7
La mañana siguiente Wiik llegó unos minutos después de las ocho.
Jamie llevaba allí desde las seis y había dormido solo unas pocas horas. Se había levantado una y otra vez para leer los cuadernos de su padre.
En aquella oscuridad su mente era su peor enemigo.
Pero ahora ya se había acostumbrado y estaba insensibilizada para casi todo, excepto para lo peor.
Las botas de Wiik chirriaron mientras subía las escaleras hasta la puerta abierta de la habitación que había sido el escenario de su infancia.
Redujo el paso, miró a izquierda y derecha, y luego entró.
El sol acababa de salir, la luz era pálida y débil. La habitación estaba en silencio, el resplandor que entraba por la ventana permitía ver las motas de polvo que flotaban en el aire. Las contraventanas estaban ahora completamente abiertas.
Wiik miró a su alrededor, vio que la habitación estaba vacía y luego se dio la vuelta, momento en que se sobresaltó al encontrar a Jamie de pie en medio de la puerta.
—Fui a tu hotel —dijo al tiempo que hacía el gesto de ajustarse los puños de la camisa bajo las mangas del jersey gris.
Llevaba unos vaqueros rectos, no demasiado ajustados, y unas botas negras lustradas con una suela suficientemente gruesa para mantener a raya la nieve.
Tan solo eso. Y, al igual que en la anterior ocasión, estaba impecablemente afeitado y se había peinado el pelo hacia atrás con gomina.
—No estaba allí —dijo Jamie, y entró en su antigua habitación para reunirse con Wiik.
Las paredes eran de un color púrpura oscuro.
Lo había elegido ella.
Su madre quería blanco.
Su padre le había dejado escoger.
—Lo sé —dijo Wiik, sin intentar ocultar la frustración en su voz—. Podrías haber llamado.
—Te habría pillado todavía durmiendo —dijo Jamie mientras lo rodeaba para acercarse a la mesita de noche. Recogió una pulsera trenzada que estaba colgada sobre la lámpara de lectura. La habitación estaba exactamente como la había dejado. No se había tocado nada.
Miró aquella cuerda trenzada que tenía entre los dedos.
Él hizo un ruido de descontento detrás de ella.
—Podría haber venido antes.
—¿Y por qué no lo has hecho?
Jamie levantó la vista y buscó los ojos de él. Esa mañana había en ellos una extraña frialdad.
Wiik se cruzó de brazos y su chaqueta se retorció por el movimiento de sus bíceps, lo que dejó ver la pistola semiautomática SIG Sauer P226 que colgaba junto a sus costillas. Ayer no la llevaba.
—¿Dónde estabas hace un momento? —E hizo un gesto con la cabeza para señalar la puerta.
—Te oí llegar.
—¿Y te escondiste? —levantó una ceja.
Jamie se encogió de hombros.
—No sabía que eras tú.
—¿Quién más podría ser?
—Quienquiera que haya secuestrado a Nyström.
—¿Crees que alguien lo ha secuestrado?
—Quizá. Me parece extraño que se fuera de la ciudad sin llevar consigo sus credenciales. Y tú mismo dijiste que sabían que no estaría en su casa cuando la allanaron. Qué mejor manera de asegurarse de ello que comprobarlo por uno mismo.
Wiik se mostró de acuerdo con todo.
—¿Y pensaste que esa misma persona vendría aquí para intentar…? ¿Qué? ¿Secuestrarte a ti también?
—O matarme. —Jamie echó un vistazo a la habitación que los rodeaba—. Quizá el asesino se deshizo de Nyström porque sabía que él sería el primero en descubrirlo.
Wiik también procesó esa idea y no pareció disgustado con la extrapolación. Suspiró.
—¿Encontraste alguna cosa?
—Haces mucho ruido al caminar, ¿lo sabías? —apuntó Jamie sin dejar de pasar el dedo por los lomos de los libros de su estantería. Libros de Dahl. Tolkien. Pratchett. El rastro de su maduración intelectual.
Wiik, el puño apretado por la tensión a un lado del cuerpo, dijo entre dientes:
—No estaba tratando de pasar desapercibido.
Jamie le sonrió.
—No, eso está claro.
Una vena latía en la sien de Wiik.
Ahí estaba. Lo había encontrado. Su límite. Su umbral. Se enfadaba con facilidad, era sencillo aumentar su frustración. Necesitaba saber qué tipo de hombre era. Y ahora lo sabía.
Ahora podía trabajar con él.
—Vamos —dijo sin más y salió por la puerta—. Tengo algo que enseñarte.
Jamie también solía torturar así a su antiguo compañero. Pero entonces era más que nada por diversión. Ahora no le producía ningún placer hacerlo. No cuando se veía en la obligación de poner su vida en manos de alguien. Necesitaba tener la certeza de que podía contar con Wiik.
No tenía ni idea de lo que le había pasado a Nyström, pero tenía una lista de cosas que quería comprobar ese mismo día, y las imágenes de seguridad del peaje en la que quedó registrado su coche estaban en dicha lista.
Delitos como este no se cometían de forma impulsiva.
Requerían una planificación meticulosa. Y esperar hasta que Sjöberg muriera, robar el expediente del caso, planificar toda la escenografía de aquel asesinato…
Todo aquello requería mucho tiempo y esfuerzo.
