El Guardián de Ángeles (Jamie Johansson 1) 8
15%

8

—Repíteme esos nombres —dijo Wiik en medio del trayecto hacia la antigua iglesia situada unos kilómetros al norte de la ciudad. Ahora era la casa de la viuda de Hans Sjöberg.

—Per Eriksson, Leif Lundgren, Tomas Lindvall —repitió Jamie.

Wiik asintió con la cabeza mientras los asimilaba.

—Eriksson, Lundgren, Lindvall.

—Eso es lo que pone aquí —confirmó Jamie tras repasar por enésima vez los nombres en las viejas notas de su padre.

Eran los otros tres sospechosos que su padre había anotado cuando investigaba el caso original del Guardián de Ángeles. Aquellas serían sus tres primeras paradas. Después de esta.

Wiik giró a la derecha desde la carretera principal y se adentró en una estrecha carretera de dos carriles con una hilera de abedules a la izquierda. Las ramas delgadas colgaban sobre el asfalto y dejaban caer la nieve.

El cielo estaba plomizo y gris; el aire, quieto y gélido. El invierno se cerraba sobre la ciudad como una soga. Cada año era igual.

La solitaria aguja de una iglesia apareció al final de la carretera, con unos ennegrecidos puntales que sobresalían de su base como costillas de una caja torácica.

El lugar había quedado en ruinas tras un incendio, y su exterior, antes espléndido, ahora se veía desconchado y carbonizado.

El terreno a su alrededor estaba cubierto de maleza y nieve.

Las zarzas brotaban en arcos desde la superficie blanca y se sumergían de nuevo en ángulos extraños.

La palabra «violador» aún era visible, pintada con espray en un lateral con enormes letras rojas, a pesar de los años y las llamas. Era como si alguien hubiera vuelto después del incendio para reiterar el mensaje.

Wiik redujo la velocidad justo antes de llegar a la verja cerrada y se detuvo en el arcén.

En el extremo de la parcela presidida por la iglesia había una casa.

Jamie y Wiik echaron un vistazo al modesto bungaló, construido mitad de ladrillo rojo y mitad de paneles blancos, con un par de escalones, y una rampa de acceso oxidada junto a ellos, que dirigían al porche delantero.

El teléfono de Wiik vibró en su soporte del salpicadero y él lo cogió para desbloquearlo, las comisuras de los labios se le curvaron hacia abajo.

—Han retirado el cuerpo —dijo.

—¿De la escena del crimen? —preguntó Jamie.

—Ha comenzado a llamar demasiado la atención. La prensa se había enterado. —Se llevó la mano a la cabeza y se alisó el pelo hacia atrás—. Ya está en el laboratorio.

Aquello no pareció alegrarlo demasiado, es más, todo apuntaba a que Falk se había saltado sus indicaciones. Pero habían pasado ya dos días y seguían sin tener señal alguna de Nyström o del paradero del expediente.

Era impensable que la dejasen allí indefinidamente.

Wiik empujó la puerta del coche con el hombro, se guardó el teléfono en el bolsillo y se encaminó hacia la casa, sin esperar a Jamie ni mirar atrás.

Quería dejar bien claro, aunque fuera con aspereza, quién mandaba allí.

Wiik recorrió rápidamente el camino hasta la entrada, subió al porche y llamó con firmeza a la puerta antes de apartarse a un lado para que Jamie no pudiera ponerse junto a él.

Ella puso los ojos en blanco y subió por la rampa, por lo que tuvo que ascender con cuidado la resbaladiza superficie hasta ponerse a la altura de Wiik.

Él ni siquiera la miró.

Esperaron un buen rato antes de que se abriera la puerta, apareció en el umbral una mujer en silla de ruedas.

Tendría unos sesenta años, la cara arrugada y la papada le colgaba en flácidas bolsas.

Llevaba el largo cabello gris recogido en una coleta suelta y sus ojos oscuros se veían agrandados tras los gruesos cristales de sus gafas.

Cada lente tenía una graduación diferente, por lo que un ojo parecía más grande que el otro.

Tosió con un sonido húmedo y esforzado, y luego comenzó a jadear dando profundas bocanadas. Parecía que le era muy difícil respirar.

—¿Sí? —preguntó con voz ronca.

— Kriminalinspektör Anders Wiik, Policía de Estocolmo —dijo Wiik mientras le mostraba su placa—. Esta es mi colega, Jamie Johansson.

Hizo un gesto con la cabeza hacia Jamie y luego sonrió a la anciana.

Jamie ignoró el hecho de que hubiera omitido su cargo y también sonrió a la mujer. Wiik continuó.

—¿Eva Sjöberg?

La anciana los miró a ambos.

