El Guardián de Ángeles (Jamie Johansson 1) 19
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Jamie salió al aire frío de la tarde, sintió el peso de la oscuridad sobre los hombros.

Miró a derecha e izquierda de la calle, pero solo vio una tranquila carretera. Luego, envuelta en el cálido vaho de su propio aliento, bajó los escalones.

Annika la siguió hasta el porche, en medio del silencio sepulcral del invierno sueco que flotaba en el aire.

—Siento no haber podido ser de más ayuda —dijo mientras Jamie se detenía y se giraba.

—Al contrario, me has sido de gran ayuda —dijo Jamie y era honesta al decirlo—. No sé si Hans Sjöberg era culpable, pero al menos sé por qué mi padre pensaba que lo era. Y eso ayuda, mucho.

Annika sonrió con tristeza.

—No puedo decirte si Hans asesinó a esas chicas o no. Pero el chico que yo conocí era dulce y amable.

—La gente cambia —dijo Jamie con tono cínico.

—A veces —respondió una optimista Annika—. Pero no siempre.

Jamie se mordió el labio, no dejaba de preguntarse qué camino tomar ahora.

Tenía las manos en los bolsillos y le daba vueltas al teléfono una y otra vez.

Debería llamar a Wiik. Ponerse al día. Escuchar lo que Leif Lundgren tenía que decir.

Contarle lo que Annika le había dicho. Y luego avanzar desde ahí.

Dios, le costaba mucho mantener el orden de todo aquello en su cabeza.

Annika se quedó en el porche.

—¿Algo más? —preguntó.

—No —respondió Jamie y se despidió con un gesto de la cabeza—. Si se me ocurre algo, me pondré en contacto contigo. Pero no creo que vaya a ser necesario. Siento haberte hecho recordar todo esto otra vez.

—No te preocupes —respondió Annika. A medida que Jamie se alejaba la despidió con un movimiento de la mano—. Conduce con cuidado.

Jamie la vio estremecerse por el frío y volver a entrar en la casa. Cerró la puerta tras de sí.

Jamie entrecerró los ojos ante el viento gélido que parecía haber arreciado mientras estaba dentro. Azotaba la calle desierta y levantaba las faldas de su abrigo. «Dios», murmuró al percibir que el viento le calaba hasta los huesos a través de las cuatro capas de ropa que llevaba puestas.

Jamie se quedó paralizada en medio de la calle, a menos de cinco pasos de su coche.

Parecía haberse hundido sobre sus neumáticos, con las llantas aplastadas contra la superficie de la carretera.

Algo blanco no dejaba de agitarse contra el cristal, atrapado bajo el limpiaparabrisas.

Entrecerró los ojos para ver en la distancia, aguzó el oído y se llevó de modo instintivo la mano derecha al cinturón. No encontró nada allí y entonces su cerebro se puso en marcha. Mierda, hacía ya casi un año que no llevaba pistola.

Jamie escudriñó la calle sumida en la noche —nada parecía moverse— y empezó a avanzar.

El viento silbaba en sus oídos y los árboles susurraban a su alrededor.

Al acercarse, vio que los neumáticos estaban rajados.

Las nubes se movían rápidamente sobre su cabeza, se deshilachaban y creaban ondas de luz lunar que iluminaban los bordes afilados del caucho mojado y rajado.

Jamie se agachó y pasó los dedos por encima: una cuchilla afilada. Pequeña. De un único filo. Sin sierra. Pensó en lo que Claesson había dicho sobre los cortes en la espalda de la chica. Una navaja retráctil o un pequeño cuchillo de caza.

Jamie tragó saliva.

Las incisiones eran precisas, los bordes de la salida se ensanchaban como labios fruncidos. Alguien había apuñalado y luego sacado el cuchillo para dejar salir el aire. Con fuerza. Cuatro veces. Una en cada rueda.

Se puso de pie y volvió a mirar a su alrededor, pero no había ni rastro de nadie.

Sin embargo, Jamie no dejaba de sentir que la observaban, tenía los pelos de punta y el corazón le latía veloz contra las costillas.

Ya no tenía frío, sentía a flor de piel el hormigueo de la conciencia extrema ante el peligro.

Sus dedos tocaron el parabrisas y bajaron mientras seguía inspeccionando hasta la más inapreciable sombra o grieta de la calle.

Se detuvieron cuando el papel le rozó los nudillos y echó un vistazo, sacando la hoja rectangular.

Tenía tres bordes lisos y uno irregular, como si lo hubieran arrancado de un cuaderno o un libro. Jamie abrió mucho los ojos al reconocer la forma. Era inconfundible: el mismo tamaño y textura de las hojas del cuaderno de su padre.

Sacó el que llevaba en el bolsillo para confirmarlo y lo comparó para asegurarse.

Coincidían a la perfección.

Pero eso significaría… Jamie sintió cómo su cuerpo se tensaba y se le hacía un nudo en el estómago. Dios, ¿habían estado en su casa? La idea le daba náuseas.

Aunque lo único más inquietante que esa idea eran tal vez las palabras garabateadas en el reverso:

NO LO ENTIENDES. PARA.