32
Jamie salió del hotel y se encontró con el aire fresco y claro de la madrugada, con ese tono rojizo que el cielo adquiere justo antes de que amanezca.
Un espeso manto de nieve había caído durante la noche y los equipos de limpieza ya habían salido a retirarla con sus quitanieves.
Allí yacía, gris y espesa, derritiéndose poco a poco sobre las rejillas bajo su propio peso.
Wiik le había enviado un mensaje de texto donde le decía que quería empezar cuanto antes el interrogatorio de Mikael Gunnarson.
Jamie también estaba ansiosa por comenzar.
El hombre había exigido que su abogado estuviera presente en todas las conversaciones, así que pasó toda la noche en la sede central de la policía hasta que llegó su letrado.
Tanto Jamie como Wiik querían sacarle algunas respuestas lo antes posible, pero, si no iba a hablar sin un representante legal presente, perder el tiempo a las tres de la madrugada no serviría de nada.
Había salido a la calle antes que los trabajadores más madrugadores. Antes que el sol incluso.
La ciudad aún estaba sumida en la oscuridad, las farolas seguían encendidas y proyectaban un tenue resplandor sobre el brillante asfalto.
Jamie cambió el peso de un pie a otro, buscaba que la sangre le llegara a todos los dedos y notó cómo la sal del pavimento crujía bajo sus tacones. Entonces se detuvo y miró al otro lado de la calle.
Entrecerró los ojos para fijarse en un estrecho callejón ubicado entre dos edificios de la acera de enfrente e intentó concentrarse. ¿Eran imaginaciones suyas o había alguien allí?
Notó que su mandíbula se tensaba y dio un paso a la derecha para alinear su vista con la entrada del pasaje.
La farola de la esquina se apagó y la oscuridad envolvió el callejón. Jamie maldijo en silencio y se obligó a respirar.
Su aliento se condensaba en una nube de vapor que rodeaba su cabeza y oscurecía su visión. Pero entonces eso dejó de importar.
La persona que se escondía en las sombras avanzó para entrar en el terreno iluminado por las farolas.
Jamie no podía distinguir sus rasgos: llevaba una gruesa parka, una sudadera con capucha negra sobre la cabeza y las manos en los bolsillos.
La figura se quedó allí parada, sin moverse; quería ser vista. Quería que Jamie la viera.
Tragó saliva con dificultad y cerró los puños. Su mente se aceleró. ¿El francotirador? ¿El autor de la nota? ¿El secuestrador de Nyström? ¿Eriksson? Maldita sea. ¿Lindvall? Tenía miedo de moverse, miedo de asustarlo. Contaba con una gran ventaja sobre ella.
Pero ¿qué quería?
Jamie levantó la cabeza, miró a izquierda y derecha, vio que la calle estaba desierta y luego levantó las manos para mostrar que no tenía malas intenciones.
La figura se giró un cuarto de vuelta, como si estuviera lista para salir corriendo.
Jamie exhaló y dio un paso adelante.
La figura se quedó quieta.
¿Para qué estaba allí? ¿Para asustarla? ¿Para darle a conocer que sabía dónde se alojaba? O se trataba de otra cosa… ¿Acaso para establecer contacto? ¿Para aproximarse a ella?
«No lo entiendes».
«¿Qué es lo que no entiendo?», fue lo que Jamie tuvo ganas de gritar. Pero se contuvo y dio otro paso con mucha cautela.
La figura no se decidía entre huir o enfrentarse a Jamie.
Ahora ella estaba al borde de la acera y miró hacia abajo, para comprobar dónde pisaba.
La figura se enderezó un poco y se acercó a la calzada.
El corazón de Jamie le latía con fuerza en el pecho.
Dio otro paso, y para hacerlo levantó el pie por encima del montículo de nieve derretida que estaba acumulado delante de ella, y luego dejó caer su talón sobre la calzada.
En el instante en que tocó el suelo, percibió un brillo por el rabillo del ojo y se giró, momento en que vio el Volvo de Wiik detenerse con un derrape.
Jamie se tambaleó hacia atrás, su talón tropezó en el montículo de nieve y resbaló, con un pie a cada lado del montículo. Recuperó el equilibrio y sus manos golpearon el capó del coche.
Se encontró con la mirada de Wiik detrás del parabrisas, con una expresión de sorpresa en el rostro. Abrió la puerta de un empellón y salió.
—¿Qué demonios haces?
Pero Jamie no le escuchaba. Había continuado su camino hacia el otro lado de la calzada.
Él la vio subir al bordillo y entrar en el callejón. Pero la figura ya había desaparecido.
—Mierda —murmuró Jamie y luego retrocedió para volver junto al coche—. ¿Los has visto? —preguntó.
Wiik estaba de pie detrás de la puerta del coche y sacudía la cabeza.
—¿Ver a quién? ¿A la loca que se mete en medio de la calle sin mirar? Casi te atropello.
Jamie refunfuñó y señaló con la mano el Volvo.
—Es tu maldito coche eléctrico. No se le oye llegar.
Volvió a mirar por encima del hombro hacia el callejón, pero no había nadie.
—Se supone que debes mirar a ambos lados, no escuchar —dijo Wiik con tono seco—. Ahora entra.
Jamie suspiró, se frotó los ojos, rodeó el coche y se subió. Wiik le ofreció una taza de café que había sobre el salpicadero.
