28 #2
Miraba a su alrededor nerviosa, pero cuando pronunció su nombre Jamie ya había salido del coche.
La verja estaba cerrada y, desde dentro del coche, Jamie no podía ver al otro lado. Hallberg estuvo a punto de gritar al ver a Jamie subirse primero al capó y luego al techo para ver mejor la casa.
Era como ella pensaba: extensa, con fachada acristalada. Abierta a los elementos, a la naturaleza y a cualquiera con un rifle de precisión con el alcance suficiente, y las agallas para disparar desde el otro lado del valle.
No estaba muy lejos, tal vez doscientos o trescientos metros como mucho. No hacía falta ser un tirador de competición para acertar desde esa distancia.
Jamie volvió la cabeza hacia la casa, la escudriñó en busca de alguna señal de que algo anduviera mal. Había una pequeña parte de ella que todavía esperaba que simplemente sus vecinos fueran aficionados a la caza.
Pero entonces lo vio.
Una de las ventanas que daban al valle estaba destrozada. La parte superior aún se aferraba al marco, pero una red de grietas atravesaba el cristal, y la parte inferior yacía hecha pedazos sobre el pulido suelo de roble de la casa de los Gunnarson.
Se le encogió el corazón y se le heló la sangre.
Hallberg había salido del coche y le gritaba, pero ella no la oía. Lo único que Jamie oía era el rugido de la sangre en sus oídos.
Se escuchó otro disparo, Jamie se estremeció y se agachó en un acto reflejo.
Los árboles la protegían del tirador, pero la casa no contaba con ese parapeto.
Una segunda ventana explotó en una lluvia de cristales. Cayeron al suelo y se esparcieron por todas partes, llovieron incluso sobre el césped cubierto de nieve.
Jamie estaba paralizada, no podía apartar los ojos de la casa.
—¡Inspectora!
Jamie no podía moverse.
—¡Jamie!
Hallberg tiraba de su pierna, trataba de que bajase del techo, sin duda temía que le volaran la cabeza.
El pie de Jamie resbaló debido a las gotas heladas que se habían ido cristalizando en el techo del coche y sus piernas se abrieron. Cayó sobre la cadera y se deslizó por el parabrisas hasta acabar en el capó.
La humedad hacía que le escociera la piel, fría y dolorida, y el limpiaparabrisas se le clavó en el muslo.
Jamie gruñó, rodó hasta el suelo y luego se levantó. Entonces se puso en movimiento, guiada tan solo por el instinto.
Hallberg no había dejado de gritar, pero Jamie no la escuchaba: los Gunnarson estaban en peligro, si es que no estaban ya muertos.
¿Estaría Eriksson al otro lado del valle en ese momento?
¿Estaba terminando lo que había empezado veinticinco años atrás?
¿Sería Leif Lundgren el siguiente? ¿O tal vez los padres de su última víctima?
Jamie corrió hacia la verja y saltó sobre el portón, las punteras de Kevlar de sus botas golpearon el resbaladizo acero y sus manos se toparon con la parte superior.
Trepó, las suelas de sus botas dejaron rastros húmedos en la pintura negra, los hombros le crujían y se tensaban a medida que se impulsaba hacia arriba y pasaba la pierna por encima.
Miró hacia atrás, con la respiración entrecortada, y vio a Hallberg clavada en el sitio detrás de la puerta abierta de su coche, con la boca abierta por la sorpresa y los ojos muy abiertos por el miedo.
Y entonces desapareció.
Los tacones de Jamie chocaron con el asfalto de la entrada de los Gunnarson. Ya estaba al otro lado. Avanzó veloz por el amplio camino de entrada.
Sentía los aguijonazos de la gélida niebla en las mejillas y las cuchilladas del aire en los pulmones. Se le cerró la garganta y quiso toser. Pero Jamie reprimió aquel reflejo y aceleró sin dejar de oír el ralentí del motor del Mercedes ahogado por la niebla.
Los árboles habían desaparecido a su derecha, sustituidos por un césped en pendiente. Descendía unos diez o quince metros y terminaba en el mismo muro alto de piedra que mantenía a raya los árboles.
Jamie solo veía una densa pared de niebla gris, pero sabía que el tirador estaba en algún lugar desde el que disfrutaba de una despejada línea de visión hasta la casa, por encima de las ramas más altas.
Levantó la vista hacia la construcción: un edificio cuadrado con techo plano que se adentraba en la ladera.
A Jamie le ardían las piernas cuando llegó al final del camino, ya que se había agachado mientras avanzaba, con las rodillas pegadas al pecho.
El asfalto se ensanchaba al llegar al enorme garaje doble ubicado junto a la puerta principal, y Jamie se escondió entre los dos coches aparcados allí: un BMW cupé de gama alta y un Porsche sedán extremadamente caro con unos tubos de escape, cuatro en total, tan grandes que Jamie podía meter el puño en ellos.
Recuperó el aliento con rapidez y, aunque no dejaba de sentir el hormigueo en los dedos y los fuertes latidos del corazón, se asomó a través de la ventanilla del conductor. Nada se movía en el océano de niebla.
