El Guardián de Ángeles (Jamie Johansson 1) 12 #2
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Este contenía toda la información que Hallberg había recopilado sobre Lindvall.

Los expedientes confidenciales que detallaban su tratamiento y su historial clínico.

Todo lo que criminalística había incautado en su apartamento.

Jamie y Wiik solo habían entrado a la sala de interrogatorio armados con los preliminares.

Pero ahora tenían más detalles. Y no parecían prometedores.

Jamie echó un vistazo a su reloj.

No había pasado mucho tiempo desde la detención de Lindvall, y ya era una hora bastante tardía.

Hallberg era eficiente. Eso tenía que reconocerlo.

Y el informe estaba impecablemente compilado y lleno de minuciosos detalles, más si se tenía en cuenta el poco tiempo del que había dispuesto para hacerlo.

—¿Tienes que ir a algún sitio, Johansson? —preguntó Wiik al ver que ella miraba su reloj.

—No —respondió Jamie antes de volver a mirar el informe—. Parece que el material pornográfico recuperado del ordenador de Lindvall era todo legal. Fetichista, pero legal.

—Loli —añadió Hallberg.

—¿Perdón?

—Es la abreviatura de «Lolita» —explicó—. Es un libro escrito por Vladimir Nabokov donde…

—Conozco el libro —dijo Jamie con un tono un poco más cortante de lo que pretendía.

—Por supuesto, lo siento.

Hallberg se sonrojó levemente.

Jamie se sintió mal. Le supo peor porque aquella chica parecía ponerla en una especie de pedestal. Y era incluso peor porque esa admiración se debía a tres casos de los que no se sentía especialmente orgullosa.

Suspiró y empezó a hojear las otras páginas.

Hallberg se mordió el labio, cruzó los brazos y luego extendió la mano, con la intención de señalarle una página en concreto a Jamie.

—Esta era la parte confidencial del expediente —dijo con celeridad, al tiempo que retiraba la mano—. El psiquiatra de Lindvall lo envió hace unos minutos.

Jamie lo ojeó por encima.

—Dios, ¿cuando tenía diecisiete años?

—¿Qué pasa? —preguntó Wiik y se hizo con el expediente sin pedir permiso.

Hallberg intervino.

—El informe dice que Lindvall agredió a su hermana de doce años, intentó…

Wiik asintió con la cabeza para que parase, ya que podía leer lo que tenía ante sus ojos.

—Lo arrestaron, lo incluyeron en el registro de agresores, pero no se llegó a presentar una acusación formal —murmuró, con los ojos fijos en cada palabra que leía—.

Aparentes problemas psicológicos… Lo enviaron a vivir con sus abuelos tras el ataque de 1993, lo que lo sitúa cerca de uno de los lugares donde se encontró a víctimas del Guardián de Ángeles.

Aunque era una afirmación, lo dijo con la entonación de una pregunta, tras lo cual miró a Hallberg en busca de confirmación.

Ella asintió.

Wiik regresó a la lectura.

—Los padres lo llevaron a terapia mientras estuvo allí.

Abandonó y volvió a terapia durante unos años.

—Wiik chasqueó la lengua—. Luego, tras un brote en público en 1999, fue arrestado de nuevo a los veintitrés años: se resistió al arresto, mostró claros signos de psicosis y, finalmente, fue diagnosticado con esquizofrenia paranoide…

Jamie observó con atención a Wiik.

—¿Qué hay de los delitos anteriores que mencionó Hallberg? Abuso sexual, agresión a un menor, posesión de imágenes pornográficas, intento de secuestro, encarcelamiento ilegal…

Wiik continuó con la lectura, pero se quedó en silencio durante unos segundos antes de hablar.

—El abuso sexual fue el delito por el que lo arrestaron y diagnosticaron: manoseó a alguien en un tren, fue reducido por el personal y alegó que la mujer era su madre…

—Wiik negó con la cabeza, un claro gesto de que le costaba comprender aquello—.

El abuso de un menor, el intento de secuestro, la posesión de imágenes pornográficas…

Todo en 2005, justo antes de que lo volvieran a internar en el psiquiátrico.

