El Guardián de Ángeles (Jamie Johansson 1) 26
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Cuando Jamie salió, Wiik ya estaba dando órdenes a gritos a Hallberg por teléfono en medio de la calle.

—Quiero que los forenses vengan ya mismo para registrar este lugar de arriba abajo.

—No se tomaba ni un respiro—. Y necesito una orden de arresto para Per Eriksson desde hace una hora…

¿Por qué cargos? ¿Qué tal allanamiento de morada, eliminación de pruebas de la escena del crimen, secuestro, abuso grave de un cadáver, violación, asesinato? ¡Elige lo que mejor te parezca, joder!

Vio llegar a Jamie y chasqueó los dedos para llamarla, haciéndole señas para que se acercara.

A ella no le gustó el gesto, pero lo pasó por alto dadas las circunstancias.

Wiik no dejaba de hablar.

—Envíala en cuanto la tengas y manda unos agentes a la iglesia para que lo detengan, junto con un par de técnicos para recoger sus pertenencias…

Quiero su teléfono, su ordenador portátil, todo.

Luego envía también a los de criminalística…

No me importa… Los mismos u otros, ¡pero hazlo, hostia!

Quiero a Eriksson en una sala de interrogatorios en menos de una hora y que le saquen hasta la mierda que todavía tiene en los intestinos.

Ya dejamos escapar a este hijo de puta una vez, no vamos a volver a hacerlo.

Jamie lo miró de nuevo, era mejor dejarlo pasar. No pretendía ser un ataque a su padre. Aunque unos días antes lo habría interpretado así.

Wiik colgó bruscamente, exhaló un largo suspiro de espeso vapor y luego se alisó el pelo con la mano. Remató la secuencia con una mirada a los ojos de Jamie.

Él no dijo nada y ella tampoco. Pero ambos sabían que habían cometido un error y que eso podría costarles la investigación.

Eriksson era inteligente. Más inteligente de lo que ellos creían.

Era encantador, muy astuto y se había metido en sus cabezas en un abrir y cerrar de ojos.

Los había manipulado a ambos: presionó a Wiik hasta que Jamie lo quitó de en medio y luego se ganó a Jamie con historias sobre su padre.

Los había sabido manejar como si fueran marionetas.

Y ella estaba casi segura de que en unos minutos recibirían una llamada donde les informarían de que Eriksson no estaba en la iglesia. Que estaba en paradero desconocido.

Que se les había escapado entre los dedos.

Un nudo se le formó en el estómago y, a juzgar por la expresión de Wiik, a él le pasaba exactamente lo mismo.

Él soltó un quejido, hizo crujir su cuello y luego se humedeció el labio inferior.

—Tengo que llamar a Falk.

Jamie asintió, su propio teléfono le vibraba ahora en el bolsillo.

—Probablemente sea una buena idea —dijo Jamie mientras sacaba su móvil del bolsillo. Bajó la vista y leyó el mensaje en la pantalla.

—¿Todo bien? —preguntó Wiik.

—Sí —respondió ella—. Es algo personal, ¿me das un segundo?

Él se apartó para darle espacio en la carretera que tenían delante y se alejó para marcar el número de Falk. El mensaje era de un número que ella no tenía guardado y decía:

Soy Hallberg, necesito hablar contigo. Sin Wiik .

Jamie decidió hacerlo y devolvió la llamada al número una vez que estuvo fuera del alcance de oídos ajenos. Podía oír a Wiik en la distancia mientras ponía al corriente a Falk.

El teléfono que tenía en la oreja sonó una vez y luego Hallberg respondió.

—Detective Johansson —dijo sin perder tiempo.

—¿Qué pasa? —preguntó Jamie y se volvió para vigilar a Wiik en la distancia. No quería que la pillara hablando con su compañera a sus espaldas, pero sabía que tenía que darle una oportunidad a la chica. No habría pedido ponerse en contacto sin motivo.

—¿Estás con Wiik? —preguntó rápidamente.

—Sí —dijo Jamie—. Pero no puede oírnos. ¿De qué se trata?

—Me cortó antes de que pudiera decir nada y no quería volver a llamarlo, así que pensé que si…

—Suéltalo —la instó Jamie, que no quería que Wiik terminara la llamada antes que ella. Él asentía enérgico mientras Falk le hablaba al oído.

—Son los padres.

—¿Los padres?

—De las víctimas originales.

Jamie contuvo la respiración y se mordió el labio inferior.

—En cinco de las siete víctimas, uno de los padres está desaparecido o muerto.

Las palabras resonaron en los oídos de Jamie y tardó unos segundos en asimilar lo que Hallberg le acababa de decir.

—¿Estás segura?

Hallberg suspiró.

—Sí, estoy segura. Lo he comprobado dos y tres veces.

La primera víctima, Christina Bergner: su padre murió en un accidente de coche tres meses después de su muerte.

Lo sacaron de la carretera y cayó a un lago.

Nunca se encontró al otro conductor. La segunda, Britta Engdahl: su madre desapareció solo dos semanas después de su muerte.

Se interrogó al padre, pero la investigación nunca siguió adelante; la conclusión fue que se había marchado debido a la muerte de Britta, sin más.

La tercera, Hilda Nordell: poco menos de un mes después su padre fue encontrado en el garaje.

Se había ahorcado. La cuarta, Agnes Floden: su padre desapareció unas seis semanas después de su muerte.

La madre creía que tenía una aventura y se había fugado.

