El Guardián de Ángeles (Jamie Johansson 1) 18
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—Hans tenía diecinueve años y yo catorce —dijo Annika sin dejar de mirar hacia su taza.

Estaba encaramada en el sofá, con las piernas cruzadas y apoyada en el reposabrazos.

Sus hombros trazaban ángulos extraños y una expresión ausente reinaba en su cara mientras rebuscaba en lo más profundo de su mente—. Por eso se armó tanto revuelo.

Jamie asintió lentamente, sin dejar de observar a la mujer desde la silla de enfrente.

Había en ella una elegancia, cierta belleza contenida, que no había notado antes.

No era despampanante, no llamaba la atención, pero sus movimientos estaban llenos de gracia.

Jamie pensó que seguramente había madurado pronto.

Era delgada pero bien proporcionada, femenina en todos los sentidos.

Jamie la miró mientras sus ojos se llenaban de dulzura al recordar a aquel joven. Al recordar a un asesino en serie. A un asesino de niños convicto. Jamie tragó saliva y bajó la vista hacia su infusión.

—La casa que compraron mis padres se caía a pedazos y Hans era un manitas, un experto carpintero.

Aquello le recordó a Jamie las ramas de abedul cortadas con maestría que se habían utilizado en el asesinato, pero no dijo nada.

—Vino a preguntar si necesitábamos ayuda con el jardín o con alguna reparación, ese tipo de cosas, a cambio de algo de dinero. Ese verano estuvo allí a menudo. Pero nunca se fijó en mí. —Ella se rio de nuevo—. Pero entonces, aquel invierno, cumplí trece años y empecé a crecer.

Jamie asintió con la cabeza para indicar que la escuchaba y quería que Annika continuase.

—Hans no trabajaba tanto en invierno, debido a la nieve, la lluvia. Y ya sabes, hay que llevar chaquetas gruesas, bufandas para cubrirse… Pero luego, cuando llegó la primavera, regresó, los abrigos habían desaparecido…

—Y empezó a fijarse en ti.

—Sí —Annika volvió a negar con la cabeza, incapaz de evitar una sonrisa.

A Jamie le resultó desconcertante. Pero se reservó su opinión hasta que terminase la historia—.

Sí. Él tenía dieciocho años y yo trece. Todavía era solo una niña, pero empezaba a conocerme a mí misma.

Y mis amigas en el colegio… Todas estábamos en esa edad, ya sabes.

Cuando las muñecas se sustituían por chicos, los zapatos comenzaban a ser de tacón y la pintura de cara dejaba su espacio al maquillaje.

—Una edad difícil —añadió Jamie en voz baja, sin querer interrumpirla.

Annika asintió, tragó saliva y un destello parecido al remordimiento brilló en sus ojos. Se acomodó en el sofá y apretó un poco contra sí su taza.

—Mi padre estaba impresionado con la habilidad de Hans y quería que hiciera algunos trabajos en nuestro tejado: sustituir listones y tejas.

Para entonces ya era verano y habíamos intercambiado miradas, pero nada más.

Era un chico encantador y algunas de las chicas mayores de mi colegio me habían hablado de él.

Era guapo y cautivador. Todas comentaban la suerte que tenía de que trabajara en mi casa.

—Suspiró largamente—. Aquel segundo verano dio paso al otoño y el tiempo empezaba a cambiar de nuevo.

Acababa de cumplir catorce años y la casa estaba casi terminada.

Temía no volver a verlo más por allí, y eso suponía perder mi oportunidad.

Jamie apretó los dientes y escuchó con atención.

—Estaba cortando leña en el jardín trasero, para terminar el techo del porche de la parte de atrás, y le llevé un refresco de cola.

La tenía en la mano y la sostuve frente a mí.

Él se acercó y extendió la mano hacia la botella.

Agarré su mano antes de que alcanzara la botella y la sostuve.

Me miró a los ojos, ahora eran los ojos de un hombre de diecinueve años, y me miró por primera vez. Y eso fue todo.

Annika dejó de hablar y respiró lentamente.

—¿Qué pasó después? —preguntó Jamie.

—Él era cauteloso, por supuesto: yo solo era una niña y él era un hombre en todos los sentidos.

