El Guardián de Ángeles (Jamie Johansson 1) 11
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Wiik, de pie y con las manos en los bolsillos, contemplaba los árboles situados frente al laboratorio. Sus hojas, húmedas, susurraban, y alrededor de sus troncos se acumulaba la nieve.

Parecía estar esperando a que ella le dijera que estaba lista.

—¿Cuál es la siguiente parada? —preguntó Jamie cuando recuperó la compostura.

Wiik sacó su teléfono. No habían tenido noticias de Hallberg. Lo sostuvo entre su índice y la yema del pulgar, y lo golpeó contra la palma de su otra mano, sin dejar de mirar los árboles.

Jamie lo observó.

Después de un momento, suspiró y negó con la cabeza.

—¿Todavía tienes el cuaderno?

Jamie lo sacó del bolsillo y se lo ofreció.

Él lo abrió por la página que Jamie había marcado como el inicio del caso y comenzó a hojearlo.

Se detuvo cuando llegó a una en la que ponía «Sjöberg» en letras grandes.

Estaba rodeada por varios círculos y tenía unos puntos de tinta alrededor, allí donde el padre de Jamie había golpeado el papel con la punta del bolígrafo.

—Tu padre —dijo Wiik—, estaba muy seguro de que era culpable.

—Se equivocó —respondió Jamie, sorprendida por la seguridad de su propia voz. Y más aún por la bilis que destilaba.

Wiik inspeccionó las otras notas de la página.

M. M .

Fuerte .

Annika Liljedahl .

Wiik las repasó, estaban escritas alrededor del nombre de Sjöberg.

Jamie también las miró con atención.

—¿Tienes alguna idea de lo que puede significar «M. M.»?

Él se mordió el labio inferior.

—No lo sé. ¿Quién es Annika Liljedahl?

Jamie negó con la cabeza.

—Al menos «fuerte» lo dice todo sin rodeos.

—Hmmm.

—¿Llegaste a conocer a Sjöberg? —preguntó Jamie mientras Wiik dejaba de mirar el bloc de notas. Volvió a concentrarse en los árboles.

—No —respondió—. Pero vi fotografías suyas. Era alto, con buena planta.

—Fuerte.

La comisura de los labios de Wiik se curvó ligeramente hacia la mejilla, pero no llegó a decir nada.

Transcurrió un minuto en el que solo se oyó el rugido lejano de los neumáticos sobre el frío asfalto más allá de los árboles. Fue entonces cuando sonó el teléfono de Wiik.

—Wiik —dijo, llevándoselo a la oreja—. Sí, un segundo. —Separó el teléfono de su cara y lo puso en altavoz—. Vale, adelante.

Era Hallberg.

—Tengo algo. —Respiró aceleradamente—. Tenemos muchos resultados para Per Eriksson y Leif Lundgren en los registros públicos. Llevará algún tiempo reducir la búsqueda. Pero he encontrado algo interesante sobre Tomas Lindvall. Tiene un expediente propio.

—Oh —dijo Wiik para llenar el silencio que había dejado Hallberg. Jamie se dio cuenta de que él hubiera preferido que siguiera hablando.

—Tiene una serie de antecedentes penales por agresión sexual, agresión sexual a un menor, posesión de pornografía infantil, intento de secuestro, detención ilegal…

Wiik apretó el teléfono con más fuerza.

—Y su expediente lo incluye como posible sospechoso en el caso del Guardián de Ángeles de 1996.

Wiik asintió lentamente.

—Recibido.

Jamie contuvo la respiración.

Hallberg continuó.

—No se llegó a elevar ninguna acusación contra él durante el caso, pero parece que Johansson lo investigó como sospechoso durante un tiempo. La nota de su expediente dice que vivía cerca de uno de los lugares donde se encontró a las víctimas.

—¿Sigue viviendo allí? —preguntó Wiik al tiempo que miraba a Johansson y le hacía un gesto para que lo siguiera.

—No, ha cambiado de dirección varias veces. Por lo que parece también ha entrado y salido más de una vez de un par de unidades de seguridad.

—¿Unidades de seguridad? —repitió Wiik, y miró a Jamie para evaluar su reacción.

—Residencias psiquiátricas —dijo Hallberg, y luego chasqueó la lengua como si buscase la información en su escritorio—. Parece que le diagnosticaron esquizofrenia paranoide en 19… 1999.

—Dios —murmuró Wiik y dobló la esquina para comenzar a descender por la rampa hacia el aparcamiento subterráneo.

—Recibió tratamiento en tres ocasiones. En dos centros diferentes.

De 1999 a 2000, luego de nuevo en el mismo centro de 2005 a 2006.

Más tarde, en otro centro de la ciudad, de 2011 a 2012.

El último cambio de domicilio y delito que tenemos registrado es de 2016.

Parece que ha estado tranquilo durante unos años. Quizá haya enderezado su vida.

Wiik mostró su placa al encargado del aparcamiento y pasó por debajo de la barrera.

—O quizá se haya preparado para algo más contundente.

—Te enviaré la dirección ahora mismo. ¿Quieres que nos veamos allí?

Wiik miró a Jamie, que lo seguía de cerca.

—No —respondió—. Nosotros nos encargamos.

—Por supuesto. —La decepción fue evidente en su voz—. Supongo que me toca quedarme aquí investigando a Lundgren y Eriksson, ¿no?

