5
ANDI
Había vuelto allí. Al decadente salón del ático de Rick Wexler, el de los ventanales del suelo al techo y la mesa de cristal siempre manchada de huellas y de algo más que prefería no nombrar.
La música estaba demasiado alta: una pista de club cargada de sintetizadores que rebotaba en el acero y el mármol.
Su voz se estrellaba contra el ruido. Recordaba haber gritado, con la garganta en llamas, exigiéndole que soltara la bolsa.
Que las cámaras de fuera lo habían visto entrar. Que ya lo había encubierto dos veces.
Rick se rio. Se rio, como si ella fuera el remate de un chiste… un chiste que acababa en esposas y fotos policiales. Aun así, alargó la mano hacia la coca. Andi se abalanzó.
Entonces la puerta se abrió de golpe. Uniformes azules, armas desenfundadas. Gritos.
Manos sobre ella. Alguien la empujó hacia atrás mientras otro gritaba su nombre como si fuera ella la que estaba cometiendo un crimen. Recordaba cómo le temblaban las manos mientras se las forzaban a la espalda. El sonido de las esposas al cerrarse.
No estaba drogada. Ni siquiera había bebido. Pero eso no importó.
Lugar equivocado. Momento equivocado. Hombre equivocado.
Andi se incorporó de golpe en la cama, con el corazón retumbando en el pecho como si hubiera recorrido Michigan Avenue de punta a punta. Las sábanas estaban húmedas. Respiraba de forma entrecortada. Por un segundo, no supo dónde estaba.
Entonces lo oyó: el clic suave de una taza al posarse sobre madera. Su mirada se clavó en el umbral del dormitorio.
Mitch estaba justo en el umbral, enmarcado por la tenue luz matutina del loft. No habló. No se movió. Solo la observó.
Vestía de negro otra vez: vaqueros y una camiseta de manga larga que se ceñía a su cuerpo como si alguien la hubiera cosido allí. Cruzó los brazos sobre el pecho. Postura relajada. Pero la alerta en sus ojos era cualquier cosa menos eso.
—Estabas soñando —dijo con voz serena.
—¿Soñando? No. ¿Pesadilla? ¿Revivir un recuerdo? Sin duda —murmuró mientras se pasaba una mano por el pelo.
No necesitaba un espejo para saber que probablemente tenía el maquillaje corrido bajo los ojos desde la noche anterior. Se veía destrozada. Se sentía peor.
Él se acercó a la estantería baja junto a la puerta y recogió el café que había dejado allí. Sin decir palabra, se lo llevó.
Ella se arrebujó más en la sábana, más por instinto que por pudor. A él no le importaba el pudor. Le importaba la vulnerabilidad. Y odiaba que él viera la suya con tanta claridad.
Le tendió la taza.
Ella la cogió sin mirarlo a los ojos.
—¿Siempre observas a las mujeres mientras duermen?
—Solo a las que reciben amenazas de muerte.
—¿Me oíste?
—Gritaste.
Se le cerró la garganta. Dio un largo trago de café para no tener que responder.
—Entré corriendo en cuanto te oí —añadió él.
Eso hizo que alzara la vista.
—¿Y?
—Estabas luchando en sueños —dijo—. Fuera lo que fuese, no era solo un sueño. Te estabas defendiendo.
Ella clavó la mirada en su café.
—¿Quieres hablar de ello? —preguntó él, con voz más suave.
—No.
—Vale.
Ella parpadeó.
—¿Ya está?
—No me debes tu pasado. Pero deberías saber que ya he leído el expediente.
Claro que sí. Rodeó la taza con ambas manos y contempló el vapor que ascendía.
—Entonces, ¿para qué preguntar?
No esperó a que respondiera.
—Salí con Rick Wexler. Seguro que ya lo sabías.
—Así es.
