10
—Te dije que no le dijeras quién eras —gruñó Wiik mientras caminaban rápidamente por los pasillos del laboratorio.
Jamie casi tenía que correr para seguirle el ritmo. Las piernas largas de Wiik le daban una clara ventaja.
—Creo que se lo ha tomado bastante bien —dijo Jamie sin entender por qué era tan importante.
Wiik se mofó.
—Estaba en estado de shock.
Jamie le agarró del brazo para detenerlo. Él se miró el brazo, aparentemente muy ofendido por que le tocara. Ella retiró los dedos de la tela.
—¿Cuál es el problema? ¿Qué pasó entre ellos dos?
Wiik respiró hondo, contuvo el aire y luego exhaló con fuerza, mirando a izquierda y derecha.
—Claesson tiene la habilidad de irritar a la gente.
—Me he dado cuenta —dijo Jamie.
Wiik la miró durante un segundo con el ceño fruncido.
—Y tu padre era fácil de irritar.
Jamie no dijo nada.
—A Claesson le gusta tentar a la suerte…
—¿Y un día se pasó de la raya?
Wiik la miró de nuevo por unos instantes, como si no estuviera seguro de querer contárselo.
—Unas seis semanas antes de que él, eh…
—Sí —dijo Jamie e hizo un gesto con la mano para que Wiik continuara. No sabía por qué a la gente le costaba tanto decir las palabras «se suicidó».
—Había venido a ver a Claesson por un caso. Algo pasó, discutieron, los detalles no están claros. Pero lo que sí está claro es que tu padre le rompió la nariz, luego lo puso sobre una de esas mesas de laboratorio y lo lanzó contra unos vasos Beaker por valor de veinte mil coronas. De cara.
Jamie apretó la mandíbula y sintió en los oídos su corazón latiendo con fuerza mientras buscaba en el rostro de Wiik algún indicio de que todo aquello no era más que una broma cruel. No encontró ninguno.
—Estuvo dos semanas en el hospital. Necesitó cirugía reconstructiva —dijo Wiik antes de echarse el pelo hacia atrás de nuevo—. Quería conseguir el máximo castigo para tu padre. Estaba suspendido debido al incidente, cuando…
—Vale, vale —dijo Jamie, para adelantarse a él.
—Claesson se dedicó a reunir pruebas para presentar cargos. Y entonces…
Jamie dio un paso atrás y se desplomó contra la pared, momento en que cerró los ojos.
—Dios. ¿Seis semanas antes de su muerte? —preguntó, abriendo los ojos de nuevo.
Wiik asintió.
—Sí. Un caso complicado. Supongo que tu padre no estaba de humor para bromas. Al final tuvo una serie de casos malos. Uno tras otro. Cosas espantosas. Le pasaron factura. Este fue quizá… la gota que colmó el vaso. —La miró, con algo parecido a la compasión en su mirada—. Lo siento, Johansson.
Jamie sintió un nudo en la garganta al oír su apellido.
—No pasa nada —dijo, sin querer entrar en detalles.
Una cosa más que añadir al hecho de que se suicidase el día que Jamie cumplió dieciocho años.
De que antes de hacerlo llamara docenas de veces.
Algo que Jamie ni siquiera sabía. De que su madre le hubiera dicho que no quería hablar con él.
De que no pudo hablar con ella después de saber que había hecho aquello. A ella. A ellos.
Había llamado la mañana de su cumpleaños.
Ella estaba dormida.
Su madre no se lo había dicho.
Tres horas más tarde recibieron una llamada telefónica en la que les informaban de que la policía había acudido a su domicilio tras oír un disparo: lo habían encontrado muerto por una herida de bala autoinfligida.
Los ojos de Jamie ardieron allí, en ese pasillo, mientras se lo imaginaba marchitándose en la casa, solo. Ahogándose en alcohol, hundido en la tristeza.
Ojalá hubiera podido hablar con él.
Ojalá hubiera sabido todo aquello.
—Oye —dijo Wiik con voz suave—. Vamos, salgamos a tomar un poco de aire fresco.
Hizo un gesto con la cabeza hacia el pasillo y Jamie asintió sin decir nada.
Mientras caminaban, su mano izquierda temblaba un poco, como si fuera a extenderla para consolarla.
Una mano en el hombro, un apretón en el brazo. Algo. Cualquier cosa.
Pero no lo hizo.
No hizo nada en todo el camino hasta que llegaron a la puerta principal y salieron.
El frío aire de la ciudad golpeó a Jamie como un muro y la dejó sin respiración.
Casi le congeló las lágrimas de las mejillas.