieran paso a bloques de apartamentos y oficinas, y el tipo se movía rápido.

Jamie resbaló, se abrió paso entre los dos coches y cruzó a la acera de enfrente.

Miró a izquierda y derecha, en busca de algún indicio.

¿Era la misma persona que había visto merodear en el callejón frente al hotel?

¿Quizá la misma persona que la había disparado en casa de los Gunnarson?

¿Per Eriksson, el sacerdote de unos cincuenta años con problemas de espalda?

Por cómo se movía no podía ser él. Aunque ya se había equivocado antes.

Jamie se detuvo y aguzó el oído en busca de cualquier sonido o señal de movimiento.

Los coches pasaban ahora lentamente, volviendo del trabajo.

Las ventanas de las casas estaban iluminadas y proyectaban destellos sobre los jardines.

Las voces se propagaban junto al sonido de los televisores y las familias que se reunían para cenar.

Mierda, iba a perderlo.

Algo resonó y ella giró la cabeza con un movimiento brusco: dos casas más arriba, vio bajo las farolas el destello del metal de una puerta cerrándose.

Jamie echó a correr de nuevo.

Saltó una valla baja y entró en el jardín de alguien, con la confianza de que sus pies tendrían más agarre sobre la nieve que en el pavimento helado.

Levantaba mucho las rodillas y los talones casi le rozaban las corvas mientras corría por el barro, cegada por la espesa nube de vapor que soltaba en cada exhalación.

Estaba en forma, más que la mayoría, pero correr con esas temperaturas era complicado. El aire era como una cuchilla en los pulmones, tenía la sensación de que le desgarraba la garganta. Sintió una presión en el pecho, como si fuera a cerrarse.

Jamie ignoró todo aquello, saltó una valla divisoria y su cadera rozó la malla metálica al pasar por encima.

Esta crujió y se tambaleó sin control mientras ella ajustaba su rumbo y se acercaba a la puerta.

Sus pies se liberaron de la nieve y atravesó la puerta, que golpeó la pared y se cerró detrás de ella. Cuando quiso darse cuenta se encontró en el lateral de una casa, pero no dejó de correr, con los puños se impulsaba en el aire gélido.

Sonó un golpe y luego, más adelante, resonó el eco, y Jamie dobló la esquina y entró en el jardín trasero, momento en que vio cómo la figura se ponía en pie a toda prisa y volvía a salir corriendo.

Un balancín de plástico con forma de triceratops había quedado volcado del revés sobre la hierba, pero el hueco en la nieve del suelo le indicó a Jamie que alguien se había caído de bruces al tropezar con el obstáculo.

Sin perder tiempo, acortó distancias y atropelló al tipo justo cuando una luz de seguridad se encendió sobre sus cabezas e iluminó todo el jardín.

La figura resbaló, buscó una salida y luego se encaminó hacia la valla trasera.

Se agachó entre unos columpios infantiles y luego saltó sobre la valla de listones de la parte trasera, luchando con los dedos de los pies para trepar por ella.

Pero Jamie estaba demasiado cerca y era demasiado rápida.

Rodeó los columpios y dio tres grandes zancadas, como dando patadas al aire.

Sus puños alcanzaron la parte trasera de la chaqueta de la figura, justo a la altura de los hombros, y el repentino aumento del peso arrancó la valla de sus goznes.

Jamie y el hombre cayeron hacia atrás, golpearon en el suelo y quedaron tendidos de espaldas.

La figura reaccionó con rapidez, tras echar un vistazo de reojo, con el rostro oculto por una máscara que le cubría los ojos y un gorro negro que le cubría la frente, y levantó el brazo derecho.

Levantó el puño sobre Jamie y, como un mazo, lo descargó hacia su cara.

Ella se protegió y recibió el golpe en los antebrazos. Luego rodó mientras la figura intentaba ponerse en pie de nuevo, entre resbalones y piruetas sobre la nieve, con las manos y los talones dejando profundos hoyos en la tierra, lo que salpicaba todo de barro.

Pero Jamie fue más rápida y ya estaba de pie.

Volvió a avanzar y placó al hombre para devolverlo al suelo, le golpeó con el hombro en medio de la espalda y le obligó a quedar boca abajo.

Sus piernas se agitaban y sus brazos se movían buscando liberarse, pero fue en vano.

Jamie le presionó con la rodilla derecha en la parte baja de la columna y le agarró las manos.

Dio un tirón a la mano derecha del hombre hasta sacarla de la oscuridad y se la dobló detrás de la espalda, luego lo inclinó hacia la izquierda al mismo tiempo para que su otro brazo no pudiera hacer nada más que doblarse torpemente contra la tierra.

Gritaba de dolor, pero el grito quedó amortiguado cuando Jamie empujó su mano libre contra la nuca y le presionó la cara contra la nieve. De su frente caían gotas de sudor mientras lo reducía.

Jadeaba con dificultad y luchaba por mantenerse encima de él, hasta que un rápido giro de la muñeca capturada le hizo detenerse y al fin comprendió que no podía escapar.

Una voz se alzó desde la nieve.

—¡No me mates! —gritó, a lo que siguió un gemido lastimero.

Pero no era la voz de un hombre.

Jamie liberó un poco la muñeca y la desdobló, al tiempo que se alzaba lo justo para poder dar la vuelta a la mujer que tenía debajo.

Antes de que pudiera intentar nada, Jamie le tiró del brazo hacia abajo y se lo inmovilizó bajo la rodilla, sentada a horcajadas sobre el abdomen de la mujer.

—No puedo… no puedo respirar —dijo sin aliento y se llevó la mano libre a la cara para bajar el pasamontañas hasta la barbilla.

Tenía los ojos cerrados y su pecho subía y bajaba bajo la pesada parka.

Tenía la piel pálida, enrojecida por el aire helado, y el cabello oscuro y rizado le sobresalía por debajo del borde del gorro.

Jadeaba con violencia, sin dejar de toser y balbucear.

Aun así, Jamie no aflojó la presión. Simplemente esperó hasta haber recuperado el aliento y mantuvo los puños preparados en una posición de ataque por encima de la cabeza de la mujer.

—¿Quién eres? —instó Jamie, que sentía el frío helado de sus vaqueros empapados hasta las rodillas.

Ambas estaban inmersas en un mar de vapor. Se desprendía de su piel expuesta al frío, brotaba de sus narices y bocas.

—Yo… yo… —comenzó la mujer, entre tartamudeos.

Jamie se inclinó sobre la muñeca de la mujer, y la aplastó bajo su rodilla.

Ella chilló de dolor.

—¡Suéltame!

—¿Quién eres? —volvió a preguntar Jamie.

—Me llamo… ¡Me llamo Rachel, Rachel Engerman! —casi lo gritó, sus dientes apretados por el dolor.

—¿Y quién eres tú, Rachel Engerman? Y, lo que es más importante —dijo Jamie en voz baja pero aun así áspera y le clavó más incluso la rodilla—, ¿por qué me sigues?

Las lágrimas inundaban los ojos de Rachel, que sollozaba de dolor mientras agitaba la mano libre con violencia, sin saber qué más hacer.

Ahora parecía que no tenía intención de hacer daño a Jamie.

—Es por Hanna —dijo, entre sollozos—. Yo maté a Hanna Lundgren.