El Guardián de Ángeles (Jamie Johansson 1) 35 #2
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—Sí, al final regresaba. Sabía dónde guardábamos la llave de repuesto del portón y de la puerta trasera. Normalmente se colaba cuando era de noche y me la encontraba en la cama por la mañana.

—¿Y qué aspecto tenía cuando regresaba?

—¿Qué quiere decir?

—Los niños que se fugan no suelen intentar volver, a menos que les haya pasado algo o…

—Oh, no. No creo que fuera nada de eso —dijo Anna, que parecía desechar esa idea—.

Creo que simplemente se dio cuenta de que aquí estaba más segura que fuera, ¿sabe?

Para una chica de su edad. No me decía adónde iba ni por qué se marchaba…

Pero yo confiaba en que ya me lo contaría cuando estuviera preparada para hacerlo. Pero nunca… tuvo la…

Anna Hansen rompió a llorar en silencio.

Jamie se armó de valor. Tenía que mantener la distancia. Se aclaró la garganta, bajó la mirada, ordenó sus pensamientos y volvió a hablar.

—Acoger a niños puede ser una tarea muy difícil. Puede consolarse con el hecho de que le proporcionó un entorno sólido, fiable y seguro. Pero las chicas como Emmy, una vez han pasado mucho tiempo en el sistema, deben vencer muchos obstáculos para confiar en los demás.

Anna asintió sin dejar de llorar.

—¿Por casualidad Emmy tenía teléfono? ¿Intentó ponerse en contacto con ella mientras estaba fuera de casa?

Anna negó con la cabeza.

—No, le di un teléfono —dijo con voz entrecortada—. Pero Jan dijo que lo había vendido…

Jamie maldijo para sus adentros, pero decidió seguir adelante, consciente de que no le sobraba tiempo.

—¿Sabe adónde podría haber ido? ¿Tenía amigos o contactos en la ciudad?

Anna volvió a negar con la cabeza.

—No, William es… Tiene amigos, ya me entiende, pero a Emmy… le costaba relacionarse con la gente. Era una persona nerviosa. Callada. Le gustaba estar sola.

—Sé lo que se siente. La vida puede ser dura a esa edad —dijo Jamie con sinceridad. Su infancia había sido mejor que la de algunos y peor que la de otros. Sin embargo, en comparación con la de chicas como Emmy, había sido coser y cantar.

Anna asintió con la cabeza.

—Después de lo del teléfono, Jan dijo que no podíamos darle ni portátil ni tele ni nada de nada, así que Emmy se dedicaba sobre todo a leer cuando estaba aquí.

Jamie tragó saliva.

—El señor Hansen dijo que salía a menudo, ¿sabe dónde iba? ¿Lo hacía de día, también de noche?

—De noche, sobre todo. Salía antes de que Jan llegara a casa y volvía después de que él se hubiera acostado. Él siempre cerraba la puerta con llave, decía que así aprendería a controlar la hora. Pero yo siempre dejaba una llave fuera.

—Tuvo suerte de contar con usted —dijo Jamie, trataba de mantener la voz firme—. ¿Alguna vez dijo adónde iba?

Anna volvió a negar con la cabeza, reprimiendo los sollozos.

—No. No me contaba gran cosa.

Jamie apretó los dientes. No hacían más que dar vueltas en círculos. Ningún teléfono, ningún ordenador. Nada. Sin amigos. Sin contactos. Tosió en su puño para deshacerse del nudo que tenía en la garganta y le hizo la pregunta que necesitaba hacer.

—¿Emmy era religiosa? ¿Cree que podría haber ido a una iglesia, o…?

—¿A una iglesia? —Anna levantó la vista, parecía perpleja.

—No, no creo… Ella era… Le gustaba la ciencia y nunca la oí hablar de ello.

Jan y yo tampoco somos religiosos. No leí nada al respecto en su expediente y siempre incluyen ese tipo de cosas.

Cualquier requisito o creencia, alergias, religiones, cosas que les gustan y les disgustan.

Lo que se pueda hacer para facilitarles la estancia, ¿sabe?

Jamie asintió e intentó asimilar esa información. ¿Cuál era la relación con Eriksson entonces?

—Gracias —dijo Jamie—. Siento que haya pasado esto.

Anna se calló y bajó la mirada hacia sus manos.

—Solo quería ayudar, ¿sabe?

—Lo sé —dijo Jamie, tenía en mente su propia juventud, aquellos años de formación. Recordaba con tanta claridad todo lo que pasaba entre su madre y su padre. Las discusiones, las lágrimas, los gritos—. Pero a veces los niños no quieren que los ayuden. Por mucho que lo necesiten.

—No se trata de ayudarles, basta con quererlos.

Jamie dejó que aquellas palabras quedaran en el aire durante unos segundos, y entonces escuchó los pasos que resonaban arriba.

—¿Está William? —preguntó Jamie pasado un momento.

—Sí, está en su habitación —dijo Anna.

—¿Cómo era su relación con Emmy?

Emmy no hablaba con Anna y, desde luego, tampoco con Jan, pero los niños a menudo hablan entre ellos.

Aunque William solo tenía ocho años, Jamie no tenía muchas esperanzas, pero aun así debía intentarlo.

Todo lo que sabían hasta ahora era que Emmy se ausentaba de casa durante largos periodos de tiempo, que robaba y vendía lo que podía para sobrevivir, y que la habían secuestrado mientras estaba fuera de casa.

Estaba claro que intentaba reunir dinero, seguramente para comprar un billete de tren o autobús.

O para alguna otra cosa. ¿Acaso para empezar de cero?

, ¿tal vez para escapar? Jamie no lo sabía.

