El Guardián de Ángeles (Jamie Johansson 1) 3
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Wiik salió del coche y cruzó la calle para encontrarse con un hombre al que Jamie reconoció.

Vio por la ventana cómo se daban la mano.

No acababa de recordar su nombre. Osland, Oberland o algo así. Era el abogado que se había encargado de la herencia de su padre. De la supuesta venta de la casa.

En los cuatro años transcurridos entre la separación y el traslado de Jamie a Inglaterra y la muerte de su padre, su madre le había dicho que su padre había malgastado sus ahorros y se había endeudado. Juego, mujeres, drogas.

Todos sus vicios. Todo creíble.

Dijo que cuando murió no les había dejado nada. Que ya no le quedaba nada que dejarles. Que se había visto obligada a vender la casa para poder saldar las deudas.

Jamie salió del coche, se armó de valor con una fría bocanada del aire sueco y rodeó el capó para dirigirse hacia Osland.

—Señora Johansson —dijo, sonriendo con alegría.

Tenía sobrepeso, la corbata se posaba sobre su barriga y los botones de la camisa parecían estrangularle el abdomen.

Su rostro era amable, con la barbilla cubierta por una barba blanca y negra y los pequeños ojos ocultos tras unas gafas más pequeñas incluso—. Me alegro de volver a verla.

—Lo siento —dijo Jamie, y le dio un breve apretón de manos—. No entiendo qué está pasando. ¿Qué hacemos aquí? Mi madre me dijo que la casa se había vendido.

Wiik juntó las manos a la espalda y dejó que fuera Osland quien hablase.

—Tu padre os legó la casa junto a todo su patrimonio tanto a tu madre como a ti.

—No —dijo Jamie—. No quedaba nada que pudiera heredarse.

El hombre se subió las gafas con el dedo regordete y miró a Wiik antes de volver a mirar a Jamie.

—En términos económicos es posible que no. La pequeña cantidad que quedaba en ahorros fue a parar a manos de tu madre. La pensión de tu padre fue denegada debido a la naturaleza de su muerte.

Osland se refería a su suicidio.

—Lo entiendo —respondió Jamie, solo esperando que se diera prisa.

—Pero la casa estaba libre de hipotecas.

Es tan tuya como de tu madre. Ella no habría podido venderla legalmente sin tu consentimiento por escrito.

De haber sido tú todavía menor de edad, se hubiera quedado con la propiedad al completo, ya que nunca llegaron a hacer una separación legal.

Pero como ya tenías dieciocho años en ese momento…

«Sí. Ya era mayor de edad. Fue justo en mi cumpleaños. Se suicidó el día que cumplí dieciocho años».

A Jamie le daba vueltas la cabeza. Notaba cómo la sangre le corría por los dedos, que estaban rígidos y no dejaban de dolerle, y sentía un peso en el pecho, como si alguien se lo pisase con una bota hasta aplastarlo.

¿Su madre no había vendido la casa? No podía hacerlo. Pero ella dijo que lo hizo. ¿Por qué? Había llegado a odiar a su padre. Con toda su alma. Pero hacer eso… Cómo…

Su mente no alcanzaba a comprenderlo.

La boca de Osland comenzó a moverse, sus mejillas hinchadas hasta parecer bolas enrojecidas unidas por una amplia sonrisa. Levantó la mano hacia Jamie.

No oía nada por el rugido de su propia sangre en los oídos.

Osland le puso una llave en la palma de la mano, asintió con la cabeza, primero a ella y luego a Wiik, con quien intercambió unas palabras en voz baja, y luego regresó a su coche. Los dejó a ambos de pie frente a la casa de su padre.

Su casa.

Los dedos de Jamie se cerraron sobre el metal frío. Al contemplar las ruinas de su infancia, comenzó a respirar con dificultad sin saber qué hacer a continuación.

—¿Me acompañas? —preguntó Wiik, que ya se dirigía hacia la entrada.

Se giró para mirar a Jamie, que se obligaba a mover los pies, con una fuente de ira hirviendo en su interior.

—Yo… —comenzó, se aclaró la garganta—. Espera… espera un segundo.

Wiik parecía tenso.

—¿Podemos simplemente…?

Miró hacia el coche, trataba de procesar todo. Los últimos años de su vida aquí estaban volviendo. Como si la hubieran lanzado desde una gran altura, se precipitaba hacia el terreno de sus recuerdos.

