El Guardián de Ángeles (Jamie Johansson 1) 9
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Wiik y Jamie iban en silencio.

Ella miraba por la ventanilla mientras recorrían el camino de vuelta a la ciudad, contemplaba los árboles que pasaban para intentar borrar de su mente la imagen de su padre sacándole a golpes una confesión de asesinato a un hombre inocente.

Jamie apartó ese pensamiento de su cabeza. Era posible que fuera inocente. Aun así, tenía los medios y la oportunidad, y ella estaba segura de que, a pesar de la forma en que había obtenido la confesión, su padre estaba convencido de que Hans Sjöberg era el culpable.

Ella solo podía actuar bajo la misma suposición.

Al menos por ahora.

Wiik extendió la mano y tocó la pantalla del salpicadero para que el teléfono marcase el número de la sede central.

El tono de llamada sonó dos veces y luego una mujer respondió con voz alegre.

Jamie dejó escapar un breve resoplido cuando la mujer dijo: «Hola, Polisassistent Hallberg».

Hallberg era poco más o menos una agente de patrulla y, por el modo en que hacía público ese rango, daba a entender que la escoria que camina por la tierra todavía no había comenzado a empañar sus ilusiones.

Jaimie se sorprendió a sí misma sonriendo sarcásticamente. Maldición. ¿En qué momento se había vuelto tan cínica?

Volvió a concentrarse en los árboles, en los rascacielos que se oscurecían en la distancia a medida que salían de la fría niebla invernal.

—Hallberg —dijo Wiik.

Solo esa palabra, dicha en ese tono, le indicó a Jamie que Hallberg era la mano derecha de Wiik. La que revisaba su papeleo, quien se encargaba de la documentación y los recados. La parte aburrida. La que le traía el café y se encargaba de sus llamadas telefónicas.

La que probablemente estaría sentada en ese asiento si Jamie no estuviera allí.

¿Había echado a perder el caso más importante de la carrera de aquella pobre chica? Jamie recordó las veces que había sido ignorada mientras fue agente raso. Cuánto odiaba incluso el mero hecho de recordar aquello.

No, podía ser una buena lección para ella. Además, este caso estaba ya muy por encima de su nivel salarial.

—Estamos volviendo de la casa de Eva Sjöberg. Necesito que hagas algunas cosas. ¿Tienes un bolígrafo? —preguntó Wiik.

Se oyó un ruido en la línea cuando Hallberg colocó el teléfono sobre su hombro mientras buscaba un bloc.

—Adelante.

—Anota estos nombres. Leif Lundgren, Tomas Lindvall, Per Eriksson. ¿Los tienes?

—Ajá. ¿Quiénes son? ¿Sospechosos?

—Del caso original, por lo que creemos. Son nombres que aparecen en el cuaderno de Johansson.

Jamie reaccionó al escuchar su nombre, pero luego se dio cuenta de que Wiik se refería a su padre. Ella nunca había querido vivir a la sombra de su padre. Y, sin embargo, el calor del sol nunca le había parecido tan distante.

Wiik continuó.

—El último, el tal Eriksson, era el principal sospechoso de Johansson antes de que pasara a centrar su investigación en Sjöberg. Era el jardinero de la iglesia donde atacaron a las niñas.

—Oh —dijo Hallberg—. ¿Quieres que intente localizarlo?

—Quiero que los localices a todos. Vamos a tener que reconstruir el caso original desde cero. Hay que averiguar dónde la cagó Johansson.

Jamie le echó a Wiik una mirada gélida, pero no le importó, o al menos fingió que no le importaba.

—Búscame sus direcciones, también las antiguas. Quiero saber dónde vivían en el momento de los asesinatos originales y dónde viven ahora, ¿de acuerdo?

—Claro. ¿Tienes más información de ellos? Fechas de nacimiento o…

—No, nada más —dijo Wiik y luego dejó escapar un suspiro—. Solo los nombres. Pero seguro que tú terminas averiguando el resto.

—Puede que lleve algún tiempo —respondió Hallberg con cautela—. Hay muchos registros que revisar.

—Ponte con ello ya. ¿Hallberg?

—¿Sí?

—Voy a necesitar copias de las transcripciones judiciales del juicio original. Y consígueme una lista de todos los visitantes que tuvo Sjöberg en prisión. También las imágenes de las cámaras de seguridad, si puedes conseguirlas.

—¿De los últimos veinte años?

—No creo que sea una lista muy larga.

Hubo un segundo de silencio en la línea mientras ella lo anotaba todo.

—¿Algo más?

—¿Se sabe algo acerca de la identidad de la chica?

Se escuchó el suspiro de Hallberg.

—No, he revisado las personas desaparecidas, pero aún no hay ninguna que coincida con su descripción. La chica solo puede llevar desaparecida tres o cuatro días. Quizá aún no se haya presentado ninguna denuncia.

—Amplía la búsqueda. También las desapariciones de fuera de la ciudad —dijo Jamie de repente, tras girar la cabeza hacia al teléfono—. La chica podría ser de cualquier lugar. No sabemos cómo la eligieron.

Hallberg no respondió durante un segundo.

—¿Con quién hablo? —preguntó y era evidente que hacía todo lo posible por ocultar lo que Jamie consideró que podrían ser celos.

Wiik apretó la mandíbula, como si ya le molestase la mera idea de que hubiera hostilidad entre ellas.

