El Guardián de Ángeles (Jamie Johansson 1) 28 #3
54%

28 #3

Se acercó a la esquina y miró hacia fuera, recorrió con la mirada la amplia habitación: la brillante encimera blanca de la isla de la cocina, los sofás de cuero blanco, la chimenea, la mesa de comedor de madera llena de velas y platos medio llenos…

y una mujer desplomada sobre su cena, de espaldas a la ventana destrozada, con la mejilla apoyada en la superficie, los ojos muy abiertos y vacíos, y un agujero de color rojo sangre entre los hombros.

Los brazos de Åsa Gunnarson habían quedado extendidos sobre la madera, su copa de vino volcada había rodado fuera de los dedos de su mano derecha, la izquierda todavía agarraba el cuchillo que había usado para comer.

El cabello castaño rojizo yacía alrededor de la cabeza en una maraña enredada y un fino hilo de sangre le brotaba de la boca abierta.

A través de los huecos de los listones de madera de la mesa caían gotas de sangre que se acumulaban bajo ella.

El vestido blanco y ajustado estaba empapado, los pies formaban extraños ángulos con los tobillos doblados sobre los talones, como si hubiera intentado moverse, acaso los últimos restos de vida abandonando el cuerpo.

A juzgar por las salpicaduras en la mesa y la pared, la primera ráfaga la había alcanzado de lleno en la espalda y le había destrozado el pecho antes de dejar rastros de sangre por toda la sala.

Jamie se agachó. Se forzó a respirar, aunque no pudiera quitarse el hedor de la nariz. Sangre. Demasiada sangre. El cuerpo humano contiene unos cinco litros. Y la de Åsa Gunnarson no dejaba de empapar su carísimo suelo de nogal.

Jamie tragó la bilis que le subía por la garganta y se obligó a concentrarse.

Åsa estaba muerta. Pero la mesa tenía dos platos: el de Åsa y otro enfrente de ella.

Estaba todavía sobre la mesa, con el borde ancho del cuenco salpicado de sangre.

Jamie pudo ver un cuchillo y un tenedor en el suelo, junto a la silla que había sido empujada hacia atrás desde la mesa en un ángulo extraño.

Jamie entrecerró los ojos, debía ignorar a la mujer muerta e intentar llamar al marido.

—Mik… —Su voz sonó como un graznido. Se aclaró la garganta y se obligó a hablar más alto—. ¿Mikael Gunnarson? —gritó para que se escuchase por toda la sala, en busca de cualquier señal del marido desaparecido, tratando de no perderse ni un solo detalle de la sala.

¿Cuántos disparos había oído desde el coche? ¿Dos, tres?

Uno había acabado con Åsa, la bala había hecho pedazos su cavidad torácica. La segúnda había reventado otra ventana.

Jamie se asomó y miró las ventanas. Era una fila de ocho. La tercera ventana se había hecho añicos con el primer disparo, justo detrás de Åsa. La quinta y la sexta también estaban rotas. Dos disparos más.

Se volvió hacia la pared salpicada de sangre y buscó más allá de la foto de Tilde Gunnarson.

Un pasillo conducía a la parte trasera de la casa, donde, supuso Jamie, estarían los dormitorios, y junto a él había una marca en la pared que dejaba ver el hormigón bajo la pintura. Ese era el segundo.

Avanzó más y vio otra marca, esta vez más arriba: el tercer disparo. Debajo de la marca, en el suelo, había otra fotografía hecha pedazos, destrozada, con el cristal quebrado en afilados fragmentos.

Al fondo del salón, Jamie distinguió otra pared que dividía la zona de los sofás y la chimenea de un pasillo que giraba a la izquierda y se perdía de vista. ¿Dormitorios, lavadero? No lo sabía, pero las balas habían perseguido a Mikael Gunnarson en aquella dirección. Y hacia allí debía ir.

Mierda.

Eran diez metros sin protección.

Y el tirador no quería que nadie saliera vivo de aquella casa.

Suicidio.

Esa fue la palabra que le vino a la mente.

Jamie miró su reloj y pensó en el trayecto que habían hecho hasta allí. Los veinte minutos de espera, como mínimo, antes de que llegaran las luces azules intermitentes.

El tirador lo tendría en cuenta y no querría dejar escapar a los Gunnarson.

Si no lo había hecho ya, ahora estaría acercándose a la casa, quizá en busca de un nuevo punto estratégico.

Jamie tenía que darse prisa, encontrar a Mikael y luego aguantar hasta que llegaran los refuerzos o ponerse a salvo hasta que el tirador fuera a por ellos.

No tenía tiempo para pensar en quién podría haber sido.

Tenía que moverse.

Jamie retrocedió hacia la puerta principal para tomar impulso, apoyó los talones en ella y luego apretó los puños, lista para saltar y cruzar el hueco.

Contó hasta tres en su cabeza y luego se detuvo en el dos antes de que perdiese el valor.

Salió corriendo al centro de la sala, donde el viento helado que entraba por las ventanas rotas la golpeó como una pared y la dejó sin respiración.

No se detuvo pese a los jadeos, los cristales rotos crujían bajo sus botas mientras se dirigía hacia la pared opuesta.

Otro destello iluminó su campo de visión y la pared ubicada en frente estalló convertida en una lluvia de hormigón y pintura.

El estruendo resonó en toda la casa, la ensordeció mientras levantaba las manos para protegerse la cara, los gránulos del hormigón le golpearon los brazos formando una nube.

Jamie cerró con fuerza los ojos al notar el polvo, sintió cómo le golpeaba los dientes al avanzar, y apenas alcanzó a ver la pared divisoria cuando se había abalanzado ya sobre ella.

