5
Por segunda vez aquel día se detuvieron frente a la casa donde Jamie había pasado su infancia. Salió del coche.
El aire era cortante. Se acercaba el crepúsculo y la temperatura bajaba por momentos.
Jamie exhaló, y al hacerlo una larga bocanada de vapor salió de sus labios.
Dios, echaba de menos aquel frío. Ese aire polar y afilado que parecía cortar las fosas nasales y hacía que el pecho casi doliese.
En Londres nunca, ni siquiera en los días más fríos, se podía sentir algo parecido.
Jamie miró la casa de su padre. Se corrigió a sí misma: su casa. Y sintió el peso de la llave en su bolsillo, presionándole la palma de la mano.
—¿Lista? —preguntó Wiik, de pie a su lado.
Ella asintió. Lo estaba. Ahora que tenía una razón para avanzar.
Un tren con una vía que seguir. Algo que la impulsara a entrar en aquel lugar.
Antes esto era poco más que un caso en un país lejano que rozaba los límites de su tierna infancia.
Ahora era algo real. Había una niña, una niña inocente, que había sido vejada y luego convertida en un trofeo dentro de una escenografía en el bosque, y un asesino que se creía lo suficientemente inteligente como para salirse con la suya.
Pues nada de eso iba a quedar así. No ahora que Jamie estaba allí.
Jamie se inclinó hacia delante con la confianza de que al vencer la obstinación de sus pies comenzaría su avance. Pero no podía ni siquiera levantarlos del suelo.
Las casas de alrededor estaban ahora en silencio, las entradas llenas de coches. La gente había vuelto del trabajo y se había refugiado en casa para protegerse del frío. Todo lo que les rodeaba eran tenues cuadrados de luz. Ventanas que brillaban en la oscuridad.
La llave parecía ir sola hacia la cerradura. Se deslizó pese al óxido y comenzó a girarla. Al principio opuso una mínima resistencia, pero luego cedió. Jamie escuchó cómo giraban los tambores y luego el chirrido de las bisagras.
El aire viciado la golpeó y antes de darse cuenta estaba ya dentro, empujada por Wiik. No quería perder más tiempo.
Se quedó allí, en el pasillo, las escaleras ascendían frente a ella, la casa casi completamente a oscuras.
A la izquierda, el arco que conducía a la cocina, con su vieja mesa familiar en el centro. A la derecha, otro arco daba al salón.
Miró a ambos lados, y recordó la última vez que había estado allí.
Jamie tenía catorce años. Su madre estaba en el coche, no dejaba de gritar y llorar.
La voz de su madre era aguda y resonaba a través de la puerta abierta detrás de ella.
«¡No subas esas escaleras! —chilló—. ¡Sube al coche!
Ahora, Jamie. Me iré, te juro que lo voy a hacer.
¡Voy a contar hasta tres! No te creas que no lo voy a hacer».
Ojalá lo hubiera hecho.
Jamie gritaba el nombre de su padre. Le pedía que bajara. Para despedirse.
«¿Papá? —había gritado Jamie—. Por favor, baja. Díselo. Dile que lo sientes de veras. Dile que esta ha sido la última vez. Dime que todo irá bien. Despídete, al menos eso».
Pero no lo había hecho.
Su madre había contado hasta tres y luego había aporreado el claxon.
Y Jamie había salido, sin apartar la mirada de la puerta cerrada del dormitorio de sus padres durante todo el tiempo que pudo.
Su madre había girado las ruedas delanteras, había acelerado el coche hasta casi reventar el contador de revoluciones, y el rímel le corría mejillas abajo convertido en gruesas líneas negras.
El coche dio una sacudida hacia adelante, luego crujió de modo horrible cuando ella metió segunda y se alejó a toda velocidad.
—¿Inspectora Johansson?
Jamie apartó la mirada de la puerta ubicada en lo alto de las escaleras y se secó las mejillas bruscamente con el dorso de la mano.
—Sí, lo siento. ¿Qué pasa?
Wiik estaba de pie junto a ella, apretó el interruptor de la luz, pero no sucedió nada.
—No hay corriente —dijo—. ¿Dónde están los plomos?
—La casa lleva diecinueve años vacía —respondió Jamie en voz baja—. No servirá de nada.
Él emitió un ruido que podía ser de descontento.
—¿Sabes dónde guardaba tu padre sus notas? —preguntó.
Jamie miró más allá de él, con la vista puesta en la penumbra del salón, y descubrió cartas y papeles esparcidos sobre la mesa de centro, el televisor y la estantería.
La cocina también estaba llena de trastos: sobre la mesa había lo que parecía el motor de una cortadora de césped a medio reconstruir.
—No —mintió ella—. Podrían estar en cualquier parte.
Wiik exhaló un largo suspiro.
—Tendremos que volver mañana —decidió.
Su rostro ansioso reflejaba la conciencia de que cada minuto de retraso era un minuto perdido. Un minuto más cerca de la próxima víctima del Guardián de Ángeles.
Jamie también lo sabía, pero no era esa la razón por la que se le había hecho un nudo en la garganta.
