El Guardián de Ángeles (Jamie Johansson 1) 34 #2
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—La historia de Annika sobre Hans Sjöberg fue la razón por la que mi padre se convenció de su culpabilidad.

—Jamie hizo una mueca de burla y sacudió la cabeza—.

Y esa fue, al mismo tiempo, la razón por la que en mi mente puse en duda su culpabilidad…

La historia no implica a Sjöberg en el caso del Guardián de Ángeles, solo despierta dudas en torno al carácter de Sjöberg.

—Y Eriksson lo sabe —dijo Wiik—. Así que te envía allí para poner en duda la condena original… De ese modo sales de allí con la sospecha de que Sjöberg fue condenado injustamente… Y todo conduce de nuevo a Eriksson.

—Mierda —dijo Jamie, que en ese momento lo comprendió todo—. No hace más que jugar con nosotros. Para él todo es un gran juego y nos tiene aquí como pescadillas que se muerden la cola.

Wiik gruñó, era su manera de aprobar aquella hipótesis y también de mostrar su creciente desdén por Eriksson.

Todavía quedaba una cosa que Jamie no conseguía entender.

—Pero ¿qué gana con matar a los padres? ¿Con meterle una bala entre los hombros a Åsa Gunnarson e intentar volarle la cabeza a Mikael Gunnarson?

Wiik respiró lentamente. Eso también se le escapaba a él.

—No lo sé. Las transcripciones del juicio no dicen mucho al respecto: Sjöberg se declaró inocente, al menos en principio, pero no llegó a impugnar la confesión que había firmado. La transcripción no menciona que él alegara que la confesión se obtuvo con coacciones, como dijo Eva Sjöberg.

Jamie pensó que ahora la miraba tratando de calibrar su reacción ante aquel detalle.

Ella intentó no mostrar reacción alguna. Solo tenía a una persona que afirmaba que su padre había maltratado a Hans Sjöberg para obtener la confesión y, por otro lado, en su contra existía una evidente falta de confirmación. Pero la falta de confirmación no era necesariamente disconformidad.

—Las pruebas eran abrumadoras y, cuando presentaron todo lo que tenían sobre la tercera víctima, Hans Sjöberg cambió de opinión y se declaró culpable de los siete asesinatos.

—Dios —dijo Jamie.

Wiik no había perdido el tiempo durante la ausencia de Jamie. Había hecho los deberes mientras ella viajaba a Rättvik y visitaba a los Gunnarson.

—¿Así que se declara culpable de los siete asesinatos para encubrir los asesinatos de los padres? Pero no tiene sentido si todo el tiempo se trató de Eriksson.

—Las pruebas eran irrebatibles. ¿Quizá pensó que una declaración de culpabilidad iba a suponer una sentencia más benévola? —sugirió Wiik.

—Si fueras inocente, ¿te declararías culpable de la violación y el asesinato de siete adolescentes para conseguir una condena más corta?

—No lo sé —dijo Wiik y suspiró—. Pero, en cualquier caso, no podemos descartarlo sin más. Había pruebas sólidas aparte de su confesión… Lo que significa que hay muchas posibilidades de que él fuera de veras el Guardián de Ángeles. —Miró a Jamie con expresión solemne—. O al menos uno de ellos.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Jamie mirándole a los ojos.

Wiik sacudió la cabeza.

—¿Siete chicas y sus padres? ¿Doce víctimas en total en el espacio de un año, casi trece si se incluye a Leif Lundgren? A eso le llamo ser prolífico.

—¿Crees que Sjöberg y Eriksson estaban compinchados?

Jamie no lo había pensado.

—¿Quién sabe? Ambos eran hombres religiosos, ambos creían en la misma retorcida versión de Dios y de la fe que lleva a los hombres a violar y asesinar a niñas.

Sjöberg tenía conocimientos médicos y entrenamiento militar, Eriksson sabía manejar un hacha.

Quizá uno se encargaba de las niñas y el otro de los padres.

Es posible que se turnaran con las niñas…

Jamie lo interrumpió. Ya había oído suficiente.

—¿Así que se juntan, traman el plan mientras se bajan una botella de güisqui, como un par de amiguetes, y luego qué, empieza la masacre?

—He pensado teorías más descabelladas que al final se han corroborado.

Jamie soltó aire con fuerza, sentía que la cabeza le daba vueltas.

—Y luego, cuando detienen a Sjöberg, él asume también toda la culpa para salvar a Eriksson. Se separan, mantienen un pertinaz silencio para guardar las apariencias y Eriksson entra en la iglesia para ocultar su rastro.

