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Jamie accedió al lóbrego interior, el denso olor a polvo aún flotaba en el aire.
Todo el lugar parecía haber sido profanado.
Los forenses lo habían registrado todo. Láminas de plástico se extendían en cada habitación y formaban pasarelas por las que habían caminado.
Había polvo para localizar huellas esparcido por todas las superficies y las pequeñas pegatinas de papel blanco que marcaban los objetos que debían revisarse en busca de huellas o bien ser fotografiados antes de dejarlo todo catalogado, estaban distribuidas por toda la casa.
Tal vez aquella fuera ahora su casa, pero nunca se había sentido tan lejos de ella como en aquel momento.
—Muy bien, Robert —murmuró Jamie tras cerrar la puerta una vez estuvo dentro—. ¿Dónde estás?
Jamie sacó su teléfono del bolsillo y encendió la linterna.
De camino le había enviado un mensaje a Hallberg para pedirle cualquier información útil que tuvieran sobre Nyström.
Pero parecía que llevaba una vida austera.
Su apartamento estaba libre de hipotecas, su coche estaba pagado y se las arreglaba con su pensión y algún que otro trabajo ocasional como consultor para la policía.
Los forenses habían registrado su apartamento, pero no habían encontrado nada útil.
Ni partículas, ni fibras, ni huellas, ni ADN.
Aunque no se sorprendió, porque conocía las circunstancias de los otros secuestros.
Eriksson era hábil, inteligente y tenía mucha experiencia.
Y, quizá lo peor de todo, carecía de toda pretenciosidad, siempre era amistoso.
Un condenado sacerdote, por el amor de Dios.
El disfraz perfecto. Por si eso no fuera suficiente, tampoco había cámaras de seguridad dentro del edificio de Nyström.
Había dos salidas, varias direcciones por las que podrían haber escapado y tampoco se sabía nada sobre la hora exacta del secuestro.
Los vecinos dijeron no haber oído nada fuera de lo normal y tampoco nadie había visto nada.
Era como si Nyström se hubiera desvanecido en el aire.
Todo lo que tenían era la borrosa fotografía de la cabina de peaje, que solo servía para saber a qué hora había pasado por allí el coche.
Lo cual podría haber sido una hora o un día después del secuestro de Nyström.
Probablemente lo segundo, porque no se había registrado su paso en sentido contrario y disponía de al menos otras cuatro rutas para salir de la ciudad sin ningún peaje.
La foto les indicaba que el conductor quería que su paso quedara registrado.
Y eso les hacía pensar que su intención era obviamente desorientarlos.
O tal vez no, tal vez no era tan obvio. Acaso se tratase de un doble, triple o cuádruple engaño.
En resumen: no significaba nada. Solo un elemento más para asegurarse de que no supieran qué camino seguir en esta investigación.
Y con el caso del Guardián de Ángeles ya en los noticieros de todo el país, el asesinato de Åsa Gunnarson en todas las portadas de los periódicos, la foto de Emmy Berg en todos los tabloides, Leif Lundgren bajo protección policial, todos los agentes de criminalística de la ciudad rebotando de escena del crimen en escena del crimen como bolas de un pinball , el principal sospechoso fugado con todos los coches patrulla de aquí a Svalbard en su busca, y ahora Asuntos Internos pisándole los talones al investigador principal, el caso estaba a punto de hacer estallar las costuras de la Policía de Estocolmo como no había sucedido nunca.
Per Eriksson no hacía más que dar vueltas a su alrededor y Jamie no podía evitar sentir que les estaba haciendo caminar en círculos a propósito.
Cada pista parecía perderlos todavía más en aquel laberinto, y cada hipótesis que planteaban solo servía para abrir un nuevo abanico de posibilidades que se sumaban a las existentes.
Habían sido cuatro días agotadores, difíciles y peligrosos, y Jamie no creía que las cosas fueran a mejorar.
Robert Nyström había quedado perdido en todo aquel torbellino. Un hombre que había dedicado su vida a atrapar a bastardos como Per Eriksson. Un hombre que había trabajado junto a su padre para meter a Sjöberg entre rejas. Un hombre al que todo el mundo parecía haber olvidado.
Jamie se detuvo ante la puerta abierta del despacho de su padre, respiró hondo y entró.
Dentro estaba oscuro. El despacho no tenía ventanas, su padre se había asegurado de que así fuese. Quería un lugar completamente inaccesible. La puerta era pesada y también tenía un cerrojo. Por si acaso.
Jamie iluminó con su teléfono el espacio que la rodeaba, su pálida luz proyectaba un resplandor fantasmal, y luego se detuvo al ver un pequeño foco led a pilas que había sido fijado en la parte superior de la puerta.
