El guardaespaldas (Club Southside nº 10) 7
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MITCH

La brecha no había venido de fuera. Eso fue lo primero que Mitch confirmó cuando terminó de cargarse la sincronización de datos de Cerberus.

Estaba de pie en el borde del loft de Andi, con los hombros erguidos y los ojos fijos en la tableta encriptada mientras los registros se desplazaban por la pantalla.

Puntos de entrada limpios. Sin alertas del sistema.

Cámaras de vigilancia intactas. Nada inusual en el registro de acceso, salvo lo que faltaba.

Las cámaras no habían captado ningún rastro de la entrega, solo a un mensajero uniformado ante la entrada principal del edificio, con un sobre blanco estándar en la mano y una franja roja cruzando el sello.

Deslizó el dedo hacia la siguiente pantalla y abrió los metadatos de comunicaciones que Cerberus había marcado para revisión secundaria.

Acceso a archivos internos desde una credencial falsificada vinculada a la estación de trabajo de un asistente junior.

En teoría, parecía un accidente. Hasta que se rastreaban las marcas de tiempo.

Los inicios de sesión coincidían con las noches en que el horario de Andi había cambiado a última hora.

Alguien los estaba vigilando. Y alguien estaba pasando esa información a quien quería ver a Andi vulnerable.

Mitch cerró la tableta de golpe y la bloqueó.

El sol apenas había asomado por el horizonte.

La ciudad, al otro lado de los ventanales del loft, resplandecía en tonos gris azulados con el amanecer.

Andi seguía dormida; lo había comprobado diez minutos antes.

Se acurrucaba contra la almohada como si no hubiera visto su vida hacerse añicos.

Y a pesar de todo, él seguía observando cómo su pecho subía y bajaba, como si fuera el único ritmo en la habitación que importara.

Ella no le había dicho que se estaba desmoronando, al menos no explícitamente.

No hacía falta. Él había visto cómo desapareció en aquella ducha la noche anterior y cómo había salido envuelta tan apretadamente en aquel peculiar albornoz de chenilla que podría haberse quebrado si él la hubiera tocado de forma brusca.

Así que no la había tocado. Había esperado, le había preparado una taza con su té favorito y luego le había ofrecido lo único que ella no podía pedir: espacio sin distancia.

Pero el espacio tenía límites. También la paciencia. Y él se estaba acercando rápidamente al final de ambos.

Mitch cogió el teléfono y escribió un breve mensaje en el canal seguro de Cerberus.

Solicitud de cobertura de cliente: Coop McCullough. Ventana de cuatro horas. Llegada a las 09:30. Informe completo en el traspaso.

Vio cómo se enviaba el mensaje e inmediatamente escribió un segundo al número privado de Coop:

Necesito que sigas a Donato esta mañana. Sin desviaciones. Sin excepciones. Estaré de vuelta a las 13:30.

Cerberus lo llamaría una rotación profesional. Mitch sabía que no era así. No se estaba alejando para informar al mando. Necesitaba otro tipo de consejo, uno que no podía obtener de un informe de campo.

Y solo un lugar tenía sentido.

El Club Southside abría a las once. No para el público. Ni siquiera para socios acreditados, a menos que tuvieran autorización. ¿Pero el salón privado? Ese salón privado permanecía accesible para el personal de Cerberus y para cualquier camarero, cocinero o empleado de limpieza que se necesitara.

Mitch no entró como quien pide permiso. Nunca lo había hecho.

Paredes oscuras. Suelos de madera pulida.

El lugar estaba tranquilo a esa hora del día; el silencio se extendía por el espacio como un pulso, constante y familiar.

Algunos empleados del turno de mañana pasaron junto a él con asentimientos corteses.

Uno o dos lo reconocieron con algo más: miradas persistentes, cambios sutiles de postura, el más leve esbozo de sonrisa destinado a señalar una invitación.

Ignoró todo aquello. No estaba allí para jugar.

Royce Sanders ya estaba en la mesa del rincón cuando Mitch llegó.

Kingston Coltrane se unió a ellos menos de un minuto después, con una camisa gris pizarra arremangada hasta los codos y el tipo de expresión que decía que se había saltado el entrenamiento matutino para que la reunión pudiera celebrarse.

—Pensé que el infierno se congelaría antes de que volvieras aquí —dijo Kingston mientras se acomodaba en su asiento.

—No estoy aquí para trabajo de escena —dijo Mitch—. Estoy aquí por información.

Royce arqueó una ceja.

—¿De nosotros o sobre el caso?

—Ambas cosas.

Un camarero trajo café, negro, fuerte, servido sin preguntar. Royce dio un sorbo al suyo. Kingston se reclinó con un gruñido.

—¿Estás cubriendo a Donato? —preguntó Royce.

—Sí.

—Y ya estás rompiendo el protocolo —dijo Kingston, mirando el reloj—. Ella no sale del loft sin escolta.

—No lo hará. Dejé a McCullough con ella.

Royce entrecerró los ojos.

—Aun así, no es propio de ti.

Mitch no respondió de inmediato. Se concentró en el café, dejando que el calor lo centrara, que la familiaridad de aquella habitación se asentara en algún lugar bajo su piel.

No había estado allí en meses. Tal vez un año.