No podía. No podía hacerlo. No podía enfrentarse a ello. No tenía la fuerza necesaria. Todavía no. No así.

Su cerebro se aceleró. Buscaba una salida, cualquier camino que la alejara de allí.

—Llévame —dijo al fin.

—¿Qué? ¿Dónde?

Wiik entrecerró los ojos.

—Al escenario. Donde se ha encontrado el cadáver.

Las palabras se le escaparon de la boca. Él dio un paso atrás para acercarse a ella.

—No puedo hacer eso.

—Claro que puedes —dijo Jamie, luchando por que le saliese la voz, con el puño apretado ahora con fuerza alrededor de la llave—.

Me dedico a esto. —Lo necesitaba. Necesitaba centrar su ira en algo.

Así mantendría la mente despejada. Era demasiado para asimilarlo todo de golpe, no podía limitarse a estar allí sin hacer nada—.

Soy una buena inspectora. Puedes aprovecharlo.

—Lo tenemos atado y bajo control —respondió Wiik.

—¿Qué crees que vas a encontrar ahí dentro? —preguntó Jamie, e hizo un movimiento de cabeza hacia la casa—. Mi padre no era de los que tomaban notas. No era alguien especialmente organizado.

—Cualquier cosa será útil en este caso —dijo Wiik.

—¿Cualquier cosa? —Jamie dio un paso adelante—. Parece que no tienes pistas, ni archivos, ni información con la que avanzar. Y si hubiera un montón de pruebas en la escena del crimen yo no estaría aquí. —Le miró a los ojos—. Y si no hay nada ahí dentro, entonces todo lo que te queda soy yo.

Wiik la examinó y mientras lo hacía no llegó a sacar las manos de los bolsillos de su grueso abrigo.

—Estuve allí —dijo Jamie—. Recuerdo el caso. Recuerdo todo lo que mi padre me contó al respecto. Puedes aprovecharte de eso. Deberías hacerlo.

—Eres una civil.

—Soy inspectora de la Policía Metropolitana de Londres. Y si tienes mi número personal es porque te lo habrá dado mi jefe, Henley Smith. Porque si mi madre me ocultó este lugar todos estos años, es evidente que no fue ella quien te lo dio cuando supo que me iba a tocar venir hasta aquí.

Leyó en las arrugas de su rostro impasible.

—La llamaste a ella primero, ¿verdad? Le pediste que viniera y te diera permiso para entrar.

Wiik bajó la mirada.

—Y te respondió diciéndote qué y por dónde podías metértelo, ¿no?

—Fueron bastantes más palabrotas, sí.

—Y si estás trabajando en este caso, el del Guardián de Ángeles, quiere decir que también debes de ser bastante bueno en lo que haces.

Wiik no dijo nada.

—Así que doy por sentado que me has investigado. Aunque hayan sido cosas superficiales. Es posible que solo le preguntaras a Smith cómo soy. Curiosidad profesional… Toda la cantinela que ya sabemos.

El labio se le crispó de forma casi imperceptible, su rostro era una amalgama caótica de sombras y tonos anaranjados por al resplandor de las farolas.

—Sabes que soy una buena inspectora —dijo Jamie sin más adornos, a un paso de suplicar—.

Y soy la única en el mundo que conoce este caso.

Así que, tanto si crees que se trata de alguien más que continúa con su trabajo, como si crees que mi padre detuvo al hombre equivocado hace mil años, lo que en realidad necesitas es mi ayuda.

Por la cara que puso, Wiik sabía que tenía razón.

—Será difícil de organizar.

Jamie resopló de forma cortante y se dio la vuelta hacia el coche.

—Pareces una persona muy capaz. Estoy segura de que sabrás cómo solventarlo.

—Este caso va a ser un asunto complicado —añadió él.

La mano de Jamie se detuvo en la maneta de la puerta.

—¿De veras te sientes preparada para esto? —Wiik no se había movido, seguía con las manos en los bolsillos de su abrigo—. El inspector jefe Smith me ha explicado toda tu situación. Las circunstancias de tu baja. Lo que ocurrió en mayo.

Jamie apretó los dientes y tiró de la puerta para abrirla, al mismo tiempo que fusilaba a Wiik con una mirada fría y dura.

—Sube al puto coche y punto.