28
Jamie observó con divertida curiosidad cómo Hallberg marcaba el número de los Gunnarson y ponía la voz más formal que podía.
—Hola —dijo cuando contestaron—. ¿Hablo con Mikael Gunnarson? Me llamo Julia Hallberg, soy polisassistent de la Policía de Estocolmo.
Estaban sentadas en el coche de Hallberg, un Mercedes compacto con un pequeño y potente motor de gasolina.
No era tan lujoso como el Volvo de Wiik, pero estaba bien.
Jamie nunca había perdido la cabeza por el lujo.
Prefería la funcionalidad a la forma y, a juzgar por el olor —Jamie olfateó el aire del habitáculo y detectó un ligero aroma a coche usado recién comprado—, Hallberg también lo había preferido hasta hacía poco.
Jamie echó un vistazo por encima del hombro y vio que las alfombrillas de los asientos traseros estaban cubiertas con papel.
Pasó el dedo por el salpicadero y notó la textura grasienta del cuero de imitación. Sí, no hacía mucho que lo tenía.
Jamie la analizó ahora, sin atender a sus palabras, mientras les explicaba a los Gunnarson que les gustaría hacerles una visita, hablar con ellos sobre el asesinato de su hija.
Hallberg era delgada y tenía la cintura y los hombros estrechos.
Sus rasgos eran afilados, llevaba el pelo oscuro recogido en una coleta que, aunque sencilla, dejaba ver que se cuidaba el cabello.
Su ropa era profesional, aunque mantenía un toque informal.
Llevaba unos vaqueros ajustados negros y unas botas planas estilo Chelsea con la punta ligeramente afilada y una coqueta hebilla.
Jamie no creía que fueran muy adecuadas para correr.
Especialmente en pleno invierno sueco. De cintura para arriba Hallberg vestía una chaqueta gris y una camisa blanca con el botón superior desabrochado.
Jamie no sabía si había visto alguna vez un atuendo que delatase tan claramente a un policía.
Levantó la vista y vio que la chica le sonreía.
Entonces se corrigió. Jamie tenía que dejar de llamarla «chica», incluso en su cabeza.
Le llevaba menos de diez años a Hallberg, serían más bien siete, y sin embargo parecían separadas por toda una vida.
Hallberg era enérgica, positiva, optimista…
incluso juvenil. Jamie estaba… cansada. Cínica.
Y rota. Si se fijaba bien notaba que el codo le dolía justo donde un traficante se lo había roto con un bate de béisbol.
El hombro le latía levemente allí donde la habían apuñalado.
Y las muelas traseras de la parte izquierda aún le dolían y estaban un poco flojas después de que un cabrón al que perseguía le diera varios golpes.
Todavía no podía beber cosas frías sin hacer una mueca de dolor.
—¿Estás bien? —preguntó Hallberg.
Jamie salió de su ensimismamiento y se dio cuenta de lo agotada que se sentía.
—Lo siento, sí. Solo me he distraído un segundo. —Bajó la mirada y se dio cuenta de que se estaba frotando el codo dolorido, rápidamente retiró las manos y las dejó en el regazo—. ¿Todo en orden?
—Sí, Mikael llegará a casa en media hora y Åsa ya está allí. Ha dicho que podíamos ir ahora.
—¿A qué distancia está?
—Un poco más allá de las afueras, tardaremos menos de una hora.
—De acuerdo —Jamie suspiró y se frotó los ojos—. ¿Quieres tomar un café para el camino?
—Claro —dijo Hallberg con alegría—. Conozco un sitio estupendo.
—Faltaría más…
Jamie odiaba que la positividad de Hallberg le fastidiase tanto.
Salieron del aparcamiento subterráneo de la sede central y se adentraron en los últimos minutos de luz solar. La niebla descendía sobre las calles, tal y como Jamie había previsto, y pronto sería de noche.
Tragó saliva y miró por la ventana, intentaba conservar la poca energía que le quedaba.
Con un poco de suerte, Hallberg no sería de las que hablan mucho.
Sin embargo, al echar un vistazo a la joven y decidida polisassistent , cuyo pulgar tamborileaba alegremente sobre el volante y que tarareaba una melodía que solo ella podía oír mientras se armaba de valor para hacer la apremiante pregunta que tuviera en la punta de la lengua, Jamie supo que sí lo era.
Y, lo que era peor, mucho peor, era que empezaba a echar de menos a Wiik.
Y ni siquiera habían llegado a la cafetería.
Los faros del automóvil de Hallberg atravesaban la niebla mientras avanzaban por una estrecha carretera a unos cien kilómetros de la ciudad.
La niebla se había espesado hasta convertirse en algo parecido a una sopa y el termómetro en el salpicadero marcaba unos agradables seis grados bajo cero.
El último resto de calor había desaparecido del vaso que Jamie sostenía entre las manos, pero no dejaba de aferrarse a él, con el deseo de que el triple expreso se le filtrara en el cuerpo y le encendiera la mente.
Los árboles, como blancas franjas verticales, pasaban rápidamente ante los faros. Un bosque de abedules plateados se extendía hasta donde alcanzaba la vista.
Los Gunnarson habían prosperado y vivían en una gran propiedad, situada en una ladera con vistas a un estrecho valle y un pequeño lago.
