El Guardián de Ángeles (Jamie Johansson 1) 34
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Wiik conducía rápido.

Jamie no sabía si era porque pensaba que tenían que adelantarse a otro francotirador o acaso simplemente porque estaba enfadado y no prestaba atención al velocímetro. En cualquier caso, iba casi al doble de la velocidad permitida. Y además el asfalto de la carretera estaba resbaladizo.

El teléfono de Wiik vibró en su bolsillo y lo sacó con dificultad. Apenas pudo echó un vistazo rápido a la pantalla.

—Mierda —murmuró.

Luego levantó la vista y esquivó un coche que giraba a la izquierda hacia una calle lateral. Tocó el claxon cuando el coche terminó la maniobra y se alejó para adentrarse en la ciudad.

—¿Qué pasa? —preguntó Jamie al ver la expresión de frustración en el rostro de Wiik.

—Acaban de llegar los informes forenses de Eriksson, Eva Sjöberg y tu casa.

¿Su casa? Wiik se refería a la casa de su padre. Pero sí, supuso que ahora era suya. Le resultaba extraño y sorprendente oírlo decir a otra persona.

No tuvo mucho tiempo para asimilarlo, ya que Wiik continuó.

—La casa de Eriksson estaba limpia. Si hizo cualquier cosa enfermiza con Emmy Berg antes de asesinarla, desde luego no fue allí.

Jamie emitió un sonido de desaprobación ante la conjetura de Wiik, pero eso no le hizo detenerse.

—No hay huellas, ni ADN, nada. Y su ordenador también ha desaparecido.

Dio un hondo suspiro, frenó bruscamente cuando se acercaron demasiado rápido al coche que iba delante y luego empezó a zigzaguear entre carriles, en busca de cualquier espacio para adelantar.

Jamie nunca lo había visto conducir así.

Las veces anteriores no le había parecido un conductor lento, pero al menos siempre había sido prudente.

Ahora rozaba lo irresponsable. Por la mañana estaba de buen humor, le había traído café.

Pero ahora… Era como si la identificación de Emmy Berg le hubiera afectado.

Había vuelto a prender la llama. El hombre frío y distante que había conocido había sido sustituido por un padre resentido, con las manos crispadas y aferradas al volante.

¿Tenía una hija? Había mencionado que tenía hijos, pero Jamie no recordaba si le había dicho si era un niño o una niña.

Estaba divorciado, ¿verdad? Apenas le había prestado atención.

Y aunque habían pasado los últimos cuatro días casi como siameses, no sabía absolutamente nada de él.

De todas formas, si en su matrimonio era tan difícil de tratar como en el trabajo, no le extrañaba nada que estuviera divorciado.

Contempló a aquel hombre y observó que su mandíbula, habitualmente bien afeitada, dejaba ver ahora una incipiente barba de un día.

Por otra parte, tampoco es que ella estuviera lista para un desfile de moda.

No se había lavado el pelo desde que había llegado y su camiseta de manga larga estaba arrugada porque la noche anterior la había lavado apresuradamente en el lavabo.

Eso, combinado con las escasas dieciséis horas de sueño que había logrado acumular en los últimos cuatro días, hacían que muy probablemente su aspecto fuera el de alguien que acabara de salir de un canalón de desagüe.

Había notado un ligero olor a sudor en el aire y había asumido que provenía de Wiik. Pero al mirarlo ahora, sin afeitar pero duchado, con una camisa perfectamente planchada, llegó a la conclusión de que seguramente provenía de su pelo o de su propia ropa.

Jamie carraspeó y se concentró en la tarea que tenían entre manos.

—Así que Eriksson sigue fugado —dijo—. No hay ninguna novedad por ese lado. ¿Qué hay de la casa de Sjöberg?

Wiik volvió a mirar su teléfono.

—Las huellas en la nieve indican que una sola persona entró por una ventana abierta del dormitorio y luego salió por el mismo sitio. Avanzó sobre sus propias huellas para eliminar cualquier rastro de marcas y hacer imposible determinar el tamaño o sacar un molde. ¿Te suena?

Jamie miró al frente, agradecida de que Wiik se encontrara con un atasco y un semáforo en rojo. Apretó el freno y redujo la velocidad. Solo entonces se dio cuenta de que ella tenía la mano aferrada al apoyabrazos de la puerta.

—Sí, claro que me suena. —Jamie recordó el escenario del nuevo crimen. El asesino había caminado sobre sus huellas por la misma razón. Y supuso que en la casa de su padre había obrado del mismo modo—. ¿Y ADN, fibras, partículas…?

—Nada. Han peinado todo el lugar, encontraron muchas muestras de piel y cabello que han dado positivo al contrastarlas con el ADN de Eva Sjöberg, pero nada más. Es más que probable que el asesino llevase guantes, un gorro…

—Como todo el mundo en esta ciudad en mitad de enero —comentó Jamie sacudiendo la cabeza—. Mierda. Y… —comenzó, pero le era difícil decirlo en voz alta—. ¿Y qué hay de mi casa?

Wiik tenía ahora la vista puesta en la carretera, pero incluso solo echando un vistazo rápido a lo que Jamie supuso que era un correo electrónico resumen de Hallberg, había memorizado todos los detalles.

