12
Lindvall llevaba tres horas sentado allí y lo que fuera que había circulado por su cuerpo para ponerlo por las nubes ya había empezado a desaparecer.
Tenía la cara magullada después de que Jamie le hubiera hecho tropezar y se había mordido las uñas hasta dejarse las yemas de los dedos en carne viva.
Había pequeños fragmentos de ellas sobre la mesa.
Se removió en su asiento y se deslizó hacia atrás, lo que hizo que las esposas tintinearan suavemente sobre la superficie metálica.
—¿Cómodo? —preguntó Wiik, con la mirada fija en Lindvall. Se sentó en una de las sillas situadas frente a él y Jamie lo imitó.
Lindvall tragó saliva y miró a uno y a otro. Sus pupilas ya se habían normalizado y parecía que los párpados le pesaran. Había rechazado el agua y se había quedado sentado en silencio desde que lo habían metido allí.
Wiik dejó caer un expediente en la mesa y apoyó en él los dos dedos índices, los demás se cerraban dentro de sus puños.
—Tomas Lindvall, cuarenta y cuatro años. Nacido y criado en Estocolmo —dijo Wiik con una sonrisa de disgusto en el rostro—. Menudo motivo de orgullo eres para la ciudad.
Lindvall apartó la mirada, había dejado caer las manos sin fuerza y tiraba de las cadenas con leves tirones mientras se encogía todo lo que los grilletes le permitían.
—Hemos registrado tu apartamento —continuó Wiik—. Encontramos algunas cosas interesantes. Anfetaminas, cannabis, tu alijo de pornografía infantil.
Lindvall se enderezó y los miró.
—No es…
—Es más que suficiente para volver a encerrarte bajo llave durante mucho tiempo.
Y no en una de esas celdas acolchadas a las que estás acostumbrado, sino una con barrotes y sin un puto asiento en el retrete.
Una en la que sencillamente adoran a los tíos que se follan a niños.
—La sonrisa de Wiik se ensanchó—. ¿Qué me dices? ¿Te parece un plan divertido?
—No he hecho nada malo —dijo Lindvall y acompañó sus palabras con un gesto de dolor como si Wiik fuera a estirarse sobre la mesa y darle un puñetazo en la cabeza.
—¡Y una mierda! —Wiik dio un puñetazo sobre el expediente—. ¡No has hecho nada desde que eras un puto niño! Y solo con tus antecedentes esto será pan comido. Así que, si no quieres pasar el resto de tu mísera vida entre rejas, más te vale empezar a hablar.
Jamie miró a Wiik con cautela. Tenía el gatillo muy fácil.
Eso estaba claro. Pasaba en un santiamén de estar tranquilo y sereno a ser una bomba a punto de explotar.
Y con tipos como Lindvall, que en cualquier caso habían vivido siempre pendiendo de un hilo, era mejor tener cuidado.
Presionar demasiado a un tipo diagnosticado con esquizofrenia paranoide solo serviría para perderlo como sospechoso y descarrilar aún más el caso.
Y, encadenado o no, nunca se podía anticipar lo que tipos como Lindvall podían llegar a hacer.
Habían echado un vistazo a su expediente.
Un historial incompleto. La mayor parte de él estaba marcada como confidencial y no era accesible de inmediato.
Pese a ello, ya se habían formado una idea de su trayectoria.
Tenía delirios, vivía atormentado por voces y alucinaciones que lo aterrorizaban desde niño, durante toda su adolescencia y también ya adulto.
Demonios, monstruos. El tipo de cosas que te empujan a hacer locuras.
Que te dicen —te obligan a hacer— las peores cosas, a ti mismo y a los demás.
Cosas como morderte la lengua para ahogarte en tu propia sangre.
Eso había sucedido. Jamie lo había visto con sus propios ojos. Y desde luego no quería volver a ver algo así.
Lindvall se quedó mirando a los ojos de Wiik.
—Yo no… —comenzó.
—1996 —dijo Wiik con total frialdad—. Siete niñas. Violadas. Asfixiadas. Abandonadas en el bosque. ¿Te suena de algo?
Sus ojos parecían ahora dos rendijas.
A Lindvall le empezó a temblar la mandíbula.
—¿1996?
—El Guardián de Ángeles —escupió Wiik—. Un bonito nombre, ¿no crees? Aunque esperaba a alguien un poco más… imponente.
—Yo… Yo no soy… —comenzó a decir Lindvall.
—Y ahora, sencillamente, no has podido resistirte a volver a hacerlo, ¿verdad? Estás ahí, sentado en tu acogedor apartamento proporcionado por el Estado, colocándote y masturbándote con fotos de niños, y empiezas a pensar que no es suficiente. Que podrías, ya sabes, probar a hacerlo de veras, ¿eh?
—¿Qué? ¡No! —protestó Lindvall.
—Y entonces lo lees, ¿verdad? En algún periódico o en Internet, que Sjöberg ha muerto. Ese hombre que fue quien pagó por tus delitos. Y eso te recuerda aquellos buenos tiempos de antaño. Empiezas a recordarlo, a planear cómo volver a hacerlo y, antes de que te des cuenta…
—¡No! ¡No lo hice! ¡Nunca lo haría! —Lindvall había comenzado a alterarse.
—Admítelo —dijo Wiik tras alzar la voz, que retumbó por toda la habitación—.
