El Guardián de Ángeles (Jamie Johansson 1) 2
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Su teléfono se iluminó en la mesita de noche y comenzó a vibrar sobre la madera. De haber estado dormida le habría sobresaltado. Pero los últimos días apenas lograba conciliar el sueño.

Jamie se alejó de la ventana, donde se escuchaba el romper de las olas contra las rocas de la bahía de Machir, y atravesó veloz la habitación.

No llegó a reconocer el número, pero sabía de qué prefijo se trataba. Suecia.

—¿Hola? —musitó lo más bajo que le fue posible, sin el menor rastro de cansancio en su voz. Salió por la puerta hacia el pasillo con la intención de no molestar a Graeme.

El aire era más frío allí, fuera de la calidez del dormitorio.

—¿Hablo con la inspectora Jamie Johansson? —preguntó una voz cuyo acento la transportó a su infancia—. ¿De la Policía Metropolitana de Londres?

No desde hace seis meses, fue lo que Jamie estuvo a punto de decir.

—Sí —respondió vacilante—. ¿Quién es?

Cerró la puerta tras de sí, sin dejar de agarrar con la mano el metal frío del picaporte, a la espera de la respuesta.

—Soy el Kriminalinspektör Anders Wiik, Polismyndigheten , Estocolmo.

Servicio de Policía de Suecia.

—¿Vick? —quiso confirmar Jamie, mientras dejaba el pasillo para entrar en la cocina de Graeme. Las losas heladas le parecían aguijonazos por los pies descalzos.

—Anders Wiik .

Jamie tragó saliva y miró por la ventana que había sobre la encimera. La luz del faro daba vueltas a lo lejos.

—¿En qué puedo ayudarle?

—Siento llamar tan tarde —dijo con tono formal—. Pero necesito su ayuda.

—¿Para qué? —preguntó Jamie, al tiempo que se giraba para apoyarse en la cocina Rayburn, cuya superficie de hierro aún conservaba el calor. Se pasó la mano por el pelo rubio, para apartarlo de la cara, y luego cruzó los brazos.

—Se trata de su padre —dijo él.

Jamie se tensó.

—Mi padre lleva muerto diecinueve años.

Un reloj de cuco tallado a mano hacía tictac ruidosamente en la pared de enfrente.

—Sí —dijo Wiik—. Lo sé.

Jamie detectó un atisbo de frustración en su voz.

—Sin embargo —dijo él—, a tenor de los acontecimientos, parece que el Guardián de Ángeles no lo está.

El avión descendió lentamente a través de la espesa capa de nubes y la tierra cubierta de nieve se hizo visible ante ella.

Suspiró y se frotó los ojos.

Había echado unas pocas cabezadas. Apenas había podido descansar.

Dios, ¿por qué había decidido volver? Sabía por qué, pero le costaba asimilarlo sin más.

El Guardián de Ángeles. Había sido uno de los casos más importantes de su padre.

Lo recordaba con todo detalle, ¿cómo no iba a hacerlo?

Fue el último caso en el que trabajó antes de que su madre se separase de él y se la llevara a Inglaterra.

Fue el último clavo en el ataúd de su matrimonio.

Y ahora la Polismyndigheten necesitaba usar el archivo con los antiguos expedientes de su padre. Y ella tenía que estar allí para darles permiso. Era una obligación. No podía permitir que fuera otra persona quien rebuscara entre sus pertenencias. O, al menos, lo que quedaba de ellas.

No era el miedo lo que la había mantenido alejada de aquello todos estos años.

Aunque tampoco sabía a ciencia cierta qué era.

¿Culpa? ¿Pavor? ¿Lo que podría encontrar?

Nunca se hubiera imaginado que en algún momento querría remover los escombros, fríos desde hacía ya mucho tiempo, de la vida de su padre.

Y, sin embargo, al final habían ido a buscarla, la habían encontrado y le habían arrebatado la posibilidad de elegir.

Jamie iba a volver al lugar que una vez había llamado hogar.

Aún no había decidido cómo debía sentirse al respecto.

O tal vez no quería hacerlo.

Jamie observó cómo la ciudad parecía hincharse, la tarde derrotaba al sol hasta hacerlo desaparecer, la oscuridad se aproximaba frente a ella. A esta parte de la tierra la noche llegaba mucho más rápido.

El avión se topó con viento cruzado al aterrizar, el piloto tuvo que dejarse la piel para controlar el aparato. Jamie desbloqueó su teléfono para desactivar el modo avión. Apareció un mensaje en la pantalla. De Graeme, decía: «Cuídate».

Era un hombre de pocas palabras, algo que Jamie apreciaba.

Lo que tenían era sencillo.

Él pescaba, volvía a casa y luego se iba a pescar otra vez. Estaba fuera durante días, semanas enteras.

Comían juntos, a menudo en silencio.

Hacían el amor. También en silencio. Cada uno confiaba en que, en caso de que fuese necesario, el otro diría algo. Era raro que alguno lo hiciera. Era estupendo. Era lo mejor que había tenido.

No sabía si eso era lo más triste de todo.

Jamie estaba de baja desde mayo. Y ya era enero.

Se había mudado a su casa de campo en octubre.

Y, sin embargo, a pesar de haber abandonado su pequeño oasis tan solo unas horas antes, ahora todo aquello le parecía muy lejano.

Como si su vida de los últimos ocho meses no hubiera existido.

