7 #2
¿Porque lo echaba de menos? ¿Porque echaba de menos todo esto , el trabajo de inspectora? Por mucho que odiara admitirlo, ese era el principal motivo.
Se aclaró la garganta.
—¿Para ti no es importante?
Él esbozó una leve sonrisa.
—Recoge todo esto. —Señaló con la cabeza los papeles—. Tenemos que irnos.
—¿Irnos adónde?
—Hay alguien que quiere conocerte.
Wiik conducía con suavidad, pero no estaba interesado en atenuar el silencio con una charla banal.
Cuando entraron en el aparcamiento subterráneo de la sede de la policía de Estocolmo, Jamie sintió un pequeño nudo en el estómago.
Cuántas horas había pasado allí de niña, sentada unas veces delante del escritorio de su padre y otras detrás de él, enfrascada también en la exploración de los pasillos para consternación de todos los demás ocupantes del edificio.
Todo el mundo conocía a la hija pequeña de Jörgen. Gritaba a los demás agentes y detectives en los pasillos. «¡Más despacio!», si corrían. O «¡volved al trabajo!», si estaban de charla en alguna esquina. Se creía la más dura.
«Lo siento, Kriminalinspektör Johansson», decían para seguirle el juego, y a continuación se alejaban con una sonrisa, encantados de lo mona que era: ese cabello rubio platino que le tapaba la espalda, esos enormes ojos azules.
«De mayor serás alguien que toca las narices con la misma profesionalidad con la que lo hace tu padre», le decían entre risas.
No podían evitar reír cuando la veían por allí. Tampoco preocuparse por ella.
Recordaba que le traían tazas de chocolate caliente y galletas de la sala de descanso cuando su padre desaparecía. «Volveré enseguida», anunciaba. Y luego se largaba. A veces estaba fuera durante horas.
Jamie no descubrió adónde iba hasta años más tarde.
Las mujeres, las drogas, la bebida.
Para ella, él era un superhéroe.
Pero incluso los superhéroes tienen sus debilidades.
Wiik apagó el motor y salió sin decir una palabra. Jamie lo siguió en silencio y ambos se encaminaron al ascensor.
Ella miró las escaleras, pero Wiik no parecía estar de humor para discutir nada, y mucho menos las ventajas de alcanzar la cantidad de pasos diarios recomendada.
Esa mañana ella había ido andando desde el hotel hasta su casa. 3,6 kilómetros según su reloj. Poco más que un calentamiento para sus estándares habituales.
Salieron en la séptima planta y Jamie redujo un poco el paso para poder prestar atención.
La distribución le resultaba familiar y el sonido de los pasos de la gente sobre el suelo de baldosas la transportaba al pasado.
Pero, por lo demás, aquella planta —y probablemente el edificio— se había modernizado.
La viciada neblina del humo del tabaco y las tenues lámparas de escritorio habían dado paso a un interior luminoso y bañado por la luz.
Grandes ventanas y espacios abiertos sustituían a lo que antes eran angostos pasillos entre escritorios de madera.
Ahora eran blancos… y a ella le pareció que estaban hechos de plástico.
Jamie tocó con sus uñas cortas y sin pintar la superficie de uno de ellos mientras seguía a Wiik hacia el despacho acristalado del fondo.
Algunos detectives levantaron la vista de sus escritorios al verlos pasar, pero apartaron la mirada al darse cuenta de que era Wiik, sin prestarle mayor atención a Jamie. El tipo tenía autoridad aquí. No le sorprendió, teniendo en cuenta que acababan de asignarle el caso del Guardián de Ángeles.
Una mujer de unos cincuenta años estaba sentada en el despacho. Estaba detrás de un moderno escritorio de cristal colocado sobre unos soportes de acero, levemente inclinada hacia delante, concentrada en la pantalla de su ordenador.