Wiik asintió.

—Piensan que se reunirán cuando Sjöberg salga, tal vez se decidan a hacer uno más por los viejos tiempos.

—Pero entonces Sjöberg enferma. Se pone en contacto con su viejo amigo, le dice que no va a mejorar…

—Eriksson va a visitarlo, tienen una agradable charla privada. Tal y como solían hacer, planean otro asesinato. Planifican todo para salirse con la suya, todo lo que hay que hacer: Nyström, el expediente del caso…

—Y cuando Sjöberg muere… —dijo Wiik mientras giraba la cabeza a izquierda y derecha en busca de una oportunidad para adelantar de nuevo.

—Eriksson elige a una chica y se pone manos a la obra. Rinde homenaje a su amigo y a aquellos buenos tiempos de antaño…

—Y también siembra dudas sobre la investigación original, lo que podría exonerar a su amigo. Enturbia las aguas. Divide nuestra atención.

—O como mínimo le da un poco de paz a Eva Sjöberg. —Jamie se mordió el labio—. Parece que sí se preocupaba por ella.

—Todo mentira —dijo Wiik con frialdad—. No es más que un pedazo de mierda y todo esto es un juego.

Esa anciana confundida es tan solo una pieza más.

Es un retorcido asesino de niñas, un violador, y se cree mucho más inteligente de lo que es.

Como sucede con todos ellos. Y con Nyström en el bolsillo y el expediente del caso extraviado, cree que ya se ha salido con la suya.

—Excepto que no cuenta con que yo aparezca —dijo Jamie, que sentía cómo la ira de Wiik se le comenzaba a contagiar.

—Exacto. Y, cuando apareces con preguntas sobre Sjöberg y Annika Liljedahl, saltan las alarmas.

Él sabe que estamos cerca, así que huye, intenta limpiar el desastre.

Debe ir a buscar la carta a Hans, localizar a los Gunnarson para pulir los detalles.

Va a Rättvik, porque cuenta con que estarás allí, e intenta asustarte para que abandones el caso.

—¿Y por qué no intenta matarme sin más? —preguntó Jamie. Tenía que hacer de abogado del diablo. Era su trabajo.

—Secuestrar a un detective ya viejo y a punto de jubilarse es una cosa. Sobre todo si se tiene en cuenta que necesitaba a Nyström. Pero él también es ahora más mayor. ¿Recuerdas su mueca de dolor cuando se apoyó en el escritorio de su dormitorio? —Wiik la miró en busca de confirmación.

Maldita sea, realmente no se le escapaba nada.

—Claro que lo recuerdo. ¿No crees que no estaba más que actuando?

—Quién sabe. Pero, de todos modos, eres varias décadas más joven que él y basta con echarte un vistazo para saber que no te irías sin oponer resistencia.

Jamie contuvo una tímida sonrisa.

—Quizá pensó que se iba a meter en un lío si te atacaba cara a cara.

—Pero un rifle desde el otro lado del valle…. —Jamie soltó un suspiro—. Maldita sea —dijo con cansancio.

—¿Qué pasa? —preguntó Wiik, puso el intermitente en el último momento y decidió girar hacia otra calle.

Jamie rebotó en su asiento, pero ahora le daba completamente igual cómo conducía Wiik.

—Maldita sea, todo encaja.

—Sí.

—Entonces, ¿crees que Eriksson es nuestro hombre? —preguntó Jamie, con la vista atenta a los edificios junto a los que pasaban. Ahora las oficinas y bloques de apartamentos del centro de la ciudad habían pasado a ser casas independientes y adosados de los barrios de las afueras.

—Sí —dijo Wiik—. Aunque todavía no tengo claro si Sjöberg también estaba involucrado o si Eriksson lo dejó colgado.

Pero si sé una cosa: los hombres inocentes no huyen.

—Wiik aminoró bruscamente la velocidad—.

La pregunta principal ahora es cómo eligió a Emmy Berg y, más concretamente, si se va a detener ahí.

Los frenos chirriaron al detenerse por completo y la inercia empujó a Jamie hacia delante, luego se desplomó sobre el respaldo. Echó un vistazo a las bonitas casas adosadas que tenía a su izquierda. Altas, estrechas, de tres pisos. Pintorescas.

—Vamos —dijo Wiik y salió del coche—. Vamos a interrogar a Jan y Anna Hansen. —Cerró la puerta y se abrochó el abrigo para protegerse del relente—. Y, si tenemos un poco de suerte —dijo mientras buscaba los ojos de Jamie por encima del coche—, es posible que todavía no sea demasiado tarde.