35
Jan Hansen trabajaba como gerente de cuentas de una empresa de desarrollo de software de la ciudad. Y ganaba mucho dinero. Su esposa, Anna Hansen, había podido jubilarse a los cuarenta y tres años para dedicarse a tiempo completo al cuidado de niños en acogida.
Llevaban casados más de veinticinco años y tenían un hijo propio. Anna se quedó embarazada con solo diecisiete años y se casaron tan pronto como tuvieron la edad legal. Ahora que su hijo había abandonado el nido, Anna quería llenar ese vacío.
Actualmente acogían a dos niños. Un niño, William Martinsson. Y la víctima, Emmy Berg.
Según todos los indicios, eran buenas personas, íntegras y generosas.
Ninguno de los dos tenía antecedentes penales ni nada que sugiriera lo contrario.
Excepto por el hecho de que tanto Wiik como Jamie coincidían en que Jan Hansen era una de las personas más indiferentes y groseras que habían conocido.
—No es culpa nuestra —dijo con tono seco, los brazos cruzados, recostado en la esquina del sofá de su salón.
La casa era grande: tres plantas, cuatro dormitorios. El de su mujer y el suyo estaban en la primera planta, junto al que Jan había convertido en despacho, y los de los niños en la segunda.
Jamie se dio cuenta de que, para Wiik, la manera en la que Jan se comportaba era como escuchar el sonido que hacen las uñas sobre una pizarra. La vena de su sien reapareció. Así que decidió tomar la iniciativa.
—Nadie ha dicho que sea culpa suya, señor Hansen —dijo Jamie diplomáticamente.
Anna Hansen intervino entonces.
—Emmy era una chica tan dulce…
Jan Hansen la interrumpió en aquel momento y debía ser la quinta vez en otros tantos minutos.
—Era una adolescente revoltosa e incontrolable. Era una fugitiva. Y una ladrona —dijo con acritud.
A su esposa le temblaba el labio.
—¡Por el amor de Dios, Jan! —dijo. Luego bajó las manos sin quitar la vista del suelo. No se atrevía a gritarle—. ¡Solo era una niña! Una niña inocente. Había ido de casa en casa, de familia en familia… Vivía asustada y pensaba que nadie llegaría a quererla jamás.
Jan empleó un tono burlón.
—No sabía la suerte que tenía.
—¡No, no lo sabía! —Anna casi gritó esta vez—. Pero poco a poco estábamos consiguiendo que lo supiese. Lo habría entendido. Si hubieras sido un poco…
Jan se inclinó hacia delante en el sofá.
—¿Un poco qué? —espetó—. ¿Más amable? —Ahora se reía, sus palabras estaban llenas de rencor—. Tenía una cama caliente, comida en el estómago y un techo sobre su cabeza. ¿Y qué nos dio ella? Nada más que hoscos gruñidos, silencios airados y sufrimiento.
Miró a Jamie y a Wiik.
—¿Alguno de ustedes ha sido padre de acogida?
Ambos negaron con la cabeza.
—Pues no se metan en ello . Da más problemas que otra cosa. Y ahora la agencia va a intentar decir que fue culpa nuestra. ¿Saben cuántas veces se escapó esa chica?
Volvieron a negar con la cabeza.
—Seis veces. Seis veces en diez meses. —Sacudió la cabeza y volvió a sonreír con desdén—. Esperaba la oportunidad y entonces… ¡Zas! —Dio una sonora palmada y levantó la mano derecha—. Salía por la puerta con todo lo que podía meter en los bolsillos.
Jamie apretó los dientes.
—No parece que le guste acoger niños, señor Hansen —dijo lentamente, mirando el techo.
—Hasta esta —dijo Jan, de nuevo entre risas—, todo fue como un sueño. ¿Pero Emmy? —lo remató con un chasquido de lengua.
Anna permaneció en silencio. En actitud claramente sumisa. Jamie supuso que era Anna quien quería acoger a los niños y que Jan simplemente lo sobrellevaba. Aunque Jamie no entendía por qué. Era obvio que Anna no era la dominante en esa pareja.
Wiik hizo una pregunta.
—¿Qué tipo de cosas se llevó?
—La pregunta sería qué no robó —dijo Jan.
Jamie reparó en la elección de la palabra «robar» frente al «llevarse» que había usado Wiik.
Jamie no sabía si eso significaba algo, pero le pareció duro escucharlo.
Tenía sin duda un afán acusatorio. Jan se colocaba en el papel de víctima.
O al menos lo intentaba. Aunque no parecía serlo.
En realidad, no parecía gran cosa, salvo un gilipollas gigantesco.
Ella lo oía sin escucharlo mientras se dedicaba a enumerar con los dedos las cosas que Emmy se había llevado, y percibió en él un aire casi animado.
Captó las palabras «adornos», «cubertería», «un iPad», antes de apagar su voz por completo en su mente.
Jamie se alegró de que fuera fácil ignorarlo y, en su lugar, se centró en la «amorosa» pareja que tenía ante sus ojos.
Anna era delgada, tenía el pelo castaño y había optado por un práctico corte pixie .
Tenía el mentón puntiagudo y la nariz pequeña, los ojos hundidos y los pómulos prominentes.
Llevaba un largo vestido de cuello alto que le llegaba hasta las pantorrillas.
Sobre él vestía un cárdigan marrón y en los pies unas zapatillas de andar por casa.
Jan, por su parte, era grande, en torno al metro ochenta, y tenía algo de sobrepeso.
