25 #2
La habitación era modesta. En el centro había una cama de matrimonio estrecha y anticuada, con un cabecero de latón deslustrado como colofón.
Una barandilla de seguridad discurría por toda la pared junto a la almohada del lado izquierdo, sin duda para ayudar a Eva a tumbarse y levantarse.
Junto a esta había una pequeña cómoda con una lámpara de lectura y al lado la urna plateada.
Hans Sjöberg. O lo que quedaba de él. Sobre la cama colgaba una cruz de madera.
La pared derecha estaba ocupada en su totalidad por puertas correderas con espejos.
Jamie y Wiik se vieron envueltos por una ola de aire helado y ambos se sorprendieron. El resto de la casa estaba muy caliente.
Wiik se volvió hacia la ventana que estaba frente a los armarios y se dirigió directamente hacia ella. Estaba abierta, apenas unos pocos centímetros. Pero todo el calor se escapaba por allí y el aire frío convertía aquello en un frigorífico.
A medio camino, cuando estaba a punto de cerrarla, Jamie reaccionó.
—Espera —ordenó y extendió la mano para dar énfasis a sus palabras.
Wiik se detuvo en seco y miró hacia atrás.
Jamie miraba por encima del hombro hacia el pasillo, atenta al sonido de la televisión que llegaba como un eco. Eva Sjöberg había reanudado su sesión diaria de televisión.
Jamie cerró la puerta con el talón y luego miró a su alrededor por toda la habitación.
—¿Qué pasa? —preguntó Wiik, volviéndose de nuevo hacia ella.
Jamie se mordió el labio, sin querer decirlo en voz alta por miedo a que se hiciera realidad. Se acercó con cautela al armario y se detuvo frente a él.
—¿Tienes guantes? —preguntó cuando Wiik estuvo junto a su hombro.
Él se sacó del bolsillo un par de guantes azules de nitrilo y se los entregó sin decir nada, observó cómo se los ponía y abría la puerta derecha del armario.
El olor a polvo se elevó desde el interior. Delante de ellos había una barra llena de camisas viejas colgadas. Debajo, un mueble con compartimentos cuadrados estaba lleno de zapatos y calcetines de hombre. Nadie parecía haber tocado aquello desde hacía años.
Jamie empujó las puertas, que se superpusieron, lo que dejó al descubierto más partes del armario.
La ropa de hombre se convirtió en prendas de mujer a medida que se acercaban al lado del armario de Eva.
Jamie revisó el espacio vacío debajo de la barra y se topó con cajas de zapatos, viejas bolsas de papel de regalo, bolsas de basura llenas de ropa y un hueco de aproximadamente un metro de ancho.
Todo estaba cubierto de polvo, pero aquel cuadrado estaba limpio. Un cuadrado donde, hasta hacía muy poco, había una caja.
Jamie tragó saliva y miró a Wiik. Tenía la mandíbula apretada y las fosas nasales dilatadas, y ambos llegaron a la misma conclusión.
Los efectos personales de Hans Sjöberg habían desaparecido.
Ambos se volvieron para mirar la ventana y luego volvieron a mirar la puerta.
Jamie se adelantó, la abrió y ambos volvieron al salón.
Eva Sjöberg comenzó a mirar a su alrededor, sorprendida, y luego pareció recordar quiénes eran.
—¿Han encontrado lo que buscaban? —preguntó.
—¿Ha venido alguien más a verla últimamente? —preguntó Jamie sin dilación—. ¿Después de que le entregasen las pertenencias de Hans?
Ella bajó la mirada un momento, luego miró a los ojos de Jamie y negó con la cabeza.
—No, no creo.
Jamie respiró hondo.
—¿Ha habido alguien merodeando cerca de la casa? ¿Ha visto a alguien? ¿A través de las ventanas? ¿Ha oído algo extraño? ¿Ha salido de la casa en algún momento o…?
—No, no —dijo la mujer, al notar un tono de alarma en la voz de Jamie—. No he visto ni oído nada. ¿Qué pasa? ¿Qué ha ocurrido? —Se enderezó como pudo en la silla, con la intención de mirar por encima de Jamie y Wiik—. ¿Hans está bien?
Jamie podía distinguir ahora el miedo en su voz.
Wiik no pudo contenerse más.
—¿La ha llamado alguien en los últimos días?
La mujer se detuvo, pensativa.
—No recuerdo, eh…
Wiik empujó a Jamie para ocupar todo el campo de visión de la mujer.
—¿Per Eriksson ha llamado?
Dios. Eriksson. Jamie comprendió entonces a dónde quería llegar.
Cuando hablaron con él, admitió haber hablado con Hans, admitió haberle enviado una carta, entregó su propia carta…
Pero entonces lo sabría. Sabría que iban a venir a buscarla.
También que debía actuar con rapidez. Conocía bien la distribución de la casa, ya que había admitido haber estado allí docenas de veces cuando él y Hans eran amigos.
Sabría dónde estaba el dormitorio, sabría dónde estaba la ventana…
Y por supuesto estaba al tanto de que para hacer cualquier tipo de comparación reveladora entre la nota del coche de Jamie y la letra de Eriksson necesitarían su carta a Hans Sjöberg.
Ambos se miraron el uno al otro y él sacó su teléfono del bolsillo, marcó un número y se dirigió a la puerta.
Jamie lo siguió, pero antes se detuvo un momento.
—Gracias, señora Sjöberg. En breve vendrán unos agentes para realizar una inspección, ¿le parece bien?
Eva Sjöberg no pareció entenderlo.
—No entre en el dormitorio, ¿de acuerdo? —dijo Jamie—. Basta con que espere a que lleguen los agentes.
Ella asintió con lentitud, había un tono de miedo y confusión en su voz cuando habló.
—No entiendo lo que he hecho…
Jamie le sonrió y dio un paso para acercarse a ella, extendió la mano y la posó sobre el brazo de la mujer.
—No pasa nada —le dijo con cariño—. No ha hecho nada malo. Solo necesitan echar un vistazo, ayudará a probar la inocencia de Hans.
—¿De verdad? —Entonces se le llenaron los ojos de lágrimas y puso su otra mano sobre la de Jamie—. Que Dios la bendiga —dijo con una débil sonrisa—. Que Dios la bendiga.