La última vez que había puesto un pie en uno de los clubes, no había sido aquel.

Había despachado a una mujer con lágrimas en los ojos y el orgullo hecho pedazos en el club de Londres, Baker Street.

—¿Estás pensando en ella? —preguntó King; muy poco escapaba a su atención.

Mitch asintió secamente. Una sumisa vinculada al enlace diplomático sudafricano.

Inteligente, hermosa y, como se demostró, manipuladora como el demonio.

Lo asignaron al equipo de protección diplomática del embajador.

La mujer quería más de lo que él podía dar.

Quería poseerlo, y al final los traicionó a todos.

Había tenido que neutralizarla como amenaza, y ahora cumplía condena en una prisión inglesa. Ella había pensado que podía usar como arma tanto su posición en la delegación como su sumisión a Mitch. Había pensado obligarlo a elegir entre el contrato para proteger al embajador y su relación con ella.

Él eligió el trabajo. El juicio de ella había arrastrado su nombre por el fango con suficientes insinuaciones para dejarlo marcado durante seis meses. Juró que nunca volvería a cometer el error de mezclar emoción con control... hasta ahora.

Royce se inclinó hacia delante.

—Entonces, ¿qué pasa? ¿Donato es diferente?

Mitch asintió una vez.

—Ella no finge. No pide consuelo. Simplemente... lo maneja. Hasta que no puede.

—Eso no es debilidad —dijo Kingston—. Es justo el tipo de fortaleza que se quiebra si nadie lo nota a tiempo.

—Se está desmoronando —dijo Mitch—. Pero no lo admitirá. No pedirá ayuda. Y si presiono, la pierdo.

—Y si no lo haces, se muere —añadió Royce—. Vaya papeleta.

Un silencio se extendió entre ellos.

Kingston fue el primero en romperlo.

—Entonces, ¿por qué estás aquí en realidad?

—Porque la deseo. Y no sé si podré protegerla como necesita si cruzo esa línea.

Royce soltó una risa seca.

—Cruzaste esa línea cuando empezaste a prepararle el té.

Kingston esbozó una leve sonrisa.

—O cuando rechazaste a Bridget la última vez que se ofreció a hacer una escena contigo.

Una voz ronroneó cerca.

—Me rechazó dos veces, para ser exactos.

Mitch no necesitó girar la cabeza para saber quién era.

Bridget, una de las camareras y antigua sumisa con la que había jugado esporádicamente años atrás, se apoyaba contra el pilar del fondo como si hubiera salido de una película noir: vestido ceñido, ceja arqueada y un vaso de escocés que no estaba bebiendo.

Su problema fundamental era que era mejor camarera que sumisa.

—¿Me echas de menos, Mitch? —preguntó mientras pasaba un trapo por la barra.

Ni parpadeó.

—No.

La sonrisa de ella titubeó.

—¿Ni siquiera sientes curiosidad?

—Ya no.

Kingston alzó la vista hacia ella.

—Aquí rige la etiqueta del club, Bridget. No está disponible.

—Solo estaba saludando.

—Pues saluda y vete —dijo Mitch con voz neutra.

Bridget se demoró un segundo más y luego se dio la vuelta; el repiqueteo de sus tacones se alejó hacia la barra. Mitch la observó marcharse, no porque le interesara, sino para asegurarse de que lo hiciera.

Royce lo miró largamente.

—Estás metido hasta el cuello, ¿eh?

—No hago las cosas a medias.

—Por eso te va a destrozar si sale mal —dijo King.

—Lo sé —dijo Mitch con un gesto de asentimiento. Apuró el café y se levantó—. Gracias por el consejo.

—Cuando quieras —dijo Kingston—. Pero no tardes mucho. Si sigues presionándola, o se romperá... o saldrá huyendo.

Mitch asintió una vez y salió del salón hacia el aire más fresco del corredor superior del club.

El móvil le vibró en el bolsillo. No era la línea de trabajo. Era la alerta encriptada de Cerberus.

Lo sacó y leyó el mensaje.

Donato salió del loft. Sola. Rastreándola. Posible movimiento no autorizado.

Se le heló la sangre.

Tecleó una respuesta y accedió a la transmisión en directo. Una cámara la captó entrando en una de las estaciones del L cerca de Lakeshore. Sin seguridad, sin escolta. Bolso bien sujeto. Concentrada. Resuelta.

Había un segundo mensaje adjunto a la alerta:

Recibió llamada de móvil desechable. Dice ser informante. Envió ubicación. No avisó a nadie.

Mitch ya estaba en movimiento. No maldijo. No gritó. Solo empezó a planificar. Fuera lo que fuese aquello en lo que ella creía estar metiéndose, no lo haría sola. Ya no. No mientras él pudiera evitarlo.

No había cambiado el paso. No había mirado por encima del hombro. No había hecho un solo gesto que indicara que sabía que la seguían. Eso no era valentía. Era arrogancia.

Mitch la localizó en cuanto bajó del tren y se dirigió hacia la franja en sombras del Parque Riverline, un lugar perdido en un distrito en ruinas, lo bastante lejos de sus zonas de campaña como para levantar sospechas.

No lo bastante cerca del centro para el tráfico peatonal habitual.

No lo bastante lejos para una cobertura limpia de vigilancia de Cerberus. Una zona muerta.