21
Eran más de las once cuando Jamie se detuvo frente a la casa de su infancia en Estocolmo.
Había tenido que sobornar al mecánico para que reabriera su taller y le cambiara los neumáticos fuera del horario laboral.
No fue barato, pero valió la pena.
Cuando Jamie se incorporó a la autopista, pisó a fondo el acelerador y llevó al límite el utilitario tanto como su motor híbrido le permitía.
Aceleró por el carril exterior y adelantó a un coche tras otro.
Y entonces, cuando estuvo segura de que nadie la seguía, cruzó los tres carriles y salió por una salida aleatoria hacia un pueblo a las afueras de la ciudad.
Encontró una calle tranquila para aparcar, con buena visibilidad en ambas direcciones, y esperó.
Pasaron treinta minutos antes de que estuviera segura de que nadie la seguía, y solo entonces se puso en marcha de nuevo.
No cometería el mismo error dos veces y no tenía intención de dejar que un asesino la siguiera hasta la ciudad. Si ese era el juego enfermizo al que él quería jugar, ella no iba a dejar pasar su turno.
Jamie apagó el motor, regresó al presente y se quedó mirando la oscura casa que tenía delante.
Salió del coche y se ajustó el abrigo.
El silencio de la calle era denso y le oprimía los tímpanos.
Jamie se movió con rapidez para acercarse a la puerta principal y allí se detuvo. El camino que conducía a ella estaba cubierto por una fina capa de hielo, rota por múltiples pisadas. Las suyas y las de Wiik.
Pero ahora distinguió unas huellas frescas que se alejaban por el lateral de la casa. Atravesaban el jardín y la nieve que se había conservado allí. No había nevado en varios días y las huellas eran claras. Alguien había recorrido el camino y luego se había desviado.
Jamie se asomó y vio cómo desaparecían tras la esquina. Una valla baja separaba su casa de la de al lado. Quienquiera que hubiera caminado por allí no habría podido pasar desapercibido.
Apretó la mandíbula y entrecerró los ojos bajo la tenue luz de las farolas, tratando de establecer una cronología de los hechos. ¿Cuándo había estado allí por última vez? Ayer por la mañana. Y Wiik la había recogido directamente en el hotel aquella misma mañana.
Miró su reloj, temblaba por el frío aire nocturno. 11:19 p. m. Casi cuarenta horas. Mierda, era un periodo demasiado amplio.
Jamie sabía que no debía seguir las huellas y alterar ninguna prueba potencial.
Entraría, registraría la casa, averiguaría qué faltaba, por dónde había entrado y luego decidiría qué hacer.
Necesitaba hablar con Wiik, informarle acerca de Sjöberg, averiguar qué había pasado con Lundgren.
Pero no iba a llamarlo. No le apetecía explicar por qué había mentido.
Ni ella misma lo sabía muy bien. Hasta que no hubo atado cabos tenía toda la intención de quedarse en Rättvik. Pero ahora… no había tiempo que perder.
Jamie entró en su casa y se movió rápidamente, en silencio, para atravesar la cocina y llegar al comedor. Redujo la velocidad, respiró hondo y echó un vistazo rápido. No parecía haber nada fuera de lugar.
La luz de la luna entraba por la rendija de las contraventanas rotas y se reflejaba en la mesa. Podía ver entre el polvo las huellas de sus dedos del día anterior, allí donde había dejado las hojas de papel que eran las transcripciones del cuaderno de su padre.
El bloc de notas que detallaba el caso del Guardián de Ángeles estaba a salvo en el hotel, guardado en su bolsa de viaje, y Wiik, o quizá sería mejor decir Hallberg, tenía las notas transcritas, ellos no necesitaban el original.
Los últimos cuadernos de su padre, que detallaban los años posteriores a la marcha de Jamie, también estaban en el hotel, dentro de un sobre acolchado, junto con las fotos de la nevera, las dos medallas que su padre había ganado, la pulsera trenzada de su dormitorio que él le había hecho cuando era una niña y algunas otras de sus pertenencias.
Su último cuaderno, el que había estado usando en las semanas previas a su muerte, era el que llevaba ahora en su bolsillo.
Pero aún quedaban otras dos pilas de cuadernos allí. Mierda. Tendría que llevárselos todos, revisarlos, ver si faltaba alguno o si había páginas arrancadas.
Jamie apretó los dientes sin apartar la mirada de la mesa.
No, no podía. Wiik tenía razón: este no era su caso.
Y ella no era policía. Estaba allí para echar una mano.
Tendría que avisarles y, por mucho que aquella idea le resultase odiosa, a la mañana siguiente habría equipos de criminalística por todas partes.
Tendrían que llevarse los cuadernos para analizarlos, tomar moldes de las huellas de las botas en la nieve, sacar las huellas de…
Los ojos de Jamie se desviaron hacia arriba, hacia el listón que faltaba.
La puerta trasera.
Caminó hacia ella, el corazón le latía con fuerza en el pecho.
Eran unas viejas puertas correderas con marco de madera. Las contraventanas exteriores no se cerraban con llave, solo con un simple pestillo que encajaba en el hueco y se apoyaba en una muesca. Si alguien metía una cuchilla entre ambas puertas podía empujar fácilmente hacia arriba y abrirlas.
Jamie tragó saliva y estudió todo el conjunto.
La cerradura era una simple cerradura de tambor, fácil de abrir para quienes sabían cómo hacerlo.
Respiraba agitadamente. Entrecerró los ojos para mirar a través del listón que faltaba.
Huellas.
En la nieve.
Afuera.
Alguien había entrado por esta puerta.
Pudo ver muchas huellas: habían pasado un buen rato moviéndose ante la puerta.
Se veía el hueco que habían dejado al intentar forzarla, pero Jamie no podía afirmar con seguridad que la hubieran abierto.
El pestillo estaba de nuevo en las contraventanas y la puerta estaba…
Llevó la mano al pomo para comprobar si estaba cerrada con llave y se quedó paralizada. Mierda, no quería borrar ninguna huella.
No podía arriesgarse a contaminar ninguna prueba.
Jamie retrocedió y se volvió hacia el despacho, trataba de decidir qué iba a hacer.
Lo comunicaría por la mañana: le diría a Wiik que había salido de Rättvik a primera hora, había venido aquí y descubierto las huellas.
Sí, siempre y cuando a él no le diera por comprobar su historia con los hoteles de allí, todo iría bien.
Jamie soltó aire, miraba a su alrededor en medio de la casa a oscuras. Se sentía diferente, contaminada. De alguna manera diría que envenenada.
Miró a sus pies y se preguntó si el asesino había estado en ese mismo lugar.
Si cuando lo hizo habría esbozado una maldita sonrisa de satisfacción.
Dentro de la casa de Jörgen Johansson, el detective que casi lo había atrapado.
Y ahora también se permitía jugar con su hija.
Con un enorme dedo corazón bien levantado.
Jamie sintió que se le tensaba la mandíbula de nuevo y sus fosas nasales se dilataban.
Que le den. Si este tipo quería jugar a este juego, ella iba a seguirle la corriente.
Pero la broma iba a salirle cara al tipo.
Porque no tenía ni idea de quién era ella. Ni de lo que era capaz de hacer.
Jamie se puso en movimiento y entró en el despacho de su padre. Si la casa estaba a punto de llenarse de policías y técnicos de criminalística, había algunas cosas de las que quería ocuparse antes de que llegaran.