El Guardián de Ángeles (Jamie Johansson 1) 38 #2
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Estaba allí de pie, sostenía el Remington Modelo 700 de su padre, sonreía.

Su padre no podía parecer más feliz. Ella siempre odió la caza.

Nunca le gustó la idea de matar por deporte.

A su padre tampoco. Todo lo que cazaban era para comérselo más tarde.

Su padre destripaba la presa allí mismo, en el bosque, con su cuchillo, un hermoso cuchillo de caza con mango de cuerno de ciervo que llevaba en una funda en la parte trasera del cinturón.

Lo llevaba tanto cuando trabajaba como cuando iba de caza. Nunca se separaba de él.

Jamie no sabía dónde podía estar ahora. No lo había encontrado cuando revisó el despacho por primera vez.

Probablemente su madre lo tenía con el resto de las cosas de su padre.

Las debió recoger en la oficina del forense cuando identificó el cuerpo antes del funeral.

Jamie nunca vio lo que había en aquella bolsa.

Su madre se lo había ocultado y luego le dijo que lo había tirado todo.

—No había nada que quisieras conservar —le dijo.

Jamie se dio cuenta ahora de que su madre probablemente también había mentido sobre eso.

Exhaló con fuerza, la vista puesta en su padre.

El ciervo era su animal favorito. A veces acechaban una presa durante días. Se trataba de abatirlo de un disparo certero solo cuando estaba garantizado darle al objetivo. «En el corazón», decía, y señalaba a su pecho. «O en la cabeza». Y entonces se llevaba a la sien la mano como si fuera un arma.

Ella no pudo evitar reír con sarcasmo al imaginar aquello, ante la cruel ironía de estar sentada a tres metros de la pared manchada de sangre, y luego sintió que los ojos le ardían por las lágrimas.

Se los secó y volvió a observar la foto, a evocar aquel fin de semana. Rescatarlo del tumulto de su infancia.

Él tenía un brazo alrededor de ella y el otro cruzado sobre el cuerpo, apoyado en su hombro. Miró la imagen más de cerca y se fijó en el anillo de su padre. A su madre siempre le había molestado que lo llevase, ya que él siempre se negó a llevar un anillo de matrimonio.

Era una tradición familiar, lo había llevado su padre antes que él. Grande, de metal, con un sello. A menudo bromeaba con que aquel anillo era un excelente recordatorio para que los malos no volvieran a pasarse de la raya.

A ella aquello siempre le pareció genial. Divertido. Valiente. Emocionante.

Ahora entendía lo que significaba en realidad.

Pero aquello formaba parte de su padre, para bien o para mal.

Sobre todo para mal.

La foto permaneció entre sus dedos y entonces se dio cuenta de que en aquella foto no solo estaban su padre y ella. Aquella foto implicaba la existencia de una tercera persona: Nyström. El hombre detrás de la cámara.

La escudriñó en busca de cualquier otra cosa que pudiera reconocer y vio la tierra que se desdibujaba detrás de ella y su padre, el lago al fondo, la débil luz bloqueada por las nubes que se reflejaban en la superficie.

Parecía estar en un valle ondulado plagado de alerces, con una estrecha franja de agua que se extendía hacia el horizonte.

Una pequeña cabaña se alzaba en la orilla más cercana del lago, de cuya chimenea salía una columna de humo. Jamie apenas distinguía la pequeña silueta del coche de su padre en la grava que había delante.

Jamie frunció el ceño, tenía que esforzarse para recordar la cabaña.

Y, de repente, el recuerdo se aclaró. Era una vieja cabaña de caza, húmeda y austera.

La savia rezumaba de las paredes y las superficies interiores eran rugosas, la corteza estaba sin desbastar.

Las juntas habían sido selladas con resina y el techo inclinado estaba siempre cubierto de telarañas.

Jamie recordaba estar tumbada en la litera superior, boca arriba, atenta al correteo de las arañas a lo largo de sus telas plateadas bajo la luz de la lámpara, fascinada y sin el menor miedo.

La cabaña no tenía electricidad, tampoco agua corriente. Nyström y su padre llenaban jarras de plástico con agua del lago y la hervían cada mañana sobre el fuego que crepitaba en la chimenea de piedra.

La cabaña no tenía dueño. Había sido construida hacía mucho tiempo por quienes pasaban por allí y la mantenían quienes pernoctaban en ella.