Como si todo hubiera sido un sueño febril.

Una fuga provisional. Un momento de respiro entre las implacables olas.

Y, mientras contemplaba los edificios de Estocolmo recortados contra el sol, tenía la impresión de que Inglaterra estaba en otro mundo. Como si hubiera sido otra «ella» la que hubiera vivido allí.

La Policía Metropolitana de Londres. Su carrera. ¿Volvería alguna vez a todo aquello? La respuesta estaba fuera de su alcance.

¿Cómo sería volver? Volver de entre los muertos. Volver desde la oscuridad. La suya, la de su padre… Solo iba a dejarles que consultaran sus expedientes, pero el simple hecho de volver a estar tan cerca de todo eso de nuevo…

Jamie se aferró a sus piernas con las manos para dejar de temblar.

Su trabajo siempre había sido una forma de mantener a su padre lo más cerca posible. Seguir sus pasos. Hacer lo que él hacía.

Y, sin embargo, se lo habían arrebatado todo. Por dentro y por fuera.

Jamie notó un peso en el pecho y respiró hondo para expandir las costillas.

Su último caso le había valido un ascenso y una mención honorífica.

Pero no creía merecerlo por haber disparado a una persona.

Habían autorizado su vuelta al servicio activo, le habían dicho que podía regresar cuando se sintiera preparada para ello.

Todo aquello era digno de mofa, pensaba mientras escuchaba cómo se apagaban los motores y el avión se detenía al fin.

¿Preparada? No había lugar para eso en este trabajo.

Pasaban cosas malas y luego el cómo digerirlo dependía de ti.

Lo buscases o no de modo consciente, la oscuridad siempre encontraba cómo aflorar.

Es algo que te busca, como la polilla a la luz.

Y ahí estaba ella otra vez.

Jamie se desabrochó el cinturón y dejó que toda aquella tensión desapareciera de su cuerpo.

Echó un último vistazo a la silueta de Estocolmo recortada contra el sol crepuscular.

Ya era demasiado tarde para dar marcha atrás.

Jamie evitaba siempre facturar equipaje, así que pasó enseguida por el control de seguridad, con la ayuda de su pasaporte rojo para facilitar todo el proceso.

— Välkommen hem — dijo el funcionario de aduanas con una amplia sonrisa mientras se le devolvía el pasaporte. «Bienvenida a casa».

Jamie le saludó con un gesto de cabeza, sin corresponder la sonrisa. Se guardó el pasaporte en el bolsillo y se dirigió a la salida. Su mente regresaba al sueco como si nunca se hubiera ido.

Utgång .

Salida.

Era la primera vez que pisaba Suecia en diecinueve años. La última fue para acudir al funeral de su padre. Diecinueve años atrás. Pensó en ello mientras caminaba. Había hecho aquel viaje con su madre. Ninguna de las dos había dicho una palabra en todo el trayecto.

Esta vez Jamie ni siquiera le había dicho que viajaba a Suecia. No se lo había dicho a nadie. No había nadie a quien decírselo, la verdad.

Las puertas plateadas se abrieron para franquearle la salida, y el ruido tranquilo de la carretera se hizo eco dentro del aeropuerto.

Un hombre bien afeitado, de unos cuarenta y muchos, la esperaba junto al bordillo, con un Volvo sedán nuevo detrás de él.

Se apoyaba en la aleta delantera y se fijó en Jamie apenas la vio salir.

Se incorporó y caminó sobre las húmedas losas de hormigón para encontrarse con ella a mitad de camino.

Asintió con un gesto cortés para no perder tiempo.

— Kriminalinspektör Anders Wiik —dijo, con las manos firmemente metidas en los bolsillos de su abrigo negro—. Gracias por venir.

—Es un placer —dijo Jamie, con la esperanza de que no sonara demasiado falso. Aquello no era placentero. De hecho, ni siquiera algo parecido.

—¿Prefieres que hablemos en inglés? —le preguntó sin dejar de evaluarla.

Detectó un tono condescendiente en su voz, aunque no sabía por qué.

— Svenska går bra — respondió secamente. «En sueco está bien».

Wiik esbozó una sonrisa, rápida y educada, y luego continuó en su lengua materna.

—Lamento no haber podido darte más información por teléfono. La naturaleza de este caso, como podrás imaginar, es bastante delicada.

Jamie se estiró, la bolsa de viaje se hizo más evidente. Deseaba terminar cuanto antes con aquello.

Sus botas chirriaron un poco al cambiar el peso de un pie a otro. Botas ligeras de montaña. Fiables, resistentes. Listas para lo que hiciera falta.

Tal como solía estar ella.

Jamie suspiró, se sentía mucho más vieja de los treinta y siete años que tenía. Los asientos de avión siempre parecían tener la capacidad de hacerla sentir así.

—Lo entiendo. Pero me dijiste que este caso tenía que ver con los archivos personales de mi padre. Pero, lo que no entiendo, es qué podría haber en ellos que no esté también en el expediente oficial del caso.

Wiik respiró hondo, miró a izquierda y derecha. Parecía inquieto.

—Por favor —dijo, señaló al coche con un movimiento de cabeza—. Tenemos mucho trayecto que cubrir. Por el camino te explicaré todo el asunto.

Se incorporó a la carretera y aceleró con suavidad. El motor eléctrico zumbaba tenue mientras dejaban atrás el aeropuerto.