Estaba colgado de su parte trasera. Sin duda, los forenses lo habían colocado allí mientras hacían su trabajo y se les había pasado por alto a la hora de recoger.
A Jamie no le molestó el descuido. Empujó la puerta y se estiró para llegar al interruptor, que la dejó cegada cuando al fin lo encendió.
Proyectaba un resplandor intenso y carente de sombras que alcanzaba todo, por lo que ella apenas atinó a maldecir antes de apartarse de la luz y apretar las palmas de las manos contra las cuencas de los ojos.
«Hijo de la gran puta», murmuró hasta que dejó de ver resplandores que parecían estrellas y pudo regresar a la habitación.
Ahora todo estaba iluminado.
Suspiró, sin saber qué buscaba exactamente ni por dónde empezar.
Su infancia era difusa para ella: se reducía a unas instantáneas repetitivas de sus padres entre discusiones, o bien ella sentada en el escritorio de su padre en el trabajo, de su padre dormido en el sofá, de su madre cuando daba un portazo y salía furiosa de la casa, de ella parada en lo alto de las escaleras mientras ellos se movían por la casa inmersos en un torbellino de palabrotas y lágrimas.
Jamie se sacudió aquellos recuerdos de la cabeza y decidió continuar.
Con cada lomo de libro que leía, cada superficie que acariciaba con la mano y cada cajón que abría, su infancia se partía en dos y revelaba los secretos que ocultaba. Con cada minuto que pasaba en suelo sueco, la coraza se agrietaba poco a poco y, muy pronto, todo quedaría al descubierto.
Se preguntaba si bajo aquella coraza lograría encontrar recuerdos de Robert Nyström y el caso del Guardián de Ángeles. O si tan solo le serviría para descubrir nuevos motivos por los que había reprimido la primera década de su vida.
Jamie revisó de un vistazo la habitación antes de acercarse al escritorio de su padre. No parecía que los forenses se hubieran llevado nada durante el registro, y todo lo que habían tocado y movido había sido colocado de nuevo en su sitio.
Aun así, se sentía violada.
Jamie se sentó en el escritorio de su padre, la vieja silla chirrió de modo horrible mientras ella trataba de retrotraerse al pasado para imaginar a Robert Nyström.
Pero no tuvo que esforzarse demasiado. Se fijó en que, detrás del escritorio, debajo de las estanterías, había unas fotografías clavadas en la pared.
Dejó que sus ojos se posaran en la foto de dos hombres con equipo de pesca que sostenían un pez entre ellos.
Era un lucio de río de un metro de largo.
Un gädda. A la derecha estaba su padre: casi uno noventa, corpulento, rubio y con los ojos azul pálido, con la cara enorme y los dientes anchos que a Jamie siempre le recordaron a los de un caballo de tiro.
A la izquierda estaba Robert Nyström. Era dos centímetros y medio más alto que su padre, pero la mitad de ancho.
Tenía los hombros estrechos y la cabeza apepinada.
Su barbilla estaba muy marcada y llevaba el pelo corto.
En aquella foto el pelo estaba ya casi blanco, aunque solo tendría unos cuarenta años.
Jamie no recordaba haberle visto con otro aspecto.
Pero eso probablemente se debía a que ella se fijaba más en las cejas.
Los pómulos prominentes, junto a las grandes cejas, oscuras y tupidas, de las que un búho real se sentiría orgulloso, hacían que sus ojos parecieran hundidos.
En la foto estaba sonriendo. Al igual que su padre.
Jamie extendió la mano y descolgó la foto de la pared, sin preocuparse por el sonido de la alcayata al caer detrás del escritorio.
La estudió de cerca.
Su padre y Nyström hacían muchos viajes como ese. Para pescar o cazar. Cada invierno viajaban al norte para pescar en el hielo cerca de un pequeño pueblo llamado… Jamie se recostó en la silla, tratando de recordar su nombre. Pero, por más que lo intentaba, no daba con él. Empezaba por «V», pensó.
Suspiró y se recostó, luego le dio la vuelta a la foto y se rio de sí misma. En el reverso estaban escritas las palabras «Vemdalen, 1992». Jamie tendría nueve años.
Se acercó a las otras fotos y las examinó.
Sintió un nudo en la garganta al verse a sí misma junto a su padre.
En una era apenas un bebé, en otra ya una niña pequeña, de unos cinco o seis años, y en una tercera aparecía convertida en una adolescente.
Su madre brillaba por su ausencia en todas ellas.
Jamie se detuvo en la última y la miró. Ella y su padre estaban de pie en un peñasco que se levantaba sobre un lago. Tendría unos trece años. Dios, eso debió de ser durante la investigación de los crímenes del Guardián de Ángeles.
Jamie entrecerró los ojos, esforzándose por recordarlo todo.