—No hay señales de que se haya forzado la entrada, las huellas se han desvanecido.

Tampoco había humedad en la casa, ni huellas de nieve en el suelo, por lo que la gente de criminalística supone que debió ocurrir en algún momento del día anterior.

Es difícil determinar la hora exacta. Lo que hace casi imposible buscar cámaras de seguridad cercanas.

O, al menos, requiere mucho más tiempo del que tenemos.

Jamie apretó los dientes. Maldición. Si hubiera dado parte cuando llegó allí la noche anterior, ¿habrían encontrado huellas?

¿Alguna otra prueba que luego se hubiera degradado durante la noche?

¿Pruebas que había pisoteado con sus propios zapatos y destruido al salir por la puerta principal?

Jamie tragó saliva e intentó cambiar de tema lo más rápido posible.

—¿Faltaba algo?

Ella ya había retirado ciertos objetos, aquellos que no quería que fueran embolsados, etiquetados y guardados en un armario de pruebas durante años.

—En apariencia nada, pero llevará un tiempo catalogarlo todo. Y estoy seguro de que también te harán algunas preguntas, solo para confirmar detalles.

Jamie asintió con la cabeza, contenta de que Wiik no hubiera mencionado nada que diera a entender que estaban al tanto de que doce horas antes de llamar a los forenses ella ya había estado en la casa.

—Entonces, repasemos la cronología de los hechos —comenzó, levantando las manos—.

Visitamos a Eriksson, en el momento en que salimos por la puerta principal, él sale por la parte de atrás, en el…

¿autobús de la iglesia? Va lo más rápido que puede a casa de Eva Sjöberg, entra por la ventana, recupera la carta que envió a Hans para impedir que la utilizáramos como prueba, quizá se lleva consigo el rifle de caza de Hans, en caso de que tuviera uno, y luego se escabulle.

Wiik hizo un ruido en tono de burla.

—Por lo que sabemos, pudo llamar al timbre de la puerta principal y pedírselos directamente a Eva Sjöberg. Esa mujer será completamente inútil como testigo cuando toque ir a juicio. Tendría más sentido pintar una cara en la urna de Hans y hacerle las preguntas antes que a ella.

Jamie no estaba segura de si eso pretendía ser una broma.

Llegó a la conclusión de que Wiik era aún menos gracioso que ella.

Y eso era mucho decir. Una vez alguien le pidió que contara un chiste, pero el único que sabía, y que aún recordaba, incluía las palabras «toc, toc» y un búho.

Y, sin que aún supiera cómo, la única vez que lo había contado había conseguido estropear la gracia.

En cualquier caso, Jamie decidió seguir adelante.

—¿Así que sale de casa de Eva Sjöberg con la carta y luego va a casa de mi padre? Fuerza la cerradura para entrar, echa un vistazo dentro, ¿es posible que se llevase un cuaderno o se limitó a arrancar una página de uno de ellos?

—Y luego te sigue hasta Rättvik —añadió Wiik—. Deja una nota en tu parabrisas para intentar asustarte y que abandones la investigación.

—Y cuando no capto el mensaje y aparezco en casa de los Gunnarson…

—Tiene el rifle en la mano y la oportunidad de matar dos pájaros de un tiro. Literalmente.

Jamie frunció los labios, algo no terminaba de cuadrar.

—Pero ¿por qué entrar a robar? No podía esperar que no ataramos cabos.

Después de ir a verlo y de que hiciera un comentario sobre mi cuaderno, y de que luego apareciese una nota de amenaza bajo el limpiaparabrisas de mi coche ¿Cómo podía imaginar que no íbamos a sospechar de inmediato que había sido él?

—Quizá era eso lo que quería. Si no pensaba que fuésemos a regresar a su casa a por él, ¿por qué huir? Utilizar una página del cuaderno de tu padre era mucho más amenazante que el mensaje en sí.

Jamie asintió. También fue lo primero que pensó cuando lo encontró.

—Sin duda, también estaba buscando esto.

Sacó el cuaderno rojo que llevaba en el bolsillo. No era el cuaderno con las anotaciones sobre el Guardián de Ángeles, ese todavía estaba en su hotel. Pero Wiik ni conocía la diferencia ni habría sabido distinguirlos.

—Lo más probable es que buscase todas las pruebas del caso original, cualquier cosa que pudiera eliminar para reducir las posibles pruebas en su contra. Excepto que no lo encontró.

—Así que cambia de plan, arranca una página de cualquier otro de los cuadernos de tu padre y te escribe una pequeña nota para intentar intimidarte.

Wiik entrecerró los ojos.

Jamie observó cómo las piezas del rompecabezas encajaban en su cabeza.

—Y luego te sigue hasta Rättvik, con la nota en la mano. —Wiik la miró—. Pero ¿cómo habría podido seguirte la pista?

Jamie ya había pensado en eso.

—Conocía a Annika Liljedahl —dijo y recordó de nuevo su conversación—. Me habló de ella, sabía que iría hasta allí. Fue él quien me informó de su existencia. Podría haber ocultado esa información, hacerse el tonto. Yo nunca habría notado la diferencia.

—¿Y qué gana él con involucrar a Annika Liljedahl en todo esto?

Jamie se mordió el labio.