16
Wiik estaba apoyado en la barandilla que había al pie de las escaleras de acceso a la iglesia. Se apartó cuando Jamie salió y empezó a hablar de inmediato.
—Hice que Hallberg investigara la historia del seminario. Al parecer, le facilitaron hace unas semanas la información sobre Eriksson a alguien.
—Qué celeridad —dijo Jamie, sorprendida. Solo habían pasado unos cinco minutos, diez como mucho, desde que Wiik había salido de la habitación.
Él asintió.
—Sí, Hallberg es muy buena en eso. Los informes forenses de los asesinatos originales también han llegado esta mañana. Hallberg va a revisarlos y nos dirá lo que encuentre.
—Tienes suerte de contar con ella.
Él sonó burlón.
—Sí, claro. «Señor, por supuesto, señor» —repitió como un loro mientras agitaba las manos alrededor de la cabeza—. Escucho lo mismo cien veces al día. «¿Cómo hago esto? ¿Qué opinas sobre esto otro? ¿Qué harías tú en esta situación?». —Resopló con desdén.
Jamie apretó los dientes.
—Está ansiosa por aprender, no hay que castigarla por eso. Algún día será una gran detective y está claro que solo quiere algo de orientación.
Suspiró y, fue sin esperar más hacia el coche. Se pasó la mano por la cabeza y se alisó el pelo.
—Preferiría que se centrara en los casos y no tanto en su propia carrera. Como si yo no tuviera ya suficientes preocupaciones sin tener que sobreprotegerla todo el tiempo.
Jamie lo dejó pasar. No le apetecía entrar y decir: «Bueno, si le dieras un respiro a la chica de vez en cuando. Si, por ejemplo, le dieras las gracias alguna vez, se daría cuenta de que en realidad hace un trabajo estupendo». Solo provocaría una pelea, y bien gorda.
Wiik se subió al coche y se sentó con ímpetu, el mismo con el que cerró la puerta.
Suspiró y soltó aire de modo ostentoso.
—¿Quieres desayunar algo? —preguntó de repente tras echar un vistazo por la ventana.
—Ya he desayunado —dijo Jamie y lo miró a los ojos—. ¿Qué ha pasado ahí dentro?
—No me gustan las iglesias.
—Ya me he dado cuenta.
—Mis padres me obligaban a ir. Siempre me pareció ridículo.
Jamie se mordió el labio durante un segundo.
—Aun así, deberías haber ido con más cuidado. Eriksson es una fuente de información valiosa.
Sintió ganas de añadir en voz alta que era valiosa siempre y cuando no fuera todo una invención. Pero no hacía falta alimentar más la desconfianza de Wiik.
—¿Sí? ¿Como qué?
Wiik se apoyó el rostro en la mano, con el codo en la ventanilla.
—Información sobre Sjöberg, por ejemplo, sobre el nombre que aparece en el cuaderno de mi padre, Annika Liljedahl. Qué puede significar «M. M.».
—¿Y quién es ella exactamente? —preguntó Wiik, aparentemente aburrido por todo aquello.
—La primera novia de Sjöberg, según Eriksson. —Jamie observó cómo reaccionaba, pero no pareció impresionado—. Al parecer tuvieron algún tipo de desacuerdo, y entonces Sjöberg se alistó en el ejército, donde fue médico militar durante un par de años.
—«M. M.» —dijo Wiik en voz baja, y asintió con la cabeza—. Genial. Pero ¿en qué nos ayuda eso?
Jamie hizo cuanto estaba en su mano por mantener la calma.
—Cualquier pista es buena en este momento. Y rellenar los huecos del caso original solo puede sernos de ayuda.
—Lo que tú digas.
Wiik la ignoró, arrancó y se alejó a toda velocidad de la iglesia.
—¿Adónde vamos?
—Ya lo he dicho: desayuno.
Jamie ya se había hartado de embutidos, muesli, fruta y café en el bufé de desayuno del hotel.
Le había entrado hambre después de nadar.
Pero, a juzgar cómo se atiborraba de bocadillos, Wiik se había saltado por completo la comida más importante del día.
Aunque el olor inundaba el habitáculo del coche, se negó debido al frío a que Jamie bajara la ventanilla.
La pantalla del salpicadero se iluminó y apareció la palabra «Hallberg», y Jamie pulsó rápidamente el botón de respuesta para ahogar los ruidos que Wiik hacía al masticar y sorber.
—Hallberg —dijo Jamie alegremente.
—Oh, inspectora Johansson —respondió ella, un poco sorprendida—. ¿Está ahí el Kriminalinspektör Wiik?
— Ají eftoy —dijo él, con la boca tan llena que no pudo evitar que quedaran migas esparcidas por todo el volante. Tragó saliva casi con dolor, tosió y al fin logró hablar—. ¿Qué pasa?
—Al revisar los expedientes originales de la oficina del forense he visto que una de las chicas, la víctima número siete, se llamaba Hanna Lundgren.
Hizo una pausa después de decirlo.
Wiik miró a Jamie y luego dio otro bocado a su sándwich.
