32 #2
—Lo entiendo —dijo Wiik—. Y créanos, no queremos estar aquí más tiempo del estrictamente necesario.
—Entonces déjenlo marchar. —Lassen se burló y negó con la cabeza antes de recostarse en la silla—. No veo ninguna razón por la que las preguntas no puedan ser respondidas donde mi cliente se encuentre más a gusto, en un lugar de su elección y en un momento más adecuado.
La mano de Wiik comenzó a temblar sobre la mesa, amenazaba con cerrarse en un puño.
—Esté o no su cliente directamente involucrado en un caso cuya investigación está en curso, mi colega, la detective Johansson, se dirigía a hablar con él anoche cuando interceptó a la persona que intentaba asesinarlo.
Y, como su abogado, espero que usted se preocupe por su bienestar.
Entendemos y somos conscientes de la situación en la que se encuentra su cliente y, si quiere sacarlo de aquí, le aconsejo que le aconseje a él que responda a nuestras preguntas rápidamente y con sinceridad. Entonces podrá marcharse.
Jamie quedó impresionada por el temperamento de Wiik.
Nunca hubiera pensado que fuera capaz de controlarse así.
Aún más si se tenía en cuenta que Lassen tenía toda la pinta de ser un imbécil de tomo y lomo.
Los abogados así eran una pesadilla para los detectives.
Pero Wiik era inteligente, conocía sus derechos y, mientras se mantuviera firme y no torturara a Gunnarson, podrían retenerlo durante un tiempo.
—A menos, claro está —dijo Wiik y para dar énfasis se recostó en su silla—, que tenga motivos para no cooperar.
Lassen miró a Gunnarson, que negó ligeramente con la cabeza, pero no llegó a levantar la vista. El abogado tamborileó con los dedos sobre su maletín.
—Bien. Adelante.
Wiik exhaló con alivio.
Los tipos como Lassen podían discutir todo el día.
Para ellos, aquel tira y afloja era como respirar.
Y llevaban tanto tiempo dándose testarazos como carneros que habían perdido el sentido común por completo.
Solo tenían un objetivo: sacar a su cliente de donde estuviera, costara lo que costara.
Y, por supuesto, una tarifa por hora exorbitante para hacer compañía a esa perseverancia.
Jamie observó a Lassen a través de la mesa y se preguntó por qué Gunnarson lo había llamado. ¿Por qué recurrir a un abogado? No tenía sentido que hubiera llamado a alguien que haría todo lo posible para sacarlo de la custodia policial.
Wiik no perdió más tiempo.
—Señor Gunnarson, ¿sabe por qué alguien intentaría atentar contra su vida?
Lassen chasqueó la lengua.
—Para hacer esas preguntas, mejor firme los papeles ahora mismo.
Wiik lo ignoró y se centró en el hombre que todavía tenía la sangre de su esposa en la cara.
—Estoy seguro de que un prominente hombre de negocios como usted se ha ganado algunos enemigos a lo largo de los años —dijo Wiik—. Las energías renovables suponen un motivo de preocupación para mucha gente poderosa que está desesperada por mantener sus intereses empresariales.
Gunnarson levantó la vista y lo miró a los ojos.
—Pero no creo que esto tenga que ver con su negocio. Esto tiene que ver con Tilde.
—¿Tilde? —preguntó Gunnarson con voz débil y los ojos muy abiertos y tristes—. Lleva muerta veinticinco años.
—Lo sé —dijo Wiik, que avanzaba con cuidado. Sabía que no podía revelar demasiado sobre el caso en curso—. Pero han asesinado a otra chica. Y estamos investigando posibles conexiones entre este caso y el de Tilde.
—El Guardián de Ángeles.
Las palabras de Gunnarson resonaron en la sala insonorizada y Jamie se agitó incómoda en su silla, su mente había vuelto al claro del bosque. Aquella primera noche en Suecia. La chica, postrada de rodillas, con las ramas clavadas en la espalda.
—Lo atraparon —dijo Gunnarson, ahora con más firmeza—. Lo encarcelaron.
Wiik asintió.
—Así fue. Pero ahora ha salido a la luz más información. Otras muertes han sido relacionadas con ese caso.
—¿Otras muertes?
Lassen suspiró ruidosamente.
—¿Va a hacer alguna pregunta?
Wiik tenía toda la atención de Gunnarson.
—Parece que, además de las chicas que fueron asesinadas, los padres también fueron objeto de ataques.
Gunnarson permaneció en silencio.
Jamie trataba de interpretar su rostro, pero lo único que encontró fue confusión.
—¿Alguna vez Åsa o usted tuvieron la impresión o la creencia de que sus vidas estaban en peligro? ¿En aquel momento o más tarde?
