5 #2
Su padre y ella en la playa.
Jamie tragó saliva, con los dedos a solo unos centímetros de las fotos.
Sintió un escozor en los ojos.
Tocó una y el imán, sujeto solo por la fricción de los años, cedió.
Cayó al suelo y rebotó, la foto se desprendió en su mano.
El resto, como fichas de dominó, alteradas después de todos estos años, se desprendieron finalmente y cayeron como lluvia sobre las baldosas.
Todas las fotos cayeron también, haciendo piruetas y planeando hasta fundirse en la oscuridad que la rodeaba.
—Mierda —musitó y se puso a mirar a su alrededor para ver dónde habían ido a parar.
Suspiró y sintió en su mejilla una lágrima caliente, su aliento convertido en vaho frente a ella, y se quedó mirando la única foto que había logrado salvar.
Su padre estaba de pie en un peñasco entre dos alerces. Era en las estribaciones de Stäjan, una montaña cercana a la frontera con Noruega. Jamie estaba sobre sus hombros, con las manos alrededor de su cabeza. Debía de tener siete u ocho años. Y él aún la hacía parecer diminuta.
Su madre se había quejado a lo largo de todo el viaje.
Le dolían los pies. Aquello estaba demasiado lejos.
Hacía demasiado calor. Jamie estaba cansada ya y su madre insistió en que volvieran al coche en lugar de continuar para llegar hasta la cima.
Su padre la había levantado como si no pesara nada y la había puesto sobre sus hombros.
Le dijo que se agarrara fuerte. Dejaron allí a su madre y no volvieron hasta pasadas varias horas.
Jamie sonrió al mirar la foto, inmersa en el recuerdo de lo divertido que le había parecido.
Cuando empezó a oscurecer, se detuvieron y su padre recogió leña, utilizó el pedernal y el acero que llevaba en su llavero para encender un fuego. Se sentaron frente a él y miraron las estrellas a través de los árboles. Le explicó todas las constelaciones.
Dios, no podía creer que recordara todo eso.
Pero debió de quedarse dormida, porque lo siguiente que recuerda es que iban a toda velocidad por la autopista dentro del coche y las luces de la calle desfilaban a toda velocidad. Sus padres discutían en el asiento delantero.
Maldita sea, su madre debió estar esperando durante horas antes de que regresaran.
Jamie tragó saliva y se guardó la fotografía en el bolsillo trasero. Pese a todo no dejaba de pensar que fue bastante divertido.
El comedor la reclamaba. Jamie salió de la cocina y se dirigió hacia allí.
Era raro que comieran allí, salvo en Navidad. Su madre siempre había mantenido aquella habitación ordenada. Había una vitrina apoyada en la pared izquierda, donde se guardaba la «vajilla buena», decantadores y copas de cristal que sus padres habían recibido como regalo de boda.
Jamie observó con atención, recordaba que había más decantadores. También que siempre estaban medio llenos de líquidos de distintos tonos ámbar.
Solo quedaban unos pocos, y todos estaban vacíos.
Jamie observó aquellas botellas vacías durante unos instantes y luego dejó que su mirada se desviara hacia las puertas de cristal al fondo de la habitación. Daban al jardín.
La luz de la luna se colaba a través de las contraventanas. Faltaba una lamina y Jamie podía ver el gris de la nieve recién caída que cubría el césped.
Ahora solo le quedaba una habitación. El estudio de su padre.
Su madre siempre había odiado que entrase allí.
Y Jamie entendía bien por qué. De niña siempre le había resultado excitante la emoción de ver esas cosas oscuras y misteriosas a las que se dedicaba su padre, y disfrutar del lujo de no entenderlas.
En su mente, su padre era un superhéroe.
Un hombre que no le tenía miedo a nada, que golpeaba en la cara a los malos.
Alguien que llevaba un cuchillo y un revólver en el cinturón, como un pistolero del oeste, y que nunca dejaba que el villano se saliese con la suya.
Eso era lo que más le fascinaba en aquella época.
Ahora sabía que era un hombre propenso a la violencia, con más problemas de los que nadie estaba dispuesto a admitir. Por no hablar de Jamie.
Había tenido que acudir a un terapeuta. Se vio obligada a enfrentarse a lo que había hecho.
A lo que le hizo a una chica. A una chica confundida que la había atacado con un cuchillo.
Que había ayudado a un asesino a matar a otras cuatro personas.
Que había matado a un hombre ella misma. Que no le había dejado otra opción.
Lo que se esperaba era que su padre siguiera adelante.
Jamie se tranquilizó, detuvo la mano a medio camino de la puerta y la miró. Notaba cómo se le entumecía debido al frío.
Tenía que moverse.
Dio un paso adelante, giró el picaporte y entró.
El aire era un poco más cálido allí dentro.
El haz de luz de su teléfono iluminó la habitación con intensidad y Jamie le echó un vistazo a todo.
A la derecha había un escritorio, abarrotado de papeles, y un viejo ordenador gris. La pared del fondo era un entramado donde se superponían recortes de periódico clavados con chinchetas, fotografías de escenarios de crímenes y dibujos hechos con rotulador directamente sobre la pintura de la pared.
Jamie contempló con detenimiento todo aquello, se fijó en el amarillo de los marcadores de pruebas que brillaba en la penumbra.
También el brillo de la sangre iluminada por los flashes de las cámaras de los criminalistas.
Todas eran fotos de distintas escenas delictivas.
Los últimos casos de su padre. Los asesinatos eran variados y brutales.
Jamie apretó la mandíbula y se colocó frente a ellas.
No fue capaz de distinguir alas de ángel.