La palabra «precisión» era lo que se le venía a la mente.
No se podía dejar nada al azar. Y, a ojos de Jamie, dejar que el único agente que quedaba de la investigación original merodease por ahí no era algo que hubiera querido permitir.
Nyström era un obstáculo y sacarlo del terreno de juego era un modo idóneo de facilitar las cosas.
Que el coche hubiera sido localizado en un peaje significaba que pretendían que fuera visto.
Ya fuera para desviar la investigación en la dirección equivocada, dividir los recursos existentes o, simplemente, mostrar a la policía que tampoco ellos estaban a salvo. Ni siquiera en sus propios hogares.
Jamie no sabía con quién les tocaba lidiar. Pero sí sabía una cosa. Quienquiera que fuera era alguien inteligente. Y además un maldito monstruo.
Wiik siguió a Jamie escaleras abajo hasta la cocina. Echó un vistazo a los imanes esparcidos por el suelo.
—¿Qué ha pasado aquí?
Jamie miró por encima del hombro, pero se fue camino del comedor.
—¿Cómo voy a saberlo?
Había recogido las fotografías y estaban todas cuidadosamente guardadas en la bolsa de viaje que había dejado en el hotel.
Wiik entró en el comedor detrás de ella, al apoyar las manos en las caderas se le levantó un poco el abrigo, y con los brazos en jarras se dedicó a contemplar con atención la mesa que tenía delante.
Jamie había dedicado la mañana a revisar el cuaderno de su padre y había transcrito algunas de sus páginas en un bloc de tamaño normal, luego había cortado cada una de esas hojas para colocarlas sobre la mesa de la cocina y tenerlas así todas frente a ella.
La información distaba mucho de ser completa.
Pero ella había hecho lo que había podido.
—Has estado muy ocupada —comentó Wiik con cierta acritud.
—Duermo poco y mal —respondió Jamie, sin siquiera levantar la vista—. Bien, este cuaderno —Jamie lo levantó— narra el caso original del Guardián de Ángeles. La primera entrada, esta de aquí, tiene fecha del 19 de noviembre de 1995, es el primer registro del caso. La primera chica.
Wiik se humedeció los labios.
—Copié las anotaciones de mi padre aquí —dijo Jamie, y señaló la hoja de la esquina superior izquierda de la mesa.
Había siete en fila sobre la mesa. Una por cada chica. Leyó en voz alta:
—Víctima, chica, adolescente. Llevaba un vestido blanco, estacas de madera clavadas en la espalda.
¿Alas de ángel? —Se quedó mirando esa hoja durante unos instantes—.
Él supo, desde el principio, qué era aquello que tenía ante los ojos.
Pero sin los detalles precisos de cada asesinato (fotos, informes de los criminalistas), es difícil hacer suposiciones sólidas sobre las similitudes entre ellos.
El resto son las escenas del crimen posteriores.
—Jamie hizo un gesto con la mano por encima de ellas—.
De nuevo, no hay muchas notas al respecto.
Algunos comentarios, algunas pequeñas ilustraciones.
Un dibujo de líneas paralelas que forma una especie de zigzag.
Creo que se supone que son las huellas de una bota. Pero no estoy segura.
Wiik extendió la mano, el gesto indicaba que quería ver ese dibujo por sí mismo.
Jamie le entregó la libreta y él la cogió, la miró por ambos lados y hojeó unas cuantas páginas.
—He marcado las páginas donde…
—Ya lo he visto —la cortó en seco Wiik, con la vena de la sien visible de nuevo.
Jamie continuó, sin miramientos. Le daba igual estar metiendose en su trabajo o que él se sintiera amenazado, solo había una cosa de veras determinante: atrapar al asesino.
—Lo pertinente —dijo Jamie, y bajó la mano una fila en la sección central—, es esto. Son todas las notas que mi padre tomó sobre los sospechosos, las pistas, los indicios… Todo lo que recopiló durante la investigación.
Wiik dejó a un lado el cuaderno y miró hacia donde Jamie le señalaba.
—Hay cuatro nombres aquí, en una de las páginas.
Tomas Lindvall. Per Eriksson. Leif Lundgren.
Y Hans Sjöberg. Sjöberg fue condenado por los asesinatos, así que supongo que estos son los nombres de los otros sospechosos.
Tenemos que investigarlos. Encontrarlos, interrogarlos.
Trabajemos hacia atrás, desandemos sus pasos desde el final —su mano se movió en el aire— hasta llegar al principio.
Wiik levantó una ceja.
—¿Quieres que vuelva dentro de un rato? Parece que ya lo tienes todo pensado.
Jamie respiró hondo y se volvió hacia él.
—No te comportes como un niño. Seré más útil trabajando contigo.
—¿Que en mi contra?
—Que si no hago nada —dijo Jamie y entrecerró los ojos—. Este es tu caso, pero voy a hacer todo lo que pueda para ayudar a atrapar a ese tipo.
Él se volvió hacia ella, con los brazos cruzados.
—¿Y por qué es tan importante para ti?
Jamie abrió la boca con la intención de hablar, pero se quedó a medias porque no tenía una respuesta clara que ofrecer. ¿Para demostrar que su padre era un buen inspector? ¿Para conectar con él de alguna manera?
¿Para atrapar al asesino antes de que hiciera daño a alguien más?