Aquí dice que le dio la mano a una niña de once años e intentó alejarla de su madre, y luego se asustó cuando ella empezó a gritar e intentó reducirla.

Estaba convencido de que era su hermana, que por entonces habría tenido unos veinte años…

—Wiik resopló—. Lo arrestaron y registraron su teléfono.

Parece que el historial de búsquedas del navegador era bastante condenatorio.

—Recorrió con el dedo la lista—. Nada demasiado inmundo, pero cualquier búsqueda que empiece con las palabras niña pequeña no va a ser agradable.

—Hizo una nueva mueca y pasó a la siguiente página—.

La denuncia contra él por confinamiento ilegal, ¿la presentó su novia?

—Aquello sorprendió a Wiik—. En 2013. Se había mudado con ella.

Luego, según dice, se volvió paranoico y pensaba que ella iba a dejarlo, que lo engañaba, que hablaba de él a sus espaldas.

No la dejó salir de casa durante tres días, luego se puso nervioso y ella se encerró en el baño, temía por su vida…

Los vecinos llamaron a la policía tras escuchar gritos y golpes en la pared…

Lo detuvieron y lo internaron. Los cargos formales fueron retirados tras declararse su incapacidad mental, y fue condenado a tratamiento ambulatorio y servicios comunitarios.

Wiik cerró la carpeta del expediente, parecía abatido.

—Tenemos que hablar con ella, a ver si así podemos hacernos una idea más clara de lo que este tipo es capaz —dijo Jamie como si de ese modo quedase todo archivado en su mente.

—Creo que está bastante claro de lo que es capaz —gruñó Wiik. Parecía que ya se había formado su opinión sobre el tipo.

—Admito que tiene un historial impresionante —dijo Jamie—, pero no es concluyente. Ni mucho menos.

Wiik la miró con especial intensidad, había abierto de nuevo el expediente para repasarlo y se hizo el silencio entre ellos mientras se evaluaban mutuamente.

Hallberg cambió el peso de un pie a otro.

—Entonces, ¿crees que es él?

—Quizá —respondió Wiik, esta vez la miró—. Sin duda es capaz de hacerlo.

Levantó el expediente para subrayar su opinión.

Hallberg los miró a ambos.

—Pero pasar de eso a… esto —dijo y dejó que su mirada se perdiese en el vacío, como si se imaginara la escena del crimen—. Es un salto enorme.

Jamie se dio cuenta de que Hallberg estaba de acuerdo con ella: el expediente solo ofrecía indicios de que Lindvall tenía graves problemas.

Tenía toda la razón cuando decía que una cosa era encerrar a tu novia en una casa y otra secuestrar, asfixiar y luego montar una escenografía macabra con la víctima en medio del bosque.

Wiik miró fijamente a Hallberg, no le gustaba aquella insubordinación.

—No podemos hacer suposiciones firmes, en eso tienes razón. Pero estaba relacionado con el caso original y, si la conversación que acabamos de tener con él me ha servido de algo, es para corroborar que no hace falta mucho para llevarlo al límite.

Jamie observó a Wiik con detenimiento, ahora entendía el ángulo desde el que enfocaba el asunto.

Ella pensaba que él no era consciente de los límites de Lindvall, pero era todo lo contrario. Lo que intentaba calibrar era dónde estaba su punto de ruptura.

Quizá, después de todo, había subestimado a Wiik.

—Cierto —dijo Jamie—. Y apenas aparecimos en su puerta huyó a la carrera.

Wiik asintió y cruzó los brazos.

—Tenemos que dejar que se calme durante unas horas, que reflexione y se dé cuenta de dónde está.

Suspiró y le devolvió el expediente a Jamie para poder frotarse los ojos.

Parecía tan cansado como agotada se sentía Jamie.

—¿Cómo vamos con las transcripciones del tribunal? —le preguntó a Hallberg.

—Aún no están digitalizadas —respondió Hallberg—. Pero he solicitado una orden formal a los archivos de tribunales. Nos enviarán las copias en cuanto las tengan. Esperaba que ya estuvieran aquí, así que no deberían tardar mucho, creo.