La alfombra crujía bajo sus pies al caminar, pues las fibras se habían endurecido con el paso del tiempo.
Debajo de las fotos y los papeles clavados en la pared había una estantería baja y ancha. Cobró vida de nuevo a través de los recuerdos de Jamie y ella se arrodilló para pasar los dedos sobre aquellos volúmenes y acariciar sus lomos.
Todos aquellos libros estaban relacionados con la investigación criminal.
Criminología, psicología, sociología. Libros escritos por otros detectives, por psicólogos, algunos incluso por criminales.
Había de todo, desde El hombre delincuente de Cesare Lombroso hasta estudios y libros sobre la monoaminooxidasa A, relacionada con el conocido como «gen guerrero».
Además de otras muchas cosas, siempre había sido un lector voraz.
Insomne. Mujeriego. Propenso a las adicciones. Bebedor.
Jamie rebuscó un poco más y encontró lo que buscaba. Una pila de pequeñas libretas con tapas de cuero. Sus cuadernos de trabajo.
No había mentido cuando dijo que su padre no era de los que tomaban muchas notas. Pero siempre llevaba consigo un bloc por si era necesario. Para anotar nombres, pensamientos, cualquier cosa útil que pudiera ver o se le ocurriera.
Jamie no sabía qué esperaba encontrar, pero necesitaba echarles un vistazo.
Había tres pilas.
Levantó el que estaba encima de la pila de la izquierda, lo abrió y vio las fechas 1984-1986 escritas en él.
No, demasiado pronto.
El Guardián de Ángeles mató a las chicas entre 1995 y 1996.
Pasó a la segunda pila y echó un vistazo al primero.
1992. Un poco más cerca.
La tercera pila era algo más baja. Cogió el cuaderno de arriba y lo abrió. La fecha que figuraba en la portada era 1995.
Jamie exhaló y comenzó a hojear todas y cada una de las páginas, dejó que el susurro casi inaudible del papel se encargase de llenar la habitación. Era este.
Lo apretó contra el pecho y dejó que su mirada acariciara los demás.
Su madre se la había llevado a Inglaterra en el invierno de 1997. Justo antes de Navidad. Para que fuera más doloroso. Era la época del año favorita de su padre. Cada 23 de diciembre llevaba a Jamie al norte y cazaban un ganso para la cena de Navidad.
A ella nunca le gustó cazar. Pero su padre siempre le recordaba que los que se compraban en los supermercados o carnicerías habían sido criados en granjas, maltratados y sacrificados solo para consumir su carne. Al menos ellos le daban al ganso la oportunidad de escapar por sus propios medios.
1997 había sido el año más duro para él. También para la madre de Jamie. Para todos ellos. El Guardián de Ángeles había dejado destrozado a su padre y aquel viaje iba a ser su primera oportunidad para escapar de aquello. Para normalizar las cosas.
Dos días entre los hielos del norte. Dos días ellos dos solos en la pequeña cabaña de caza a la que siempre iban.
El ganso era algo irrelevante ya. A Jamie le daba igual si llegaban o no a cazar alguno.
Pero aquel sitio donde se tumbaban, sobre una cresta de nieve helada, era uno de sus lugares favoritos.
Junto a él, su viejo rifle Remington 700 descansaba sobre la manta que siempre tenía extendida en el asiento trasero de su coche…
Dios, cómo apestaba. Disparaba con él y luego envolvía el ganso en la misma manta. Jamie podía sentir en aquel instante el mismo olor, la mezcla de grasa, pólvora y plumas. Sacudió la cabeza al recordar las incontables quejas de su madre cuando olía aquello. Pero a ella le encantaba de todos modos.
Siempre mantuvo el rifle en estado de revista, lo tenía colgado encima de su…
Jamie se volvió para mirar de nuevo el escritorio y luego echó la cabeza hacia atrás.
Ahí estaba, en la estantería, como siempre. Recortado en una silueta difusa, la culata pulida reflejaba la luz residual de la linterna de su teléfono.
Demasiado alto para que ella lo alcanzara cuando era niña. Pero siempre estuvo ahí.
No pudo evitar sonreír al verlo. Para ella no significaba la muerte, ni el hecho de disparar, ni siquiera la Navidad. Para ella aquel rifle era su padre.
Y estos cuadernos, volvió la cabeza hacia la tercera y última pila, narraban los últimos años de su vida. Los años que se había perdido. Sus últimos casos, sus últimos pensamientos. Sus últimas horas.
Exhaló un largo suspiro, incapaz de dejarlos atrás, y agarró toda la pila, tras lo cual se puso de nuevo en pie, en medio de la oscuridad del estudio de su padre, antes de darse la vuelta para salir. Pero se quedó paralizada.
En la pared del fondo había un sofá de cuero. Aquel en el que su padre solía sentarse a leer.
Y ella tenía la costumbre de sentarse allí con él mientras lo hacía.
A menudo se quedaba allí mismo, y observaba cómo redactaba sus informes en una vieja y gastada máquina de escribir Imperial 200 hasta quedarse dormida con el repiqueteo del teclado y las palancas contra el rodillo.
Tap, tap, tap. Los párpados cada vez le pesaban más.
Ahora miraba la máquina de escribir mientras se aferraba a sus cuadernos. Luego se dio la vuelta.
Jamie dejó a su espalda el sofá donde se había quedado dormida mil veces.
Junto con la caótica mancha negra que había en la pared por encima del respaldo.
La sangre ya seca de su padre.
Con la que había salpicado la pared cuando se voló la cabeza con su Smith & Wesson Special del calibre 38.