El Guardián de Ángeles (Jamie Johansson 1) 4
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No tardaron en salir de la ciudad. La escena del crimen se encontraba a unos kilómetros al norte, justo al lado de un transitado camino que atravesaba el bosque, perfecto para corredores y senderistas.

Muy popular, también. Serpenteaba sin fin entre abedules moteados que recordaban a la piel de una cebra.

Los asesinatos del Guardián de Ángeles nunca habían estado demasiado escondidos. Siempre pretendió que no tardasen en ser descubiertos.

Jamie revisó la evaluación inicial de la escena mientras Wiik conducía, lo que puso distancia entre ellos y la casa.

Con cada farola que dejaban atrás notaba cómo disminuía su tensión.

El expediente que tenía en el regazo mostraba una foto aérea de la zona acotada.

A unos cientos de metros al este de donde encontraron a la víctima, una carretera se alejaba de la ciudad.

Lo que parecía una vereda estaba marcada con un círculo como posible lugar donde el asesino había aparcado.

Jamie hojeó el resto de los papeles, que eran copias de las declaraciones de los testigos: una pareja había encontrado bajo la nieve a la niña cuando salieron a correr por la mañana.

No habían visto a nadie. No habían oído nada. La habían vislumbrado entre los árboles y se habían detenido. Solo cuando se acercaron se dieron cuenta de lo que tenían ante sus ojos.

Los agentes tardaron quince minutos en llegar y la zona estaba acordonada desde entonces.

El cuerpo seguía allí, y todo el escenario, acordonado. Por orden de Wiik, nadie podía entrar ni salir. Quería que la escena se mantuviera lo más intacta posible hasta que tuvieran las notas del padre de Jamie o los archivos originales del caso. Y a Robert Nyström en la sala de interrogatorios.

Jamie tenía que reconocerlo, Wiik era un hombre capaz de centrarse en lo importante. Algo que ella agradecía.

—¿Ya tenemos la identidad de la víctima? —preguntó tras llegar a la última página. No había nada en el expediente acerca de ella.

Wiik negó con la cabeza.

—Todavía nada. No hay hasta ahora personas desaparecidas que coincidan con su edad y descripción.

Jamie miró por la ventana. Gotas de humedad se habían acumulado en el cristal y se deslizaban hacia atrás mientras circulaban.

—Las adolescentes no desaparecen sin que nadie las eche de menos —dijo Jamie.

Wiik la miró en silencio, parecía no tener una respuesta, así que se concentró en la conducción.

Les hicieron señas para que se detuvieran a un lado de la carretera, una vía de dos carriles que conectaba Estocolmo con una pequeña localidad periférica llamada Vallentuna, y se pararon frente a un agente de policía.

Llevaba una porra y hacía gestos a los vehículos para que siguieran circulando.

Para que no aminorasen la velocidad mirando boquiabiertos la procesión de vehículos policiales que habían dejado ya profundas marcas de barro en el arcén con sus neumáticos.

Wiik apagó el motor y se frotó los ojos en el asiento del conductor. Jamie se preguntó cuántas veces habría ido hasta allí en los últimos dos días.

Habían pasado casi treinta y seis horas desde que se descubrió el cadáver. Lo normal habría sido retirar los restos del crimen mucho antes, pero el aire gélido había permitido una buena conservación.

Jamie recordó cuando, a los catorce años, entró en el estudio de su padre, con cuidado de no despertarlo, ya que estaba dormido en el sofá, aferrado a una botella de whisky vacía. Roncaba. Siempre roncó muy fuerte.

Había mirado una por una todas las fotos que había en las paredes. Las siete chicas, todas colocadas allí.

Tragó saliva al recordar lo asustada que estuvo.

Todas tenían más o menos su edad. Quizá un poco más mayores. Pero eran adolescentes. Como ella.

—¿Lista? —preguntó Wiik.

Jamie movió la cabeza para asentir, sin atreverse a hablar, y salió del coche y de sus recuerdos.

Sintió en las mejillas la bofetada del frío y entrecerró los ojos, sin dejar de mirar el cielo oscurecido, con las cargadas nubes suspendidas e inmóviles sobre ellos.

A su derecha los abedules se mecían con el viento y bajo ellos la incesante nieve se amontonaba.

A su izquierda la carretera se extendía, húmeda y brillante por las intermitentes luces azules de un coche patrulla que estaba en medio de los coches aparcados.

Jamie se ajustó el abrigo que tenía colocado sobre los hombros y esperó a que Wiik rodease el capó para adentrarse juntos en el bosque.

Él evaluó la pendiente con cautelosa confianza, dio pequeños pasos y luego se inclinó hacia delante para no resbalar.

Jamie le siguió, caminó sobre la nieve que habían amontonado al lado del arcén embarrado. Estaba cansada y no se fiaba de dónde ponía los pies.

El ruido de la carretera se apagó detrás de ellos a medida que se internaban en el bosque, momento en que comenzaron a resonarles sus respiraciones en los oídos.

Wiik avanzaba con rapidez, seguía la delgada y retorcida línea azul y blanca de la cinta policial.

