El Guardián de Ángeles (Jamie Johansson 1) 25
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Wiik conducía en silencio, como si tuviera miedo de hablar.

Jamie miraba por la ventana, se preguntaba si era allí donde quería estar. Si había algún lugar en el que quisiera estar.

De todos modos, ¿había algo que la empujase a regresar? Volver a su trabajo, a su… «vida» . Estaba hecha trizas. Su antiguo compañero había pasado página, ya estaba jubilado, y su relación no era más que cenizas. Había sido por su culpa. Pero la verdad es que eso era lo de menos.

No tenía hogar en Londres y las pocas pertenencias que conservaba estaban en un trastero de larga duración.

Lo único a lo que podía volver era a su trabajo, pero ¿podría enfrentarse a todo eso de nuevo?

¿Podría volver a meterse en ese desastre que era la Policía Metropolitana?

La corrupción, las mentiras… Se había llevado consigo secretos, secretos que suponían una enorme carga.

No estaba orgullosa de las cosas que había hecho, de lo que se había visto obligada a hacer para cumplir con su trabajo.

Pero seguramente su padre tampoco estaba orgulloso de las decisiones que él había tomado.

Existe el bien y el mal, y el coste es irrelevante. Se podían ir a paseo él y toda su mierda del bien y el mal. Estaba insertado en sus huesos, en su alma, grabado a fuego en su mente y en su pecho. Podía perfectamente haber sido una marca visible en su piel.

Wiik redujo la velocidad y tomó la salida que llevaba hacia la carretera por la que se llegaba a la iglesia de Hans y Eva Sjöberg. Su estructura se alzaba en el horizonte, como si los contemplara fijamente, con la casa de Sjöberg a la derecha.

Jamie respiró hondo y se sacudió todo aquel nerviosismo. Ya tendría tiempo más tarde para preocuparse por el desastre en que se había convertido su vida. Ahora tenían trabajo que hacer.

Echó un rápido vistazo a Wiik. Parecía pensativo y también concentrado, decidido.

La tarde avanzaba y Jamie comenzaba a estar cansada.

Habían vuelto a saltarse la comida, ansiosos por avanzar.

El caso había comenzado a tornarse confuso, los hilos se enredaban cada vez más y, aunque ninguno de los dos lo decía, ambos sentían que no avanzaban porque tropezaban con sus propios pies.

Eso era evidente en la mirada de Wiik. Parecía un lobo enjaulado.

Detuvo el coche en el arcén, en lo que a Jamie le pareció el mismo lugar que habían ocupado antes, y giró la llave para apagar el motor.

Wiik giró lentamente la cabeza para mirarla.

—¿Todo bien? —preguntó sin especificar demasiado.

Jamie asintió.

—Por supuesto.

—¿Lista?

—Después de ti.

Él esbozó una breve sonrisa, una de las primeras que Jamie había visto, que revelaba una vulnerabilidad que hasta entonces no había sido capaz de ver. Wiik le había parecido brusco, testarudo, quizá un poco engreído. Sin duda vanidoso.

Pero ahora ella era capaz de ver más allá. El exterior no era más que una coraza. Y por dentro estaba angustiado, era frágil… Estaba solo.

Jamie tragó saliva y observó su reflejo al salir del coche. Eran diferentes por fuera, pero más parecidos de lo que ella quería admitir.

Salió del coche y siguió a Wiik hasta el porche de Eva Sjöberg. Esta vez, él le dejó suficiente espacio para que se colocara detrás de él. Llamó con firmeza y se metió las manos en los bolsillos para protegerse del frío.

Su aliento se condensaba en una espesa neblina alrededor de sus cabezas cuando la puerta se abrió frente a ellos. Eva Sjöberg los miró desde su silla de ruedas.

—¿Sí? —preguntó y los miró alternativamente, moviendo la cabeza de un lado a otro.

Wiik frunció el ceño mientras miraba fijamente sus ojos vacíos.

— Kriminalinspektör Anders Wiik, Stockholm Polis —dijo con tono dubitativo—. ¿Nos recuerda?

Ella miró a lo lejos, buscando tal vez un recuerdo en su mente.

—Están aquí por mi marido —dijo, como si se le hubiera encendido una bombilla—. Me temo que ahora mismo no está.

Wiik abrió la boca para hablar, pero se detuvo, desconcertado.

Jamie intervino.

—Lo sabemos, señora Sjöberg. Esperábamos poder hablar con usted en su lugar.

—Solo puedo decirles lo mismo que le dije al otro detective —dijo ella con intención de disculparse—. No sé dónde está esa pobre chica.

—¿Chica? —preguntó Wiik y se adelantó un poco.

Jamie le tocó el brazo, era una señal para que se calmase.

—¿Qué otro detective? —preguntó Jamie, sin dejar de mirar a la mujer a los ojos.

—Eh… —dijo ella, enfrascada de nuevo en sus pensamientos—. No lo sé… Un hombre alto, rubio, muy serio…

Jamie lo entendió en ese momento.

—El detective Johansson —sugirió.

Los ojos de Eva Sjöberg se iluminaron.

—Sí, ese.

Jamie esbozó una sonrisa triste y miró a Wiik, que pareció comprenderlo en ese instante. La mujer pensaba que aquel momento sucedía veinticinco años atrás.

Wiik exhaló, se rascó la nuca nervioso.

