El guardaespaldas (Club Southside nº 10) 5 #2
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Se le cortó la respiración. No por sus palabras, sino por la facilidad con que atravesaban sus defensas. Miró hacia el horizonte, abrazándose la cintura, apretando la bata de felpilla como si esta pudiera mantenerla entera.

—No puedo permitírmelo —dijo en voz baja—. No en mi vida. No en mi carrera. No en una ciudad donde mil desconocidos diseccionan cada decisión que tomo buscando una razón para llamarme débil.

Él estaba más cerca ahora. Podía sentirlo. Sin tocarla. Simplemente ahí.

—No eres débil —dijo—. Estás hecha para el control. Pero necesitar soltarte de vez en cuando no te hace menos poderosa. Te hace humana.

—¿Y tú? ¿No necesitas soltarte?

Mitch asintió.

—Lo necesito. Creo que tú podrías encontrar alivio en la sumisión con la pareja adecuada; yo encuentro el mío en la dominación.

Gran parte de mi vida se me va reaccionando a situaciones fuera de control.

Con D/s, tengo el control absoluto. Con la pareja adecuada, hay un yin/yang en la relación que funciona para ambos por igual.

—No importa —se le quebró la voz—. Aunque quisiera eso... aunque te quisiera de esa manera, no hay sitio para ello. No con todo lo que se me viene encima.

—¿Me quieres de esa manera? —preguntó él con voz grave.

Andi se volvió lentamente para mirarlo. El aire entre ellos vibraba con todo tipo de tensión —peligro y deseo, por nombrar solo dos—; espesa, potente, cargada de todo lo que ninguno de los dos quería admitir, y mucho menos decir.

—Sabes que sí —susurró—. Y esa es la parte que me aterra.

Su mirada se clavó en la de ella.

—Entonces dilo.

—No.

—Dilo igual.

—No puedes mangonearme como si...

—¿Como qué? —la desafió, y se acercó tanto que ella apenas podía respirar—. ¿Como alguien que sabe exactamente lo que necesitas?

Ella no retrocedió.

—Como alguien a quien no puedo permitirme desear.

Su boca estaba a un suspiro de la de ella.

—Pero me deseas.

Apretó los puños a los costados, resistiendo el impulso de golpearlo o de atraerlo hacia ella. Quizás ambas cosas.

—No puedo ser esa chica —dijo—. La que cede ante algo que no puede controlar.

—No estarías cediendo —dijo Mitch—. Estarías eligiendo dejar que alguien te quiera lo bastante como para liberarte de esa carga.

Las palabras la golpearon con fuerza, casi más que el beso de la noche anterior.

Andi negó con la cabeza y retrocedió un paso.

—No sé cómo elegir eso y sobrevivir en el mundo en el que vivo.

—No estarías sola ni en la elección ni en tu mundo. El D/s es una manera de que las parejas conecten sexual y emocionalmente, y después proyecten esa intimidad hacia fuera.

Se dio la vuelta, intentando enterrar el deseo en el mismo lugar donde guardaba sus arrepentimientos. No encajaba. Nunca encajaría. Lo peor era que ese deseo empezaba a sentirse como algo más que una fantasía. Como una elección que tendría que tomar... y pronto.

Antes de que pudiera responder, antes de encontrar las palabras adecuadas o el aliento para pronunciarlas, el panel de seguridad del loft emitió un pitido.

Mitch cruzó la habitación en un instante y comprobó la pantalla. Un mensajero uniformado esperaba frente a la entrada principal del edificio con un sobre blanco estándar que tenía una franja roja en el sello.

A Andi se le encogió el estómago.

Él la miró por encima del hombro.

—Quédate ahí.

Esta vez no discutió. Mitch tecleó el código para abrir la entrada principal del edificio y salió al encuentro del mensajero. Andi observó desde lejos, abrazándose a sí misma, mientras el sobre cambiaba de manos con un asentimiento y nada más. Sin verificación de identidad. Sin solicitud de firma.

Cuando regresó, su rostro era indescifrable, pero tenía la mandíbula tensa.

Le entregó el sobre. Era más grueso que los anteriores. Más pesado. No era solo una carta.

Le temblaron ligeramente las manos mientras abría el sello.

Dentro había tres fotografías más. Alta resolución.

Blanco y negro. Una era de ella sentada en su escritorio en la sede de campaña, sola, tecleando.

Otra de ella de pie en el balcón del loft, taza en mano, contemplando el lago.

Y la tercera... la tercera era de esa misma mañana, tomada a través del cristal de la ventana de su dormitorio.

En la imagen estaba dormida, con el cabello extendido sobre la almohada, la sábana enredada en la cintura, completa y aterradoramente ajena a todo.

Se le escapó un gemido ahogado. Mitch le quitó las fotos de las manos con cuidado y las examinó con ojo experto.

—Ángulo alto —dijo—. Posiblemente desde un dron. Pero el reflejo en esta indica que la tomaron desde dentro del edificio —añadió, señalando la foto de la campaña.

Se le cortó la respiración.

—¿Alguien de mi equipo?

—O alguien que tuvo acceso.

Andi se dejó caer en el borde del sofá, incapaz de apartar la vista del sobre.

—¿Por qué ahora? —susurró—. ¿Por qué mostrarme esto ahora?

—Porque quieren que tengas miedo —dijo Mitch—. Quieren que sientas que nunca estás sola. Que siempre te están observando.

Y en ese momento, lo sintió todo. Cada fibra de ello: la certeza de saberse observada, la violación, y algo más. Algo más oscuro. El impulso de reclamar las partes de sí misma que le iban arrancando una amenaza, una fotografía, una pregunta sin respuesta cada vez.

Recuperar el control, pero no como siempre lo había hecho. No con muros. No con distancia. No con palabras afiladas y sonrisas más afiladas aún, sino con entrega; no al peligro, no al miedo, sino a él.

Al único hombre que no se inmutaba cuando ella estallaba, que no huía cuando lo apartaba, que no trataba su poder como algo que temer, sino como algo que proteger.

Levantó la vista hacia Mitch. Él la observaba, silencioso y firme, como si ya supiera lo que estaba a punto de hacer... o de decir... o de romper.

La guerra en su pecho arreció. Y esta vez, no sabía si le quedaban fuerzas para seguir luchando.

Su teléfono vibró una vez. Luego otra. Ella no miró. Mitch sí.

—Algo va mal —dijo él, ya en movimiento.

Cogió el teléfono, con el corazón acelerado. Nuevo mensaje. Sin nombre. Sin número.

Está más cerca de lo que crees.

Andi no se movió al principio. El mensaje seguía brillando en la pantalla de su teléfono, afilado y burlón. Las palabras le oprimían el pecho como un torno que se cierra lentamente, y al otro lado del loft, Mitch se había acercado a la cocina, ya en movimiento, ya cazando sombras.

Y fue entonces cuando lo supo: la filtración no estaba solo dentro de su campaña, estaba mucho más cerca.