—La consultora. De la Policía Metropolitana de Londres.

—Ah.

Jamie se sentó más erguida.

—Inspectora Jamie Johansson —añadió con tono formal.

—¿Johansson? —preguntó ella, sorprendida—. ¿Como en…?

—Sí —cortó Wiik con frialdad—. La hija de Johansson.

—No sabía que ella… Quiero decir, es… Bueno, da igual —respondió Hallberg, y aclaró la garganta para recuperar la compostura—. Lo siento.

—No hacen falta tus disculpas —dijo Wiik—. Basta con que te encargues de lo que te he pedido.

Resopló y colgó antes de que ella pudiera decir nada más.

Jamie lo miró con atención, trataba de descifrar lo que acababa de pasar.

Wiik puso ambas manos en el volante y lo apretó con fuerza, sin quitar la vista de la carretera.

Cuarenta y ocho horas enfrascado en un caso de asesinato sin poder identificar a la víctima era una pesadilla para cualquier detective.

Y cuando las pistas eran tan escasas —y encima de hacía dos décadas—, las cosas solo podían ponerse más complicadas.

Pero había algo más. ¿Qué era eso de la consultora? Algo no cuadraba.

—¿Adónde vamos? —preguntó Jamie cuando Wiik cambió de carril para adelantar a una caravana que iba muy despacio antes de regresar de nuevo al carril derecho. Parecía haber acelerado considerablemente desde la llamada.

—Al laboratorio de patología —musitó Wiik, aparentemente descontento por tener que hacerlo—. Y, hagas lo que hagas, no le digas tu nombre.

El doctor Peter Claesson era el patólogo jefe del laboratorio de Estocolmo del Centro Nacional Forense de Suecia.

Jamie era igual de alta que él. Wiik le sacaba una cabeza.

Aunque el hombre no tenía sobrepeso, sus hombros estrechos y su postura encorvada no ayudaban a su camisa y su bata de laboratorio lucieran. Su barbilla retraída, su boca estrecha y su calva se combinaban para hacerle parecer totalmente inabordable. Y su comportamiento era exactamente ese.

—Wiik —dijo tras salir del laboratorio sellado y quitarse los guantes de látex ensangrentados. La bata blanca le llegaba hasta las rodillas y los ojos pequeños y brillantes iban de Jamie a Wiik y viceversa—. Supongo que tendrás una buena razón para interrumpir mi examen.

La puerta se cerró con un silbido y luego emitió un clic detrás de él, de modo que se vio obligado a quedarse en el pasillo con ellos.

Si Wiik ya estaba de mal humor antes, los treinta minutos que había tenido que esperar en la recepción antes de que les permitieran acceder allí no habían servido precisamente de ayuda.

El cadáver llevaba ya varias horas en el laboratorio y Wiik parecía un perro rabioso detrás de una verja. Era evidente que su mente funcionaba con agudeza, pero su juicio se nublaba por momentos. Jamie se preguntaba si sería capaz de contenerse cuando de verdad hiciera falta.

—Mi buena razón —espetó Wiik— es que hay un maníaco ahí fuera descuartizando chicas.

—Oh, yo no diría maníaco —dijo Claesson con serenidad—. Al menos por lo que he observado, las heridas muestran un gran grado de paciencia, cuidado y concentración. Todo lo contrario, de hecho, al comportamiento de un maníaco.

Jamie observó atentamente a aquel hombrecillo: la forma en que nunca rompía el contacto visual con Wiik, el modo en que mantenía su rostro completamente impasible.

Ella lo entendió enseguida: Claesson pensaba que Wiik era muy gracioso.

Para él, provocar al oso iba a ser el mejor momento del día.

Qué demonios, probablemente de toda la semana.

Era obvio que Wiik y él se habían cruzado antes.

Y, al igual que Jamie, Claesson lo había calado al primer vistazo.

Se preguntó si mucha más gente lo habría hecho. Y si eso era algo que molestase muchísimo a Wiik. Lo más probable es que así fuera.

Wiik gruñó.

—Enséñame el cuerpo —exigió.

Estaba claro que Claesson estaba en medio de la autopsia y que, por mucho que le gustara fastidiar a Wiik, sabía interpretar la mirada de rabia decidida de su rostro.

El médico acercó su tarjeta magnética al lector y empujó la puerta del laboratorio.

Hileras de mostradores se extendían de izquierda a derecha en la amplia sala, sobre ellos había diversos instrumentos de vidrio, microscopios, centrifugadoras y todo lo que un laboratorio de patología de este calibre necesitaría para realizar pruebas.

Más allá, en la dirección hacia la que se dirigía Claesson con pasos cortos y rápidos, estaban las mesas de trabajo. Cuatro de ellas dispuestas en fila, con sus brillos plateados bajo las lámparas articuladas que colgaban del techo.

Tres estaban vacías.

La más lejana albergaba el cuerpo de una joven. La misma joven que Jamie había visto en el bosque.

El el pelo castaño y largo que le llegaba hasta el esternón ahora estaba cuidadosamente colocado bajo su espalda.

Sus ojos verdes miraban fijos a la luz, brillantes y lechosos.

Su piel había adquirido una palidez mortal, pero sus dedos, tanto los de las manos como los de los pies, se habían ennegrecido por completo. Por lo demás, estaba limpia. Impecable. Inmaculada.