33
Wiik estaba de pie detrás de Jamie, con los brazos cruzados y los ojos fijos en la pantalla que tenían delante. Su pantalla, en realidad. La de su escritorio.
—¿Sabes? —dijo y apretó los labios hasta que sus mejillas se hincharon un poco—. Hallberg es muy buena para estas cosas.
Jamie, sin volverse, deslizó hacia abajo la página que leía.
—Me gusta investigar por mi cuenta —dijo, mientras ojeaba una columna de texto. Le resultaba difícil concentrarse al tener en la nuca, literalmente, la respiración de Wiik.
Había comenzado a buscar información sobre Mikael Gunnarson para ver exactamente a qué se dedicaba en el momento de la muerte de su hija, pero lo único que había encontrado era que su empresa estaba negociando una gran inversión por parte de una de las primeras corporaciones interesadas en las energías renovables.
Åsa, por su parte, estaba inmersa en la gestión de un enorme caso que había desbordado a todo su bufete.
Pero, por lo demás, no parecía haber nada digno de mención, aunque Jamie tampoco sabía a ciencia cierta qué estaba buscando.
Sí sabía, sin embargo, que Mikael Gunnarson les ocultaba algo.
Y que, fuera lo que fuera, debía de ser incriminatorio, ya que, de lo contrario, no se habría negado a hablar sin la presencia de su abogado.
Jamie suspiró y se apoyó en el respaldo de la silla para buscar otra vez la declaración que había hecho la noche anterior en la escena del crimen.
—No vas a encontrar nada que no hayas encontrado las primeras diez veces que la leíste —Wiik remató su comentario con un suspiro.
Ella exhaló por la nariz y levantó la hoja para colocarla ante los ojos de él.
—Podrías ayudar en lugar de quedarte ahí de pie leyendo por encima de mi hombro.
La verdad era que estaban en un callejón sin salida.
Y ninguno de los dos quería admitirlo. En cuanto Gunnarson salió de la habitación, comenzaron a trabajar en una serie de solicitudes de información, con la certeza de que él no la habría proporcionado jamás durante el interrogatorio.
El nombre de la agencia de niñeras, el nombre de la propia niñera.
Una lista de posibles enemigos o personas que pudieran haber tenido algo en contra de Åsa y él.
Aunque Jamie y Wiik estaban casi seguros de que el tiroteo y la muerte de Tilde estaban relacionados, tampoco podían descartar que fuera una mera coincidencia. Aunque ninguno lo creía.
Y, con Eriksson todavía en paradero desconocido, no habían avanzado nada en la resolución del caso.
Jamie miró su reloj. Ya era casi mediodía. Las noticias estaban a punto de volver a difundir la foto de la chica. Pero, si aún no habían tenido ninguna noticia sobre su identidad, cada hora que pasaba era más improbable que surgieran novedades.
—¿Café? —preguntó Wiik, probablemente al darse cuenta de que llevaba varios minutos con la vista fija en la misma página del informe de Gunnarson.
Decía que habían comenzado a cenar mientras esperaban la llegada de los detectives de Estocolmo y en ese momento vio un destello al otro lado del valle, entre la niebla.
Entonces sintió el chorro caliente de sangre en la cara y se cayó de la silla en estado de shock, entre gritos, con el único objetivo de buscar refugio mientras el tirador seguía disparando contra la casa.
Pero Jamie no había oído ningún grito y estaba lo suficientemente cerca de la casa como para haberlos oído.
Y, aunque la silla de Mikael Gunnarson estaba apartada de la mesa, no parecía que nadie se hubiera caído de ella.
De todos modos, nada de eso era concluyente. Quizá solo había chillado un poco, no gritado fuerte. Quizá se cayó de la silla de lado. Quizá ni siquiera hubiera gritado y se hubiera lanzado a cubrirse en el momento en que el pecho de su esposa había estallado en su cara.
Hubiera pasado lo que hubiera pasado, Jamie tenía la sensación de que había más de lo que parecía a primera vista. La pregunta era, sin embargo, cuánto podrían sonsacarle con Lassen como custodio y defensor.
Wiik le puso una mano en el hombro y ella giró la cabeza.
—¿Café? —volvió a preguntar él y subrayó el ofrecimiento con una ceja levantada.
—Claro —dijo Jamie, y dejó caer la declaración sobre su escritorio antes de frotarse los ojos.
Wiik desapareció hacia la cafetera y Jamie lo vio alejarse. Aunque el caso iba de mal en peor, las pistas se agotaban y los sospechosos desaparecían, Wiik parecía estar de buen humor.
