El guardaespaldas (Club Southside nº 10) 6
31%

6

ANDI

Al día siguiente se dirigieron a la oficina de campaña. Mitch se aseguró de que no hubiera nadie que no debiera estar. Andi esperó hasta que le dio la espalda. Treinta segundos. Eso era todo lo que necesitaba.

Maya acababa de meterse en el hueco del almacén, al fondo de la oficina de campaña, y había sacado el móvil como si necesitara un respiro.

Andi no la culpaba. El ambiente llevaba toda la mañana cargado.

La mitad del personal andaba de puntillas, como si tuviera miedo de respirar demasiado fuerte, y la otra mitad parecía esperar que Mitch apareciera de detrás de un archivador y se pusiera a torturar becarios.

Lo cual, siendo justos, no era del todo descabellado. Andi cruzó la sala con el pretexto de coger su bloc de notas, pasó junto a la puerta del hueco y se coló dentro, silenciosa y rápida.

Maya levantó la vista, con las cejas arqueadas.

—¿Problemas?

Andi mantuvo la voz baja.

—Tienes que revisar los registros de acceso otra vez. Cada inicio de sesión. Cada archivo abierto. Busca entradas fuera de horario en la carpeta de comunicaciones: rutas de campaña, argumentario, cualquier cosa que hayamos enviado en la última semana.

Maya frunció el ceño.

—¿Crees que es uno de los nuestros?

—Creo que alguien entró sin activar ni una sola alarma. Eso requiere información privilegiada. Información interna. Solo… no lo hagas a través del servidor central.

—Andi…

—Necesito que hagas esto en silencio.

Maya vaciló, luego asintió con firmeza.

—Empezaré a sacar nombres.

Andi se dio la vuelta para irse y se encontró de frente con el pecho de Mitch. Estaba allí plantado. En silencio. Bloqueando la puerta, con los brazos cruzados y la mirada impenetrable.

Andi sintió esa mirada y se le encogió el estómago.

—Maya —dijo Mitch con calma, sin apartar los ojos de Andi—, déjanos solos.

Maya salió disparada.

Andi pasó junto a él y salió al pasillo como si no hubiera pasado nada.

—Estamos en medio de una inspección…

—No. Hemos terminado.

Su voz era baja. Controlada. Pero ella reconoció el acero en su tono. No estaba haciendo una sugerencia. Estaba dando una orden.

Ella apretó la mandíbula.

—No he terminado.

—Ahora sí.

No hablaron de camino al todoterreno. El silencio se extendió tan tenso que le dolían los dientes. Cuando él abrió la puerta del pasajero, ella se detuvo y lo miró directamente a los ojos.

—Estás enfadado.

—Estoy furioso —dijo con calma.

Ella subió. En cuanto él rodeó el todoterreno por delante, se metió, cerró las puertas y el vehículo arrancó, llegó la explosión.

—¿En qué demonios estabas pensando? —gruñó Mitch, volviéndose hacia ella—. Has organizado una reunión clandestina con tu jefa de gabinete en un edificio que ya he señalado como comprometido.

—No organicé nada. Tuve una conversación.

Él resopló.

—Esperaste a que te diera la espalda, te escondiste detrás de una esquina y susurraste instrucciones como si estuvieras pasando información clasificada. Eso fue ocultamiento deliberado.

—Porque no me dejas respirar si no estás mirando.

—Estoy mirando porque alguien está intentando meterte una bala en el cráneo, Andi.

Estalló, rápida y cortante.

—Nadie me ha disparado…

—Todavía.

Andi suspiró.

—¿Así que ahora no puedo hablar con mi propio equipo?

—No cuando entre tu equipo puede estar el topo.

—Conozco a esta gente.

—Crees que los conoces —espetó—, pero alguien de entre ellos vigila tu dormitorio, tu balcón y tu agenda privada. Ya no sabes nada.

—¿Crees que eso justifica el control total sobre mi vida?

—Sí —dijo sin vacilar—. Creo que cuando alguien te ha marcado como objetivo y ha demostrado que sabe en todo momento dónde estás, quién te rodea y hasta lo que pasa en tu maldita ventana del dormitorio, el control deja de ser opcional.

Ella apartó la mirada, con los brazos cruzados con fuerza.

—¿Crees que disfruto con esto? —preguntó.

Mitch no respondió.

Se volvió hacia él.

—¿Crees que disfruto que me sigan, me controlen, me encierren en mi propia casa, me traten como una muñeca de cristal que tiene que pedir permiso para moverse?

—No —dijo—. Creo que te aterroriza admitir cuánto más fácil es cuando no eres tú quien manda.

Sus ojos se entrecerraron.

—Eso no es cierto.

—No te inmutaste cuando me hice cargo de la logística. No te resististe cuando te saqué del Alder Club. Obedeciste en ese callejón como si fuera instinto.

—Eso no fue obediencia. Fue supervivencia.

—¿Y esto no lo es? —replicó—. Estás intentando buscar resquicios en una situación donde los resquicios te matarán.

Su voz bajó. Furia controlada.

—Eres inteligente, Andi. Pero no estás entrenada para esto. Deja de fingir que sabes cómo manejar amenazas que ni siquiera puedes ver.

—¿Y qué, tú eres el único que puede saber? —espetó—. ¿Tú decides adónde voy, a quién veo, qué le digo a mi equipo? ¿Me quieres callada y sumisa?