Saliste a buscar a una chica, la secuestraste, la metiste en la parte trasera de tu coche, la drogaste con los gases del tubo de escape, luego la llevaste al bosque y la dejaste allí dispuesta como si fuera un puto ciervo.
—Wiik estaba a punto de levantarse de la silla—.
Le hiciste cortes como si fuera tan solo un trozo de carne.
Todo eso no era más que una lamentable manera de pedir perdón, ¿no?
La convertiste en un ángel para compensar el hecho de que la profanaste y…
—¡Ni siquiera tengo coche! —gritó Lindvall. Aullaba y se retorcía violentamente. Las lágrimas brotaron de sus ojos.
Jamie apretó la mandíbula. Wiik había ido demasiado lejos. Había activado el resorte. Bajó la cabeza y respiró hondo.
—¡Y una mierda! —continuó entre gritos Wiik, por inútil que resultase ya—. Lo pediste prestado, lo robaste. Admítelo. ¡Las mataste entonces y ahora también la has matado tú!
Lindvall no paraba de temblar, agitado, forcejeaba con las ataduras, se retorcía en la silla, pretendía llevar las rodillas al pecho como un niño.
Había emprendido ya el camino al pasado, de vuelta a sus psicosis anteriores.
Jamie observó cómo su mente comenzaba a disociarse de la realidad en la que había logrado arraigarse.
Tenía los suficientes conocimientos de psicología como para saber que Wiik había deshecho veinte años de terapia y apoyo en unos pocos minutos.
Extendió la mano y agarró el brazo de Wiik.
Él se giró para mirarla y ella negó con la cabeza tan sutilmente como fue capaz de hacerlo.
La mandíbula de Wiik comenzó a temblar, pero Jamie apretó más fuerte aún.
Volvió a negar con la cabeza, sus miradas se cruzaron de nuevo y entonces sintió que la tensión en su brazo comenzaba a relajarse.
Él soltó aire y se dejó caer hacia atrás, golpeó el asiento al hacerlo e hizo que la silla se deslizara un centímetro hacia atrás.
Wiik estaba a punto de empezar de nuevo, quizá esta vez con un poco más de precaución, cuando escucharon que se abría la puerta que había detrás de ellos.
Una mujer de unos treinta años, con el pelo oscuro recogido en una coleta y rasgos finos y afilados, llamó dos veces con los nudillos y asomó la cabeza por la rendija.
—Wiik —dijo, sus pálidos ojos grises brillaban bajo la intensa luz de la sala de interrogatorios.
—¿Qué pasa? —preguntó Wiik mientras se giraba sobre sí mismo sin levantarse de la silla. Lindvall no había dejado de sollozar.
La mujer mostró una carpeta que llevaba en la mano.
—Deberías echarle un vistazo a esto.
Wiik se mordió el labio, miró a Lindvall y luego se puso de pie.
—Volveremos —le advirtió Wiik, como si hubiera alguna duda al respecto, y se dirigió hacia la puerta.
Jamie se levantó junto a él, dejó que sus ojos contemplaran al hombre esposado, para evaluarlo.
Trataba de determinar si era capaz de hacer algo así.
Huir de la policía, golpear a un detective…
Sin duda, no era un buen comienzo para su defensa, pero ¿secuestro múltiple, asesinato…
? Algo así requería planificación. Una mente centrada.
Algo que ella no creía que estuviera al alcance de ese hombre.
Pero, de nuevo, si estaba bajo la influencia de una de sus voces. Si fue una orden…
Jamie respiró hondo y lentamente, luego siguió a Wiik fuera de la sala.
Las alucinaciones eran poderosas. A veces se sobreponían a la vida y a la muerte. Puede que Lindvall no fuera capaz de planear los crímenes de modo consciente. Pero eso no significaba que su mente no fuera capaz de hacerlo. Quizá solo la parte que no le pertenecía.
Fuera, en el pasillo, Wiik leía el expediente que ahora tenía en sus manos.
La mujer le ofreció sin demora su mano a Jamie.
— Polisassistent Hallberg —dijo con tono formal, que acompañó con una sonrisa repleta de dientes perfectos.
Jamie la estrechó.
—Inspectora detective Jamie Johansson.
—Oh, ya lo sé —dijo Hallberg sin dejar de sonreír—. Es un placer.
—¿De veras lo es? —preguntó Jamie y subrayó la ironía con una ceja levantada. No sabía si estaba preparada para escuchar nada más sobre la carrera de su padre hoy. La revelación de Wiik en el laboratorio de patología había sido suficiente para toda la semana.
—Me he informado acerca de tus casos —dijo sin perder tiempo—. El tipo que cazaba a los músicos, la red de tráfico que desmantelaste… El traficante de órganos… —Sacudió la cabeza—. Y todo como sargento detective. —No podía dejar de sonreír.
Eso hizo que Jamie se sintiera incómoda.
Wiik levantó la vista por un momento, observó a Jamie de una manera que ella no le había visto hacer hasta ahora, y luego volvió a centrarse en el expediente.
Hallberg se puso las manos en las caderas.
—Debe de ser algo hereditario…
Wiik carraspeó y Hallberg se calló a mitad de la frase.
—Ya basta —dijo, luego soltó un suspiro y le entregó el expediente a Jamie—. Lindvall dice la verdad. Realmente no tiene coche. Al menos, ninguno que esté registrado.
Jamie frunció los labios y echó un vistazo al informe.
—Tampoco lo necesitaría si robó el de Nyström —dijo Jamie sin levantar la vista del expediente.