El Guardián de Ángeles (Jamie Johansson 1) 11 #2
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Suspiró y se concentró en las puertas plateadas que tenían delante. Había otras exactamente iguales al lado. Joder, aquel ascensor tardaba una eternidad.

El panel iluminado que había encima estaba cubierto de porquería, como lo estaba todo allí, y el ruido de los cables chirriantes no ayudaba a disipar la inquietud de Jamie.

Las puertas finalmente se abrieron ante ellos y Wiik entró, no pudo evitar fruncir el ceño ante el hedor a orina reseca.

Jamie no entendía por qué todo el mundo sentía esa necesidad de mear en todas partes.

Dio por última vez una bocanada de aire fresco y entró tras él.

Wiik, aún con el guante en la mano, pulsó el botón de la undécima planta y el ascensor comenzó a subir con una lentitud insoportable, envuelto de nuevo en el chirrido de los cables.

El ascensor se abrió a un pasillo abierto al exterior y, una vez salieron, aparecieron cuadrados de cielo gris a ambos lados.

Wiik buscó en la parte alta de la pared, donde un letrero metálico deslustrado indicaba que los apartamentos del 1101 al 1120 estaban a la derecha y los del 1121 al 1140, a la izquierda.

Giró a la derecha, sus botas resonaban sobre el hormigón.

A esa altura, el viento era más frío y golpeaba con mayor brutalidad.

Azotaba la galería y arrastraba las hojas por el pasillo que tenían delante, cuya anchura apenas era suficiente para que caminaran uno al lado del otro.

Aunque el ritmo de Wiik le indicaba a Jamie que, en todo caso, no estaba muy interesado en hacerlo así.

Ni en charlar. Ni en ninguna otra cosa, en realidad.

Jamie no sabía si se debía a lo confuso del caso o porque él era un tipo antipático en general, sin más.

Pero no creía que le fuera a apetecer pasar ocho horas al día con él en un futuro próximo.

Aunque, por otro lado, puede que Hallberg supiera manejarlo.

O tal vez estaba luchando con el peso de este caso, la carga de las vidas de las chicas que ya se había cobrado, o de las que se cobraría, sobre sus hombros.

O tal vez eran solo imaginaciones suyas.

Wiik se detuvo en el 1117 y se volvió hacia ella por primera vez para asegurarse de que estaba allí.

Junto a la puerta había una estrecha ventana vertical que, presumiblemente, proporcionaba algo de luz natural al interior del piso.

Sin embargo, estaba cubierta por una gruesa cortina y no se escuchaba ningún ruido en el interior.

Jamie sintió un estremecimiento, se ajustó el abrigo alrededor de los hombros y el corazón se le aceleró un tanto cuando Wiik levantó los nudillos hacia la puerta de aglomerado.

Llamó clara y uniformemente: cuatro golpes fuertes y distintivos.

El ruido sonó sordo, y el viento se lo llevó al instante.

Se oyó un arrastrar de pies en el interior y, tras unos segundos, los cerrojos comenzaron a deslizarse.

Wiik acercó el pie izquierdo a la esquina de la puerta, listo para bloquear la abertura si fuera necesario.

La puerta se abrió unos pocos centímetros hacia dentro, con una cadena tensa que estaba fijada en el marco, y un pálido rostro apareció por encima de ella.

El hombre tenía los ojos muy abiertos y las pupilas dilatadas.

Tenía ojeras y la piel demacrada, el pelo revuelto y sin lavar, de un color entre rubio y castaño.

Sus ojos se movían nerviosamente, pasando de Jamie a Wiik y viceversa. Los dos detectives se miraron, y Wiik llegó sin duda a la misma conclusión que Jamie.

Tomas Lindvall estaba completamente colocado.

—¿Sí? —preguntó con la intención de mantener su escuálido cuerpo lo más protegido que le fuera posible detrás de la puerta.

Jamie miró los nudillos que se aferraban a la madera y se fijó en las uñas mordidas.

Wiik levantó su placa.

— Kriminalinspektör Anders Wiik, Polismyndigheten —dijo con tono seco.

Lindvall tragó saliva y volvió a mirar a Jamie.

—Inspectora Jamie Johansson —dijo ella, mientras captaba la extraña mirada de curiosidad que apareció en su rostro y le mostraba la acreditación del cuerpo de policía que Falk le había dado. El tipo estaba fuera de sí.

—¿Podemos entrar? —preguntó Wiik.

Jamie lo vio olfatear el aire, olía a sudor rancio y marihuana.

—¿O tal vez prefiere salir para que podamos hablar? —añadió.

Se encogió más incluso detrás de la puerta.