Pero solo volvía cuando se quedaba sin dinero o se daba cuenta de que no iba a poder hacerlo.

Excepto la última vez. Iba a algún sitio . Iba a encontrarse con alguien.

El modus operandi del Guardián de Ángeles no se reducía a secuestrar chicas en la calle sin más.

Habían sido elegidas. Preparaba su captura o las coaccionaba.

Habían entrado voluntariamente en los coches.

No había indicios de que ninguna de las víctimas hubiera sufrido daños físicos, salvo las agresiones sexuales, lo que significaba que, o bien conocían a sus agresores o, al menos, se sentían lo suficientemente seguras como para ir con ellos de modo voluntario.

Los informes, tanto de los casos antiguos como del nuevo, eran coincidentes.

Las chicas eran agredidas y, después, aunque no inmediatamente, morían asfixiadas y poco después sus cuerpos eran manipulados para ser expuestos como parte de las escenografías.

Poco a poco iba haciéndose una imagen más clara: bien Sjöberg o bien Eriksson habían elegido a las chicas en ese grupo de la iglesia, luego abusaron de ellas y, cuando se aburrieron, las mataron.

O bien había sido un esfuerzo conjunto desde el principio, acaso uno disfrutaba con la violación y el otro con el asesinato.

Pero, en cualquier caso, había una conexión entre Emmy Berg y Per Eriksson. Solo tenían que encontrarla.

De alguna manera, ese maldito enfermo había conseguido echarle el guante a aquella chica y ahora estaba muerta.

Anna habló entonces.

—Creo que tenían una buena relación. A William le gustaba ella, le gustaba tener una hermana mayor.

—Necesitaremos hablar con William, si no le importa.

Anna pareció inquieta.

—¿Es realmente necesario?

—Me temo que sí. Puede que él no se haya dado cuenta, pero es posible que sepa algo importante.

—Sonrió a Anna—. No se preocupe, podemos hacerlo aquí si lo prefiere.

No ahora, pero vendremos cuando le venga bien a William y a usted, y vendrá con nosotros un asistente social especializado en menores.

—¿Un asistente social? Tratamos a William como a uno más de la familia…

—No, no es por nada de eso —dijo Jamie y negó con la cabeza—. Es solo para asegurarnos de que William no se sienta angustiado por las preguntas y de que no le presionamos demasiado. Es solo un procedimiento estándar. No hay nada de qué preocuparse.

Anna asintió lentamente.

—No creo que sepa nada, solo tiene ocho años. Emmy no le contaba nada. —Anna clavó la mirada en el vacío—. William era más comunicativo, siempre le pedía que se sentara con él para verlo jugar.

Anna sonrió débilmente.

—¿A qué jugaba? —preguntó Jamie con amabilidad, trataba de hacerse una idea más clara de la situación.

—No lo sé, a algo en el iPad, consiste en construir cosas con bloques, ¿lo conoce?

—¿Minecraft? —preguntó Jamie.

—Creo que sí, eso me suena —confirmó Anna—. Siempre está jugando a eso.

—Es un juego muy popular —dijo Jamie.

—Siempre quería enseñarle a Emmy lo que había construido y ella también le ayudaba cuando él no sabía hacer algo.

A mí me supera, claro. Jan lo entiende mejor que yo.

Él dice que no deberían jugar a eso y que es muy probable que Emmy termine por robarle la tableta a William para sacar dinero, como ya hizo con la suya.

Sin embargo, Jamie ya no la escuchaba. Algo le había llamado la atención.

—¿Ha dicho que Emmy ayudaba a William con sus juegos?

—Sí, Jan no quería que lo hiciera, pero yo pensaba que era una buena forma de que pasaran más tiempo juntos.

Jamie se inclinó hacia delante.

—Ha dicho que Emmy vendió su tableta, ¿no? ¿Y su teléfono también?

—Eso es lo que dijo Jan.

Anna la miró con expresión confundida.

—¿Cómo lo supo él?

Algo no cuadraba.

Anna sacó el labio inferior y negó con la cabeza.

—No entiendo la pregunta.

Jamie respiró hondo lentamente.

—No pasa nada, no hay de qué preocuparse. ¿Podría hacerme un favor?

—¿De qué se trata?

Anna estaba inquieta y no dejaba de frotarse las manos.

—¿Nos daría permiso para registrar la casa? Y realizar un examen rutinario de cualquier ordenador, tableta o teléfono que encontremos.

Jamie lo dijo con toda naturalidad, como si fuera una simple petición. Intentó que no se percibiera que quizá todo dependía de aquel registro.

—¿Nuestros ordenadores y teléfonos? —preguntó Anna—. ¿Por qué?

—Es tan solo para comprobar si Emmy se puso en contacto con alguien. Es un procedimiento habitual, nada de qué preocuparse, estoy segura. Pero podría ayudarnos a descubrir quién se la llevó. Es eso lo que quiere, ¿no?

Anna miró las escaleras vacías, el lugar donde había estado Jan antes de que Wiik se lo llevara.

—¿Anna? —dijo Jamie con voz un poco más severa.

La mujer comenzó a mirar a su alrededor.

—Quiere ayudarnos a encontrar al asesino de Emmy, ¿verdad?

Tragó saliva y luego asintió con la cabeza, apenas la movía.

—Sí —dijo en un susurro.

—Bien —dijo Jamie y al fin sintió que la tensión abandonaba sus hombros—. Así todo será mucho más fácil. —Sonrió a la mujer—. Está haciendo lo correcto.

Ella no dijo nada, pero el temblor de su labio le indicó a Jamie que estaba convencida de que Jan se enfadaría al saberlo.

Sin embargo, a los ojos de Jamie, aquella era justo una razón más para descubrir lo que él ocultaba.