El Guardián de Ángeles (Jamie Johansson 1) 20
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Wiik estaba enfadado, lo cual no era lo que Jamie esperaba.

—¿Ves? —dijo secamente—. Por eso no tenías que haber ido.

Jamie no lo entendía.

—¿Qué? ¿Crees que es culpa mía? —le espetó mientras veía cómo una grúa arrastraba el coche para subirlo a la plataforma desde el otro lado de la calle. Una luz naranja e intermitente daba perezosos giros en el techo.

—Sí —dijo Wiik, con un tono de evidente condescendencia—. Si no hubieras ido esto no habría pasado. Los dos deberíamos haber ido a ver a Lundgren.

—Pero si no hubiera venido el asesino no habría intentado asustarme.

—Exacto.

Jamie cerró los ojos y negó con la cabeza ante la obstinación de Wiik.

—Esto es bueno.

Wiik se quedó en silencio.

—Al menos ahora sabemos que vamos por buen camino: el asesino no quiere que investiguemos el caso original —continuó Jamie—. Estamos cerca.

—Hasta ahora no hemos hecho otra cosa que investigar el caso original —respondió Wiik—. Y esta es la primera pista de que hemos cruzado algún tipo de línea.

—El asesino es…

—No sabemos quién dejó esa nota. Podría haber sido cualquiera.

No estaba segura de si Wiik solo intentaba castigarla por actuar por su cuenta, pero desde luego eso parecía.

—Mira, alguien me ha seguido hasta aquí —dijo Jamie con aspereza, al mismo tiempo que miraba su reloj.

Eran más de las siete y tenía las manos completamente entumecidas.

Annika había salido para traerle otra infusión, pero, por lo demás, había estado esperando al camión en la hacera, a la intemperie.

—Y, mientras interrogaba a Annika, me pincharon las ruedas y me dejaron una nota con la palabra «para».

Si eso no te sirve como indicador de que vamos por buen camino, no sé qué más quieres.

—No me hago ilusiones sobre si estamos o no en la pista correcta, Johansson, pero esto es serio.

Hay un asesino suelto y está bastante claro que no tiene ningún escrúpulo a la hora de matar.

Nyström ha desaparecido, y si tienes razón en que el asesino lo ha eliminado, entonces sabemos que no le asusta una placa.

Jamie respiró hondo y miró la nota que había debajo del limpiaparabrisas.

—No es que no me preocupe lo que ha pasado, al contrario —continuó Wiik—.

Es solo que sacamos conclusiones diferentes.

Tú crees que este es el camino que debemos seguir, continuar con la presión a este tipo hasta que, ¿dímelo tú?

¿Intente matarte? ¿Y he de suponer que esperas verlo venir y darle un puñetazo en la cara como le hiciste a Lindvall?

Jamie apretó los dientes.

—Por Dios, Johansson, si te siguió desde la ciudad, eso significa que te siguió durante horas y ni siquiera te diste cuenta.

Alguien te siguió hasta allí, esperó a que entraras en esa casa y luego te pinchó las ruedas.

¿Y todo eso mientras tú estabas sentada, a qué, veinte metros de distancia, tomando una tacita de té?

Jamie miró hacia la casa de Annika. Eran más bien quince metros, como mucho. Tragó saliva y no dijo nada.

—Si este tipo quiere atraparte, puede hacerlo. Todo esto era para demostrártelo. Y piénsalo: si ya ha eliminado a Nyström, si ahora te amenaza a ti, y es porque estás en la pista correcta, porque le has dado la vuelta a las piedras adecuadas, ¿qué significa eso para Annika Liljedahl?

Jamie apretó la mandíbula, con la mirada aún fija en la casa de la mujer.

—¿Quién dice que el asesino no se dedica todavía a vigilar la casa? Puede que tan solo espere a que te vayas. ¿Quién nos dice que no entrará esta noche y le cortará el cuello mientras duerme?

Jamie bajó la mirada.

—Vale. Vale. —Suspiró—. Lo entiendo.

—He hablado con la policía de Rättvik. Van de camino para hablar con Annika, le aconsejarán que se quede con su familia en caso de que exista esa posibilidad, y van a hacer un recorrido por el barrio.

Además, aumentarán su presencia en la zona esta noche y peinarán regularmente el área en busca de cualquier cosa inusual.

—¿Será suficiente? —preguntó Jamie. Era una pregunta tanto para Wiik como para sí misma.

—No lo sé. Pero es todo lo que pueden hacer. —Se quedó callado por un momento—. Hay mucho que hacer, muchas pistas que seguir. Y tienes que recordar que no eres policía. Aquí no. Eres una consultora civil que colabora en un caso.

—Lo sé.