—Intenté que dejara de consumir —dijo en voz baja—. Intenté sacarlo de una fiesta en la que nunca quise estar. Las drogas no eran mías. Retiraron los cargos. Pero dio igual. La prensa lo pintó como si yo estuviera allí por la fiesta, no para apagar el fuego.
Alzó la vista, medio esperando un juicio. No lo hubo. Solo su expresión firme e indescifrable.
—Después de aquello —añadió—, me prometí que no dejaría que nadie me pusiera en una situación que no pudiera controlar.
Él enarcó una ceja.
—¿Y qué tal te va con eso?
Ella soltó un resoplido seco, sin rastro de humor.
—Pues no sé. Estás en mi casa, armado, dándome órdenes y, por lo visto, observándome mientras duermo. Así que sí, de maravilla. No podría ir mejor.
El tono cortante no lo inmutó lo más mínimo.
En lugar de eso, volvió a cruzar los brazos y se apoyó en el marco de la puerta.
—Pediste protección.
—Yo no pedí nada. Lo hizo Maya. Y ni siquiera estoy segura de que Maya estuviera pidiendo un amo con chaleco antibalas.
La mirada de él se afiló.
—Pero tampoco dijiste que no.
Los dedos de ella se tensaron en torno a la taza.
—¿Lo disfrutas?
Él no fingió no entender.
—Sí.
—Esa seguridad —dijo ella, bajando la voz—. El control. Las reglas.
—Sí.
Ella lo miró largamente.
—¿No te agota nunca? Cargar con la seguridad de los demás como si fuera una responsabilidad con la que naciste.
—No —dijo—. Porque no cargo con lo que no es mío. Solo acepto lo que me entregan.
Algo en esa frase se le coló bajo la piel.
—¿Es eso lo que crees que estoy haciendo? —preguntó ella—. ¿Cederte mi poder?
—No me has cedido nada —dijo él—. Todavía no.
El pulso de Andi se agitó.
—Pero crees que lo haré.
—Creo que quieres hacerlo.
Quería negarlo. De verdad que sí. Pero las palabras no le salían.
En cambio, preguntó:
—¿Y si lo hiciera? ¿Qué harías con él?
Se apartó del marco de la puerta y entró en su habitación. Sin prisa. Sin dramatismo. Con movimientos deliberados. Cruzó la habitación y se detuvo a un metro de su cama.
—Lo protegería. Lo honraría. Te exigiría más de lo que nadie te ha exigido jamás. Y nunca te dejaría caer.
Tragó saliva. El café en sus manos se había enfriado.
—¿Y qué esperarías a cambio? —susurró.
—Verdad —dijo él—. Obediencia. Respeto.
—Eso suena mucho a posesión.
Él la estudió y luego pronunció las palabras como si fueran hechos.
—Solo si te entregas voluntariamente. De lo contrario, no es sumisión. Es coacción. Y eso no me interesa.
El corazón le latía con fuerza contra las costillas.
—¿Y si no sé cómo? —preguntó; la pregunta se le escapó antes de que pudiera detenerla.
—Se aprende —dijo él—. Con la pareja adecuada.
Lo miró fijamente, con la garganta apretada, el cuerpo tenso de maneras que no tenían nada que ver con el miedo y todo que ver con lo que él representaba. Con lo que prometía.
Poder… Seguridad… La capacidad de dejarse llevar por fin.
Andi bajó la mirada hacia su regazo, con los dedos de una mano rozando el borde de la sábana. Se sentía expuesta de una manera que no acababa de entender, no por lo que él veía, sino por la facilidad con que parecía ver a través de ella, como si fuera de cristal.
Después de un largo silencio, dijo:
—Me asustó. Aquella noche. Ver cómo lo arrestaban. Sentir las esposas en las muñecas. Sabía que un solo error podía deshacer mi vida, todo por lo que había trabajado.
—No te culpo.
—Nunca quise volver a sentirme tan indefensa.
Mitch se agachó hasta quedar a la altura de sus ojos.
—No estás indefensa ahora —dijo—. Pero sigues cargando con ello. Con todo. