El Guardián de Ángeles (Jamie Johansson 1) 29
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Jamie estaba sentada en la parte trasera de una ambulancia con una linterna apuntándole a los ojos, cuando Wiik detuvo su coche en el camino de entrada tras derrapar sobre el asfalto pulido.

El jardín delantero de los Gunnarson era un mar de luces intermitentes. Había dos ambulancias, cuatro coches patrulla, dos unidades caninas, el coche de Hallberg y ahora el de Wiik.

Abrió la puerta de una patada, salió del coche y apartó las faldas de su largo abrigo con los brazos mientras se abalanzaba hacia Jamie.

Ella suspiró, apartó la linterna de su cara y dio las gracias al paramédico que la examinaba. Este miró a Wiik, se dio cuenta de que quedarse allí probablemente no era una buena idea y se esfumó en la neblina azul.

—Hey —dijo Jamie con un suspiro y se frotó el antebrazo. Mikael Gunnarson no era para nada un boxeador, pero la había golpeado con los nudillos y todavía le dolía con horror.

—¿Hey? —preguntó Wiik incrédulo de pie junto a ella y con las manos en las caderas—. ¿En qué estabas pensando?

Jamie lo miró con los ojos entrecerrados.

—Estoy bien, gracias por preguntar —dijo.

Las fosas nasales de Wiik se dilataron y luego exhaló con fuerza, al tiempo que se alisaba el pelo.

—Podrían haberte matado.

—También a Mikael. —Jamie apretó la mandíbula—. A Åsa la han matado.

Se giró y señaló con la cabeza hacia la casa.

Dos paramédicos salían de ella y se quitaban los guantes.

Mikael estaba ileso, pero Åsa no había sobrevivido.

A Jamie le había bastado echar un vistazo a los agujeros en las paredes para saber que no había vuelta atrás tras un impacto directo como aquel.

El tirador había disparado a matar y lo había conseguido.

Wiik se quedó estoicamente callado, con la vista perdida en la oscuridad, la niebla aún espesa en torno a la casa.

Los haces de luz de las linternas se movían intermitentemente en la distancia, entre los árboles, mientras las unidades caninas peinaban el bosque en busca del tirador.

Jamie sabía que a esas alturas ya estaría lejos de allí.

Pero bastaría con encontrar su nido, tal vez algunos casquillos, cualquier cosa, para tener un hilo del que tirar.

No estaba tan segura de la identidad del tirador, pero sabía que Wiik ya había decidido quién era su sospechoso, por lo que esperaba que las unidades caninas acorralaran a Eriksson allí fuera.

—No deberías haberte precipitado así —murmuró Wiik, que intentaba dirigir su ira hacia otro objetivo. ¿Estaba preocupado?

Jamie miró más allá de él para ver a Hallberg, que estaba cerca de la parte delantera de su coche. Hablaba por teléfono, pero los iba mirando. ¿Cuánto le había contado a Wiik de lo sucedido?

—¿Y qué otra cosa podía hacer? —preguntó Jamie, sin saber de verdad cuál era la respuesta.

—Esperar, pedir refuerzos —respondió él sencillamente.

—Los agentes más cercanos habrían tardado veinte minutos en llegar, lo sabes tan bien como yo —dijo Jamie y se esforzó por que su voz no sonase fría—, y además serían unos torpes inexpertos, policías de una unidad campestre que serían tan útiles como… como…

Jamie se calló y sacudió la cabeza. No se le ocurría nada que no fuera una broma, y no le apetecía mucho reírse.

—Eso da igual —dijo Wiik.

—Si no hubiera entrado, Mikael también podría haber muerto.

—Åsa ha muerto de todos modos, ¿y tenías tú alguna forma de saber que Mikael no lo hubiese hecho también antes de que estuvieran a punto de volarte la cabeza? Hallberg me dijo que esquivaste balas hasta llegar a la puerta principal y que el tirador no tenía intención de dejarte llegar hasta él.

Jamie se inclinó sobre Wiik y miró a Hallberg con el ceño fruncido. Esta apartó la mirada avergonzada. El razonamiento de Wiik era irrefutable.

—Mira —dijo con evidente cansancio—. Estoy bien.

Mikael Gunnarson está bien. —Jamie señaló con la cabeza uno de los coches patrulla, donde apenas se distinguía en la oscuridad del asiento trasero, encorvada y con la cabeza gacha, la silueta de la que podría haber sido la segunda víctima—.

El tirador no le alcanzó y tampoco me dio a mí.

Entré porque es muy probable que el caso recaiga ahora en lo que nos diga Gunnarson y no estaba dispuesta a dejar que nuestra mejor pista recibiera una bala.