—Vienen por algo relacionado con mi marido —dijo sin esconder su tono cansado. Llevó las manos delgadas a las ruedas e impulsó la silla hacia atrás con cierta dificultad—. Entren entonces —dijo con el ceño fruncido—. Con la puerta abierta se escapa el calor.

Jamie y Wiik se sentaron en el sofá de la sala de estar, Eva colocó su silla frente a ellos.

En la televisión, que estaba silenciada, se veía un concurso.

Los subtítulos aparecían en la parte inferior de la pantalla mientras dos concursantes apretaban furiosamente los pulsadores para llenar de líquido lo que parecía ser un medidor gigante.

Wiik carraspeó y Jamie miró a Eva Sjöberg, la viuda del infame Guardián de Ángeles.

—Siento mucho su pérdida —dijo Wiik sin rodeos, antes de asestar la puñalada—. Tengo entendido que su marido siempre mantuvo su inocencia en el caso del Guardián de Ángeles, ¿estoy en lo cierto?

Sin embargo, era a Jamie a quien Eva miraba fijamente. Ni siquiera pareció escuchar la pregunta.

—¿Nos conocemos, querida? —inquirió, con expresión ausente y sin detener el ligero temblor de su cabeza.

Jamie se había reclinado en el sofá para no agobiar a Eva. Wiik estaba echado hacia adelante y sentado en el borde, con los codos sobre las rodillas.

—No —respondió Jamie—. Creo que no.

—Me resulta usted familiar.

«Probablemente porque mi padre envió a tu marido a la cárcel por el asesinato de siete adolescentes», pensó Jamie, aunque resistió el impulso de decirlo.

—Lo siento, no creo que nos hayamos visto.

Por toda respuesta, Eva se encogió ligeramente de hombros, que eran puntiagudos como las esquinas de una tienda de campaña bajo el cárdigan que vestía.

Jamie no entendía cómo podía llevarlo puesto. Estaba sudando a chorros, al igual que Wiik. En aquella casa debían estar a unos cien grados.

—Señora Sjöberg —insistió Wiik—. Su marido.

—Hans —confirmó Eva, aunque la inflexión de su voz hizo que la palabra sonase como si fuera una pregunta.

—Sí. Él siempre mantuvo su inocencia, insistió en que él no era el Guardián de Ángeles.

—Él es inocente —respondió Eva con serenidad, y para hacerlo centró ahora su atención en Wiik.

Captó la discrepancia en el tiempo verbal. ¿ Es? Seguramente quería decir era. Jamie tragó saliva y se dedicó a estudiar a la frágil anciana.

No creía que fuera aquel el camino que debían seguir: discutir un caso del que ninguno de los dos sabía nada con una mujer que ya no parecía estar en plenas facultades mentales.

Aún no habían consultado los registros judiciales: no estaban digitalizados, por lo que resultaba muy laborioso revisarlos de manera manual hasta encontrar los originales.

Tampoco habían ido a ver al patólogo. Ni siquiera sabían la identidad de la víctima.

Pero quedaba mucho día por delante y ambos necesitaban profundizar en todos los matices del caso, y también en los del original, tanto como les fuera posible.

Tan rápido como pudieran, además. Y si Eva Sjöberg podía indicarles la dirección de cualquiera de los otros sospechosos, les serviría para darle un buen impulso a la investigación.

No podía discutir la lógica de Wiik en ese aspecto.

Aunque no estuviera totalmente de acuerdo con ella.

Wiik carraspeó de nuevo.

—Siento sacar todo esto a colación, pero tratamos de aclarar algunos detalles del caso original. Había otros sospechosos en la investigación —continuó Wiik—. ¿Cómo se relacionó de forma tan contundente a Hans con los crímenes?

Eva Sjöberg desvió la mirada hacia la ventana, hacia las ruinas de la iglesia.

—Hans y yo solíamos dirigir unos estudios de catequesis dominical para los niños.

El puño de Wiik se tensó entre las rodillas.

—Conocíamos a aquellas chicas. Esas pobres chicas. A cada una de ellas. A las siete. Venían a los servicios religiosos. Con sus padres. Chicas encantadoras. Chicas especiales. Chicas inocentes. Lo que les hicieron fue simplemente…

Jamie escuchó con atención. Que alguien conociera a dos de las víctimas fuera de la iglesia suponía una coincidencia. Tres o cuatro sería ya extraño. ¿Pero que alguien conociera a las siete? No era una sorpresa que su padre se hubiera centrado en Sjöberg.

Wiik no le quitaba los ojos de encima.

—¿Había alguien más que pudiera tener alguna relación con las víctimas?

Los ojos de la mujer parecieron agrandarse al oír esa palabra.

—Víctimas… —repitió—. Solo que… No lo sé. Era el jardinero de la iglesia, ¿sabe? Se llamaba Erraldsson… ¿Eriksson?

Jamie se incorporó.

—¿Per Eriksson?

