15 #2
—Al menos antes de que lo condenaran. Yo era el jardinero de la iglesia.
Todos conocíamos lo de las desapariciones de las niñas, Hans y yo hablábamos a menudo de ello.
Pensábamos que debía de ser alguien de la congregación.
Habíamos oído que luego las asesinaban, pero nunca pensamos que…
—Tosió antes de continuar—. Cuando arrestaron a Hans, a mí me impactó más que a nadie.
Como he dicho, éramos amigos íntimos. Era un hombre amable, un hombre cariñoso.
Pero después me sentí traicionado… Aquello me repugnaba.
— Tragó saliva y apretó las manos temblorosas frente a él—.
No volví a hablar con él, no lo visité nunca. Ni una sola vez.
Bajó la cabeza y miró al suelo
—Hasta hace unas semanas —le corrigió Wiik—. ¿Por qué?
—Me escribió una carta —dijo Eriksson con franqueza.
—Tenemos que ver esa carta —dijo Wiik antes de intercambiar miradas con Jamie.
Era la segunda vez que lo hacía en pocos segundos. ¿Buscaba que ella confirmase lo que intuía? Había presionado demasiado a Lindvall el día anterior. ¿Esperaba que Jamie lo controlara esta vez?
—Por supuesto —dijo Eriksson—. ¿Quieren que la traiga? Está en el cajón de mi escritorio.
—Iremos con usted —respondió Wiik, que no quería dejar al hombre solo con lo que podría ser su primera prueba crucial.
Aunque Jamie no creía que se comportase de modo tan comunicativo en el caso de que fuera culpable.
Y no le parecía que encajara en el perfil que buscaban.
Pero, por otra parte, los asesinos capaces de hacer cosas así rara vez mostraban su lado monstruoso.
Jamie lo sabía por experiencia. De hecho, solían ser gente de lo más encantadora.
Los más sonrientes. Los más tranquilos. Invisibles a simple vista.
Disfrazados bajo una superficie de gente colaboradora, como si fueran pastores de la humanidad.
Médicos. Abogados. Policías. Sacerdotes.
Jamie asintió para mostrarse de acuerdo con la intención de Wiik de seguir al hombre y los tres atravesaron la puerta por la que había salido.
Accedieron a una modesta cocina que tenía los muebles a la izquierda, debajo de una ventana, y una mesa desgastada a la derecha. En el escurridor había unos cuantos platos, de los que goteaba lentamente la espuma.
Eriksson los condujo hacia un pequeño pasillo. Al fondo estaba su dormitorio y a la derecha un cuarto de baño.
No parecía dar muestras de timidez o vergüenza mientras los guiaba hacia la habitación en la que dormía.
Jamie había comprobado que la gente se ponía nerviosa cuando la policía entraba en su espacio más privado.
Pero Eriksson no. ¿Era porque realmente no tenía motivos?
¿O se debía tan solo a que su habitación era espartana, como cabría esperar de un sacerdote?
Una cama individual pulcramente hecha con un crucifijo colgado sobre el cabecero.
Una estantería que contenía nada menos que seis biblias diferentes.
Una mesita de noche con un vaso de agua sobre ella.
Un escritorio con una lámpara y un ordenador, cuya pantalla mostraba una página web que ayudaba a localizar extractos de las Escrituras mediante la búsqueda de palabras clave.
Delante había un cuaderno abierto con algunas citas escritas.
Eriksson no dilató la espera para abrir el cajón de su escritorio.
Wiik retrocedió y levantó una mano para indicar a Jamie que se apartara, con la otra junto a la cadera, lista para sacar su pistola.
Eriksson podía sacar cualquier cosa de ese cajón.
La madera crujió al abrirse y la tensión de Wiik se hizo visible, pero entonces Eriksson se giró con un papel en las manos.
—Aquí tiene —dijo con naturalidad y le entregó la carta.
Wiik se hizo con ella y empezó a leer.
Eriksson se recostó contra el escritorio sin prisa, se permitió apenas un pequeño gesto de dolor al hacerlo.
Al parecer, el hombre ya no era tan ágil como antes.
Se sentaba como si le doliera la espalda.
¿Era aquello un espectáculo montado para ellos?
¿Para despistarlos? ¿Cómo podía un clérigo con problemas de espalda llevar un cadáver al interior del bosque y talar árboles? Lo más seguro es que no pudiera.
—Sjöberg se puso en contacto conmigo —dijo Eriksson sin que nadie le preguntara, sin quitar la vista de la carta—. Sabía que su pronóstico no era optimista y dijo que quería reparar el daño causado. —Eriksson suspiró—. Quería pedirme perdón por haberme mentido hace tantos años.
Wiik resopló.
—Qué majo.
—¿Perdón? —dijo Eriksson.
—Por lo de querer reparar el daño que le hizo a usted —murmuró y para hacerlo levantó la vista de la carta—. En lugar de dirigirse a las familias de las chicas que había asesinado.
Eriksson volvió a fruncir los labios y le dirigió una mirada que pretendía ser una disculpa.
—Le respondí para decirle que le había perdonado hacía años, que después de perder la fe en él, en Dios, había vuelto a encontrar el camino hacia la iglesia.