Parecía reservado con respecto a sus sentimientos, no sabía por qué.

A mí me parecía bien, para mí el amor no era más que amor.

Accedí a reunirme con él aquella noche, en el bosque que había junto a nuestras dos calles.

Había un sendero que atravesaba los árboles.

Quedamos a medianoche. Así que, después de que mis padres se hubieran dormido, salí con el mayor de los sigilos, crucé la calle y me adentré en el bosque…

Jamie notó cómo se le enderezaba la columna y se le tensaban los hombros. Imaginó a su padre sentado frente a aquella mujer dos décadas atrás, él había escuchado exactamente la misma historia.

—No sabía qué esperar ni lo que estaba haciendo.

Pero Hans estaba allí, eso era lo que a mí me importaba.

Había traído una manta y la había extendido a un lado del camino, entre los abedules.

Su aliento olía a cerveza, recuerdo que me pareció un aroma demasiado ácido.

Se suponía que yo no debía poner cara de asco, que era algo que con el tiempo también me gustaría, como el sabor del vino o los cigarrillos que tanto parecían disfrutar mis padres.

—Dejó escapar de nuevo una risita—. Nos tumbamos y hablamos un rato, entre susurros.

Hans me dijo que sus padres pensaban que debía alistarse en el ejército, que no se ganaba dinero con la carpintería.

Pero él no quería. Le dije que se quedara, por supuesto.

Eso era lo que yo quería. Y entonces me besó, en su labio superior había una pelusa que se erizó…

—Annika se llevó la mano a los labios y se quedó mirando al vacío—.

Fue muy delicado, me preguntó si estaba bien, si me sentía bien, si me dolía.

Mentí y le dije que no. —Dio un sorbo a su manzanilla—.

Pero era mi primera vez, y él lo sabía. —Se mordió el labio y paró de hablar durante unos segundos.

Luego tragó saliva y dejó la taza sobre la mesa, entre ambas—.

Una vez terminamos nos quedamos allí mucho tiempo y él no dejó de abrazarme.

—Su voz había perdido la calidez que tenía antes—.

Nuestros ojos se habían acostumbrado a la oscuridad, nuestra piel al frío del otoño que se avecinaba.

Pero entonces, al mirarlo con atención, vi su rostro con más claridad, y un destello se reflejaba en sus ojos.

Estaban fijos en algo que había detrás de mí, y entonces pareció asustarse.

Rodó para apartarse de mí, me empujó y se puso de pie, se enfundó los vaqueros y las botas lo más rápido que pudo.

Yo seguía llamándolo: «¿Hans? ¿Hans? ¿Hans?

». Pero él no respondía. Miré hacia atrás y vi que las luces de mi casa estaban encendidas, la luz de mi dormitorio también.

Mis padres estaban despiertos y sabían que yo no estaba allí.

La luz del vestíbulo estaba encendida y la puerta principal abierta.

Un haz de luz atravesó los árboles que nos rodeaban e iluminó su corteza plateada.

Una figura se acercaba con una linterna en la mano.

Y entonces oí mi nombre, la voz de mi padre resonaba en la oscuridad.

«¿Annika?». Hans estaba aterrorizado, pero yo no sabía por qué.

¿Cómo era posible que mis padres no entendieran el amor?

Me cubrí con la manta mientras mi padre se acercaba.

Y entonces Hans echó a correr, con la luz de la linterna de mi padre en su espalda.

La voz de mi madre rompió entonces el silencio y más luces se encendieron a nuestro alrededor, a medida que en otras casas se despertaban con el sonido de los gritos.

Mi padre le gritó a Hans que se detuviera, pero él no lo hizo.

Llegaron hasta mí y se arrodillaron. Mi madre me abrazó con fuerza, entre sollozos.

Mi padre maldecía, preguntando si estaba bien, ¿qué me había hecho? ¿Quién lo había hecho?

Jamie sentía un nudo de hierro candente en la garganta, pero no dijo nada.

—Me llevaron a casa —continuó Annika, sin dejar de asentir con la cabeza, la voz ahora sonaba tensa—, y me mandaron a la cama.

Hicieron una llamada telefónica, discutieron sobre algo en la cocina.

Entonces yo comencé a tener miedo también.