Tenía el cuello grueso y la cabeza estrecha, como si alguien hubiera pintado una cara en un dedo.
Recordó lo que Wiik había dicho sobre la urna de Sjöberg e intentó no sonreír para sus adentros.
Las orejas de Jan Hansen le sobresalían de la cabeza calva y afilada, y sostenían unas gafas finas que, estaba segura, había comprado solo porque el óptico le había convencido de que eran «modernas».
Se le ajustaban a la cara y le cubrían los ojos pequeños y brillantes.
Observó cómo la piel se le movía bajo la barbilla retraída, luego bajó la mirada hacia la camisa blanca y abierta, de manga corta, que dejaba ver unos antebrazos peludos, y luego, poco a poco, subió el volumen para volver a escuchar su voz, justo cuando él llegaba al final de lo que parecía ser una lista exhaustiva.
—… por eso empezamos a esconder los aparatos electrónicos —dijo y terminó con un gesto grandilocuente de los brazos.
Jamie volvió a centrarse en Anna.
—Anna —dijo y esperó a que la mujer levantara la vista—. ¿Puede contarnos cómo era Emmy?
—La chica era… —comenzó Jan antes de que Wiik le lanzara una mirada asesina.
—La inspectora Johansson se ha dirigido a su esposa —dijo con frialdad, aguantándole la mirada al tipo.
Jan, como todos los matones, se encogió ante la primera señal de que alguien le plantaba cara.
—Anna —repitió Jamie.
—Pensaba… pensaba que era feliz —dijo Anna Hansen en voz baja—. Era dulce.
Jan gruñó a sus espaldas a modo de protesta, y luego se recostó en el asiento, enfurruñado, con sus peludos brazos cruzados sobre el vientre.
Anna continuó después de unos segundos, una vez se dio cuenta de que Jan no volvería a hablar. Él sabía que era mejor no hacerlo porque Wiik no había dejado de vigilarlo.
—Estaba… Estaba asustada, creo.
—¿Y de qué tenía miedo? —preguntó Jamie, tratando de no parecer demasiado expectante.
—Miedo de ser amada.
Jamie sintió que su mandíbula se tensaba. No era la respuesta que quería, pero le tocaba la fibra sensible. Mucho. Anna estaba angustiada por ello. Jamie lo veía.
—¿A cuántos niños han acogido? —preguntó, quería cambiar la manera de abordar el tema.
—Emmy era nuestra… ¿cuarta? Quinta —se corrigió—. Normalmente intentamos acoger a un adolescente y a un niño más pequeño. Suele ser difícil encontrar un hogar para los adolescentes, ya que no hay muchas familias que los quieran. Y a menudo resultan más complicados que los niños pequeños.
Aunque Jan parecía querer intervenir, Wiik no parecía dispuesto a permitírselo, así que se mantuvo callado y se resignó a mostrar un gesto de enfado.
—Me lo imagino —dijo Jamie—. El otro niño que vive ahora con ustedes, ¿lleva mucho tiempo en casa?
—¿William? —preguntó Anna—. Sí, unos dos años. Quizá un poco más.
—¿Y cuántos años tiene William?
—Tiene ocho —dijo Anna.
—Bien.
Jamie le dedicó una cálida sonrisa. La mujer parecía de veras agradable.
El motivo por el que estaba con un tipo como Jan era un misterio.
Aunque Hallberg había dicho que ella no tenía trabajo y la casa no era barata.
Jan debía de ganar mucho para poder permitírsela.
Podía imaginar que él se lo recordaba a Anna a menudo.
—¿Y antes de William?
—Elias, estuvo con nosotros siete años. Desde los once hasta los dieciocho.
—Tuvo suerte de contar con ustedes —dijo Jamie.
Jan no pudo evitarlo esta vez.
—El chico también se daba cuenta de ello.
Wiik gruñó y se levantó.
—Señor Hansen, ¿podría mostrarme la habitación de Emmy, por favor? Nos gustaría echarle un vistazo.
Miró a Wiik y luego a Jamie.
—¿Por qué? Nunca estaba allí. Siempre andaba fuera, haciendo quién sabe qué con quién sabe quién.
Wiik se colocó la chaqueta.
—Todo es importante para la investigación —dijo, y esbozó una sonrisa forzada—. ¿Le importaría?
Jan Hansen miró a su esposa como si temiera dejarla a solas con Jamie.
—Ahora, señor Hansen.
El hombre se sonrojó ostensiblemente y se levantó del sofá.
—Bien —concedió—. En la planta de arriba. Usted primero.
Salió detrás de Wiik, no sin mirar atrás una docena de veces antes de desaparecer por las escaleras. Jamie respiró un poco más tranquila, pero Anna parecía más recelosa que antes.
—¿Está bien, señora Hansen? —preguntó Jamie.
—Sí —respondió enseguida—. Es solo que…
—¿Qué?
—Jan no quería que les llamara —susurró.
—¿Por qué no? —preguntó Jamie sin perder tiempo, consciente de que lo más probable era que Jan hiciera todo lo que estaba en su mano para meterle prisa a Wiik y volver allí.
—No lo sé, dijo que a nadie le iba a importar que se hubiera largado. Que sería más fácil para todos si dejábamos las cosas como estaban.
Jamie evaluó a aquella mujer, consciente de que debía andar con cuidado.
—El señor Hansen dijo que Emmy se había escapado antes, seis veces.
—Así es.
—¿Siempre volvía?