8
ANDI
El silencio en el loft era brutal. No era ese silencio reconfortante que asociaba con Mitch, el espacio que él le daba cuando necesitaba pensar, respirar.
Esto era diferente. Un silencio cortante como una navaja.
El que llega después de una tormenta, pero antes de poder recoger los destrozos.
Se quedó parada en el umbral, con el bolso aún apretado en la mano, los tacones arañando la tarima mientras entraba sin esperarle.
Él no la siguió de inmediato. Se quedó abajo, comprobando el perímetro, probablemente ya poniendo a Cerberus al tanto, ya trazando planes de los que ella quedaba excluida.
Para cuando él finalmente entró y cerró la puerta tras de sí, ella tenía los nervios tan a flor de piel que apenas podía respirar.
—No necesito un sermón —dijo sin volverse.
—Pues vas a recibir uno de todos modos.
Se giró despacio, tiró las llaves sobre la mesa de la entrada y cruzó los brazos.
—No tienes derecho a hacer esto ahora.
Mitch cerró la puerta con un clic suave y se apoyó contra ella, con los brazos cruzados como si se preparara para una detonación.
—Tengo todo el derecho porque casi te metes en una emboscada sin refuerzos. Porque ignoraste todos los protocolos. Porque pusiste tu vida, y la mía, en peligro por una conversación que no verificaste.
—Solo intentaba ayudar.
—No —dijo con voz baja y firme—. Estabas intentando demostrar que no necesitas ayuda.
Andi apartó la mirada.
—Eso no es verdad.
—Y una mierda.
Cerró los puños a los costados.
—¿Te crees que me conoces tan bien? Llevas en mi vida, ¿qué?, ¿cinco minutos?
—Te conozco lo suficiente para saber cuándo estás perdiendo el control —dijo—. Sé distinguir entre un riesgo calculado y el orgullo suicida.
Las palabras le dolieron más de lo que habría querido. Se dio la vuelta y fue hacia la cocina solo por hacer algo. Cogió un vaso, lo llenó de agua, dio un sorbo que no quería.
Mitch la siguió, pero no la acorraló. Era su estilo. Presencia. Presión. Ese dominio que no necesita alzar la voz para hacerse notar.
—No pensaba ir sola —dijo al fin, con la voz tensa—. Iba a escribirte.
—¿Eso fue antes o después de escabullirte de Coop, desactivar el rastreador, meterte en una zona muerta de vigilancia y un montón de cagadas más?
Dejó el vaso de golpe en la encimera.
—Joder, ¿quieres parar de…?
—No —espetó—. No puedes jugar a ser invencible cuando tu vida está en juego.
El silencio que siguió no era de rabia. Era letal. Ella se volvió despacio, con el pecho agitado, el pulso retumbándole en los oídos.
—¿Tienes idea de lo que es perder el control? —preguntó, cada palabra afilada—. ¿Saber que cualquiera puede arrebatarte todo lo que has construido, todo por lo que has luchado, solo porque les resultas incómoda?
—Sí.
Esa respuesta la pilló más desprevenida de lo que debería. Abrió la boca. La cerró. Volvió a abrirla.
—Sé lo que es —continuó con voz baja y firme— despertar y darte cuenta de que tu trabajo, tu misión, tu supervivencia dependen de contener unas emociones que amenazan con mandarlo todo a la mierda. Pero también sé lo que pasa cuando dejas de confiar en quienes intentan protegerte.
—Sí confío en ti.
—No —dijo—. Confías en que pare balas. No confías en mí para lo demás.
Quería negarlo. Pero no podía. Porque no estaba equivocado.
Lo miró fijamente, con un nudo en la garganta.
—Me das miedo.
—Lo sé.
—Porque ves demasiado.
—Veo lo que te esfuerzas tanto en ocultar.
—Porque si lo muestro, ya no hay vuelta atrás.
—No necesitas hacerlo —dijo—. No conmigo.
Notó el escozor detrás de los ojos. No eran lágrimas; ella no lloraba. Ni siquiera después del accidente, ni tras la detención de Rick, ni cuando se plantó ante su equipo de campaña y comprendió que uno de ellos podría estar intentando destruirla.
Pero esto era diferente. Esto era íntimo de un modo para el que no estaba preparada.
Mitch dio un paso hacia ella. No para tocarla. No para acorralarla. Solo para acercarse lo bastante como para que no pudiera fingir que no le afectaba.
—Tienes dos opciones, Andi —dijo en voz baja—. Seguir fingiendo que eres invulnerable y que te maten, o admitir que necesitas refuerzos y dejarme hacer mi trabajo.
Negó despacio con la cabeza.
—¿Te crees que esto es fácil para mí?
—No. Creo que es lo más difícil que has tenido que plantearte en tu vida.
Se le quebró la voz.
—No lo entiendes…
—Claro que lo entiendo. Crees que volver a confiar en alguien significa renunciar al poder que tanto te costó recuperar. Pero no es así. No conmigo. Yo no tomo. Yo sostengo.
La palabra la atravesó tan hondo que le flaquearon las rodillas.
Sostener… No controlar… No dominar… No usar… Sostener.
Alzó la vista y lo miró de verdad. Al hombre que la había visto en su peor momento.
