El Guardián de Ángeles (Jamie Johansson 1) 13
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Cuando Jamie llegó, Wiik ya estaba en su escritorio, con la cara apoyada en la V que formaban su pulgar y su índice, lo que hacía que la piel de sus mejillas quedase arrugada alrededor de los nudillos.

Ella lo rodeó y miró por encima de su hombro lo que había en la pantalla.

Mostraba una imagen grande, con mucho grano.

Un viejo Mercedes destartalado aparecía en el centro, los faros encendidos resaltaban en la oscuridad.

El anticuado modo de visión nocturna de la cámara le daba a la foto un tono verde submarino.

«Detallada» no era el adjetivo que ella hubiera utilizado.

La imagen también estaba salpicada de grandes manchas blancas: nieve. Una intensa nevada.

La foto estaba tomada de frente al coche, pero el conductor era poco más que una mancha oscura. Imposible de distinguir.

—Menuda mierda —murmuraba Wiik mientras sacudía la cabeza.

Lo único que se veía claro era la matrícula.

Jamie entrecerró los ojos para analizar la fotografía del coche de Nyström y luego señaló los faros.

—Parece que encendió las largas y las antiniebla para cegar la cámara.

Wiik se echó hacia atrás.

—Está oscuro, nieva… Todo el mundo conduce con las largas y las antiniebla puestas. Si valoran su vida al menos.

Jamie lo miró fijamente. Parecía agotado.

Afuera, el cielo se había oscurecido y, en el interior, la luz se había convertido en un resplandor sin sombras gracias a las tiras de LED que colgaban del techo.

—Resumiendo —dijo mientras extendía los brazos hacia la pantalla—, no es más que una mierda. No nos sirve para nada.

Jamie esperaba que, tras decirlo, barriera de un manotazo el teclado y la taza llena de bolígrafos del escritorio. En esta última podían leerse las palabras « Min pappa är en superhjälte» .

Mi padre es un superhéroe.

Era incapaz de imaginarse a Wiik comportándose como un padre afectuoso. De todos modos, los interrumpieron antes de que pudiera ni siquiera intentarlo.

Hallberg apareció ante ellos y colgó su teléfono.

—Estado de la cuestión —continuó mientras lo guardaba en el bolsillo de sus ajustados vaqueros negros—. Hablaba con la prisión: enviarán los registros de visitas del nuevo sistema por correo electrónico cuando puedan.

—¿Cuándo será eso? —preguntó Wiik sin quitarle ojo a su subordinada.

Ella se atrevió a encogerse de hombros.

—No lo sé. Tan pronto como puedan. Pero el tipo con el que hablé, el jefe de los oficiales de enlace, dijo que Sjöberg solo había tenido dos visitas desde que él trabajaba allí. No era un tipo muy popular, como puedes imaginar.

—Ya —dijo Wiik—. ¿Quiénes eran?

—No se acordaba muy bien, pero dijo que una era sin duda su esposa. Lo visitaba una o dos veces al año.

Wiik frunció los labios.

—No parecen muchas visitas para una esposa cariñosa que cree en la inocencia de su marido.

Jamie se cruzó de brazos.

—La prisión no está lo que se dice cerca y la mujer va en silla de ruedas —argumentó—. Y mencionó que la gente no hace precisamente cola para llevarla.

Wiik respiró con lentitud y luego hizo un gesto a Hallberg para que continuara.

—El otro visitante fue solo una vez, una semana antes de que Sjöberg muriera.

Wiik se enderezó en la silla.

—No recuerda el nombre —dijo Hallberg, para responder a la pregunta antes de que se la hicieran—. Pero escanean el documento de identidad de todos los visitantes cuando llegan y queda archivado.

A Wiik casi se le cayó la baba al escuchar aquello.

—También va a enviarlo por correo electrónico —concluyó Hallberg.

Wiik asintió con un lento movimiento de cabeza.

—De acuerdo. Avísame en cuanto llegue.

Hallberg asintió, hizo una especie de extraña media reverencia y luego retrocedió como lo haría un sirviente antes de darse la vuelta para dirigirse a su escritorio.

A Jamie le pareció extraño que tuviera su puesto de trabajo tan lejos del de Wiik, pero, por otra parte, dudaba que pudiera concentrarse con él respirándole en la nuca.

Wiik estaba ahora recostado en su silla, con las manos sobre el estómago y los dedos entrelazados. Tamborileaba con los pulgares.