Gunnarson miró fijamente a Wiik y luego negó lentamente con la cabeza.
—No, hasta que…
Se calló y su mandíbula tembló más todavía, se pasó el pulgar por los ojos.
Wiik asintió.
—Anoche. De acuerdo. —Respiró hondo y cambió de táctica—. Ahora mismo solo nos interesa atar cabos, buscar más pistas. ¿Qué nos puede decir de Tilde?
—¿Tilde? —El nombre de su hija se le atragantó—. Era una chica encantadora. Amable, guapa.
—¿Usted y su esposa no tuvieron más hijos?
—No habíamos planeado tener a Tilde, pero Åsa era… —También le costaba pronunciar su nombre. Había perdido a su hija y ahora a su esposa. A Jamie le sorprendía el mero hecho de que pudiera mantener la compostura—. Tenía treinta y seis años cuando descubrimos que estaba embarazada.
Wiik y Jamie siguieron escuchando.
—Siempre nos habíamos dedicado al trabajo, no teníamos tiempo para pensar en hijos. Pero entonces, de repente, íbamos a tener uno. Fuimos al médico y nos dijeron que si esperábamos más reduciríamos las posibilidades de que naciese sano. Que cuanto más mayor se hiciera Åsa…
Wiik asintió con la cabeza para que continuara.
—Pero con el trabajo era muy complicado. Siempre teníamos niñeras y au pairs para que la cuidaran. No tenía muchos amigos, ¿saben? —Gunnarson miró por encima de la cabeza de Wiik—. Así que… —retomó la palabra, con la voz entrecortada—, nos recomendaron un grupo, un grupo relacionado con la iglesia.
Jamie sintió que su pulso se aceleraba.
—Era algo parecido a una escuela dominical. No era demasiado religioso y al parecer había otras niñas de la edad de Tilde. Muchas. Se reunían varias veces a la semana. Pensamos que sería bueno para ella, ya saben. Conocer gente nueva…
Entonces sollozó y pareció derrumbarse.
Lassen miró a Wiik lleno de ira, pero mantuvo la boca cerrada. Sabía que interrumpir la conversación solo prolongaría el tiempo que pasarían en esa habitación.
Jamie observaba a Gunnarson, incapaz de imaginar lo que estaría sintiendo en aquel momento.
La culpa que debía atormentarlo. Su mujer y él no tenían tiempo para Tilde, así que la habían enviado a un grupo de la iglesia para que hiciera amigos.
Y dio la casualidad de que era el grupo de la iglesia dirigido por Hans y Eva Sjöberg.
Aquel que la iba a violar, secuestrar y, en última instancia, asesinar.
Jamie tragó saliva y se enderezó en la silla.
—¿Quién les recomendó el grupo parroquial?
Gunnarson se sintió un poco desconcertado por la pregunta, pero miró a Jamie de todos modos.
—Eh —dijo entre sollozos—. No lo sé, creo que la niñera. Era de la ciudad. Iba a aquella iglesia.
Wiik ya tenía un bloc de notas a mano, miró a Jamie y la animó con un gesto a continuar.
—¿Recuerda su nombre? —preguntó Jamie.
Gunnarson negó con la cabeza.
—No, no lo recuerdo. Había muchas, trabajábamos con una agencia. Ellos se encargaban de organizar todo.
¿Muchas? Esa palabra despertó algo en la mente de Jamie.
—¿Por qué había muchas niñeras?
—No lo sé, Åsa era quien se encargaba de eso. Algunas no le parecían adecuadas, otras solo habían venido de intercambio o lo hacían para ganar un poco de dinero mientras estudiaban. Tuvimos niñeras desde que nació hasta…
Jamie asintió.
—La niñera que les recomendó el grupo de la iglesia, ¿estuvo con ustedes mucho tiempo?
Gunnarson negó con la cabeza.
—No, no mucho. Unos meses, eso fue todo.
Lanzó una mirada de reojo a Lassen.
Jamie y Wiik se dieron cuenta e intercambiaron una mirada, aquella mirada fue suficiente para ponerlos alerta.
Jamie tragó saliva.
—¿Por qué estuvo con ustedes tan poco tiempo?
Gunnarson volvió a mirar a Lassen y el pitbull asintió ligeramente con la cabeza para indicarle que podía continuar.
Jamie no sabía si el abogado conocía en realidad lo que Gunnarson estaba a punto de decir, pero se sentó un poco más erguida, lista para intervenir si fuera necesario.
Gunnarson comenzó a frotarse las manos.
—Tilde, eh… A ella no le gustaba la niñera, creo.
Añadió lo último rápidamente, luego tosió un poco y bajó la mirada hacia la mesa.
Jamie no quería alejarse demasiado de la línea original de preguntas, pero decidió no soltar la presa.
