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Jamie volvió a la central y luego se dirigió al aparcamiento subterráneo para recoger su coche.
No había ni rastro del Volvo de Wiik y tampoco había sabido nada de él en la última hora.
El sol ya se había puesto y la oscuridad era intensa.
Pensó en llamarlo, pero decidió no hacerlo.
Sin duda estaba en medio de una conversación muy seria con Falk, y tal vez, incluso con los de Asuntos Internos.
A Jamie le había preocupado que Wiik se hubiera pasado con Lindvall y se había demostrado que su corazonada era correcta. Ojalá hubiera intervenido antes.
A la División de Investigaciones Especiales, si se parecía en algo al Departamento de Comportamiento Profesional de la Policía Metropolitana de Londres, no le importaría un carajo la investigación en curso y se pondría a meter las narices en la vida de Wiik.
Por la forma en que se había escabullido, tenía toda la pinta de que ya estaban en ello.
Jamie no se inmiscuiría. No era solo que no fuera su compañero, es que ni siquiera pertenecía a ese cuerpo de policía.
Tampoco era este su país. Se quedó junto a su coche, reflexionando.
Durante el arresto de Lindvall ella le había hecho tropezar y luego lo había noqueado.
¿Algo de todo esto la salpicaría? No, no había hecho más que defenderse.
Él se había abalanzado sobre ella. Estaba a salvo. Al menos así lo esperaba.
Jamie se subió al coche, arrancó el motor y puso la calefacción al máximo. Había estado demasiado tiempo dando vueltas en la intemperie y sentía que se le había metido el frío en los huesos.
La pregunta ahora era: ¿qué demonios iba a hacer el resto de la tarde?
La investigación estaba estancada. Gunnarson se había cerrado en banda.
Leif Lundgren estaba bajo vigilancia. Hallberg estaba ocupada poniéndose en contacto con los padres de las víctimas originales para tomarles declaración.
Per Eriksson seguía en paradero desconocido.
Y aunque Jan Hansen era un gilipollas integral, eso no constituía un delito.
Los técnicos tendrían que revisar los dispositivos electrónicos de los Hansen e informarles a Wiik y a ella de los resultados.
Con suerte, sería antes de que llevaran a William a la comisaría la mañana siguiente.
Sospechaba que Jan Hansen ya habría contratado a un abogado para entonces.
Pero Anna había firmado el formulario y accedido a que se interrogase a William.
Jan Hansen no tenía motivos para impedirlo, a menos que tuviera algo que ocultar.
Ella se reservaba su opinión hasta que los técnicos revisaran su ordenador, pero solo pensar en aquel cabrón le ponía los pelos de punta.
Solo le quedaba Robert Nyström para ocupar su cabeza. Era la única pieza que faltaba en el rompecabezas, el único delito que todo el mundo parecía pasar por alto.
El primer delito de aquella enredada trama.
Alguien había secuestrado a un antiguo policía y a nadie parecía importarle.
Pensó en él mientras esperaba a que se desempañara el parabrisas.
Había sido un buen amigo de su padre. Y también suyo. La escena había sucedido incontables veces: un coche se paraba en la puerta de casa y Robert Nyström entraba por la puerta con su padre en brazos, borracho perdido, apenas consciente, y lo dejaba acostado en el sofá.
O todas las veces que había sacado a su padre de una situación comprometida: había defendido en el trabajo que estaba sobrio cuando estaba borracho perdido, o había mentido a la madre de Jamie sobre dónde se encontraba su marido.
También le traía chocolate caliente cuando su padre la dejaba en su escritorio para ir a emborracharse o a drogarse en mitad del día.
Siempre le revolvía el pelo y le decía: «Oye, ¿quieres jugar con mi pistola?» y luego se la quitaba en el último momento. «Quizá cuando seas mayor», añadía y le volvía a revolver el pelo.
Ella siempre había odiado que lo hiciera. Pero era un buen tipo.
Jamie se sentía triste por él porque trabajaba hasta muy tarde, se quedaba en su escritorio después del horario laboral, cuando todos los demás detectives se habían ido a casa.
Mucho más tarde se dio cuenta de que lo hacía por ella.
Se quedaba para vigilarla cuando su padre desaparecía.
Sin decir nada, sin esperar que alguien se lo agradeciese.
Simplemente porque era un buen hombre. Dios, era el mejor. Y ahora se lo habían llevado.
Jamie se apartó el pelo de la frente, sentía un apretado nudo en el estómago.
Diablos, seguramente estaba muerto en alguna zanja. Enterrado en una tumba poco profunda.
Pero ella podía encontrarlo.
Y no tenía nada más que hacer.
Jamie soltó el freno de mano, metió primera, salió del aparcamiento y avanzó sigilosa a través de la helada ciudad de Estocolmo.
Su ciudad.
A través de las calles heladas.
Sus calles.
Hacia una casa helada.
La suya.