Wiik se detuvo junto al coche y sacó de su bolsillo las hojas que reproducían el cuaderno del padre de Jamie. Apoyó el teléfono en el techo del coche y hojeó las páginas.

—Tengo otro nombre para ti. Annika Liljedahl.

—¿Has dicho Liljedahl?

—Ajá.

—¿Algo en concreto?

—No, solo busca por el nombre y a ver qué encuentras. El nombre estaba escrito en el cuaderno de Johansson, junto al de Sjöberg. Debe de haber alguna conexión.

—Entendido. Y, una cosa más.

—Sí, Hallberg.

—Ten cuidado.

Él sonrió con aire burlón y luego miró a Jamie.

—Estaré bien. Tengo a Johansson cubriéndome las espaldas, ¿recuerdas?

Circulaban veloces por la ciudad, se dirigían a un conjunto de húmedas torres de apartamentos de vivienda social.

La ciudad se tornaba más oscura y sucia a medida que se adentraban en las peores zonas. El día daba paso a la tarde y el sol comenzaba a ponerse a sus espaldas.

Wiik aparcó en la avenida principal, sin querer entrar en los aparcamientos situados frente a las torres.

Probablemente porque no quería alertar a nadie de su presencia.

Pero también porque seguramente no quería dejar su Volvo nuevo cerca de esos residentes que escapaban a cualquier tipo de control.

Ella no lo culpaba.

Jamie no estaba segura de si se trataba de su propio coche o un vehículo policial camuflado, pero el interior de cuero color crema le indicaba que, en cualquier caso, era caro.

Lo observó y vio el brillo de un pesado reloj de plata que asomaba por debajo de la manga del abrigo. La manga de fina lana negra de su abrigo. Sus botas también eran de cuero de mucha calidad.

Wiik se sentía orgulloso de sí mismo. Le gustaban los objetos de calidad. Pero no tenía intención de presumir de ellos.

Antes de que Jamie pudiera hacer más observaciones en torno a su vestimenta, la puerta del conductor se abrió y él salió del coche y se alejó a zancadas. Tuvo que correr para alcanzarlo.

Wiik era un hombre de pocas palabras. Jamie tenía que reconocerle eso.

Y a ella no le importaba en absoluto. Quizá era por su ascendencia sueca, o quizá simplemente ya estaba harta de oír hablar a la gente. En cualquier caso, al igual que con Graeme, agradecía esos silencios entre ambos.

Había tres bloques en fila, y Wiik se dirigió al del medio.

Una serie de jardines elevados salpicados de árboles cubría la parte delantera de los edificios. Los muros bajos que los rodeaban, salpicados de bancos, intentaban mejorar el aspecto general del lugar. Pero no lo conseguían.

La piedra, que en su día había sido brillante, estaba ahora llena de pintadas y orina seca, y los bancos, diseñados para que la gente pudiera disfrutar de aquel oasis de verdor, o bien, estaban rotos o servían de refugio a personas sin hogar que dormían en ellos.

Jamie miró hacia abajo al no poder evitar una mueca de asco cuando aquel hedor la golpeó.

Un hombre que podía tener entre treinta y sesenta años yacía tendido con una gruesa chaqueta acolchada, empapado en su propia orina.

Estaba tumbado de espaldas en el banco, con las piernas abiertas, la barbilla sobre el pecho y una mancha oscura que se extendía desde la entrepierna hasta los tobillos le había empapado los pantalones de chándal azul marino.

Wiik le indicó que se diera prisa.

—Vamos. Verás muchos más antes de que terminemos aquí.

Jamie exhaló, decidió dejar a un lado los recuerdos de casos pasados y aceleró el paso. Estaban allí por Tomas Lindvall. Y era a él a por quien iban.

Tomas Lindvall vivía en un apartamento en la undécima planta. El apartamento 1117, para ser exactos.

La planta baja del bloque era de construcción abierta, como si todo el edificio estuviera levantado sobre pilotes.

El espacio bajo la estructura de hormigón se había dispuesto como aparcamiento.

Pero solo había unos pocos coches aparcados allí, uno de los cuales era una chatarra quemada, otro estaba abandonado; habían pintado con espray en su carrocería enormes falos y palabrotas aún peores.

Los adolescentes y los residentes daban vueltas en bicicleta, fumaban porros y se empujaban los unos a los otros, riendo como hienas.

Wiik se dirigió hacia los ascensores sin abrir la boca, sin dedicarles ni siquiera una mirada a los chicos, que parecieron callarse al percibir su olor en el aire, como si supieran quiénes eran, y se giraron y aguantaron el humo en los pulmones hasta que Wiik hubo pasado.

Tenía aspecto de policía. De todos los que Jamie había conocido acaso fuera el que delataba su profesión de modo más evidente. La máscara permanente de inexpresividad. Los ojos desconfiados. Los hombros tensos.

Él atravesó el terreno veloz, a largas zancadas, y sacó un guante de látex azul de su bolsillo, que le sirvió de barrera entre el botón de llamada del ascensor y su piel. No se trataba de evitar la contaminación de posibles pruebas, sino que aquel lugar era infecto.

Jamie miró a los chavales, que no habían dejado de observarlos con cautela, y luego evaluó lo que había alrededor: la escalera de incendios al otro lado del edificio, los árboles que no dejaban de susurrar en el jardín, la red de senderos que tenían ante ellos.

Se imaginó toda la distribución, las rutas. Las posibles vías de escape.