—Se secó una lágrima de la mejilla—. Una hora más tarde llegó un coche de policía, mi padre habló con el agente en el porche y luego se marcharon.

Lo vi desde lo alto de las escaleras, al asomarme por la esquina, sin saber aún qué había hecho mal. Cuál era el problema.

—¿Y luego qué pasó?

—Nunca volví a ver a Hans.

Jamie trató de procesar todo aquello.

—Lo siento.

Ella asintió.

—Yo era joven, por supuesto. Demasiado joven y Hans ya tenía diecinueve años.

Él era un hombre, yo todavía una niña. Sucede muy a menudo.

Pasaba entonces como pasa ahora. Chicos mayores y chicas adolescentes.

Pero mis padres eran muy conservadores. Los de Hans también.

Más tarde descubrí que sus padres y los míos hablaron mientras Hans estaba detenido, arrestado ante la sospecha de…

—Se aclaró la garganta, sin querer usar la palabra—.

Nunca fue eso, nunca . Pero la diferencia de edad…

Los padres de Hans suplicaron, ofrecieron enviarlo lejos si mis padres no seguían adelante con la denuncia.

Ellos aceptaron, a regañadientes. Así que enviaron a Hans al ejército y la vida continuó.

Jamie reflexionó en torno a aquella historia durante un momento.

—Así que mi pa… —Se interrumpió al ver que Annika la miraba—. El detective que vino a hablar con usted hace veinte años. ¿A él le contó todo esto?

Annika miró a Jamie con gesto divertido.

—A tu padre, sí.

Jamie se maldijo a sí misma.

—Te llamas Johansson, él se llamaba Johansson. Os parecéis… Y el hecho de que estés aquí haciendo exactamente las mismas preguntas que él hizo… No hace falta ser detective para darse cuenta.

—No estaba segura de que lo recordaras tan bien —dijo Jamie y volvió a mirarla a los ojos. Annika sonrió con calidez.

—Sí, lo recuerdo. Y sí, también a él le conté esta historia.

—¿Sabes cómo te encontró?

—Sospecho que profundizó al investigar a Hans, vino a Rättvik, descubrió que lo habían arrestado y por qué, y luego me localizó…

Jamie no pudo evitar sentirse impresionada. A pesar de todos sus defectos era un gran detective.

—A medida que le contaba todo pude ver cómo cambiaba su expresión —dijo Annika—.

Pude ver que en ese momento tomaba la decisión de que Hans era culpable.

—Suspiró—. No me dijo de qué trataba la investigación, pero habíamos oído historias de chicas desaparecidas en Estocolmo.

De trece, catorce años… Cuando confirmó la edad que tenía yo cuando todo ocurrió…

Jamie asintió.

—La misma edad.

—¿Me equivoco al asumir que había un elemento sexual en esos delitos?

Jamie volvió a asentir.

—Lo había.

Annika entendió entonces el razonamiento.

—Detuvieron a Hans poco después de que tu padre viniera a verme. Recuerdo haberlo leído en el periódico. «Detenido al fin un sospechoso de ser el Guardián de Ángeles». Ese era el titular.

Jamie podía ver la culpa en su rostro.

—Puede que hayas ayudado a encerrar a un asesino en serie. Lo que hiciste fue algo bueno.

—Puede. —Se rio.

Jamie la miró con curiosidad.

—Has dicho «puede». Puede que ayudara a encerrar a un asesino en serie. No estás segura de que fuera él, ¿verdad?

Jamie no dijo nada.

—Esta chica que ha muerto, ¿crees que es el mismo asesino? ¿El de los anteriores?

—No lo sé.

—¿Crees que Hans podría haber sido inocente? —indagó Annika. Era lista. No paraba de atar cabos a medida que avanzaba.

—Exploramos todas las vías de la investigación.

Annika llenó sus pulmones de aire sin dejar de estudiar a Jamie.

—¿Qué esperabas conseguir viniendo aquí?

—Quería saber lo que sabía mi padre.

—Y ahora lo sabes.

—Y ahora lo sé.

Annika esbozo una suave sonrisa.

—¿Te ha servido de ayuda?

Jamie lo meditó durante unos instantes.

—No —dijo con un suspiro—. No me ha ayudado.