Tenía rasgos afilados: nariz fina y barbilla puntiaguda, pelo oscuro y corto, con raya al medio y peinado hacia atrás, con las puntas visibles detrás de las orejas.
Wiik se detuvo en la puerta, levantó los nudillos y llamó una vez, con mucha suavidad.
La mujer levantó la vista, su mirada saltó de él a Jamie para volver de nuevo a él, y luego les hizo pasar con un movimiento de la mano, en la que sostenía un bolígrafo.
Wiik entró y Jamie lo siguió.
La mujer se apoyó en los codos y juntó las manos bajo la barbilla. Miró a Jamie con ojos brillantes.
—La pequeña Jamie Johansson —dijo, con una amplia sonrisa—. No sé si me recuerdas, soy…
— Kriminalinspektör Ingrid Falk —saludó Jamie al tiempo que asentía con la cabeza. Ella le devolvió la sonrisa—. Me acuerdo.
— Kriminalkommissarie —murmuró Wiik.
Falk le hizo un gesto con la mano para que se callara y luego señaló una silla frente a su escritorio.
—Por favor, siéntate —le dijo a Jamie.
Jamie obedeció.
—Nos alegra mucho tenerte aquí —dijo Falk.
Wiik se quedó de pie detrás de Jamie, con el rostro vuelto hacia la ventana, los brazos de nuevo en jarras y la chaqueta detrás de las muñecas.
—Lo que me gustaría —continuó Falk— es que las circunstancias fueran más agradables. —Bajó la vista hacia su escritorio y retiró las manos de debajo de la barbilla—. Son tiempos oscuros para la ciudad.
—Me lo imagino —dijo Jamie, y frunció los labios—. Si puedo ayudar en algo…
—Sí, bueno —dijo Falk, echó un vistazo a la espalda de Wiik y luego volvió a centrarse en Jamie—.
Wiik ya me ha informado de que querías colaborar en el caso y, aunque normalmente no aceptamos ayuda externa, las circunstancias de este son…
especiales. El Guardián de Ángeles fue uno de los casos más importantes de tu padre, así que cualquier información que puedas aportar será muy valiosa.
¿Hay algo que recuerdes que pueda sernos de ayuda?
Jamie se mordió el labio.
—Es complicado. No me acuerdo de nada en concreto, pero poco a poco los recuerdos están reapareciendo.
Falk asintió en silencio.
—Mi padre decía tantas cosas —prosiguió Jamie, con la mirada puesta en el suelo, sumida en sus recuerdos—, que es difícil separar unas de otras. Pero cuando veo o leo algo…
—Regresa todo a la mente. —Falk se mostró más comprensiva de lo que Jamie esperaba—. ¿Tienes que volver a Londres en una fecha concreta? —preguntó con voz suave.
Jamie intentó interpretar las líneas de su rostro, analizando el sentido en que había formulado la pregunta.
—Has hablado con mi jefe —aventuró Jamie.
A Falk parecía divertirle un poco todo aquello.
—Dijo que eras perspicaz.
—¿Qué más dijo?
—Que estabas de baja después de haberte visto obligada a disparar a un sospechoso.
No se andaba con rodeos, eso había quedado claro.
—Vino hacia mí con un cuchillo.
—Debió de ser difícil —dijo Falk con tacto. Ya había tenido que lidiar con eso antes en su equipo. Eso quedaba bastante claro también.
—Lo fue.
—¿Por qué no has vuelto aún al trabajo? —lo preguntó con naturalidad, la vista puesta en su pantalla como si hubiera algo interesante en ella.
—He decidido esperar al momento adecuado —respondió Jamie, que trataba de mantener la calma.
—¿Y cuál es el «momento adecuado»?
—Cuando me sienta preparada.
Ella asintió.
—¿Ya te sientes preparada?
—Sí.
—Pero antes no lo estabas.
Jamie entrecerró los ojos. Una parte de ella quería borrar la sonrisa cortés del rostro de Falk.