Su abrigo colgaba del respaldo de la silla y él vestía una camisa blanca con un jersey gris encima. Tenía la mirada perdida en el vacío.

—¿Tienes hambre? —preguntó.

Jamie seguía de pie junto a su escritorio, con su abrigo en la mano.

—Sí —respondió, y comenzó a pensar en su estómago vacío. Solo había comido un sándwich de la máquina expendedora después de que trajeran a Lindvall para interrogarlo y ahora ya tenía el depósito vacío—. ¿Qué hay por aquí?

—¿Pizza? —preguntó Wiik.

Jamie torció la boca.

—¿Hay algo más?

Él levantó una ceja.

—¿No te gusta la pizza?

Echó un vistazo al amplio suéter de punto que Jamie llevaba arremangado hasta los codos y que le colgaba por la espalda hasta cubrirle el trasero.

También se fijó en sus torneadas piernas.

Sus ojos se detuvieron un instante en la curva de los cuádriceps, que se estrechaban al llegar a las rodillas, y en la forma triangular y definida de sus pantorrillas antes de sumergirse en sus botas.

Sin embargo, su mirada no era lasciva. Se parecía más a la forma en que un preparador evalúa un caballo de carreras antes de decidirse a comprarlo.

Jamie no paraba de cambiar el peso de un pie al otro, lo que hacía más evidente su incomodidad. Tenía ganas de decirle que sí, que cuidaba su cuerpo. Mucho. ¿Y qué? Las once plantas del bloque de apartamentos de Lindvall, la carrera para interceptarlo. Tenía el físico y la velocidad de un antílope.

Jamie siempre detestó esa comparación, pero su antiguo compañero le había dicho que no era lo suficientemente delgada para ser una gacela. Luego añadía que lo decía como un cumplido.

Wiik dirigió entonces su poder de observación a la parte superior de su cuerpo, como si intentara encajarla en un molde conocido.

Encajaba. Pero él no tenía por qué saberlo.

Jamie apretó los dientes y sacó su teléfono, iba a buscar algún establecimiento cercano de comida para llevar.

—No serás una de esas fanáticas de lo saludable, ¿verdad? —preguntó Wiik con aspereza—. Una «vegana». —Incluso hizo comillas con los dedos al decir la palabra.

Jamie lo miró tras detener el movimiento del pulgar en la pantalla.

—No, no lo soy —respondió, aunque pensó que se habría ofendido por su comentario de haberlo sido.

—Bueno, algo es algo —dijo Wiik con seriedad.

Sinceramente, no sabía si estaba de broma o no, así que sin darle más vueltas volvió a buscar un sitio decente para comer.

—¿Casada? —preguntó Wiik, sin dejar de dar golpecitos con los pulgares en el estómago.

—No —respondió Jamie, sin siquiera levantar la vista de su móvil.

—¿Novio?

—No. ¿Y tú?

Esta vez ella lo miró de reojo.

Él le devolvió la mirada con el ceño fruncido.

—Qué graciosa.

Jamie volvió a mirar su teléfono, con la mente puesta en la pequeña cabaña en las islas escocesas de donde había partido hacía tan solo un par de días.

En su cama. En el cálido espacio junto a Graeme.

No le había respondido al mensaje desde que había aterrizado y él tampoco había vuelto a escribir.

Diablos, ni siquiera sabía si él estaría todavía en el mar o de vuelta en casa.

Y, de todos modos, ¿qué eran ellos? Nunca lo habían hablado… ¿Acaso eso importaba?

—Divorciado —añadió Wiik, señalándose a sí mismo y asintiendo con lentitud—. Aunque eso no sea ninguna sorpresa.

Suspiró.

Jamie se concentró en su teléfono. No le apetecía comentar su vida personal con él. Lo único que quería hacer en ese viaje era terminar lo que su padre había empezado, permitir de una vez por todas que su memoria descansase y seguir adelante con su vida.

—Tenemos un hijo. —Parecía empeñado en llenar el silencio—. Ahora tiene nueve años.

Jamie tenía aún menos ganas de hablar de los hijos de Wiik que de su propia vida amorosa.

—El trabajo, ya sabes.

Jamie suspiró y bajó el teléfono para mirar a Wiik, que ahora la observaba fijamente.

—¿Por qué no me has preguntado todavía si conocía a tu padre? —dijo él.

