El Guardián de Ángeles (Jamie Johansson 1) 15
28%

15

Jamie abrió los ojos poco a poco hasta despertar de una noche sin sueños.

Dejó caer las piernas al borde de la cama y miró su teléfono. Eran poco más de las seis.

Wiik había quedado en recogerla a las ocho.

Encendió la lámpara de la mesita de noche, luego echó un vistazo a la tarjeta con los datos del hotel que había junto a ella.

Desayuno a las siete. Apertura de instalaciones a las ocho.

Piscina. Sauna. Gimnasio. Se preguntó si harían una excepción y descolgó el teléfono que estaba junto a la lámpara.

Necesitaba despejarse y hacer desaparecer las telarañas del sueño, y también deshacerse de las palabras que había dicho Wiik la noche anterior.

Su padre había necesitado a alguien. A cualquiera.

Pero todos habían estado demasiado atemorizados.

Y Jamie ni siquiera lo había sabido.

Wiik aparcó junto a la acera dos minutos antes de las ocho, el Volvo eléctrico zumbaba con suavidad.

Jamie subió al coche y se topó con el intenso aroma del café que impregnaba el interior.

Él parecía estar irascible, con el rostro fruncido en silencio.

—Toma —gruñó y le ofreció una taza que había en el posavasos del salpicadero—. No sabía cómo te gustaba.

Jamie probó un sorbo.

—Solo, el mejor modo de acertar.

Lo sostuvo entre las manos para dejar que el calor llegara a sus dedos.

Wiik arrancó sin más preámbulos.

—¿Todo bien? —preguntó Jamie, que no podía dejar de notar la tensión que emanaba de él.

—No —respondió cortante—. Lindvall tuvo un brote en su celda sobre las tres de la mañana, empezó a gritar y a amenazar con estrellarse la cabeza contra la pared si no le dejaban salir.

Montó un buen lío: untó sus excrementos por todas partes, se meó encima, vomitó por todos lados, luego se desmayó y empezó a tener convulsiones.

Wiik remató la narración con una mueca y negó con la cabeza.

—Dios —murmuró Jamie y luego dio un gran trago al café. Iba a necesitar la cafeína.

—¿Está bien?

—Lo han trasladado al hospital. Recuperó la conciencia al llegar e intentó atacar a la enfermera que lo atendía. Ahora lo tienen sedado. Creen que fue un brote psicótico debido al estrés del interrogatorio.

—¿Quién lo cree?

—El psicólogo designado por el Estado para ocuparse de su bienestar mental —Wiik casi escupió aquello—. Si fuera por mí, dejaría que ese pedazo de mierda se pudriera.

Jamie levantó una ceja y miró por la ventanilla. Ya había pensado que presionar a Lindvall así podía producir esos resultados. A veces odiaba tener razón.

—Lo último que necesito es una investigación sobre mis métodos que no hará más que entorpecer las cosas.

—Dio un profundo suspiro—. Hablé con el médico que lo atendió justo antes de irme —continuó—.

Parece que Lindvall también ha entrado en abstinencia aguda y, por lo visto, está deshidratado, lleva días sin comer, de hecho.

Se ha corrido una buena juerga. Su sistema está sobrecargado de anfetaminas. Ha entrado en modo autodestructivo.

Jamie lo escuchó sabiendo adónde quería llegar.

—¿Crees que tiene la conciencia tranquila?

Él se encogió de hombros.

—No lo sabremos hasta que salga de allí. Podrían pasar días.

—Mierda —musitó Jamie.

No pensaba que Lindvall hubiera asesinado a la chica, pero tampoco podía descartarse. Suspiró, se concentró en su café y dejó que Wiik condujera.

La iglesia se hizo más grande en el horizonte hasta convertirse en una aguja blanca recortada sobre el cielo gris que se cernía sobre ellos.

Aparcaron en una calle compuesta por una hilera de casas de una sola planta que compartían entre ellas su tejado de tejas rojas y la iglesia de Per Eriksson.

Wiik observó con atención el edificio a través del parabrisas, sin dejar de masajearse la barbilla.

Durante el trayecto le había entregado a Jamie el resumen que había redactado Hallberg sobre los asesinatos, tanto los originales como el nuevo. Incluía el informe de la autopsia de Claesson y las siete de los crímenes del pasado.

En la escenografía de cada una de las víctimas se habían utilizado ramas de abedul, recién cortadas de troncos cercanos con un hacha afilada.

A continuación, limpiaba las hojas y los brotes y las cortaba para que tuvieran unos 140 centímetros de largo.

Los extremos gruesos habían sido cortados en punta con un único y contundente golpe, antes de clavarlos en la espalda de la víctima y luego en el suelo helado.

Si Eriksson era jardinero tendría acceso a un hacha y experiencia en su uso.

Conocería los árboles y sabría cómo manejar la madera.

Y lo de que el sacerdocio ocupase su futuro hacía que el elemento religioso fuera difícil de ignorar.

¿Y qué mejor manera de desviar las hipotéticas sospechas que ordenarse sacerdote?