—¿De verdad? Me alegro de que nos prestes tu ayuda, de verdad, me alegra… —Jamie no sabía si estaba siendo sarcástico o no—. Pero no voy a arriesgar tu vida ni la de nadie más. Estás bajo mi supervisión y yo soy responsable de cualquier cosa que hagas. ¿Ha quedado claro?

—Sí —dijo Jamie, incapaz de ocultar el desánimo en su voz. Por mucho que odiara todo aquello, sabía que tenía razón.

—¿Vas a volver a la ciudad esta noche?

Jamie miró con desánimo el coche averiado. Lo habían subido ya al camión grúa y el conductor terminaba de asegurar las ruedas con correas de trinquete.

—No lo sé, lo dudo. El mecánico dijo que su taller no abrirá hasta mañana por la mañana. Probablemente no podré cambiar los neumáticos hasta entonces.

—De acuerdo. Guarda bien esa nota. Mañana se la entregaremos a los forenses y ellos la analizarán.

Iremos a ver a la esposa de Sjöberg para que nos autorice a llevarnos los efectos personales que su marido tenía en la cárcel y conseguiremos la carta de Eriksson.

Contrastaremos las tres pruebas. Quién sabe, tal vez encontremos una coincidencia en la escritura.

—¿Qué incrimine a Eriksson? —preguntó Jamie y una de sus cejas se arqueó—. No creerás realmente que es él, ¿verdad?

Wiik hizo un ruido que daba a entender que no tenía una respuesta.

—Por ahora no descarto a nadie.

El mecánico se dirigía a Jamie.

—Tengo que dejarte —dijo ella al tiempo que abandonaba el arcén.

—Claro. Cuídate, Jamie.

Colgó y esa última palabra no paró de resonar en sus oídos. Era la primera vez que la llamaba por su nombre.

Se acercó a la grúa y se guardó el teléfono en el bolsillo.

Con la otra mano rebuscó en el otro bolsillo y tocó la parte superior de la nota que había guardado allí.

No le había dicho a Wiik que la hoja coincidía con los cuadernos de su padre.

Había visto los de Wiik: los más nuevos eran negros y con bordes en ángulo.

Esta hoja pertenecía sin duda a uno más antiguo.

Y si la intención del asesino era asustarla, ¿qué mejor manera de hacerlo que utilizar uno de los blocs de su padre?

El asesino se estaba burlando de ella.

El mecánico decía algo, pero Jamie no lo oía. Su voz era solo un eco apagado en algún lugar fuera de su mente.

Tenía que volver para poder comprobarlo. Tan rápido como pudiera.

Pero ahora mismo debía centrarse en pensar acerca de ese detalle. ¿Quién sabría algo sobre los cuadernos? ¿A quién se le ocurriría usar uno? ¿Por qué no cualquier trozo de papel al azar?

Pensó en la escritura y en lo que había dicho Wiik: el sacerdote. Eriksson.

Aquella misma mañana había sacado su libreta delante de él para tomar notas. Él había mencionado que su padre siempre llevaba la suya, pero nunca escribía nada en ella. Le había preguntado si aquel cuaderno era uno de los suyos.

Jamie exhaló con fuerza. Maldito Eriksson.

Tenía que ser él. Necesitaban la carta que había recibido Hans.

Necesitaban analizarla. Necesitaban los registros telefónicos.

Necesitaban saber dónde estaba la noche en que mataron a la chica, la noche en que Nyström desapareció.

Necesitaban su ordenador. Lo necesitaban todo.

Y, lo más importante, necesitaban llevarlo a la sala de interrogatorios. Y rápido.

—… ¿Le parece bien?

Jamie levantó la vista y se dio cuenta de que el mecánico, un hombre de unos cuarenta años con barba descuidada, había terminado de hablar.

—Eh —dijo Jamie y sacudió la cabeza, sin haber oído ni una palabra—. Lo siento, ¿qué has dicho?

Él pareció confundido.

—He dicho que la dejaré en el centro, en la parada de taxis, y luego llevaré el coche al taller. Podrá pasar a recogerlo por la mañana. ¿Le parece bien?

Jamie soltó aire, con el estómago aún revuelto.

—Claro —dijo—. Me parece perfecto.

Sacudió la cabeza, sin prestar mucha atención, con la mente en un torbellino.

Él se encaramó a la cabina y Jamie dio la vuelta para subir por el otro lado.

El mecánico puso el camión en marcha, se apartó del arcén y comenzó a circular por la carretera.

Jamie echó un nuevo vistazo por la ventanilla, con la atención puesta en el cuadrado amarillo recortado en la oscuridad, la ventana delantera de Annika Liljedahl, y se preguntó, atemorizada, si era la única que lo miraba en ese momento.

Y entonces, oculta por los árboles, la casa desapareció.

El camión avanzó pesadamente hacia la oscuridad y Jamie se recostó y cerró los ojos. Eran ya varios días muy largos y no parecía que fueran a acortarse.