La boca de Wiik se había convertido en una línea inexpresiva.

—El tirador conocía esta propiedad y los objetivos.

Lo había planeado y lo ejecutó con precisión.

Que llegáramos en ese momento fue una suerte increíble.

Y que yo entrara en la casa puede que haya sido lo único que impidió que el tirador avanzara y terminara el trabajo.

No tengo ninguna duda de que, si no hubiéramos estado aquí, habría dos cadáveres ahí dentro, y además no estaríamos más cerca de averiguar qué narices está pasando aquí.

Wiik se negaba a mirarla. No le quitaba ojo a la casa.

—No encaja —dijo después de unos segundos.

—¿Qué no encaja? —preguntó Jamie y sacudió la cabeza. No le quedaba energía para averiguar acertijos.

—Esto —dijo Wiik, sin apartar la mirada de la casa—. Que el asesino vaya tras Mikael y Åsa Gunnarson.

—Creo que no te entiendo —dijo Jamie mirando a Wiik a los ojos.

—En cada caso, las otras cinco víctimas —dijo Wiik, que ahora le devolvía la mirada y extendía los cinco dedos—.

Christina Bergner: su padre fue atropellado y murió.

—Bajó uno de sus dedos—. Britta Engdahl, su madre desapareció sin dejar rastro.

—Otro dedo—. Hilda Nordell, su padre se ahorcó.

El padre de Agnes Floden, desaparecido. El padre de Elin Wickstrom, apuñalado.

—Bajó un dedo tras cada uno de los asesinatos—. Hay un patrón ahí.

—No se trata de una cuestión de género —dijo Jamie, tratando de ocultar lo impresionada que estaba por el hecho de que él lo recordara todo.

Apenas parecía interesado en lo que Hallberg le decía y, desde luego, no tanto como para convencerse de que debían venir aquí tras los Gunnarson.

Y, sin embargo, había recibido esa información y la había memorizado desde el principio.

Jamie estaba impresionada. Pero no dejó que se le notase—.

Eso ya lo sabemos —continuó—. La madre de Britta Engdahl fue el objetivo, al igual que ahora lo ha sido Åsa Gunnarson. El resto son padres.

—Pero ¿por qué?

—No lo sé —respondió Jamie con sinceridad.

—¿Por qué el asesino iría tras las chicas?

Específicamente chicas . De trece o catorce años.

Del mismo grupo de la iglesia. Todas relacionadas.

Todas parecidas. Jóvenes, cristianas, listas para su confirmación.

Todas asesinadas de la misma manera. Secuestradas, asfixiadas y expuestas.

Pero luego los padres… Esos asesinatos fueron oportunistas, adaptados a la víctima, no proyecciones del asesino.

—Wiik volvió a fruncir los labios—. También fueron cuidadosos.

Ocultos. Plausibles. Aparentemente accidentales.

Un atropello con fuga, desapariciones, supuestos suicidios. Pasaron desapercibidos.

Jamie suspiró, estaba de acuerdo.

—Disparar a dos empresarios de perfil alto con un rifle de caza no es lo que se dice discreto. No encaja —sentenció con tono cansado.

—No, no encaja. —Wiik volvió a mirar el bosque—. Así que, ¿qué es lo que ha cambiado entre entonces? ¿Qué le ha llevado a atacar así a los Gunnarson? ¿Por qué a los dos?

—Si el asesino era veinticinco años más joven entonces —reflexionó Jamie—, probablemente era lo suficientemente joven y fuerte como para acabar con ellos de esa manera.

Tenía la suficiente confianza en sí mismo para acercarse.

Ahora, ya mayor… Un rifle es una apuesta más segura.

Quizá no quería acabar con los dos. Es posible que decidiera acabar con ambos para que el otro no pudiera pedir ayuda.

A Wiik no parecía convencerle aquella teoría. Pero, en cualquier caso, en ese momento Jamie tan solo soltaba palabras. La cabeza le daba vueltas. Estaba agotada, la adrenalina ya había desaparecido. Apenas podía pensar.

—No lo sé —dijo con la sensación de haberlo repetido cien veces—.

Pero lo averiguaremos. —Se volvió para mirar a Gunnarson—.

El asesino ha ido primero a por las chicas y luego a por sus padres.

Tenemos que interrogar a los padres supervivientes y también a Gunnarson.

Si alguien sabe por qué los han convertido en objetivo, es él.

—¿Y si no lo sabe? —preguntó Wiik, sus ojos ahora fijos en los de Jamie.

Jamie cerró los ojos y se los frotó con las palmas de las manos.

—Entonces no habremos conseguido acercarnos a la resolución del caso.