—Te quiero viva.

Se llevó una mano a la frente, mordiéndose los labios para no gritar.

—¿Crees que esto es fácil para mí? Mitch, he luchado por cada centímetro de credibilidad que tengo.

Cada donante, cada discurso, cada maldito titular.

Me he pasado la vida entera luchando con uñas y dientes para escapar del estereotipo. Si muestro debilidad…

—¿Crees que confiar en alguien es debilidad?

Titubeó.

—Creo que renunciar al control es peligroso.

—No —dijo Mitch—. El control es lo que usas para sobrevivir. Pero ¿la confianza? Eso es lo que te mantiene cuerda.

Andi tragó saliva con dificultad, la garganta tensa. Le salió un hilo de voz.

—No sé cómo hacer esto.

—Sí lo sabes —dijo él en voz baja—. Solo que no quieres admitir que ya lo has hecho.

Sus miradas se cruzaron. Él no estaba alardeando. Ya no estaba enfadado. Tenía razón, y eso la aterrorizaba más que nada.

No hablaron en lo que quedaba de trayecto.

De vuelta en el loft, subió con él en el ascensor en silencio y fue directa al baño principal. No dio un portazo. No hacía falta… el pestillo se cerró con un clic suave.

Abrió la ducha y se apoyó contra la pared, mirando su reflejo en el espejo del tocador. Tenía la piel pálida. Los ojos demasiado abiertos. La postura demasiado rígida. Parecía alguien que se aferraba al borde de un precipicio sin más que su orgullo.

El vapor empañó el espejo, ocultando lo peor. Se quitó la ropa lentamente, dejando que cada prenda cayera al suelo de baldosas. Se metió bajo el chorro e inclinó la cabeza hacia atrás hasta que el agua le inundó los oídos y el mundo desapareció.

No lloró, pero estuvo a punto.

Aquello ya no iba de política. Hacía tiempo que no. Iba de supervivencia. Y de confianza. Y de cuánto de sí misma podía entregar sin perder todo lo que había construido.

Cuando por fin salió, con el pelo mojado y la bata bien ceñida a la cintura, abrió la puerta del baño y se quedó paralizada.

Mitch estaba allí. Sentado en el suelo junto a la puerta, la espalda contra la pared, una pierna estirada, la otra doblada. En las manos sostenía una taza blanca —su favorita—, la cerámica caliente por el té de dentro.

No levantó la vista. No habló. Se limitó a tenderle la taza. Andi la cogió, y sus dedos rozaron los de él.

El calor de la taza se extendió por su palma como un permiso. O un perdón. O quizá solo un recordatorio de que no todas las decisiones tenían que ser suyas y solo suyas.

No le dio las gracias. No hacía falta, porque él no necesitaba sus palabras, solo su confianza. Y, quizá, con el tiempo, su rendición.

Las sillas plegables ocupaban cada rincón de la sala, y la gente se desbordaba de la sala de conferencias de la Iniciativa de Desarrollo Comunitario del South Side.

Organizadores locales, defensores de la vivienda, propietarios de pequeños negocios con manos curtidas y ceños fruncidos.

Todos tenían algo en juego en lo que ella proponía. Todos merecían respuestas.

Y Andi les dio exactamente eso.

Estaba de pie al frente de la sala con una chaqueta burdeos desestructurada, un top de seda y pantalones negros, un marcado contraste con los vaqueros raídos y las mangas remangadas a su alrededor.

Pero no posó. No sermoneó. Habló como siempre —clara, firme y con el tipo de convicción que no se puede fingir.

Su plan de campaña era audaz. Su propuesta de reforma fiscal, aún más.

Pero ¿aquella gente? Las promesas no les impresionaban.

—Sí, soy consciente de que mi propuesta de vivienda pisará algunos callos de promotores de alto nivel —dijo—. Y por eso precisamente la redacté así. Se acabaron los tratos ventajosos que expulsan a las familias de los barrios que ellas mismas construyeron.

Un aplauso recorrió la sala, pero Andi apenas se inmutó.

Mantuvo la mirada fija en la mujer de la primera fila, que no había apartado los ojos ni un momento.

Una maestra jubilada. Del South Side de toda la vida.

La subida del precio de la vivienda había obligado a su nieta a dejar el piso el mes pasado.

—No estoy aquí para mantener estructuras de poder diseñadas para mantenernos sumisos. Estoy aquí para cambiarlas —dijo Andi, con voz calmada pero cortante—. Si eso incomoda a los ejecutivos del centro, bien. A lo mejor así empiezan a escuchar.

Otra ola de aplausos, más fuerte esta vez. Mantuvo la postura relajada, la expresión firme. Respondió a cada pregunta sin vacilar, redirigió las interrupciones con elegancia y plantó cara cuando uno de los representantes empresariales intentó suavizar sus palabras.

No era su primera batalla; no sería la última.

Y sin embargo… lo notaba. Incluso de pie frente a aquella sala, con fuego en la voz, sentía el cuerpo al límite de sus fuerzas.

Las horas le estaban pasando factura. Las amenazas.

La presencia constante del peligro. Y luego estaba Mitch —el silencioso, el omnipresente Mitch— plantado como un pilar oscuro cerca de la salida trasera, brazos cruzados, la mirada fija no en la multitud sino en cada puerta, cada sombra, cada movimiento a su alrededor.

No la miraba con admiración ni orgullo. La miraba como si fuera un blanco.