27
Jamie y Wiik habían recorrido unos quinientos metros cuando su teléfono empezó a sonar.
La pantalla parpadeó en la consola del salpicadero e inundó el habitáculo de luz. Wiik alargó el brazo y pulsó el botón.
—Anders Wiik —dijo y buscó con la mirada a Jamie.
—¿ Kriminalinspektör Wiik? —dijo una voz entrecortada. Era una mujer.
—Sí, ¿con quién hablo? —preguntó.
—Me llamo Sanna Eliasson, soy enfermera en el hospital Södersjukhuset —dijo con enorme celeridad—. Hay una nota en el expediente donde se indica que debemos informarle de cualquier novedad relacionada con Tomas Lindvall.
—¿Está despierto? —preguntó Wiik y se inclinó un poco hacia delante debido a la expectación.
—No sé cómo… Él ha… —se interrumpió, tosió lejos del teléfono y luego volvió al auricular—. Se ha escapado.
Wiik pisó el freno con tanta violencia que Jamie casi se dio un cabezazo contra el salpicadero.
Su cuello hizo un ruido desagradable y ella maldijo entre dientes mientras Wiik luchaba por llevar el Volvo al arcén hasta que, serpenteando, el coche se detuvo sobre el asfalto helado—. ¿Qué acaba de decir?
—Tomas Lindvall recuperó la conciencia y, mientras lo examinaban, agredió a una enfermera, la tomó como rehén y luego se escapó.
Wiik golpeó el volante con la palma de la mano tan violentamente que todo el coche se sacudió.
—¡Maldita sea! ¿Cuándo ha sido eso?
—¿Hace unos cuarenta minutos?
—¿Cuarenta minutos? —casi gritó—. ¿Por qué no me llamó nadie?
La voz de Sanna Eliasson sonó irónica.
—¡Lindvall agredió a una enfermera! La amenazó y aterrorizó a la mitad de los pacientes. Hemos estado ocupados.
Wiik bajó la cabeza entre sus tensos hombros y murmuró algo entre dientes.
—¿Consiguieron sacarle algo antes de que se escapara?
—No entiendo la pregunta —respondió la enfermera con franqueza.
—Información… ¿Dijo algo? ¿Mencionó a alguien? ¿Amigos, familiares, adónde podría haber ido?
—No, inspektör —dijo Eliasson con un tono de voz frío y despectivo—. Nos preocupamos por el bienestar de nuestros pacientes, no los interrogamos.
Y, tras decir eso, colgó.
Las fosas nasales de Wiik se dilataron violentamente, rebosaba de ira.
Jamie se frotaba el cuello.
—Lo encontraremos. Si hay antecedentes clínicos por su enfermedad mental toda su información estará archivada. Parientes más cercanos, contactos familiares, direcciones anteriores. Todo.
Wiik no dijo nada, se limitó a alzar la cabeza muy despacio y miró por el parabrisas.
Los coches pasaban a toda velocidad y hacían que el coche se balanceara ligeramente a su paso.
La ciudad se extendía ante ellos, difuminada en el aire frío.
Jamie recordaba bien aquel clima. Ahora reinaba una inquietante calma, con las nubes colgando muy bajas sobre los edificios.
Comenzarían a deshacerse al caer la noche, descenderían hasta el nivel de la calle en forma de niebla helada y luego darían paso a una llovizna helada.
Por la mañana el suelo estaría cubierto de nieve fresca.
De pronto, Wiik habló.
—¿Lindvall encaja en todo esto? —preguntó en voz baja.
—¿En el caso? —Jamie se aseguró de que entendía la pregunta, luego echó la cabeza hacia atrás—.
No lo sé, huyó cuando lo acorralamos. Y tiene antecedentes.
Estaba cerca de uno de los asesinatos, pero ¿cuenta con el valor, la habilidad y la inteligencia para llevar a cabo algo de esta magnitud? No sabría decirlo.
—«No lo entiendes» —repitió Wiik—. ¿Qué es lo que no entendemos?
Esa pregunta era como una lima que no dejaba de desgastar los dientes de Jamie. Le inquietaba pensar en ello.
—No lo sé.
—Apuesto a que hay muchas cosas que un esquizofrénico paranoico pensaría que no entenderíamos.
—Quizá. Aunque estaba inconsciente cuando fui a Rättvik y me pusieron la nota en el coche —dijo Jamie con intención diplomática—. Pero, esté o no involucrado, necesitamos encontrarlo.
Wiik asintió lentamente.
—Haré que Hallberg revise sus registros y luego enviaremos a unos agentes a ver a su familia, a ver si aparece.
Pero, por ahora, creo que debemos centrarnos en Eriksson.
Lindvall es solo… —Parecía que le dolía decirlo—.
Daños colaterales. Esto es culpa mía. —Miró a Jamie, reprimía la culpa y la responsabilidad que sentía e intentaba guardarlas en su interior.
—Pero no podemos dejar que enturbie la investigación.
Seguiremos enfocados en Eriksson y en hacerle hablar.
Jamie asintió para confirmarle que era la mejor opción, y entonces Wiik puso el coche en marcha y se incorporó veloz a la carretera, con el motor eléctrico lanzándolos a toda velocidad de vuelta a la ciudad.
Una hora más tarde estaban en el despacho de Ingrid Falk, atareados en pulir la declaración que iban a hacer a los medios.
