El Guardián de Ángeles (Jamie Johansson 1) 2 #2
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Ya era de noche y el aire era gélido, acompañado de un viento cortante.

La nieve se apilaba a los lados de las carreteras.

Jamie observó cómo la ciudad se deslizaba ante sus ojos desde la ventanilla, las luces encendidas en los altos y modernos edificios de oficinas.

Aquel había sido su hogar durante catorce años.

Los primeros catorce años de su vida.

Una parte de ella siempre había deseado quedarse.

—El Guardián de Ángeles —dijo Jamie con calma, a medio camino entre el recuerdo y el pensar en voz alta.

Giró la cabeza para observar a Anders Wiik.

La piel de la cara parecía suave, completamente limpia.

Un afeitado meticuloso. El cabello oscuro estaba peinado hacia atrás.

Ni un solo mechón estaba fuera de lugar.

Tenía la mandíbula fuerte y marcada, la nariz cuadrada. Ojos inteligentes.

—Sí —confirmó Wiik—. ¿Recuerdas el caso?

—Tenía trece años —contestó Jamie—. Fue el último caso en el que trabajó mi padre antes de que mi madre y yo nos mudáramos a Inglaterra. Siete adolescentes fueron asesinadas. Violadas. Asfixiadas. Dejaron abandonados los cuerpos en el bosque.

Hubo una época en la que a Jamie le habría resultado difícil decir eso, enfrentarse con esos recuerdos. Pero ya no parecía sentir las cosas como antes. Las palabras parecían salirle con facilidad, ya ni siquiera se le atascaban en la garganta.

—Efectivamente —dijo Wiik—. ¿Compartía contigo todos los detalles del caso?

—Lo suficiente como para enfadar a mi madre, pero lo más probable es que no lo bastante como para ayudar con todo esto —respondió Jamie—. ¿Qué es exactamente lo que ha pasado?

Wiik suspiró.

—El hombre al que detuvo tu padre, Hans Sjöberg, el hombre que fue condenado por matar a esas chicas, murió en prisión hace cuatro días.

Jamie apretó la mandíbula y fijó la vista en la carretera. La neblina teñida de rojo por los faros se desvanecía en la distancia.

—Ayer por la mañana —continuó Wiik—, se encontró un cadáver, y las circunstancias del asesinato guardan un notable parecido con las del Guardián de Ángeles.

—¿Un imitador? —preguntó Jamie, volviéndose para poder ver su rostro.

Él negó con la cabeza.

—Los detalles de sus asesinatos nunca se hicieron públicos, eran demasiado…

Espantosos. Impactantes. Perturbadores. Jamie había visto las fotos. Se podía elegir el adjetivo a voluntad.

—Alguien podría haber accedido al expediente del caso —dijo Jamie—. ¿Una filtración?

—Esa es una teoría. Pero sospechamos que en realidad es mucho peor.

—¿A qué te refieres? —preguntó Jamie, sin dejar de escrutar el perfil de Wiik. No era un tipo expresivo.

—Han desaparecido.

Entonces lo entendió todo.

—Por eso estoy aquí —dijo—. Esperas que mi padre tuviese alguna copia guardada vaya a saberse dónde.

—Sin duda sería de gran ayuda —dijo Wiik sin mostrar especial énfasis.

Jamie observó cómo con los puños apretaba con fuerza el volante y se le tensaban los nudillos mientras hablaba. No parecía que el caso hubiera comenzado con buen pie. El hecho de que su mejor pista fuera traer a Jamie desde otro país era una confirmación de esa sospecha.

—¿Quién podría habérselos llevado?

—Alguien que sabe cómo funcionan nuestros sistemas de alarma. Que sabe cómo desactivar las cámaras de vigilancia y atravesar las puertas de seguridad.

—Un agente de policía.

—Un detective. —Wiik la miró en aquel momento—. Robert Nyström. El compañero de tu padre.

Jamie reprimió su sorpresa.

—Debe de tener unos sesenta años ahora.

Jamie recordaba a aquel hombre. Alto, delgado. Las cejas más oscuras y pobladas que jamás hubiese visto. Y un buen amigo de su padre. También un buen hombre. Le caía bien.

—¿Lo habéis interrogado?

—Lo habríamos hecho, de haber podido dar con él.

—¿Lo que sospecháis es que fue él quien se los llevó?