Tenían que mantener la presión, con la esperanza de que Eva recuperara la lucidez.

Jamie carraspeó.

—Nos gustaría hacerle algunas preguntas más, si le parece bien, y quizá echar un vistazo a algunas de las pertenencias de Hans.

Solo para completar el informe, lo habitual —dijo con tono amable y, para reafirmarlo, sacó su identificación del bolsillo y se la mostró a Eva. Wiik hizo lo mismo por reflejo.

Eva Sjöberg se inclinó hacia delante y entrecerró los ojos para mirar la tarjeta de Jamie.

—Johansson —leyó en voz alta—. ¿El otro detective y usted son parientes? —preguntó, la idea parecía divertirle.

Jamie le devolvió la sonrisa.

—No —respondió—. Es solo una coincidencia.

Jamie y Wiik estaban sentados en el mismo sofá, por segunda vez, y Eva Sjöberg los miraba con una sonrisa, sin tener ni idea de lo que estaba pasando.

Intercambiaron miradas y luego se concentraron en la mujer que tenían delante. Jamie esperaba que comenzara Wiik, pero como no lo hizo tomó ella la iniciativa.

—Señora Sjöberg —dijo Jamie, sin dejar de sonreír en todo momento. Tenía que andar con cuidado, intentar no angustiarla más de la cuenta—. ¿Sabe dónde está Hans en este momento?

Ella se quedó pensativa por un momento.

—No, yo, eh, la verdad es que no… —comenzó, sin poder aclararse ella misma—.

Pero estoy segura de que estará… —Se volvió para mirar por la ventana y luego su rostro se entristeció—.

Oh, Dios mío. Es cierto… —dijo distante y luego volvió a centrar su atención en los dos detectives.

Ahora sonreía de nuevo, con los ojos brillantes.

Su mirada se desvió de Jamie y Wiik hacia el crucifijo que colgaba de la pared de detrás del sofá.

Se santiguó, y mientras lo hacía apretaba un pañuelo en su mano huesuda—.

Lo siento, ¿cómo puedo? Eh… ¿Cómo puedo ayudarles?

Su voz apenas sonaba más alta que un susurro.

Jamie suspiró con alivio. Volvía a estar lúcida.

—Cuando Hans falleció, desde la prisión debieron enviar una caja con sus pertenencias, junto con sus cenizas.

Observó a la mujer atentamente, trataba de ser lo más directa posible sin resultar brusca. Hans había sido incinerado dos días después de su muerte. El día antes de que se encontrara el primer cadáver.

—Sí —confirmó Eva Sjöberg y levantó la mano. Con esa misma mano apuntó a un pasillo que salía a su derecha—. Él está en el dormitorio y la caja también.

Wiik se tensó a su lado, se inclinó hacia delante. Ahora ambos estaban al borde del sofá, con los codos sobre las rodillas.

—¿Le importaría si revisamos sus pertenencias? —preguntó Jamie, procuraba que su voz sonase amable—. No sé si nos recuerda, vinimos hace unos días para preguntar por el caso original en el que Hans estaba…

—Lo recuerdo —dijo Eva y lo enfatizó con un asentimiento de cabeza—. ¿Por qué necesitan ver sus pertenencias? —Su voz era ahora aguda—. Está muerto.

—Lo sé, señora Sjöberg…

—Incluso ahora, dos décadas después, siguen sin dejarnos en paz. —Frunció los labios y negó con la cabeza, disgustada.

—Si tan solo me permite…

—¡Ese detective encarceló a Hans por nada! Le sacó la confesión a golpes, le echó la culpa del asesinato y…

Jamie apretó los dientes. Exhaló con fuerza antes de interrumpir a la anciana.

—Creo que su marido era inocente.

Eva Sjöberg dejó de hablar y miró a Jamie con cautela.

—¿Qué ha dicho?

Jamie la miró a los ojos. Wiik permanecía inmóvil a su lado.

—Han salido a la luz nuevas pruebas —dijo con mucho, muchísimo tacto—. Y permiten poner en duda la investigación original.

Wiik apenas respiraba, tenía la mirada fija en un lateral de la cabeza de Jamie. Ella podía sentir su mirada sobre la piel, pero no se detuvo.

—Estamos reconstruyendo el caso y necesitamos acceder a las pertenencias de Hans para seguir una pista que podría exonerar a su marido.

—Habló con claridad, se aseguró de que cada palabra transmitiera un aire de verdad a ojos de la viuda—.

Entre sus efectos personales esperamos encontrar una carta y creemos que serviría para vincular a uno de los sospechosos originales con un nuevo crimen.

Eva Sjöberg parecía agotada.

—¿Un nuevo crimen? —preguntó con la mirada fija de nuevo en la cruz que había sobre el sofá.

Jamie asintió lentamente.

—Sí. Otro asesinato, el de una joven. Como los demás.

La mandíbula de Eva comenzó a temblar.

— Min Gud —murmuró. «Dios mío».

—¿Le importaría si…?

La mujer asintió, tragó saliva y volvió a señalar el pasillo.

—Por supuesto, por favor. En el dormitorio, dentro del armario. Debería haber una caja de cartón.

Wiik se puso en pie antes incluso de que ella terminara de hablar y Jamie lo siguió.

Atravesó el pasillo y entró en el dormitorio, abrió la puerta de par en par.