Ya se había informado del asunto al responsable de prensa, que había conseguido un espacio en los informativos de la noche de los tres canales locales además de enviar una fotografía de la víctima a los periódicos.
Difundir la foto de esta manera era el último recurso. ¿Alertar a los padres de la muerte de su hija mediante una foto en las noticias de la noche? Era la típica cosa que podía estallar en la cara del departamento y ponerlos bajo el microscopio por mala praxis.
Pero era todo lo que tenían. Nadie había denunciado su desaparición. No había coincidencias de ADN en la base de datos. No había nada. El más absoluto de los silencios.
Pero el asesino sabía quién era ella. Y, lo que era aún más aterrador, también conocía a sus padres, si la hipótesis que manejaban era correcta.
Tenían que averiguar quién era. Rápido.
Falk repasaba el último borrador de la declaración, una exposición objetiva de la información que se esforzaba por sonar pesarosa, consoladora, humilde, concisa y honesta sobre el potencial peligro al que se enfrentaba la familia de la víctima, pero sin resultar demasiado alarmante. Y era muy difícil cuadrar algo así.
Jamie y Wiik, en silencio, observaban sentados a Falk mientras revisaba la página, cada palabra reflejada en las lentes de sus gafas de lectura, un bolígrafo que no dejaba de moverse de un lado a otro entre sus dedos levantados.
Un ligero golpe en la puerta ubicada detrás de Wiik y Jamie les hizo volverse.
Hallberg se asomó y Falk levantó la vista.
—Los agentes están ahora en la iglesia con los forenses —dijo Hallberg.
—¿Y? —preguntó Wiik, que no terminaba de interpretar su tono.
Hallberg se mordió el labio y apartó la mirada para dirigirla hacia Falk.
—No hay rastro de Eriksson. Y el minibús de la iglesia ha desaparecido.
Wiik bajó la cabeza, se masajeó las sienes con el pulgar y el dedo corazón de la mano derecha, tenía la cara escondida entre las palmas.
—Se ha fugado.
Jamie maldijo en silencio, pero prefirió concentrarse en lo que tenían.
—Busca sus registros, a ver si tiene otras propiedades, otra casa, un apartamento o…
—Ya lo he hecho —interrumpió Hallberg—. Y no tiene nada a su nombre. Si quieres, puedo solicitar que un equipo táctico esté en la iglesia en quince minutos.
No había dejado de mirar a Falk.
—Hazlo —dijo ella con severidad—. Quiero que registren ese lugar de arriba a abajo. Que no dejen nada sin revisar.
Hallberg asintió.
—Encuéntralo, Hallberg —ordenó Falk—. Si conduce una furgoneta de iglesia con un rótulo lateral no podrá ir muy lejos.
—¿Quiere que establezca puestos de control? ¿Que emita un aviso?
Falk lo pensó un segundo y Wiik levantó la vista, a la espera de su respuesta.
—No —dijo Falk con tono mesurado—. No, es demasiado pronto.
—Falk —dijo Wiik, su voz sonó cargada de insubordinación—. ¿No lo dirás en serio?
Ella lo miró con tanta severidad como sus finos rasgos le permitieron.
—Es un sospechoso, Wiik, y no tenemos pruebas para…
—¿Que no hay pruebas? —se burló Wiik.
—Sí, ninguna prueba —concluyó Falk—. Tenemos tres palabras escritas en un trozo de papel metido bajo el parabrisas de Johansson y una carta de Hans Sjöberg que, francamente, no prueba nada en absoluto.
—La carta es clave —dijo Wiik, que se inclinó hacia delante para poner la mano sobre el escritorio de Falk.
Falk la miró y esperó a que él la retirara antes de continuar, se negaba a elevar la voz o igualar su tono.
—La carta es una petición a un viejo amigo para que visite a un hombre moribundo. No menciona para nada el caso original, tampoco hace mención alguna a la participación de Sjöberg o Eriksson, y por lo tanto, carece de relevancia alguna en un juicio.
Wiik estaba furioso. Pero Jamie sabía que Falk tenía razón.
Ella había leído la carta. Lo único por lo que Sjöberg se disculpaba era por no haber sido un mejor amigo: «Siento lo que pasó, todavía no entiendo muy bien cómo se desarrollaron los acontecimientos.
Siento no haberte contactado antes. Espero que estés bien.
He decidido dejar el tratamiento. Significaría mucho para mí poder verte antes de que llegue el final.
Espero que puedas encontrar en tu interior la fuerza para escucharme. Bla, bla, bla».
En términos legales, no valía nada. Y tanto si Wiik sabía cómo convertirla mediante origami en una pistola como si no, nunca iba a ser la prueba irrefutable que necesitaba.
Falk continuó, se recostó para adoptar una postura relajada, que le sirvió para calmar a Wiik en pocos segundos.
—No podemos adelantarnos a nosotros mismos, Wiik. Lo sabes, ¿verdad?
Él se enfurruñó.
—Eriksson podría estar haciendo mil cosas en este momento y solo una de ellas es huir porque es el Guardián de Ángeles.
Ya estamos asumiendo muchos riesgos publicando la fotografía de una víctima no identificada que además es menor de edad.
Esto nos coloca en una posición muy vulnerable, como seguro ya sabes.
No voy a agravar la situación con controles de carretera o dedicando todos los agentes que tenemos a peinar la ciudad en busca de un sacerdote casi anciano que puede que esté involucrado en este crimen o puede que no.