Jamie miró hacia atrás, hacia la verja, y maldijo. Todavía no había señales de Hallberg y tampoco se oía ningún ruido en el interior.
Algo brilló en el rabillo del ojo de Jamie: una rosa resplandeciente en medio de la oscuridad.
Refulgió apenas un instante y luego se apagó, y el estruendo llegó justo un segundo después.
El cristal sobre su cabeza explotó y la bala, tras dejar una gran hendidura plateada en la brillante pintura negra, atravesó el capó del BMW.
Algunas chispas bailaron cuando la bala rebotó hacia los árboles situados detrás de la casa y el BMW se bamboleó debido al impacto.
Sus luces comenzaron a parpadear y la alarma atronó con fuerza.
Jamie se echó al suelo junto a la puerta del Porsche y se protegió la cabeza, los oídos le zumbaban y sintió cómo le llovían fragmentos de cristal sobre la cabeza y hombros. Maldijo para sí misma, casi incapaz de oír su propia voz.
No sabía a qué distancia estaba el tirador, pero no era ningún novato y había demostrado que no tenía miedo de dispararle.
Sin embargo, no estaba allí por Jamie, su objetivo era la casa. Disparaba contra los Gunnarson. Ellos eran el objetivo. Jamie era tan solo una testigo.
Respiró hondo, rodó y se arrastró como un oso hasta el parachoques delantero, en línea con la puerta principal. Estaba oculta tras un muro de piedra, sin duda diseñado para bloquear el gélido viento que soplaba desde el lago. Pero ahora a ella le serviría de refugio. O eso esperaba.
Tenía que moverse rápido: entrar y encontrar a Mikael y Åsa Gunnarson. Llevarlos a un lugar seguro y esperar a que llegaran los refuerzos.
Jamie estuvo al descubierto solo un instante.
Vio otro destello, se lanzó hacia delante y, con un estruendo, chocó con los codos contra la puerta de entrada de madera.
Las piedras de la esquina del muro protector se convirtieron en polvo y se desmoronaron, lo que dejó un agujero del tamaño de una naranja.
No sabía qué rifle usaba el tirador, pero no eran balas de caza, tampoco blindadas ni con punta hueca.
Jamie observó el agujero en el muro y la amplia hendidura en el capó del BMW, cuya alarma no dejaba de sonar: iba en serio.
Debían ser de punta balística. Balas con punta de plástico que se desintegraba con el impacto, lo que permitía que la cabeza plana de la bala se expandiera y se abriera una vez alcanzado el objetivo.
Diseñadas para causar el máximo daño. Fabricadas para obtener la máxima potencia.
El tipo de bala que convertiría un disparo impreciso en un acierto mortal.
Las balas blindadas perforaban, podían cortar, atravesar a la víctima sin más y no llegar a causar daños importantes.
Una punta balística propiciaba una explosión al impactar, lo que garantizaba daños graves.
Jamie analizó el agujero en el BMW, sin dejar de preguntarse cómo sería recibir un impacto de una de aquellas balas.
No quería ni pensarlo.
Había dos personas allí dentro que estaban en la lista de objetivos del tirador. Dos personas que podían ser la respuesta a sus preguntas. Dos hipotéticas piezas clave en la investigación. Que podían marcar la diferencia entre un caso resuelto o un interminable reguero de víctimas.
Jamie apretó la mandíbula tan solo para controlar sus temblores, respiró tan hondo como pudo y luego se volvió hacia la puerta, giró el picaporte y entró.
El interior era luminoso, con suelos de tarima oscura y lujosa. Nogal o cerezo. No había tiempo para pensar en cuál.
A la izquierda de Jamie había una puerta.
Tenía que ser el garaje. La abrió, asomó la cabeza y se topó con un interior oscuro.
Un todoterreno estaba tranquilamente aparcado al fondo, con una baca abierta de la que asomaban unos esquís.
Los Gunarasson acababan de regresar de un viaje o lo estaban planeando.
—¿Hola? —llamó.
No hubo respuesta.
Jamie maldijo. Cómo iba a ser tan fácil.
Dejó la puerta abierta y volvió al pasillo para seguir avanzando. Más adelante, el espacio se abría en una gran cocina y sala de estar que compartían espacio.
Vio otra puerta abierta a su izquierda que conducía a un pequeño cuarto de baño. Vacío también. Mierda.
Jamie llegó a la esquina de la cocina y redujo el paso antes de pegarse a la pared.
Aún olía intensamente a comida, quizá italiana o mediterránea. Pero había también otro aroma con un toque metálico.
Jamie echó un vistazo a la pared a la que se había pegado. Blanca.
La de enfrente, blanca también.
Todas las paredes eran blancas.
Dejó que su mirada se deslizara por la pared del fondo, desde la puerta abierta del cuarto de baño hasta la sala de estar.
Recorrió un tercio del panorama y se detuvo, sintió náuseas.
En la pared del fondo, entre una fotografía de los Gunnarson sentados, abrazados en un barco, bañados por la luz dorada del sol, y una vieja fotografía en blanco y negro de una joven que Jamie supuso que sería Tilde Gunnarson, había una mancha escarlata.