Aquella carretera solo daba servicio a su casa y terminaba en su misma puerta.
Hacía más o menos un kilómetro habían pasado una bifurcación, que sin duda conducía a otra gran propiedad, pero ahora ya no había nada más.
Jamie soltó aire, el constante vaivén de la carretera le había provocado nauseas.
Hallberg conducía con suavidad, con ambas manos en el volante y, por fortuna, se había quedado en silencio.
Sin embargo, Jamie no se encontraba bien de todos modos.
Los Gunnarson tenían la clave, la respuesta a la pregunta: ¿qué es lo que no entendemos? Pero ella no se sentía bien. Algo no iba bien.
Un imponente portón negro emergió de la penumbra, con dos grandes pilares de piedra a cada lado, de los que surgían sendos muros de piedra que se adentraban en el bosque en ambas direcciones.
Tenían tres metros de altura y estaban coronados por rocas puntiagudas.
Debía de haber millones de ellas. Y probablemente había costado mucho ponerlas allí.
La puerta de la finca parecía pesada e inamovible. Al fin y al cabo, supuso Jamie, la seguridad era importante cuando se vivía a treinta minutos en coche del pueblo más cercano. Y de cualquier posible rescate.
Hallberg redujo la velocidad y bajó la ventanilla para hablar al interfono que sobresalía del suelo a unos seis metros de la puerta.
Jamie miró hacia delante y vio una rendija de luz amarilla en la unión de las dos puertas. Se enderezó e intentó ver por encima de ella, lo que le permitió vislumbrar el tejado plano de la mansión de los Gunnarson.
Estaban en la ladera de una colina: a la derecha, el terreno descendía hasta el fondo del valle y, a la izquierda, subía hasta la cima de la colina, unos cientos de metros más arriba. Jamie se preguntó cuánto de todo aquello sería de su propiedad.
La casa parecía encaramada en la ladera y, desde allí, Jamie podía ver que estaba rodeada de árboles por detrás, pero abierta por delante.
Esperaba ver un césped bien cuidado que se extendiera desde la parte delantera de la casa hasta donde alcanzase la vista, y que ofreciera una vista despejada del valle.
Se lo imaginó: incluso desde detrás de aquellas puertas impenetrables era capaz de visualizar la fachada de cristal.
Si hubiera sido su casa, habría dejado todo el lateral de vidrio.
Mucha luz natural, un entorno espacioso y ningún vecino en kilómetros a la redonda. ¿Qué podría ser mejor?
Una ráfaga de aire frío golpeó a Jamie, que buscó a Hallberg con la mirada.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Hallberg se recostó en el asiento y se volvió hacia Jamie.
—No responden.
—Inténtalo de nuevo —dijo Jamie, tratando de controlar su respiración.
Hallberg se asomó pulsó el botón de llamada una segunda vez y luego una tercera.
La temperatura en el coche había descendido de modo considerable y su aliento se condensaba frente a sus caras, mientras las salidas de aire del salpicadero luchaban por evitar que se empañara el parabrisas.
Hallberg retiró la mano y miró a Jamie.
—Sabían que veníamos.
Jamie se encogió de hombros.
—Gente rica —dijo, con la intención de restarle importancia. Y, sin embargo, algo no terminaba de cuadrar.
¿Cuánto tiempo podían quedarse allí esperando?
—¿Los llamo? —preguntó Hallberg.
Jamie echó la cabeza hacia atrás, sin dejar de tamborilear con los dedos sobre el vaso que tenía entre las rodillas, y atenta al delgado hilo de luz que se colaba entre las verjas. Se le había puesto la piel de gallina y no era por el frío.
—Sí —dijo tras un segundo—. Llámalos.
Hallberg subió la ventanilla y sacó el teléfono del soporte del salpicadero para buscar el número en la agenda.
Jamie comprobó su reloj. Eran casi las seis y media. Las nubes habían ocultado la luz de la luna y el bosque que los rodeaba estaba ya sumido en una negra quietud.
La niebla se arremolinaba delante de los faros.
Hallberg llamó y el débil sonido del tono resonó a su alrededor.
Oyeron un golpe sordo en la distancia y Jamie se incorporó de golpe. Una bandada de pájaros voló de entre los árboles, levantó una nube de nieve y llenó el aire de frenéticos graznidos.
Hallberg se irguió como una suricata, sin dejar de mirar en todas direcciones.
—¿Qué demonios ha sido eso?
Jamie tragó saliva con dificultad, su corazón se había acelerado. Conocía bien ese sonido, incluso amortiguado por el cristal de las ventanas, incluso atenuado por el bosque, la niebla y la distancia.
—Ha sido un disparo —dijo.
Para ser más precisos, era el disparo de un rifle de caza. Tenía un sonido característico que ella había llegado a conocer bien gracias a los viajes con su padre. Era de calibre medio. Una bala de 6,5 mm. Diseñado para cazar presas más grandes que unos simples gansos. De eso estaba segura.
La voz de Hallberg sonaba ahora tensa y tenía los ojos muy abiertos.
—¿De dónde ha venido? ¿Ha sido cerca? ¿Inspectora Johansson?