Que la había sacado de una emboscada de prensa sin pestañear, que le había preparado té cuando se venía abajo y había despistado a quienes la seguían como si fuera un martes cualquiera.
Que se había quedado al otro lado de la puerta del baño sin llamar, sin preguntas, solo siendo una presencia.
—No sé cómo dejar que otro lleve las riendas —susurró.
—No tienes que saberlo —dijo él—. Solo tienes que intentarlo.
Y eso, eso fue lo que finalmente la quebró. No la amenaza. No la vigilancia. Ni siquiera la idea de que alguien de su confianza estuviera pasando información al enemigo.
Fue Mitch. Allí plantado. Inmóvil. Inquebrantable. Inflexible... ofreciéndole algo que nadie le había ofrecido jamás.
Seguridad sin condiciones. Control sin crueldad. Dominación sin destrucción.
Dio un paso hacia él. Solo uno. Suficiente para acortar la distancia. Suficiente para sentir su calor, para respirar su aroma a especias y a mando.
—Si te doy esa confianza —dijo, casi en un susurro—, ¿qué harás con ella?
—Todo lo que necesitas y deseas —dijo él—, y nada que no quieras.
A Andi se le cortó la respiración. Su cuerpo quería fundirse con él. Su orgullo quería salir huyendo. Pero su corazón, sus entrañas, le decían que esta era la línea que no podía seguir bordeando.
—Odio esto —dijo—. Sentir que renuncio a algo.
—No estás renunciando a nada —dijo Mitch—. Me lo estás dando a mí.
Cerró los ojos.
—Dilo —susurró él.
Tragó saliva, la voz quebrada.
—Confío en ti.
Cuando abrió los ojos, él seguía observándola. Pero algo en su expresión había cambiado, se había suavizado. Solo un poco. Y entonces extendió la mano. Una sola mano. Posada en su mejilla. Sin fuerza. Solo firme.
—Te tengo —dijo.
Y por primera vez... ella lo creyó.
No supo cuánto tiempo permanecieron así.
La mano de él subió para acunar su mejilla con una ternura posesiva, un agarre que hablaba de determinación inquebrantable.
La ancló tan completamente que escalofríos, como susurros de fuego helado, le recorrieron la columna, una sensación demasiado compleja para expresarla con palabras.
Andi nunca había sido de las que se rinden, ni con el corazón ni con el cuerpo.
Sin embargo, con Mitch, su carne la había traicionado mucho antes de que su mente pudiera oponer resistencia.
Su pecho se agitaba con respiraciones rápidas, casi desesperadas; cada subida y bajada reflejaba la urgencia del momento.
Cada nervio de su cuerpo parecía vibrar con intensidad, no por terror, sino por una conciencia aguda y electrizante.
No era miedo a él lo que la dominaba; era el hambre profunda e implacable que sentía por dentro, y la escalofriante certeza de que él podía reclamarla entera con una sola orden.
Su voz surgió baja y deliberada, cargada de un poder contenido.
—Ve al dormitorio.
Se le cortó la respiración, no porque las palabras la sobresaltaran, sino por la autoridad serena y desarmante que transmitían.
Abrió la boca para preguntar qué estaba pasando, una mezcla de asombro y temor, pero antes de que pudiera articular una sílaba, el tono gentil pero inflexible de él la silenció.
—No hables, Andi. Solo ve.
A regañadientes, se giró. Sus pasos eran pesados, como si algo la arrastrara a través de una neblina de duda persistente.
Atravesó el loft abierto con cuidado, rodeando la isla central; sus pisadas resonaban suavemente contra la madera pulida mientras se acercaba a la amplia entrada de su dormitorio.
Por un instante, se detuvo, paralizada por la incertidumbre.
Detrás de ella, Mitch la seguía: una fuerza constante y omnipresente, nunca demasiado cerca ni excesivamente imponente.
—Adentro —murmuró, la voz una caricia de terciopelo sobre acero frío e inflexible.
Entró en la habitación donde las sombras danzaban sobre la cama, la alfombra tejida y las paredes texturizadas, mientras la luz de la ciudad se filtraba por las altas ventanas arqueadas.
Se quedó de pie, tímida, al borde del colchón, debatiéndose: ¿debería girarse para enfrentarlo o mirar hacia la pared distante y enigmática?
—Mírame —ordenó Mitch, quitándole la decisión.
Obedeció. Lentamente, casi imperceptiblemente, se giró hasta que sus ojos se encontraron con los de él.
Un impulso invisible la obligó a abrazarse a sí misma, los dedos curvados en un gesto de autoprotección.
Aunque él no había alzado la voz ni le había puesto una mano encima con ira, su piel vibraba con una energía temblorosa y anticipatoria.
—Quítate la ropa —dijo suavemente, pero con resolución inquebrantable.
Abrió los ojos de par en par, sobresaltada.
—Qué...
—Eso no fue una petición, Andi, fue una orden —la interrumpió, en un tono que no admitía réplica.
El corazón le latía con violencia; cada latido convulsivo la sacudía por dentro mientras las rodillas amenazaban con fallarle ante la intensidad del momento.
—Esto no va de sexo —continuó, las palabras medidas y deliberadas—. Va de confianza. Me dijiste que confiabas en mí. Ahora, demuéstramelo.