No le costaba imaginar a Nyström y a su padre haciendo reparaciones durante el verano para eliminar las goteras del techo de madera mientras ella lanzaba piedras al lago.

Una idea brotó entonces en la cabeza de Jamie. Metió la mano en el bolsillo para sacar el cuaderno de su padre.

Pasó rápido algunas páginas, sin soltar la fotografía, y se detuvo en la entrada que buscaba, para releer la nota que le había escrito a ella. Las palabras decían: «Hay cosas que quiero que tengas. Que es posible que te quitasen. Cosas que solo tú puedes encontrar. Sé que lo harás. Algún día » .

Jamie volvió a revisar la fotografía y analizó aquella pequeña cabaña.

Estuvieron allí una vez, hacía frío. Jamie lo recordaba.

Solos su padre y ella. La nieve había golpeado las ventanas.

Es posible que fuera Navidad, Jamie no lo sabía con certeza.

El fuego era escaso y se acurrucaban junto a él.

Su padre había apoyado los finos colchones de las literas contra la ventana y la puerta para impedir que entrara el viento.

Habían preparado sopa y bebido chocolate caliente, y durante casi dos días se dedicaron a conversar.

Sobre la vida de su padre, sobre lo que Jamie quería hacer cuando fuera mayor.

Sobre todas las cosas que ella quería ser.

Él le había dicho que hiciera una lista, que escribiera una carta a su yo futuro.

Que en ella le contase a ese yo por llegar todas las cosas que quería hacer.

Recordaba algunas de ellas: quería ser patinadora artística, no, jugadora de hockey.

Era su madre quien quería que hiciera patinaje artístico y no hockey.

Ella quería ser cuidadora de zoológico o guardabosques en África.

Alguien que protegiera a los elefantes y rinocerontes de los furtivos.

Jamie se mordió el labio, rebuscaba en lo más profundo de su mente.

Quería ser detective, como su padre, por supuesto.

Y quería participar en los Juegos Olímpicos, sí, eso era. Biatlón, esquí y tiro. A su padre le encantaba el biatlón. Ella había entrenado muy duro durante los últimos años en Suecia. Después de mudarse a Inglaterra, su madre se había negado a dejarla continuar.

Jamie sintió cómo la ira, la tristeza y luego el arrepentimiento brotaban en su interior.

Al dejar atrás a su padre también se había dejado atrás a sí misma.

Jamie dejó escapar un suspiro entrecortado y reunió la fuerza necesaria para volver a aquella cabaña, a los dedos temblorosos y helados de una niña de once años que garabateaba en aquel papel mugriento.

¿Qué había hecho con él?

Su padre también había escrito una carta, pero no le dejó leerla. Porque ella no le dejó leer la suya.

Ahora se reía de todo aquello. Dios, podrían haberse congelado hasta morir allí dentro.

El lago se congeló en cuestión de horas, la temperatura había descendido rápidamente con la llegada de la tormenta, una de las más feroces que había azotado el país.

En aquel momento ni siquiera había pensado en el peligro.

Allí, con su padre, nada podía hacerle daño.

Cerró los ojos para revivir esos momentos.

Cuando terminaron, él recogió ambos papeles, dobló aquellas cartas, las metió dentro de un trozo de cuero y lo enrolló todo.

Luego lo ciñó con una cuerda y le pidió que pusiera el dedo en el nudo mientras él ataba el lazo.

A continuación, levantó una de las tablas del suelo con su cuchillo de cuerno de ciervo y colocó el paquete debajo.

—Volveremos aquí dentro de veinte años y encontraremos estas cartas. Y veremos en quién te has convertido. Quién sabe, quizá incluso traigamos aquí a tu hija —dijo.

Jamie había emitido un sonoro y prolongado «agggggh» para expresar su disgusto ante la idea de tener sus propios hijos. El ruido que haría ahora al pensar en ello no sería muy diferente.

Bajó la foto lentamente.

—Hay cosas que quiero que tengas. Que es posible que te quitasen. Cosas que solo tú puedes encontrar. Sé que lo harás. Algún día —dijo en voz alta para sí misma.

Giró la silla para mirar la mancha casi negra en la pared y contuvo las lágrimas.

—¿Qué cosas, papá? ¿Qué cosas?