—¿De qué se trata?

—Nos gustaría preguntarle acerca de su paradero hace tres noches —dijo Wiik con sencillez, sin exagerar.

—Mi paradero… —Lindvall se detuvo a mitad de la frase, como si una palabra de tres sílabas fuera demasiado para su mente confusa.

Jamie recordó que Hallberg había dicho que a este tipo le habían diagnosticado esquizofrenia. Lo observó con atención.

—¿Dónde estaba —insistió Wiik, acercándose un poco más— hace tres noches? ¿Tiene una coartada?

—¿Una coartada? —repitió él y entrecerró los ojos como si intentase comprender aquella palabra.

—Basta ya de tonterías —dijo Wiik con voz fría.

—¿De qué va todo esto? —preguntó Lindvall de nuevo.

Jamie se dio cuenta de que no estaba del todo en sus cabales. Difícil estarlo si se había metido todo lo que aparentaba. Había una demora después de cada pregunta mientras su cerebro hacía todo lo posible por procesarla.

—Un caso —dijo Wiik, tras lo cual apretó los dientes y comenzó a verse cómo la vena de su sien se hinchaba—. Una investigación por asesinato.

—¿Asesinato?

Wiik extendió el brazo y golpeó la madera.

—Sí, pedazo de mierda. —Las salpicaduras de saliva quedaron cristalizadas en la superficie a causa del viento helado—. Una chica. Joven, pelo castaño, asfixiada, violada, asesinada, abandonada en el maldito bosque. ¿Sabes algo de eso?

Jamie apretó la mandíbula. Wiik estaba yendo demasiado lejos.

El labio inferior de Lindvall comenzó a temblar.

—Abre la puerta, ahora —exigió Wiik.

Por un segundo, se vio miedo en los ojos de Lindvall, pero luego desapareció.

Jamie se tensó.

Miró alternativamente a Jamie y a Wiik, varias veces, y luego asintió lentamente, con las fosas nasales dilatadas.

—De acuerdo. —Era poco más que un murmullo—. Solo déjenme…

Dio un paso atrás, y su delgado tronco y sus hombros redondeados aparecieron en el hueco durante un segundo antes de empujar la puerta para cerrarla, a lo que siguió el sonido de la cadena deslizándose detrás de ella.

Wiik exhaló con fuerza y se alisó el pelo con la mano. Jamie dio un paso atrás, notaba cómo cambiaba el aire.

Y entonces sucedió.

La puerta se abrió de golpe y Lindvall salió disparado, cargando con el hombro contra el pecho de Wiik.

Wiik gruñó, trastabilló hacia atrás y chocó con la barandilla de la galería.

Las largas barras rojas de madera se estremecieron y todo tembló debido al impacto.

Los puños de Wiik se cerraron alrededor de la barandilla y su cuerpo se inclinó hacia atrás, su cabeza se balanceó en el aire mientras luchaba por mantener el equilibrio.

Jamie ya se había apartado y se había pegado a la barandilla. Alargó el brazo, agarró el abrigo de Wiik y lo enderezó.

Lindvall corría por la galería, con los codos huesudos y los puños moviéndose como las bielas de un tren a cada lado de su cuerpo, camino del ascensor por el que habían subido.

Wiik recuperó el equilibrio, apartó el brazo de Jamie de un manotazo y la empujó a un lado. Le lanzó una mirada áspera, como si ella debiera haber agarrado a Lindvall y no a él, y luego salió corriendo tras el hombre.

Jamie los vio alejarse por un segundo, luego miró a la derecha, para asomarse por la puerta principal de Lindvall.

El olor era más fuerte en el interior, el apartamento no era más que un estudio.

Pudo ver un pequeño montón de polvo blanco en una bandeja colocada sobre una mesa de café, un cenicero lleno de colillas de porros y cigarrillos. Había un ordenador portátil abierto, con la pantalla hacia la pared.

Jamie dio un paso atrás, echó un vistazo a Wiik, que estaba a mitad de camino de los ascensores y no conseguía alcanzar a Lindvall, y luego suspiró.

Cerró la puerta principal con firmeza y luego giró en dirección opuesta, hizo crujir su cuello mientras caminaba, ganando velocidad a cada paso.

El ascensor llegó a la planta baja y Lindvall se escabulló por el hueco, entre tropezones, con los cordones de los zapatos desatados, y luego corrió hacia los árboles que había frente a los bloques.

Wiik, cinco segundos después, se arrastró como pudo por el hueco de las puertas del segundo ascensor y se lanzó tras él, con las mejillas rojas y el pelo convertido en una maraña de mechones oscuros alrededor de la coronilla.