Intentó equilibrarse, pero iba demasiado rápido. Se golpeó en el hombro, giró sobre sí misma y cayó al suelo, donde aterrizó con fuerza antes de deslizarse por el estrecho pasillo.

Jamie, tumbada de espaldas, apenas podía respirar. Miró hacia la sala de estar, donde una espesa nube de pintura blanca y yeso aún flotaba en el aire cargado con el olor de la sangre.

El tirador la había guiado a través del espacio, había apretado el gatillo una fracción de segundo antes de lo debido, sin llegar a calcular bien el tiempo de vuelo del disparo y la velocidad de su movimiento.

Pero de haber disparado desde más cerca la bala le habría atravesado los brazos, quizá el cuerpo entero.

Jamie necesitaba darse la vuelta y vomitar.

Pero aquello no había terminado.

Todavía respirando con dificultad se puso en pie y extendió la mano para equilibrarse con la pared.

El pasillo se extendía hacia la parte trasera de la casa: vio dos puertas a la izquierda y, al final, una puerta a la derecha que daba al exterior.

Jamie avanzó con cuidado, aguzando el oído para detectar cualquier movimiento.

No oía nada y rezó para que Mikael Gunnarson no hubiera sido tan estúpido como para intentar escapar por la puerta trasera.

Jamie se detuvo ante una ventana que encontró a su derecha y miró hacia fuera. Daba al valle; era imposible que el tirador pudiera verla desde donde estaba. Vio un camino de losas que se alejaba de la casa y se dirigía hacia una verja en la línea de árboles, a unos quince metros del jardín.

¿Estaría yendo el tirador hacia allí en aquel momento?

Apretó la mandíbula y continuó. No había tiempo que perder.

La primera puerta a su izquierda estaba abierta. Echó un vistazo al interior y vio un amplio cuarto de baño con una ducha a ras de suelo. Pero ni rastro de Mikael.

Respiró hondo tratando de calmarse, pero su corazón no se calmaba. No paraba de latir frenéticamente contra sus costillas.

—¿Mikael? —Intentó de nuevo—. ¿Mikael Gunnarson? Soy de la policía —dijo Jamie—. Si se encuentra bien, hágamelo saber.

Pero solo hubo silencio.

Ya solo quedaba una puerta.

Jamie se dirigió hacia ella con convicción y descubrió que estaba cerrada.

Hizo una pausa de un segundo, puso la mano sobre la madera, respiró hondo, luego giró el picaporte y entró.

La puerta se abrió con un crujido y sus botas se hundieron en una mullida alfombra. El interior estaba oscuro y solo alcanzó a distinguir el contorno de una cama gracias a la luz natural que entraba por una gran ventana situada en el lado derecho de la habitación.

—¿Mikael? —preguntó a la oscuridad.

No sabía si era el susurro de la alfombra, el crujido de un tendón tenso o simplemente la parte primitiva de su cerebro lo que la alertaba del peligro. Pero, un instante antes de que sucediera, se giró por instinto hacia la izquierda y tensó los músculos.

Algo duro la golpeó en el estómago y la tiró al suelo, lo que la empujó a un lado, hacia el interior de la habitación, y la estrelló contra la pared de la ventana.

Se quedó sin aliento y gritó. Las estrellas bailaron ante sus ojos.

La luz que ahora entraba por la puerta le permitió ver la figura de un hombre que se echaba hacia atrás y se preparaba para darle un puñetazo. Su codo se elevó en la oscuridad, recortado contra la luz del pasillo, y se detuvo antes de lanzar su mano cerrada hacia la cara de Jamie.

Ella levantó las manos para defenderse, rodó hacia la derecha y sintió cómo el puño rebotaba en sus antebrazos y golpeaba la pared justo al lado de su oreja izquierda.

El agresor gruñó y maldijo antes de, en estado de shock, retirar la mano, lo que le dio a Jamie el espacio suficiente para reaccionar.

Su entrenamiento se puso en acción, la memoria muscular hizo su trabajo y ella se colocó dentro del alcance del hombre, se inclinó hacia su pie izquierdo y levantó la rodilla derecha con toda la fuerza que pudo describiendo un pronunciado arco.

Impactó en la parte inferior del abdomen del atacante, justo encima del pubis, que soltó un gemido sordo y se dobló por la mitad.

Sin perder tiempo, Jamie pivotó sobre su pie derecho y lanzó una patada baja con la izquierda en la parte posterior de la pantorrilla del hombre.

El pie de él crujió y la vibración le llegó hasta la cadera.

Pero el hombre se hincó de rodillas, en mitad de la oscuridad, con los ojos muy abiertos por el miedo y sin dejar de mirar a Jamie.

— Nnälla, döda mig inte —susurró, entre jadeos entrecortados. «Por favor, no me mates».

Jamie bajó el puño armado, que tenía ya dirigido a la mandíbula del hombre, y miró hacia la puerta, mientras con la otra mano se masajeaba el esternón.

—¿Mikael Gunnarson? —preguntó, sin bajar del todo la guardia.

Él asintió con miedo y levantó las manos hasta colocarlas a la altura de los hombros.

— Snälla, jag betalar vad du vill —dijo sin dejar de mirarla. «Por favor, pagaré lo que quieras».

Ella tragó saliva y bajó las manos al fin.

—Soy la inspectora detective Jamie Johansson —dijo antes de tenderle la mano al hombre—. Vengo de parte de la Policía de Estocolmo.

—¿No ha venido a matarme? —musitó él sin llegar a estrecharle la mano.

—No —dijo Jamie, esforzándose por controlar un gesto provocado por el dolor en el pecho mientras se concentraba en la puerta todavía abierta—. He venido a salvarle la vida.