—Si no llegan esta noche te enviaré yo mismo al juzgado a por ellas —dijo Wiik y no había ni una pizca de humor en sus palabras.

—Espero que no sea necesario llegar a eso —respondió Hallberg, con la misma falta de ironía.

—Una vez lleguen quiero que hagas las transcripciones lo más rápido que te sea posible, y que las guardes en un lugar seguro, ¿de acuerdo?

—¿Todas? —preguntó Hallberg mientras fruncía el ceño.

Wiik asintió.

—¿Algún problema?

Ella abrió la boca —para decir que sí, supuso Jamie—, aunque la cerró enseguida y sonrió.

—Por supuesto que no.

—¿Y la información de prisiones? ¿La causa de la muerte de Sjöberg, la lista de visitas?

—Conseguí hablar con el médico de la prisión. Sjöberg había recibido tratamiento para un cáncer de páncreas. Avanzaba muy rápido y, tras la primera ronda de quimioterapia, rechazó continuar el tratamiento.

—¿Por qué haría eso? —preguntó Wiik.

Hallberg negó con la cabeza.

—No lo sé, puede ser muy duro. Quizá no quería pasar por ello. La enfermedad, el dolor. Encerrado en la cárcel, sería incluso más…

—Buscaba una respuesta sólida, no conjeturas —la cortó Wiik.

—Claro, por supuesto —dijo Hallberg—. Lo siento.

Jamie la miró pasmada. Dios, parecía un perro apaleado. Sabía que Wiik era un tipo duro, pero no le daba respiro alguno a la pobre chica.

Él no se daba cuenta de lo buena que era. Carajo, si tuviera que trabajar con cualquiera de los informes chapuceros que redactaba su antiguo compañero…

Wiik continuó con sus exigencias.

—¿Y la lista de visitantes?

—Están revisando el asunto —respondió Hallberg—. Cambiaron su sistema de seguridad en 2013, por lo que no es tan fácil acceder a todo lo anterior. Deberíamos tenerla por la mañana.

Wiik no estaba contento.

—Vuelve a llamarles. Prefiero tenerla por partes antes que esperar otras doce horas. Consigue la lista desde 2013 en adelante, y también cualquier grabación de seguridad que tengan de los visitantes.

—De acuerdo —dijo Hallberg. Trataba de parecer animada.

—¿Y qué hay de la víctima? ¿Se sabe ya algo sobre su identidad?

—Nada. Aún estoy con ello, pero hasta ahora no ha aparecido ninguna persona desaparecida que coincida con su descripción.

—Dios —murmuró Wiik, tras lo cual se pasó la mano por la cabeza para alisarse el pelo.

Jamie se preguntó cuántas veces al día tendría que reponer la gomina para mantener el peinado tan perfecto.

—¿Hay algo que sí tengamos?

—Eh —dijo Hallberg, haciendo un repaso mental—. Sí, han llegado las imágenes de la cabina de peaje que registró el coche de Nyström.

—¿Qué? ¿Cuándo?

—¿Hará una hora? —dijo Hallberg.

—¿Por qué no me lo habías dicho? —gruñó Wiik.

Hallberg hizo todo lo posible para que no sonase irónica, pero aun así señaló el informe que Jamie tenía en las manos.

—He estado un poco ocupada. Además, no se ve nada. Estaba muy oscuro y, de todos modos, no se puede distinguir quién conducía…

Dejó de hablar al ver que Wiik se alejaba de ella, camino de la planta principal.

Hallberg cerró la boca, miró al suelo durante un segundo y luego miró a Jamie, sus pálidos ojos brillaban bajo las luces halógenas del pasillo.

—Qué se le va a hacer, ¿eh?

Jamie cerró el expediente y sonrió. Conocía muy bien esa sensación.

—Es un trabajo estupendo, de verdad —dijo levantando le expediente.

Hallberg sabía qué responder.

—Wiik no es mala gente. Sencillamente es así. Al final te acostumbras, ya sabes.

Jamie lo vio desaparecer tras una esquina del pasillo, con el balanceo de su abrigo. Suspiró.

—Sinceramente, espero no estar aquí tanto tiempo.