Wiik la miró y ella asintió, confirmando que era uno de los tres nombres que figuraban en el cuaderno de su padre.

La mujer asintió.

—Sí, sí. Era el jardinero de la iglesia.

—Ya nos lo ha dicho —dijo Wiik, cada vez más frustrado—. ¿Él conocía a las chicas?

—Es muy posible. Venía a la iglesia con regularidad.

—¿Sabe dónde está ahora?

Eva pareció quedarse pensativa por un momento y luego negó con la cabeza.

Wiik cambió de táctica.

—¿Alguien visitaba a su marido antes de su muerte?

Los ojos de Eva se abrieron de nuevo, como si hubiera olvidado aquel detalle antes de que él se lo recordara.

—Su… —Se detuvo, y luego un rictus de comprensión se apoderó de su rostro, en el momento en que recordó lo que ya sabía—.

Yo… no lo sé. —Su voz se había vuelto más grave.

Miró la silla en la que estaba sentada, la manta que tenía sobre el regazo—.

No pude hacerle muchas visitas. Me cuesta moverme.

Especialmente en invierno. Y, ya sabe… —la tristeza se transparentó en sus ojos—, no hay mucha gente haciendo cola para empujar la silla de una mujer cuyo marido creen que es un asesino de niños.

Jamie tragó saliva, no pudo evitar preguntarse cómo habría sido la vida de aquella mujer.

—¿Tiene hijos? —preguntó Wiik.

Ella negó con la cabeza.

—Yo no… Hans quería tener hijos. Pero yo no podía. Hace años tuve un accidente que… Y por ese motivo…

Se voz se fue apagando y volvió a bajar la mirada a su silla, como si la viera ahora por primera vez y se diera cuenta de todo lo que implicaba.

Jamie se movió hacia el borde del sofá y tocó el brazo de Wiik, lanzándole la mirada que todos los detectives conocen: por ahora no iban a poder sacar nada más de aquella pobre mujer.

Tendrían que comprobar los registros de visitas de la prisión y trabajar a partir de ahí.

Jamie no sabía si Wiik esperaba que quizá ella defendiera la inocencia de su marido y les revelara quién era el verdadero Guardián de Ángeles.

Pero, fueran cuales fueran sus razones para venir aquí antes que a otro sitio, no parecía satisfecho con el resultado.

Todo lo que tenían era una chica sin nombre congelada en la nieve, un detective retirado que había desaparecido y tres nombres garabateados en un cuaderno que tenía por lo menos veinticinco años de antigüedad.

—Gracias por su tiempo —dijo Wiik y se puso de pie—. Es posible que volvamos para hacerle algunas preguntas más adelante.

Jamie añadió:

—Si no le importa.

Eva le dedicó una amplia sonrisa, lo que la iluminó de repente e hizo desaparecer la tristeza de su mente.

—Por supuesto, querida. —Estrechó la mano de Jamie, agarrándola con fuerza entre sus dedos huesudos—. Si hay algo más en lo que pueda ayudar…

Jamie dejó que le sostuviera la mano durante unos instantes, mientras pensaba en su padre, mientras pensaba en que Eriksson tuvo los medios y la oportunidad, mientras pensaba en Hans Sjöberg. Una sensación de frío se apoderó de ella y le recorrió la espalda.

—Señora Sjöberg, ¿le importa que le pregunte si su marido se declaró culpable de los delitos?

—No —respondió ella, negó con la cabeza y mostró una expresión contrariada—. Al principio, no. Pero al final tuvo que hacerlo.

—¿La condena se basó solo en pruebas circunstanciales? ¿Es eso lo que recuerda?

Frunció el ceño, trataba de extraer la respuesta de sus esquivos recuerdos.

—No, solo por eso no. Ese otro hombre fue el principal sospechoso durante mucho tiempo, pero luego Hans… —Parecía atragantarse con las palabras—. Le obligaron a confesar.

—¿Le obligaron? —preguntó Jamie, sin soltar las manos de la mujer—. ¿La confesión de su marido fue obtenida bajo coacción?

Los labios de la mujer comenzaron a temblar.

—Sí —confirmó en apenas un susurro—. Le pegó. Le pegó muy fuerte —dijo antes de romper a llorar—. Le sacó la confesión a golpes, le obligó a decir que había sido él.

La mujer comenzó a sacudirse, sus hombros subían y bajaban. Levantó la otra mano y agarró también la de Jamie.

Jamie tenía la boca seca.

—¿Quién era «él»? —preguntó, pese a que ya sabía que no quería oír la respuesta—. ¿Quién golpeó a su marido para sacarle la confesión?

Eva Sjöberg levantó la vista y se hizo el silencio en la habitación. Miró a los grandes ojos azules de Jamie, con la voz llena de rencor.

—El detective —escupió—. Johansson. Jörgen Johansson.