—¿No le gustaba? ¿Por qué no?
Él negó con la cabeza y luego miró a Lassen, cuyos ojos se habían entrecerrado mientras observaba a su cliente. Era consciente de que caminaba una fina línea.
—¿Señor Gunnarson? —preguntó Jamie para presionarle a responder.
Apretó los dientes y luego exhaló entre temblores.
—No lo sé, simplemente no le gustaba. No recuerdo por qué. Y, de todos modos, no veo por qué es relevante…
—No lo es —Lassen interrumpió a su cliente—. No tiene nada que ver con nada y le agradecería que se ciñera al tema en lugar de intentar sacar a relucir información irrelevante de hace décadas que no es razonable que usted espere que mi cliente recuerde.
—De acuerdo —asintió Jamie.
Aquello no llevaba a ninguna parte. Pero la reacción de Gunnarson y su abogado le indicaba que debían investigar el asunto. Y eso ya era algo. Podían conseguir el nombre de la agencia, buscar las fechas previas a la muerte de Tilde y localizar a la niñera. Interrogarla también.
—¿Recuerda al menos su nombre? —preguntó Jamie, debía intentarlo por última vez.
Gunnarson negó con la cabeza, se negaba a mirar a Jamie a los ojos, y luego miró a Lassen con la esperanza de que hiciera algo.
—Esto no nos va a llevar mucho más tiempo —dijo Jamie, y sintió que el ambiente cambiaba un poco—. La última niñera —Lassen abrió la boca, pero Jamie levantó la mano para indicar que no iba a insistir en la misma pregunta—, ¿iba a la iglesia asiduamente?
Lassen no lo miró, pero tocó el brazo de Gunnarson de una manera que probablemente había hecho cientos de veces antes.
Gunnarson pareció relajarse un poco, una señal inequívoca.
—No lo sé —dijo Gunnarson, ahora parecía más seguro—. Fue hace veinticinco años.
Wiik también pareció percibir que se había levantado un muro de forma repentina, así que se recolocó en su silla, dejó que Jamie continuara con el interrogatorio y se limitó a observar a Gunnarson como lo haría un halcón.
—¿Conocía Tilde a alguna de las otras víctimas, o las conoció usted? ¿Eran amigas, o…?
—Lo siento, no lo sé.
Jamie estaba cada vez más inquieta.
—¿Sabe cuántas chicas había en ese grupo de la iglesia?
—No.
—¿Alguna vez fue usted a la iglesia?
—No.
—¿Es usted religioso?
—No.
Lassen intervino entonces.
—Este interrogatorio no lleva a ninguna parte y estas preguntas no tienen sentido. No creo que el señor Gunnarson o su esposa fueran atacados por sus creencias religiosas.
Jamie lo ignoró.
—Señor Gunnarson, me resulta difícil imaginar que, sin más, dejara a su hija al cuidado de esa niñera y le permitiera llevarla a un grupo parroquial al que usted nunca había asistido y del que no sabía nada.
Había decidido presionar, solo un poco, solo para ver qué pasaba.
La tristeza de Gunnarson se convirtió en ira.
—¿No cree que ya me siento lo suficientemente culpable?
—¿Diría usted —preguntó Jamie con mucho cuidado— que descuidó a Tilde o que simplemente la ignoraba?
Lassen dio un golpe en su maletín y se apartó de la mesa mientras se abrochaba la chaqueta.
—Este interrogatorio ha terminado —dijo con tono gélido—.
Mikael, nos vamos. Si tienen más preguntas, pueden dirigirse a mí y el señor Gunnarson les responderá lo antes posible.
No hay ninguna acusación por presentar ni motivos para mantener a mi cliente bajo custodia y él ha sido más que complaciente.
Así que no vamos a quedarnos aquí sentados y permitir que se difame su capacidad como padre sin motivo alguno la noche después de que su esposa haya sido asesinada y, por lo que parece, todo debido a la habitual negligencia de la policía.
Lanzó una mirada desdeñosa a Jamie y luego a Wiik, y sacó a Gunnarson de la habitación a la fuerza.
Wiik no dijo ni una palabra y no se movió. La puerta se cerró detrás de Gunnarson y su perro de presa, y entonces Wiik soltó un largo suspiro y golpeó con el bolígrafo su bloc de notas en blanco.
—Lo siento —dijo Jamie—. No debería haber insistido tanto.
Wiik reflexionó un momento.
—No, hiciste bien. Yo también intuía que algo no cuadraba. Y ahora lo sabemos.
—¿Qué sabemos?
Wiik dejó de tamborilear con el bolígrafo y la miró.
—Que Mikael Gunnarson sabe más de lo que dice sobre la muerte de su hija.