15 #3
Se escuchó un sonido de burla detrás de ella, y Jamie se giró y lanzó a Wiik una gélida mirada que significaba «Vete antes de que tenga que echarte yo».
Él apretó la mandíbula, dobló la carta que tenía en la mano y la levantó.
—Nos quedamos con esto —le dijo a Eriksson.
El sacerdote hizo un gesto con la mano para dar su visto bueno.
—Por supuesto —dijo—. Cuanto sea necesario para ser de ayuda.
Wiik salió del dormitorio y atravesó la cocina. Jamie esperaba encontrarlo fuera más tarde, con suerte, algo más tranquilo. Sus hombros se relajaron un poco, pero no pudo evitar pensar que, tal vez, él la había dejado sola con un asesino en serie.
Dio un paso atrás, sacudió ese pensamiento de su mente y reanudó el interrogatorio.
—Le pido disculpas por la actitud de mi compañero, no creo que sea muy comprensivo en lo que se refiere a la fe.
—Estoy acostumbrado.
—No me cabe duda.
—¿Y tú? —Eriksson le sonrió.
—¿Si soy comprensiva con respecto a la fe? —Jamie levantó las cejas—. De la misma manera en que lo soy con respecto a la física cuántica. No espero llegar a comprenderla nunca, sé que no lo haré, de hecho, pero acepto que hay gente que sí lo hace y eso no me molesta.
Eriksson dejó escapar una tímida risa, encontró divertida aquella respuesta.
—Muy bien. ¿Tienes más preguntas?
—¿Recuerda con exactitud cuándo habló con Eva Sjöberg?
—Debió de ser el sábado. Sí, después del servicio. Alrededor de las once de la mañana, creo. Quizá fuera un poco más tarde.
Jamie asintió con la cabeza, buscó de modo instintivo su libreta de policía y ahí se dio cuenta de que no la tenía encima, pero notó el bulto de otra en su bolsillo. La sacó, reconoció la cubierta roja y tragó saliva, luego le dio la vuelta para poder abrirla por la parte del final.
—¿Tiene —comenzó, con voz entrecortada— un bolígrafo?
Eriksson se giró para buscar uno en el escritorio y se lo ofreció.
—Gracias. Supongo que los registros telefónicos mostrarán que la llamó, ¿no?
Jamie lo miró a la espera de su respuesta.
Él no dejaba de mirarla a los ojos.
—Efectivamente.
—¿Cuál es su número?
Él se lo dio, sin quitarle los ojos de encima.
Ella lo anotó.
—¿De qué hablaron?
—Le ofrecí consuelo, le dije dónde podía encontrarme si quería venir a algún servicio. Incluso le ofrecí transporte: tenemos un autobús de la iglesia adaptado para sillas de ruedas que utilizamos para recoger a algunos de nuestros miembros más veteranos.
—¿Llegó a venir?
—Todavía no, pero conservo la esperanza de que lo haga.
—¿Cómo consiguió su número?
—Hans me lo dio en nuestra reunión y me pidió que la llamara.
Jamie asintió, no dejaba de anotarlo todo.
—¿Cuántas cartas intercambiaron?
—Él envió la primera, yo le respondí. Luego me llamó para organizarlo todo.
Jamie no preguntó cuándo. Podría confirmar ese detalle con la prisión.
—¿El mismo número desde el que llamó a Eva?
—Sí, el teléfono fijo de la iglesia —respondió.
—Bien. Muchas gracias.
Jamie apoyó el bolígrafo sobre el bloc de notas y dio unos leves golpes con él.
—¿Alguna cosa más?
—¿Las letras «M. M.» significan algo para usted?
—¿Tal vez algo referido a meridiem ?
Jamie negó con la cabeza.
—No creo que sea eso.
—Quizá por el contexto sea más sencillo entenderlo.
—Estaba escrito junto al nombre de Hans Sjöberg en un viejo cuaderno, el del detective que investigó los asesinatos originales.