—¿En qué hotel te alojas? Puedo llevarte —dijo Wiik. Sonó más a compromiso que a ofrecimiento. Jamie no tenía ninguna duda de que no quería tocar nada del interior de la casa hasta que pudieran ver lo que estaban haciendo. No quería pasar nada por alto.
—No pasa nada —dijo Jamie—. Llamaré a un taxi.
—No me importa —repitió Wiik. Su expresión cansada no encajaba con el tono cortés de su oferta.
—De verdad —dijo Jamie—. Voy a echar un vistazo de todos modos. Si encuentro algo te lo haré saber.
Él chasqueó la lengua sin llegar a abrir la boca. Parecía valorar si quería quedarse y echarle una mano.
—Mira —continuó Jamie, deseando que se largara de una vez—.
Conozco la casa. Conozco a mi padre. Pero no sirve de nada que los dos andemos a tientas en la oscuridad.
Podemos cubrir más terreno si nos separamos.
Déjame revisar sus notas, investiga a Sjöberg por tu cuenta.
Averigua todo lo que puedas sobre él, de qué murió, quién lo visitó, sus médicos.
Revisa el juicio original, consigue las transcripciones.
Los registros deben estar conservados en los archivos de tribunales.
Los informes originales de la autopsia deberían estar todavía en el laboratorio de patología, probablemente archivados.
Tenemos que reunir toda la información que podamos sobre los asesinatos originales.
Para poder compararlos y contrastarlos con este.
Si se trata de un imitador, es posible que haya alguna conexión con Sjöberg.
Si lo descubrimos, será un hilo del que tirar.
—Lo miró a los ojos en la oscuridad. Apenas reflejaban un poco de luz que llegaba del exterior, pero por lo demás eran agujeros negros en un rostro sumido en la penumbra—.
Puede que alguien haya robado los expedientes del caso en los archivos policiales, pero aún quedan migas de pan que seguir.
Wiik la miró, como si fuera una estatua en el vestíbulo principal de su casa. Su boca se ensanchó, pero no llegó a curvarse en una sonrisa.
—El inspector jefe Smith tenía razón.
Jamie mantuvo la vista fija en él, pero no dijo nada. No estaba segura de si aquello pretendía ser un halago o no.
Wiik se giró tras sacar una tarjeta del bolsillo de su chaqueta. Se la tendió a Jamie y ella la guardó.
—Pásame los datos de dónde te alojas —dijo mientras se dirigía hacia la puerta—. Pasaré a recogerte por la mañana.
Jamie lo observó al otro lado de la puerta.
—¿Significa que me vas a dejar ayudar en el caso?
Él levantó una mano por encima del hombro a modo de despedida, pero no llegó a volverse.
—No parece que tenga otra opción.
Wiik dejó su bolsa de viaje en la acera y le dedicó un gesto con la cabeza antes de subir al coche y marcharse.
Jamie metió dentro su equipaje y cerró la puerta.
Echó otro vistazo al oscuro interior y respiró el aroma de la casa de su infancia.
No había cambiado mucho. Seguía apestando a whisky añejo y tabaco.
Encendió la linterna del teléfono y tragó saliva antes de comenzar a recorrer la casa con pasos lentos.
La sala de estar estaba hecha un desastre por la acumulación de libros viejos, revistas y papeles.
Estaban por todas partes, por el suelo y la mesa de centro, apilados sobre el viejo televisor…
Los periódicos formaban pilas junto al sofá.
Del respaldo colgaba ropa vieja. Había calcetines tirados por toda la alfombra.
Jamie contó cinco botellas de whisky vacías.
Todo estaba cubierto por una gruesa capa de polvo.
Intentó distanciarse de sus propios recuerdos e inclinó la cabeza para leer algunos de los sobres y cartas que había sobre la mesa. La mayoría parecían facturas. Electricidad, gas, agua… Reclamaciones por vencimiento. Pagos atrasados. Y notificaciones de fin de suministro.
Jamie respiró lentamente.
Mierda, se había rendido y ya. Siempre había sospechado que se había limitado a prepararse para el día en que tomase la decisión de suicidarse.
Jamie se inclinó y reparó en el sobre que estaba encima de los demás. Estaba fechado el 17 de septiembre de 2001. Una semana antes de su 18 cumpleaños. Decía que le cortarían la luz en cuatro días.
Lo dejó en su sitio, se puso a pensar en cómo su padre había aguantado, había vivido en la oscuridad durante cuatro días antes de quitarse la vida el día en que ella alcanzó al fin la edad suficiente para que su madre no vendiera la casa sin su consentimiento.
Sin embargo, eso no había impedido que ella mintiese al respecto.
Jamie dio la vuelta y atravesó el vestíbulo para entrar en la cocina.
La nevera seguía cubierta de fotos de su niñez, sujetas con imanes resistentes.
Se acercó y, para hacerlo, pasó por delante del motor oxidado que había sobre la mesa. La madera que lo rodeaba estaba manchada de aceite y el suelo seguía lleno de tornillos y tuercas. Muchos de ellos rodaron hacia la oscuridad cuando sus botas los pisaron.
Extendió los dedos.
Aquellas fotos.
Su padre y ella de acampada. Su padre y ella de pesca. Su padre y ella en la línea de meta de los cien metros lisos en el día del deporte de su colegio.
Ella había ganado.