—¿Lundgren? —dijo, y bajó un poco el sándwich.
—¿Como Leif Lundgren? —intervino Jamie y echó un vistazo a Wiik—. ¿El tercer nombre del cuaderno?
—Aún no lo he confirmado —respondió Hallberg—.
Pero tengo aquí su información. Voy a probar a ponerme en contacto con el familiar cercano que aparece en la lista, pero dudo que el número siga en uso después de tantos años.
Si no consigo nada probaré a ver si saco algo del hospital, intentaré conseguir una copia del certificado de nacimiento y veré si puedo encontrar una coincidencia. Apenas descubra algo llamo.
—De acuerdo —dijo Wiik y colgó el teléfono. Se volvió hacia Jamie y le dio otro mordisco a su bocadillo—. ¿Ves lo que quiero decir?
—Sí, claro —dijo Jamie, sacudiendo la cabeza—. Lo de esta chica no tiene nombre…
Hallberg volvió a llamar pasados veinte minutos.
Wiik ya había terminado con su comida y su café, y la cafeína parecía haber mejorado su estado de ánimo. Pero la iglesia le había tocado alguna fibra sensible, y Jamie no estaba dispuesta a abrir esa caja de Pandora, sobre todo en medio de una investigación por asesinato.
—Veamos —dijo Hallberg y respiró hondo antes de comenzar—.
Leif Lundgren. He encontrado el certificado de nacimiento de Hanna, pero Leif no figura como su padre.
Parece que la madre de Hanna murió cuando ella tenía cuatro años y su padre no pudo hacerse cargo de ella.
Los registros públicos muestran que fue primero acogida y luego adoptada por Helena y Leif Lundgren en 1987.
En 1996, cuando fue asesinada, solo tenía catorce años.
—¿Por qué Lundgren era sospechoso? —preguntó Wiik con voz cortante.
—El informe forense de Hanna reveló que se encontraron células epiteliales bajo sus uñas, cuyo ADN coincidió con el de Leif Lundgren.
Wiik adelantó su labio inferior.
—El informe dice que esa acumulación de restos era consistente con arañazos defensivos.
—¿Por qué nunca se detuvo a Leif?
—Eh —dijo Hallberg, sonaba evasiva—. No sé si lo detuvieron o no. Los expedientes del caso han desaparecido.
Ella hizo todo lo posible por no sonar condescendiente, pero era obvio que Wiik lo había interpretado así de todos modos.
—¿Tienes la dirección actual de Lundgren?
—Por supuesto.
Sabía que no debía llamar por segunda vez sin tenerlo todo preparado.
—Envíamela. Iremos para allá ahora mismo…
Jamie intervino.
—De hecho, me gustaría seguir la pista de Annika Liljedahl.
Wiik le lanzó una mirada extraña, como si le hubiera clavado un puñal en las costillas.
—¿Por qué?
Jamie meditó durante un segundo cuál era la mejor manera de decirlo.
—Me gustaría saber más sobre Sjöberg. Si mi padre se equivocó con él, necesito saber en qué se equivocó.
Lindvall, Eriksson y ahora Lundgren… Todos son sospechosos sólidos.
Tenían los medios y la oportunidad. Pero si se salieron con la suya hace veinte años, entonces fue porque mi padre hizo algo mal.
Y necesito saber qué fue. Si necesitas refuerzos, llévate a Hallberg contigo.
Wiik apretó la mandíbula.
—Estás aquí para ayudar a atrapar a un asesino, no para demostrar la competencia de tu padre.
Jamie podría haberlo destrozado y quería hacerlo.
Actuaba como un niño. Un niño mimado, además.
La forma en que trataba a Hallberg, el caso, ahora esto…
No le gustaba mucho volver a poner a Hallberg en la línea de fuego, pero, como la chica había dicho, uno se acostumbra a Wiik.
Ella sabía cómo manejarlo. Y, obviamente, Jamie aún no.
—Eres más que capaz de manejar a Lundgren sin necesidad de ayuda —respondió Jamie al fin—.
En primer lugar, ni siquiera querías que yo participara en el caso, ¿recuerdas?
Divide y vencerás. Si mi padre estaba en lo cierto con Sjöberg, esto ayudará a demostrar que se trata de un imitador. Si se equivocaba…
Wiik resopló.
—Lo que tú quieras. Hallberg, consíguele a Johansson la dirección de Annika Liljedahl. No puede haber mucha gente nacida en la misma época que Sjöberg, en la misma ciudad y con ese nombre.
—Puedo encontrarla yo misma —protestó Jamie.
—No —dijo Wiik—. Hallberg es buena en este tipo de cosas y no le importa.
Hallberg se quedó en silencio al otro lado de la línea, pero Jamie podía imaginar cómo apretaba el auricular con fuerza, lista para aplastarlo cuando colgase.
Sabía cómo se sentía.
Ella también había cerrado el puño. Los nudillos blancos por la tensión.
Pero no sentía ganas de aplastar un teléfono con él.
Se le ocurría algo mucho mejor.