Ahora, con Sjöberg muerto, las únicas dos personas que lo habían visto con vida en los últimos meses eran su esposa enferma y uno de los únicos sospechosos del caso original. El virtuoso Per Eriksson.

Jamie recordó la masa verde e informe en el asiento delantero de Nyström y se preguntó si podría haber sido Eriksson. Puede que estuviera atado y amordazado en el maletero.

—¿Lista? —preguntó Wiik tras mirarla a los ojos.

Ella asintió y salieron, el expediente quedó en el asiento.

La iglesia de Eriksson era modesta, con un campanario que se elevaba apenas unos metros por encima del tejado a dos aguas.

El edificio era de piedra pintada de blanco, con una amplia escalera para acceder al interior.

Un cementerio lo rodeaba por tres de sus lados y las paredes estaban cubiertas de musgo verde que trepaba desde el terreno húmedo.

La puerta de madera marrón en lo alto de los escalones estaba abierta, pero no parecía haber ningún servicio en curso.

Jamie y Wiik subieron hasta la iglesia y entraron, ambos callados. Todo estaba en silencio.

No había viento. Los árboles de los alrededores permanecían inmóviles, como si estuvieran a la espera de algo.

Wiik se adelantó, sin molestarse en limpiarse los pies, y empujó la puerta interior, que dejó salir un intenso calor.

El aire era sofocante allí dentro. Jamie contó al menos ocho radiadores eléctricos en aquel espacio, todos viejos con sus insistentes crujidos mientras aventaban aire caliente hacia las vigas.

El techo inclinado exhibía un artesonado de madera y las filas de bancos se prolongaban hacia el púlpito, con un crucifijo de madera moteada en el altar y una ventana circular encima que parecía el halo que envolvía a la cruz.

Wiik fue quien tomó la iniciativa y avanzó.

—¿Per Eriksson? —gritó y su voz resonó en toda la iglesia.

Se mantuvo durante unos segundos y luego se apagó.

Wiik respiró hondo para repetirlo, pero se abrió una puerta en la parte trasera izquierda de la sala y salió un hombre vestido con vaqueros y una camisa negra, con un collarín blanco alrededor del cuello.

Se secó las manos con un paño de cocina que luego se colocó encima del hombro.

Tenía las manos rojas y en carne viva, como si acabara de lavárselas con agua hirviendo.

—¿Puedo ayudarles? —dijo.

Jamie tomó las medidas a Per Eriksson. Debía rondar el 1,88 m de altura, y una espesa cabellera blanca rodeaba su rostro anguloso. Sus ojos parecían amables y su sonrisa cautivadora.

Wiik se adelantó.

— Kriminalinspektör Anders Wiik —sonó seco y mostró su placa—. Esta es mi colega, la inspectora Jamie Johansson —añadió mientras señalaba a Jamie.

Ella asintió con la cabeza.

Él la miró.

—¿Johansson? —se dijo a sí mismo y dejó que su mirada se posase en ella durante unos instantes, con expresión de familiaridad. A continuación, dejó escapar un veloz carraspeo y se volvió hacia Wiik—. ¿En qué puedo ayudarles, inspector? —preguntó con inocencia.

—Estamos investigando un caso que podría estar relacionado con Hans Sjöberg —dijo Wiik con tono diplomático—. Un asesinato.

Eriksson frunció los labios.

—Lamento tener que informarle de esto, inspector, pero Hans Sjöberg está muerto.

—Estamos al tanto —dijo Wiik rápidamente—.

Pero parece que usted fue una de las últimas personas que lo vio con vida, y una de las dos únicas personas que lo visitaron en prisión en los últimos años.

Y nos resulta curioso que, después de todo este tiempo en que cumplía condena por el asesinato de siete niñas, usted lo visitara justo antes de que otra chica desapareciera y haya aparecido asesinada de la misma manera.

Solo Sjöberg y un puñado de personas más conocían todos los detalles de los crímenes.

Eriksson permaneció inmóvil ante ellos, con las manos entrelazadas delante de él.

Wiik continuó, tras morderse el labio inferior.

—Y, si se tiene en cuenta cómo tratan a los hombres como él en la cárcel, dudo que estuviera dispuesto a compartir sus batallitas. Pasó la mayor parte de su condena en una celda privada, aislado de los demás reclusos por su propia seguridad. ¿Sabía eso?

—No, no lo sabía —respondió Eriksson en voz baja.

—¿Entiende a dónde quiero llegar? —preguntó Wiik.

Eriksson no dijo nada.

—Usted fue uno de los sospechosos originales en este caso, ¿estoy en lo cierto?

—Así fue —respondió Eriksson con cautela.

—Entonces, dígame, ¿por qué alguien que no es más que un conocido aparece después de veinte años para visitar a un asesino de niños en su lecho de muerte?

—¿Un conocido? —Eriksson pareció desconcertado al escuchar dicha palabra—. Porque él me lo pidió —concluyó.

—¿Él se lo pidió? —insistió Wiik.

—Sí, Hans y yo éramos amigos íntimos.

Wiik la miró. Ella no había dejado de estudiar los rasgos del sacerdote.

Eriksson se explicó.