Jadeaba, pues el abrigo largo y pesado y los vaqueros rígidos le impedían alcanzar una mayor velocidad.

Wiik se cuidaba, pero no era un corredor.

Lindvall, por el contrario, era delgado, como un galgo, y solo llevaba unos pantalones de chándal y una camiseta holgada salpicada de agujeros de quemaduras.

Llegó a la primera pasarela, pasó a toda velocidad junto al vagabundo con los pantalones empapados de orina, y echó una mirada por encima del hombro, una sonrisa llena de dientes amarillos mientras Wiik empezaba a quedarse atrás y se llevaba la mano a las costillas, allí donde comenzó a sentir un dolor punzante.

Lindvall volvió la cabeza, abrió mucho los ojos, y un chillido de sorpresa escapó de sus labios. Iba demasiado rápido para esquivar a Jamie, que se interpuso limpiamente en su camino, extendió la pierna y giró para que su pie se enganchara bajo su pantorrilla.

Ella le empujó con el hombro, para dejar que la física hiciera el resto, y vio cómo Lindvall salió volando por los aires y aterrizó con un fuerte golpe de costado.

Rebotó en el suelo, maldijo y rodó hasta detenerse, tras lo cual giró la cabeza para mirarla.

Lo que fuera que tuviera en su organismo le embotaba los sentidos.

Anfetaminas, cocaína. Podría ser cualquier cosa.

Jamie se aproximó, tras sacudirse el dolor sordo de la pierna derecha, donde le había golpeado la espinilla de Lindvall.

— Stanna nere —le ordenó al tiempo que extendía la palma de la mano. «Quédate ahí».

Wiik avanzaba ahora con dificultad, luchaba por recuperar el aliento y estaba todavía a unos veinte metros de distancia.

Lindvall le echó un vistazo y luego evaluó a Jamie, pensaba que podría con ella.

Tras agitar sus brazos como un torbellino, se puso en pie y cargó contra ella.

Cerró el puño y lo levantó por detrás de la cabeza, lo que no hizo sino telegrafiar su intención de dar un puñetazo como si lo anunciase a un kilómetro.

Jamie lo observó, se afianzó sobre sus pies y luego se deslizó sobre su pie derecho, meciéndose como el baile provocador de un boxeador, preparada para su siguiente movimiento.

Lindvall se puso a su alcance y extendió el brazo.

Jamie rotó hacia atrás sobre su pie izquierdo, fuera de su trayectoria, y su mano voló frente a ella, sin ni siquiera rozarla.

En el medio segundo que tardó el cerebro de Lindvall en reaccionar, Jamie ya había flexionado la rodilla y había lanzado la punta de su bota derecha hacia arriba en un pronunciado arco.

Lindvall se dobló sobre sus pies, el aguijonazo bien colocado de la punta de su bota fue suficiente para dejarlo sin aliento.

Se tambaleó, gimió y luego se derrumbó, abrazando su estómago.

Jamie volvió a apoyar el talón y se apartó de los ojos los mechones del flequillo, sin haber llegado siquiera a sudar. Su larga trenza se posó entre los omóplatos y quedó inmóvil.

Lindvall comenzó a arañar el suelo para escapar a rastras, pero no podía ir a ninguna parte porque estaba sin respiración.

Wiik llegó al fin y se inclinó hacia delante, con las manos en las rodillas, entre jadeos. Miró a Jamie, con una mezcla de disgusto y agotamiento en el rostro.

—¿Cómo has…? —Carraspeó y escupió al suelo la flema que tenía en la garganta—. ¿Cómo has bajado tan rápido?

Ella se encogió de hombros.

—Por las escaleras. El ascensor era demasiado lento.

—¿Once pisos?

—Estoy en forma.

Él entrecerró los ojos y señaló con la cabeza a Lindvall, que yacía postrado.

—¿Y esto?

Ella exhaló lentamente.

—Taekwondo y punteras de Kevlar.

Levantó un poco la pierna para mostrar la bota.

Él no pareció demasiado convencido y, tras dejar pasar un segundo, exhaló otro largo suspiro y luego se arrodilló, tras lo cual empujó a Lindvall para ponerlo boca abajo.

Le dobló las manos detrás de la espalda y sacó una brida de su bolsillo que apretó con fuerza alrededor de las muñecas del hombre, luego, se secó con la manga las gotas de sudor que empapaban su frente.

—¿Tienes algún otro talento oculto que yo deba conocer? —preguntó con amargura, y apoyó la rodilla en la espalda de Lindvall, mientras sacaba su teléfono del bolsillo interior.

—Supongo que tendrás que esperar para averiguarlo.