Jamie pensó en lo que le había dicho Falk: Wiik era temperamental y la pérdida de su compañera lo había afectado mucho. Pero ahora parecía más él mismo. Teniendo en cuenta lo poco que Jamie lo conocía, claro. Solo esperaba que no pensara que iba a quedarse.
Apartó la mirada de él y se asustó al darse cuenta de que Hallberg estaba de pie en la esquina del escritorio, con un trozo de papel en la mano.
—Dios mío —dijo Jamie como sacudiéndose el susto de encima—. Me has dado un susto de muerte.
—Lo siento —dijo Hallberg sin aliento. Parecía que había venido corriendo—. ¿Dónde está Wiik?
—Ha ido a por café, ¿qué pasa? —preguntó Jamie, que advirtió la urgencia en su voz.
—Nada malo —dijo Hallberg y le entregó el papel—. Acabamos de recibir una llamada: identificación positiva de nuestra víctima.
Jamie le quitó la hoja de las manos y miró la fotografía de la víctima en la mesa del patólogo.
Debajo había una fotografía de una niña.
En aquella foto era más o menos un año más joven y aparecía de pie junto a una mujer en lo que parecía una fiesta de cumpleaños.
Se abrazaban la una a la otra. La mujer sonreía.
La niña no. Parecía incómoda y llevaba un distintivo con el número 13 que, a juicio de Jamie, no parecía haber elegido ella misma.
Wiik apareció justo en ese momento, con una taza de café en la mano. Se la entregó a Jamie y, al mismo tiempo, le quitó el papel de las manos. Debía de haber visto la llegada de Hallberg desde las máquinas y había acudido cuanto antes.
Ella bajó la mirada hacia el líquido marrón. Parece que no había tenido tiempo de sacar dos.
Jamie dio un largo y abrasador sorbo, luego se puso de pie y se acercó todo lo posible a Wiik para ver el papel.
—Emmy Berg —leyó Jamie—. Trece años.
—La llamada la hizo… —dijo Wiik como si escanease las palabras—… Anna Hansen, ¿es correcto?
Miró a Hallberg.
Ella asintió.
—¿Qué relación tiene esta Hansen con Emmy Berg? —preguntó.
—Madre de acogida —respondió Hallberg con rapidez.
Emmy Berg era huérfana y había estado con varias familias.
Anna Hansen dijo que tenía la costumbre de fugarse.
De las familias anteriores y también de la suya.
Su marido Jan y ella la habían acogido en su casa hacía algo más de diez meses.
Anna dijo que creía que la niña era feliz.
Quería denunciar su desaparición, pero Jan insistió en que volvería cuando quisiera o que recibirían una llamada de la policía diciendo que la habían encontrado. Parecía muy afectada.
Wiik negó con la cabeza, disgustado.
—¿Quién dejaría a una niña de trece años suelta por la ciudad sin preocuparse?
Pareció que Hallberg iba a aventurar una respuesta, pero luego se lo pensó mejor y no dijo nada.
Jamie asintió con la cabeza para indicarle que había tomado la decisión correcta y ella apartó la mirada con timidez.
—Bien —dijo Wiik de repente, mientras golpeaba el papel con los nudillos de la otra mano—.
Tenemos una identificación positiva. Por fin.
—Miró a Hallberg, como si fuera a tomar una decisión, y luego fijó su vista en Jamie—.
¿Estás lista? Quiero hablar en persona con ellos lo antes posible.
Por si acaso nuestro francotirador vuelve a tener ideas descabelladas.
Jamie se mordió el labio y miró a Hallberg.
—Podrías venir con nosotros…
—No —dijo Wiik, mirándola—. Hallberg puede quedarse aquí para seguir con tu investigación sobre Mikael Gunnarson. A ti se te da fatal de todos modos.
Jamie se quedó desconcertada ante la crudeza del insulto.
—Mi modo de investigar es…
Pero Wiik no la escuchaba ya o no le importaba lo que dijese. Acaso ambas cosas. Ya había comenzado a avanzar por el pasillo, lo que dejó a Jamie y Hallberg pasmadas.
Pasado un segundo, Jamie resopló y la miró.
—Hace eso a muy menudo, ¿no?
—¿Insultarte, interrumpirte y luego marcharse? —Hallberg levantó una ceja—. Más de lo que te puedes imaginar.
—Genial —dijo Jamie antes de recoger su chaqueta y su café—. Buen trabajo con la identificación —dijo—. Vas a ser una gran detective.
Le sonrió, dio otro sorbo a su café y luego, repentinamente llena de energía, fue tras Wiik.
No sabía si era porque en Suecia hacían el café más fuerte o porque por fin habían avanzado en el caso, pero, de cualquier manera, se movía rápido y no tenía intención de reducir la velocidad.