La recordaba bien de cuando era niña. Siempre tuvo aspecto de estudiosa, callada.
Excelente con el papeleo. No era una inspectora como el padre de Jamie.
Era de otro tipo. Era de las que siempre presentan sus informes, acostumbradas a recibir las felicitaciones entusiastas de sus superiores.
Nunca se permitía salir de los cauces establecidos.
Era de las que ascendían en el escalafón mientras ardía en deseos de que la destinaran a un escritorio, fuera de la línea de fuego.
Y lo había logrado.
Jamás le había gustado el padre de Jamie, y Jamie no podía evitar preguntarse si aún tenía algo de resentimiento en ella.
Jamie carraspeó.
—No, no lo estaba. Creo que había olvidado cómo era.
—¿Cómo era el qué?
—La sensación de que si te quedas de brazos cruzados habrá gente que morirá.
Falk observó a la mujer que tenía delante, le hacía sentir una mezcla de diversión, curiosidad y ganas de burlarse de ella.
—¿No crees que nuestros detectives podrían hacerse cargo de este caso?
—No tengo motivos para dudar de su capacidad —dijo Jamie—. Pero estoy aquí. Me pedisteis que viniera, es posible que solo para ayudaros a encontrar las notas de mi padre, pero Wiik puede dar fe de que son demasiado imprecisas.
El hombre detrás de ella no hizo movimiento alguno. Falk ni siquiera se molestó en mirarlo. Mantuvo la mirada fija en Jamie.
—Así que parece más probable que sean mis recuerdos los que arrojen luz sobre el caso original. Y, francamente, si este resulta ser parecido al primero, un poco de ayuda extra no haría ningún daño.
Falk permaneció en silencio durante un segundo, para sopesar sus palabras.
—Nunca rechazaríamos esa ayuda. La Polismyndigheten siempre ha mantenido una buena relación de trabajo con la Policía Metropolitana de Londres, y estoy muy interesada en mantener esa buena relación.
Había pasado por entero a su faceta diplomática.
—Pero tengo el deber de cuidar —continuó— tanto de mis propios agentes como de los que están bajo mi jurisdicción, garantizar su seguridad en la medida de mis posibilidades. ¿Entiendes a lo que me refiero?
—Me estás preguntando si voy a ser un lastre —dijo Jamie, sin esforzarse lo más mínimo por ocultar el desdén en su voz—. Me han dado el alta para el servicio activo.
—Así me lo habían comunicado. Pero, aun así, debo cumplir con los protocolos exigidos. No puedo dejar que cualquiera vaya suelto por mi ciudad sin haber realizado antes las investigaciones pertinentes, lo de menos es de quién sea hija.
Jamie la observó con más atención, en busca de grietas en esa máscara de cera. No sabía si lo que Falk insinuaba era que Jamie no sería capaz de trabajar en ese caso o si trataba de averiguar si iba a comportarse como su padre.
Jörgen Johansson había sido un detective condecorado. Pero también era un bruto, un borracho y el tipo de persona que es convocada a una oficina como esta al menos dos veces por semana por uso innecesario o excesivo de la fuerza. A menudo por ambas cosas.
—Te aseguro —dijo Jamie, y al hacerlo se colocó su propia máscara—, que no haré otra cosa que comportarme como una representante brillante tanto de la Policía Metropolitana de Londres como de la Polismyndigheten . Tienes mi palabra.
Falk sonrió ampliamente.
—Me alegro de oírlo. Pero tampoco es necesario que le des muchas vueltas —dijo antes de volver a prestar atención a sus papeleos—. Wiik te lo dirá si te extralimitas durante la investigación. Y luego me informará a mí. ¿No es así, Wiik?
El hombre que estaba detrás de ella soltó, a modo de confirmación, un gruñido desganado.
—Ahora, al grano —dijo Falk mientras sonreía y juntaba las manos sobre la mesa—. ¿Qué es lo que tenemos hasta el momento sobre el caso?