Jamie negó con la cabeza, un movimiento lento, sin saber qué responder. Ni a la pregunta ni al motivo por el que él había decidido llevar la conversación a ese asunto.

—No lo sé. —Debería haberle dejado pedir la pizza—. ¿Lo conocías?

Él asintió.

—Sí. No personalmente. Pero sabía quién era. Todo el mundo lo sabía.

—Estupendo.

—Yo era joven, veintipico. Era tan solo un patrullero en aquella época.

Jamie sintió cómo su mano apretaba el teléfono con más fuerza, el número de un restaurante tailandés ocupaba la pantalla, listo para marcar.

—Era un buen hombre —dijo Wiik.

Jamie sintió que la tensión de sus manos se extendía hacia sus hombros, como si alguien se los apretara contra la columna vertebral. Respiró hondo, pero eso no hizo que se relajaran.

—Aunque era problemático.

Parecía decidido a continuar, a pesar de la resistencia de Jamie.

—Ah, ¿sí? —preguntó Jamie sin parecer interesada, tras lo cual retiró el pulgar de la pantalla.

—Aquello lo destrozó, ¿sabes? —Wiik la miró con gesto melancólico—. Lo recuerdo bien, hubo un cambio notable. —Miró hacia la oficina de Falk, ahora a oscuras—. Falk me advirtió para que me mantuviera alejado de él. De todos modos, tenía muy mal genio, pero después de…

—¿Después de qué?

—Después de que te fueras.

Jamie se tensó más incluso y guardó el teléfono en el bolsillo.

—Te recuerdo, de cuando eras una niña.

Jamie lo estudió: aquel tipo sentado allí en la silla y que no dejaba de soltar tonterías sobre su familia.

—Siempre estabas llena de energía. No me recuerdas, por supuesto. ¿Por qué ibas a hacerlo?

Ella inhaló aire de modo ostensible y apartó la mirada de él.

—¿A dónde quieres llegar con todo esto?

—Tu padre cambió cuando te fuiste. Todos pudimos ver su deterioro, sabíamos que era solo cuestión de tiempo hasta que…

—¿Hasta qué? —preguntó Jamie, su voz estaba llena de rencor.

—Hasta que pasara algo como lo que le ocurrió con Claesson…

Ella tragó saliva con dificultad.

—Eso fue lo peor de todo, que todo el mundo lo sabía. —Wiik negó con la cabeza—. Una bomba de relojería. Y todos a la espera de que explotase, rezando para no ser ellos quienes la detonaran.

Resopló tras decir aquello y bajó la mirada hacia sus pulgares. Ahora estaban quietos.

Los dientes de Jamie estaban a punto de romperse debido a la fuerza con la que los apretaba.

—Todo el mundo lo evitaba, no querían ser los que acabaran bajo sus ruedas, ya puedes imaginarlo. Cuando en realidad era justo lo contrario que…

—¿Sabes qué? —interrumpió Jamie—. En realidad no tengo hambre.

—Dejó que su abrigo se deslizase hasta su mano y se lo echó sobre los hombros—.

Me voy al hotel —dijo, tras lo cual se sacó la larga trenza que había quedado atrapada en el cuello y se encaminó hacia la puerta—. Avísame si necesitas cualquier cosa…

—¡Detective! —gritó Hallberg desde el otro lado de la sala y apresuró el paso para acercarse a ellos.

Jamie se detuvo en seco y cerró los ojos. Soltó aire y se giró lentamente para ver a Hallberg, jadeante, de pie junto al escritorio de Wiik.

—Quizá quieras ver esto —dijo.

Jamie regresó y miró el trozo de papel que Wiik tenía en las manos. Era una copia en blanco y negro de un carné de conducir.

Cuando se acercó, Wiik se lo pasó, con aire burlón, y luego sonrió con aire de suficiencia.

—El misterioso visitante que acudió al lecho de muerte de Sjöberg.

Jamie se hizo con el papel y se quedó mirando la cara que aparecía en la página.

Un hombre de unos cincuenta años la miraba con expresión cercana a la estupidez. Era delgado, tenía la mandíbula estrecha y un largo pescuezo que encajaba perfectamente en su alzacuellos.

—Dios santo —murmuró Jamie al verlo—. Es un sacerdote.

—Sí —dijo Wiik. Agarró el papel y se giró en la silla para mirarla de frente—. Per Eriksson es un condenado sacerdote.