—Jörgen Johansson —dijo Eriksson y al hacerlo miró sin disimulo el gastado cuaderno que ella tenía en la mano—. Tu padre.
Jamie se quedó helada.
Él sonrió, parecía divertirle todo aquello.
—Te pareces mucho a él, el mismo apellido, y yo nunca olvidaría ese cuaderno. Lo sacaba y no dejaba de darle golpes con el bolígrafo mientras hablaba. —Eriksson esbozó una tímida sonrisa—. Como tú estás haciendo ahora, en realidad. Aunque nunca le vi escribir nada en él.
—¿Lo recuerda? ¿Y eso? —de pronto Jamie bajó la voz.
—Es un hombre difícil de olvidar. Y vino a interrogarme varias veces. Era muy enérgico.
Jamie no supo qué responder.
—¿Cómo está? ¿Sigue en la brecha?
—Está muerto —dijo Jamie, sintió el nudo apretarse en la garganta.
—Siento mucho escuchar eso.
Ella asintió con la cabeza una vez, sin quitar los ojos del cuaderno.
—¿Es este el cuaderno? ¿El del caso? —preguntó Eriksson, lo señalaba con la cabeza.
—No —dijo Jamie, apretándolo contra sí—. Es otro.
—¿Pero era uno de los suyos?
Ella tragó saliva.
—¿Podemos volver al asunto?
—Lo siento.
—«M. M.» Estaba escrito junto a un nombre: Annika Liljedahl. ¿Le dice algo?
Eriksson se quedó pensativo un momento.
—Conozco ese nombre. —Entonces pareció darse cuenta—. «M. M.» ¿Médico militar? —Levantó la mano, con el dedo extendido como si hubiera tenido una iluminación—. Hans fue médico en el ejército durante varios años. Sospecho que «M. M.» puede referirse a eso.
Jamie reflexionó. Tenía sentido que tuviera algunos conocimientos anatómicos, a tenor de lo que evidenciaban los asesinatos; eso era lo que había dicho Claesson. Un médico del ejército tendría esos conocimientos.
—¿Y Annika Liljedahl?
—Fue la primera novia de Hans, si no recuerdo mal.
Jamie esperó a que continuase antes de que apuntar nada.
—Nunca entró en detalles, pero creo que hubo algún tipo de altercado, algo relacionado con los padres de ella. Eso le causó algunos problemas a Hans y poco después se alistó en el ejército.
—¿Qué tipo de problemas?
—Como he dicho, nunca entró en detalles, y todo esto lo recuerdo de una conversación de hace treinta años.
Jamie respiró hondo.
—Sí, claro, por supuesto. Gracias. ¿Puede decirme algo más sobre ella?
—No, me temo que no. Fue un tema que surgió en una de nuestras muchas charlas como amigos cuando yo todavía era jardinero en la iglesia. En aquella época vivía al lado de Hans y Eva. Pasé muchas tardes allí. Eran muy buena gente. Cálidos, amables…
—Gracias —le interrumpió Jamie—. Si necesito algo más me pondré en contacto con usted.
—Por descontado. Ya sabes dónde encontrarme. —Se puso de pie con gesto de dolor. Su voz se volvió grave—. Espero que encuentres al hombre que buscas. Si este asesino se dedica a imitar a Hans Sjöberg, parece que tienes mucho trabajo por delante.
—Sí —dijo Jamie, y luego cerró el cuaderno y lo guardó lentamente en el bolsillo—. Es lo que parece.
—Déjame acompañarte a la salida —dijo Eriksson.
—Encontraré el camino —respondió Jamie—. Ha sido de gran ayuda.
Aun así, él la siguió hasta la cocina.
—Ah, otra cosa, inspectora…
—¿Sí? —preguntó Jamie, parada en el umbral de la iglesia.
—Si alguna vez necesitas ayuda para entender la física cuántica, siempre encontrarás abierta mi puerta.
Jamie dejó escapar una risa.
—Lo tendré en cuenta.
Solo entonces cerró la puerta tras de sí.