17
Jamie alquiló un pequeño y económico coche y se dirigió a Rättvik, una ciudad a orillas del lago Siljan, a tres horas de la ciudad.
La tarde llegaba a su fin y el sol se acercaba al horizonte cuando llegó.
Hallberg le había enviado una dirección junto con el resto de los datos acerca de Annika Liljedahl. La mujer tenía cincuenta y nueve años. Era profesora de escuela. No tenía antecedentes penales. Y la casa en la que se había criado estaba a menos de un kilómetro de aquella en la que vivía.
Jamie se detuvo frente a ella y suspiró.
¿Qué hacía allí? ¿Qué iba a encontrar? ¿Estaba decidida a demostrar que su padre era un buen detective o aterrorizada de descubrir todo lo contrario?
En cualquier caso, ya estaba allí y no tenía sentido volver con las manos vacías.
No quería enfrentarse al «te lo dije» de Wiik.
Jamie salió del coche y cruzó la calle hacia la casa, una vivienda con paneles de madera rojos y blancos rodeada de árboles. Tanto los árboles como el tejado estaban cubiertos de nieve.
Se acercó a la verja y, temblando, la abrió. Se detuvo para echar un vistazo hacia atrás.
Era una típica carretera rural donde las casas estaban muy separadas entre sí. No había otros coches, ni aparcados ni circulando. Y la mayoría de las entradas estaban vacías, sus habitantes debían estar todavía trabajando.
Sin embargo, Jamie no podía quitarse de la cabeza la sensación de que estaba siendo observada.
Escrutó las casas una por una, en ambas direcciones, pero nada se movía. Forzó la vista debido a la penumbra del crepúsculo.
El día se iba apagando poco a poco y el aire mordía las mejillas de Jamie mientras permanecía allí de pie.
Una luz se encendió y Jamie se volvió de nuevo, vio a una mujer mayor salir a su porche y ajustarse un largo cárdigan al cuerpo.
Entrecerró los ojos para mirar a Jamie, una desconocida solitaria a medio camino de su puerta principal.
— Kan jag hjälpa dig ? —preguntó. «¿Puedo ayudarla en algo?».
— Ja —respondió Jamie con una sonrisa—. Soy la inspectora detective Jamie Johansson. ¿Es usted Annika Liljedahl?
Como respuesta, la mujer la miró confundida.
—Sí —dijo con cautela.
—Esperaba poder hacerle algunas preguntas.
—¿Sobre qué? —No estaba a la defensiva, pero era comprensible que se mostrara cautelosa—. ¿Puedo ver su identificación?
Jamie se palpó los bolsillos del abrigo y tiró del cordón con la acreditación que le había dado Falk. Se acercó y se la mostró.
Annika recibió el cordón y miró la acreditación a contraluz. Su rostro era estrecho, surcado por las arrugas labradas por el paso de los años, y su cabello tenía un corte bob a la altura de la nuca. Era de color carbón.
— Konsult ? —preguntó leyendo en voz alta. «Consultora».
Jamie asintió.
—Trabajo en la Policía Metropolitana de Londres. Estoy aquí para ayudar en un caso.
—¿Un caso?
—Un asesinato —dijo Jamie y se guardó la acreditación que le había devuelto.
Los trozos de hielo del camino que llevaba a la casa crujían bajo sus tacones. La nieve había sido apartada con una pala a ambos lados del camino, pero este era estrecho. Jamie supuso que lo había hecho ella misma. La mujer era menuda y retirar nieve no es tarea fácil.
—No sé cómo podría serle de ayuda —continuó Annika, sin comprender aún la conexión.
Jamie tragó saliva, sabía que era más fácil poner de una vez el asunto sobre la mesa.
—He venido por su relación con Hans Sjöberg —dijo Jamie.
La mujer comprendió.
—Ah, yo no he visto a Hans desde 1975 —respondió enseguida—. Y, por lo que sé, sigue en la cárcel. —Las comisuras de sus labios se curvaron hacia abajo—. Y si va a decirme que ha salido y…
—Hans Sjöberg ha muerto —dijo Jamie.
Annika dejó de hablar y se quedó con la boca entreabierta mientras se recomponía.
—Entonces no sé cómo puedo ayudarla.
A Jamie se le entumecían los dedos por el frío.
—Ha muerto otra chica —dijo sin más rodeos—. Y buscamos al hombre que la mató. No sé si puede ayudarme, pero, si no lo atrapamos, volverá a matar.
Annika relajó sus manos, miró hacia la calle y luego miró a Jamie a los ojos.
—De acuerdo. Entra. Prepararé una infusión —dijo y con un gesto invitó a Jamie a que se acercara.
Cuando entró en el porche, Annika la miró de nuevo.
—Sabes, me recuerdas a alguien, pero no termino de ubicar a quién.
—¿Sabes qué? —dijo Jamie, con una ligera risa. Apenas como una nota tranquila y sarcástica—. Últimamente no paran de repetírmelo.