Ella la aceptó y dio un sorbo.
—Leche desnatada, ¿verdad? —preguntó Wiik, aunque ya sabía la respuesta. No miró atrás antes de arrancar.
—Así es —dijo Jamie, que lo miraba con cautela.
—Hallberg me dijo que parasteis a tomar un café —añadió, mientras accionaba el intermitente antes de girar hacia una calle lateral—.
La puse a investigar a Eriksson para ver si había algo que lo relacionara con nuestro francotirador.
No tiene armas ni licencia de caza. A juzgar por todos los indicios, el hombre está tan limpio como un…
—¿Un sacerdote? —sugirió Jamie, tras lo cual arqueó una ceja y dio otro sorbo de café. Por un momento se preguntó si había sido Hallberg quien le había dicho sin más lo del café o si Wiik la había sonsacado.
—Como debería ser un sacerdote —dijo Wiik—.
Pero eso no significa nada. Seguimos sin saber dónde está, no hay ni rastro de él.
Es como si se hubiera esfumado. Al parecer, nunca había faltado a un servicio antes, ha sido un custodio modélico de la iglesia y, en general, un ser humano jodidamente increíble.
El desdén que se desprendía de su tono resultaba inconfundible.
Jamie echó la cabeza hacia atrás.
—Eriksson era buen amigo de Sjöberg, que tenía experiencia militar. ¿Quizá le enseñó a disparar? Tendremos que preguntarle a Eva Sjöberg si iban de caza juntos. De hecho, deberíamos comprobar si Hans Sjöberg tenía un rifle. Quizá la carta no fue lo único que Eriksson se llevó de la casa de Sjöberg.
A Wiik pareció gustarle aquella idea. Asintió lentamente.
—Buena idea.
¿Café y un cumplido? Desde luego esa mañana estaba de buen humor. Aunque su ceño fruncido no decía lo mismo. Quizá haber rozado la muerte había servido para poner en perspectiva sus sentimientos hacia Jamie. O quizá todo eran imaginaciones suyas.
—¿Cómo vamos con la identificación de la víctima? —preguntó Jamie—. ¿Algún resultado?
—De momento, no —respondió Wiik—. Pero volverá a salir en las noticias esta mañana. Con un poco de suerte, daremos con una identificación positiva.
—¿Y si no?
Wiik la miró y luego volvió a fijar la vista en la carretera.
—Lo haremos —dijo.
Aunque no parecía muy seguro.
El abogado de Gunnarson era, como era de esperar, un pitbull.
Jamie y Wiik lo habían esperado hasta poco después de las ocho, momento en el que irrumpió en el edificio envuelto en un remolino de lana italiana y cuero. Entró con paso decidido en la sede central, igual que lo haría un león en su territorio.
Debía de tener unos cincuenta años, muy posiblemente la misma edad que Gunnarson, lucía una abundante cabellera, que a Jamie le pareció fruto de implantes y tintes, y una mandíbula tan cincelada que podría utilizarse en un torno.
Sus hombros se movían hacia adelante y hacia atrás mientras caminaba, haciendo que el maletín se balancease a su lado.
El abogado, un hombre llamado Lassen, entró en la sala de interrogatorios 1 sin decir una sola palabra, rodeó la mesa para situarse donde estaba Mikael Gunnarson, se sentó junto a él y colocó su maletín sobre la mesa.
Lo abrió sin mirar ni a Jamie ni a Wiik, sacó unos papeles y, pasado un momento, lo cerró. A continuación, Lassen los giró y los colocó delante de Wiik, sacó un bolígrafo de su chaqueta y lo dejó encima de los papeles.
—Firme esto —dijo con una sonrisa como las de las figuras de cera y juntó las manos delante de él.
Wiik miró aquellas hojas.
—¿Y qué es esto?
—Documentos vinculantes, en ellos afirma que no se acusa a mi cliente de nada, que no tiene intención de presentar acusaciones en el futuro y que, por lo tanto, va a ser liberado de inmediato.
Él es la víctima de un delito, no el autor, y usted no tiene motivo alguno para retenerlo o para interrogarlo.
Por lo tanto, le recomiendo encarecidamente que sea liberado de inmediato.
Sobre todo si se tienen en cuenta sus circunstancias personales y la terrible pérdida que acaba de sufrir…
Wiik levantó la mano para hacer callar al hombre.
—Cállese —dijo con un suspiro—. Está en lo cierto, no vamos a acusar de ningún delito al señor Gunnarson.
—Entonces debería…
Wiik volvió a levantar la mano, esta vez cerró los ojos. La vena de su sien se había hinchado, pero mantuvo la calma. Al menos de momento.
—Si dejamos que su cliente se vaya, la persona que ha intentado matarlo podría volver a intentarlo.
—Mi cliente ha sufrido una gran pérdida personal —dijo Lassen.
Gunnarson no apartaba la vista de la mesa que tenía delante, su cara y cuello aún tenían las salpicaduras de la sangre de su esposa.
Le habían quitado la ropa para analizarla y llevaba unos pantalones de chándal y un jersey grises.
Pero no parecía especialmente afligido. No parecía nada en especial.
Solo ausente. Debía de tener unos sesenta años, pero se le veía bien conservado para su edad.
Sano. Salvo por la falta de afeitado, las ojeras y el pelo revuelto.
Jamie lo observó con atención mientras Wiik y Lassen se enfrentaban.