—No podemos afirmarlo con total certeza.

Pero fue su tarjeta de acceso la que se utilizó para entrar en los archivos, eso sí lo sabemos.

Y parece que alguien entró a la fuerza en su apartamento la noche en que los robaron.

No hay rastro de adn ni pruebas que sugieran que haya habido alguien más allí, pero no descartamos ninguna posibilidad.

—¿Alguna señal de lucha?

—No, por lo que sabemos Nyström no estaba en casa en aquel momento.

Su coche está registrado en un peaje a cien kilómetros al norte de la ciudad tres días antes del allanamiento, la noche antes de la muerte de Sjöberg.

Nunca pasó en sentido contrario. Hemos enviado un aviso a todo el país y alertamos a los pasos fronterizos del norte.

Si el coche se mueve, lo detectaremos. Pero hasta ahora no ha habido noticia alguna.

—¿Se llevaron algo más?

Wiik negó con la cabeza.

—No. Nyström estaba jubilado, pero aún trabajaba como consultor. Seguía teniendo sus credenciales. Quienquiera que entrase en su casa sabía, al parecer, que Nyström tenía acceso a los archivos, que no iba a estar en casa y sabían exactamente cómo encontrar lo que buscaban.

—¿Por qué él? ¿Por qué no cualquiera de los otros cientos de personas con acceso a los archivos?

Wiik accionó el intermitente, cambió de carril y tomó una salida.

Jamie se fijó en la señal, sintió que su cuerpo se tensaba al entrar en una rotonda y dirigirse al barrio residencial que durante unos años consideró su hogar.

—Sjöberg mantuvo su inocencia hasta que dictaron el veredicto —dijo Wiik—. Siempre afirmó que tu padre y Nyström se habían equivocado.

—Las pruebas eran abrumadoras —dijo Jamie, que recordaba cómo había terminado el caso—. Y al final confesó, ¿no?

Wiik asintió.

—Sí, pero Sjöberg no era el único sospechoso.

—¿Crees que condenaron al hombre equivocado? —preguntó Jamie y buscó en el rostro de Wiik algún indicio de lo que pasaba por su cabeza. Las luces de las farolas le daban un tono anaranjado, como si la dorasen al ritmo de sus latidos.

La idea era aterradora. El Guardián de Ángeles había atemorizado la ciudad durante casi un año.

Los padres habían prohibido salir a sus hijos.

La gente tenía miedo de caminar sola por la noche.

No pasaba un solo día en que el padre de Jamie, y la ciudad entera, no amaneciese con el miedo de toparse con la próxima víctima.

Y ahora, si había regresado… La pesadilla volvería a empezar una vez más.

—No sabría decirte —respondió Wiik—. Pero Sjöberg está muerto, han robado el expediente del caso, el detective superviviente que trabajó en el caso ha desaparecido y, ahora, ha aparecido una adolescente en el bosque, en una escenografía como las de los asesinatos de entonces. Exactamente igual.

Jamie se lo imaginó y apretó los dientes. Sin reducir la velocidad, atravesaron unas calles que Jamie conocía bien.

—¿Adónde vamos? —preguntó al ver que dejaban a su derecha el edificio donde estaban los abogados que se habían encargado de la venta de la casa de su infancia.

—A tu casa —respondió Wiik.

Jamie entrecerró los ojos con desconcierto.

—Las cosas de mi padre están guardadas en un trastero y la llave las tenemos los albaceas. Supuse que me necesitabas para que abriera…

Jamie se quedó callada cuando Wiik giró a la izquierda para entrar en la que había sido su calle.

—¿En un trastero? —preguntó Wiik—. No, las cosas de tu padre siguen en casa.

Apareció a la derecha, descuidada y maltrecha.

Los paneles de madera, que en su día habían sido bonitos, se habían podrido; en algunos lugares se habían desprendido.

En el tejado se veían los huecos de las tejas que habían saltado.

El jardín delantero estaba abandonado y cubierto de matojos con las puntas curvadas por el peso de la nieve.

Las contraventanas oscuras estaban cerradas.

Detuvo el coche con suavidad y Jamie se quedó mirándole.

—Mi madre vendió la casa después de que muriera mi padre —dijo Jamie sin comprender aquello. Su voz le sonó distante.

—No —dijo Wiik, al tiempo que apagaba el motor—. No lo hizo.