Que ahora tenía mi propia congregación. Y que, si realmente estaba arrepentido, por haber mentido y por todo lo demás, podía ofrecerle la absolución.
—Qué montón de mierda —dijo Wiik, incapaz de contener sus propias opiniones.
Eriksson hizo lo que haría un cristiano y sonrió educadamente a pesar de la descarada grosería de Wiik.
Jamie tenía otra cosa en la cabeza.
—¿Cómo le encontró, padre?
Eriksson dirigió su atención hacia ella.
—¿A qué se refiere?
—Si no había mantenido el contacto con él, si no lo había visto a lo largo de estos veinte años, ¿cómo le localizó?
La mirada de Wiik se desvió de la carta hacia Jamie y luego hacia Eriksson, donde se detuvo y comenzó a perforarle el lado de la cabeza que tenía a la vista.
Eriksson volvió a negar con la cabeza.
—No lo sé… Supongo que él me encontró…
—¿Lo encontró? —interrumpió Wiik—. Somos la policía y nos costó mucho «encontrarlo». Además, ¿cómo iba a hacerlo desde la cárcel?
Eriksson miró a Wiik sin mostrar vacilación alguna en su rostro.
—Según todos los indicios, era un preso modélico, y los presos tienen acceso a internet…
Bajo supervisión, por supuesto. Mis datos no están ocultos, mi nombre, fecha de nacimiento, dirección, todo aparece en el Registro Nacional Luterano como datos abiertos y públicos, junto con la fecha de mi nombramiento aquí.
Y, por supuesto, mis datos de contacto. Supongo que con solo buscar mi nombre y mi fecha de nacimiento en internet aparecerán resultados precisos.
Jamie miró por encima del hombro de Eriksson para contemplar su ordenador y se preguntó si una búsqueda en el historial de navegación mostraría que él se había encargado de confirmar esa supuesta accesibilidad en fecha reciente.
Wiik no parecía muy convencido.
—O bien —sugirió Eriksson con aire indiferente— obtuvo esa información de su esposa.
Jamie se inquietó e intercambió una mirada con Wiik.
—¿Su esposa?
Wiik intervino.
—¿Por qué iba a tener su esposa esa información sobre usted?
—No mi información actual —dijo Eriksson mirando alternativamente a cada uno de ellos—, sino la información del seminario al que asistí. Se la di a Eva antes de irme, por si necesitaba algo. Ellos habrían facilitado sin problema todos los detalles acerca de mi nombramiento.
Jamie se mordió el labio.
—Ya hemos interrogado a la esposa de Sjöberg. Apenas atinó a recordar su nombre. ¿Cuándo fue la última vez que se comunicó con ella?
—Hablé con ella hace apenas unos días. —El ceño de Eriksson se frunció con gesto de sorpresa—.
La llamé para darle el pésame por la muerte de Hans.
Nunca llegaron a separarse, creían en la santidad del matrimonio.
Me sentía en la obligación de enaltecer esa determinación.
Y tenía la sospecha de que pocos más llamarían para hacer lo mismo.
Wiik emitió un murmullo que no por eso sonó menos severo.
—Ella no mencionó nada de eso.
—No me sorprende —respondió Eriksson al mismo tiempo que exhalaba pausadamente—. Estaba bastante desconectada cuando hablé con ella.
—¿Desconectada?
—Distante. Incoherente. Desconectada de la realidad.
—Su boca volvió a formar una línea, lo que resaltaba las abultadas mejillas a cada lado—.
No sé si está o no diagnosticada, pero me temo que esa mujer padece Alzheimer o algo similar.
No es infrecuente a su edad. Lo verdaderamente triste es que tenga tan poco apoyo.
Wiik parecía enfadarse cada vez más, aunque Jamie no sabía exactamente qué era lo que le molestaba tanto. En cualquier caso, decidió hacerse cargo del interrogatorio.
—Lo siento, padre, todo esto que nos dice nos deja muy sorprendidos.
Cuando hablamos con Eva Sjöberg ella no hizo mención alguna sobre usted.
Pero usted dice que recientemente estuvo en contacto con ella y con su marido.
Que usted y su marido eran amigos íntimos.
¿Lo que ustedes discutían estaba relacionado con la fe?
Él asintió.
—Sí, hablamos largo y tendido sobre…
—¿Los asesinatos? —dejó escapar Wiik entre dientes.
—No —dijo Eriksson sin ponerse nervioso, aunque miró a Jamie para asegurarse de que Wiik no se abalanzara sobre él—. Sobre la Biblia, sobre Dios. La naturaleza de la vida y la muerte. El cielo y el infierno. La absolución.
Jamie dio un paso adelante para que Wiik quedara detrás de ella.
—¿Le dijo por qué lo hizo?
—¿Por qué asesinó a esas pobres chicas? —O Eriksson era muy bueno fingiendo o aquello realmente parecía afectarle—. No, no lo hizo. Y yo tampoco pregunté. Lo hecho, hecho está, y las razones dejan de ser relevantes siempre y cuando haya un arrepentimiento verdadero.
—A mí no me parecen irrelevantes —gruñó Wiik.
Jamie carraspeó y dio un paso más hacia delante.
—¿Y lo estaba? Me refiero a si lo notó arrepentido.
Eriksson asintió.
—Sí. Creo que estaba sinceramente arrepentido.