Estaba atada en las puertas de los maleteros, y servía como una guía hacia el interior, hasta que las luces azules intermitentes quedaron ocultas por los árboles.

Jamie tragó saliva, mantuvo los puños en los bolsillos y los ojos fijos en los anchos hombros de Wiik. El único sonido era el crujido de sus pasos sobre la escarcha y el chapoteo en el barro que había debajo.

Le sorprendió que no se hubiera resistido más antes de tomar la decisión de traerla hasta allí.

Quizá su inspector jefe le había hablado de cómo se excitaba ella cuando comenzaba a olfatear un caso.

Era posible que Wiik en realidad no esperase encontrar gran cosa en casa de su padre.

O quizá simplemente fue capaz de vislumbrar lo que se escondía tras esa mirada y supo que obligarla a entrar tan solo habría retrasado la investigación.

Parecía un tipo pragmático.

En cualquier caso, Jamie se alegraba de estar allí y no en la casa. Por terrible que fuera aquella escena.

Wiik redujo la marcha, lo que permitió a Jamie colocarse a su lado. Tuvo que entrecerrar los ojos ante la repentina avalancha de luz.

Delante de ellos se encontró con las láminas de plástico grapadas en los árboles. Cubrían los huecos de forma aproximada, impedían que se amontonase la nieve y creaban un escudo en el perímetro que protegía aquel escenario de las miradas curiosas.

En el interior, Jamie podía ver los focos encendidos, las láminas translúcidas que refulgían en contraste con el fondo oscuro del bosque.

—¿Lista? —preguntó Wiik. Una hendidura vertical en la lámina situada frente a él se abría suavemente.

La espesura del bosque había frenado el viento allí, pero las copas de los árboles no cesaban su balanceo en lo alto ni su suave gemido en medio del silencio invernal.

Jamie asintió, hundió las manos más hondo en los bolsillos y atravesó la lámina.

La víctima tendría unos trece años.

Jamie apretó los dientes, recorrió con la mirada la pálida piel azulada de la niña.

Una fina capa de nieve se había posado sobre sus hombros, su cabello y sus dedos extendidos.

Los tenía delante de la cara, con las palmas juntas, las muñecas estaban atadas con una cuerda para mantenerlas en esa posición.

Estaba de rodillas, encorvada de tal modo que la espalda trazaba una ligera curva.

Las plantas de los pies descalzos apuntaban hacia arriba, con las puntas de los dedos ennegrecidas por el frío.

Un fino vestido blanco de confirmación colgaba de sus hombros desnudos. Estaba empapado de rojo en la parte delantera, donde las ramas afiladas de los abedules atravesaban la tela, para dejarla clavada en la tierra y sostenerla en esa posición.

Los codos descansaban sobre dos ramas, lo que le permitía mantener las manos en alto frente a los ojos cerrados.

Jamie comenzó a dar vueltas, para poder asimilar toda la escena, siguió el camino en la nieve que Wiik y todos los demás que habían acudido al lugar habían marcado con sus pasos.

Respiraba lentamente, tratando de calmar su corazón tanto como pudiese.

Wiik se había quedado detrás.

Las ramas, seis en total, habían atravesado la espalda de la niña.

Los cortes en su vestido eran finos. Los cortes en la piel, delicados . Hechos con precisión y cuidado.

Cada una de las ramas tenía el mismo grosor: dos centímetros. Quizá un poco más gruesas. Lo justo para poder introducirlas entre las costillas sin llegar a romperlas.

Las ramas se proyectaban hacia arriba, se curvaban y se dividían en ramificaciones cada vez más delgadas. Se inclinaban por su propio peso, y la espesura frondosa que formaban al cruzarse en la parte superior sostenía una capa de nieve fresca.

Tres a cada lado de su columna. Estaban colocadas de tal manera que parecieran alas que trazaban un arco lejos de su espalda.

Estaba lista para emprender el vuelo.

Un ángel.

Jamie se detuvo cuando se dio cuenta de que había dado una vuelta completa a la escena, que se encontraba sumergida en su sombrío resplandor.

Le dolían los ojos.

—¿Y bien? —dijo Wiik, apenas por encima de lo que habría sido un susurro.

Las fotografías del estudio de su padre se alinearon de nuevo ante sus ojos.

—Hmmm —respondió con un nudo en la garganta.

—¿Es él? —preguntó Wiik.

No podía realmente esperar que ella lo supiera.

—No lo sé —respondió Jamie con voz débil y tranquila—. Pero está bien.

—¿Bien?

Levantó la vista y vio sus cejas arqueadas, sus ojos inquisitivos.

—Una buena imitación, en el caso de que no sea él —dijo Jamie—. Mi padre siempre pensó que Sjöberg había matado antes de aquellos asesinatos. Estaba convencido. No se puede matar a una chica por primera vez y crear esto sin más.

No fue necesario que hiciera ningún gesto para que Wiik entendiera de qué estaba hablando.

Su silencio sirvió como invitación suficiente para que continuara hablando.