Pero nunca se encontró ningún rastro y él nunca volvió a ponerse en contacto con ella.

La quinta, Elin Wickstrom: su padre fue apuñalado durante un atraco.

Nunca se encontró al asesino. ¿Te suena?

Jamie tragó saliva con dificultad. De repente se le había secado la boca. Pero su mente no dejaba de dar vueltas.

—¿Cuál fue el…? —comenzó, con la voz más bien ronca—. ¿Cuál fue el intervalo entre los asesinatos de la quinta y la sexta víctima?

—Alrededor de tres meses —dijo Hallberg, con toda la información delante de ella—. Elin Wickstrom fue asesinada en marzo de 1996 y Tilde Gunnarson a principios de junio del mismo año.

—Y al padre de Elin Wickstrom, ¿cuándo le atacaron?

—En mayo.

Jamie cerró los ojos, trazaba una cronología de los hechos en su mente.

—¿Todas las muertes y desapariciones de los padres ocurrieron antes de que mataran a la siguiente chica?

—Eh… —titubeó Hallberg—. Parece que sí. Sí.

Jamie soltó aire con fuerza, la mano junto a la oreja le temblaba.

—Hanna Lundgren fue la séptima víctima, ¿verdad? Y sabemos que a su padre le atacaron. Pero ¿qué hay de la sexta víctima? ¿Tilde Gunnarson?

Hallberg tardó unos segundos en revisar sus notas.

—No parece que se haya denunciado nada, pero puedo investigar un poco más, a ver qué encuentro.

—Hazlo —ordenó Jamie.

—Sin embargo, hubo un intervalo mucho más corto entre las dos últimas víctimas.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Jamie y ahora miraba a Wiik. Su llamada parecía estar a punto de concluir y él la miraba de reojo, sin duda ansioso por saber con quién hablaba Jamie y de qué.

—Tilde Gunnarson y Hanna Lundgren fueron asesinadas con solo diez días de diferencia.

—Dios —murmuró Jamie y comenzó a darle vueltas. ¿Sabía el asesino que la red se cerraba sobre él? ¿Sabía que su padre estaba cada vez más cerca? ¿Aceleró su calendario? Tragó saliva de nuevo—. ¿Qué fechas?

—Tilde Gunnarson fue el seis de junio y luego… Hanna Lundgren fue encontrada el dieciséis.

Jamie apretó la mandíbula.

—¿Y cuándo fue arrestado Sjöberg?

—Saqué los registros del bufete de abogados que lo representaba. La información era confidencial, pero confirmaron que comenzaron a representarlo el 6 de julio de 1996. Así que, ¿lo arrestarían uno o dos días antes de esa fecha?

—Dios mío. Tenemos que asumir que no es una coincidencia.

No puede serlo. —Jamie negó con la cabeza, lo que enfatizó sin más su razonamiento—.

¿Así que el asesino secuestra a Tilde Gunnarson, pasa a seguir a su padre o a su madre, o a quien sea, pero luego se pone nervioso?

Sabe que la red se cierne sobre él, así que actúa rápido y secuestra primero a Hanna Lundgren. Pero ¿por qué?

Hallberg estaba callada, sin saber si aquella era o no una pregunta retórica.

—¿Puedes investigar a los padres de Tilde Gunnarson? Deben de haberlos interrogado, pero todo eso se perdió con el expediente del caso. —Jamie pensaba en voz alta—. A ver si encuentras algún dato de contacto. Quiero hablar con ellos.

—Así lo haré. De acuerdo.

Wiik se acercaba.

—Tengo que dejarte —dijo Jamie—. No dejes de informarme de lo que encuentres y no te preocupes —interpretó el silencio de Hallberg—. Yo me encargo de Wiik. —Se apartó el teléfono de la oreja y colgó.

Wiik entrecerró los ojos, quizá por haber oído su nombre antes de que Jamie terminara la llamada.

—¿Quién era? —preguntó.

—Hallberg —respondió ella con sinceridad—. Quería consultarme algo.

—¿Qué? —insistió Wiik.

—Una posible conexión entre el caso original y algunas desapariciones inexplicables.

—¿Por qué no me ha llamado a mí? —preguntó él con tono cortante, parecía ofendido.

—Quería mi opinión antes de molestarte a ti.

Él no supo cómo tomárselo.

—¿Y?

Jamie respiró lentamente y luego miró hacia el cielo frío y gris. Todavía era primera hora de la tarde y ya había una densa capa de nubes que lo cubría todo con una luz plana y lúgubre.

—Creo que tenemos un problema —dijo Jamie.

Wiik esperó a que se explicara.

—En cinco de las siete víctimas se da la coincidencia de que alguno de sus padres murió, fue asesinado o desapareció sin dejar rastro.

Wiik apretó los dientes al escuchar aquello.

—Debería haberme llamado para contármelo.

—Sabía que tenías que hablar con Falk, quería que yo confirmara que merecía la pena tenerlo en cuenta.

No quería hacerte perder el tiempo. —Miró a Wiik a los ojos, recordaba lo que Falk había dicho sobre él, que sacaba conclusiones precipitadas y era propenso a las reacciones emocionales.

Que necesitaba a alguien que lo mantuviera a raya—.

La chica lo ha hecho bien, Wiik. Y descubrió otra pista potencial en el caso.

Una muy importante. No la regañes por eso.

Los músculos de su barbilla bien afeitada se tensaron y crisparon.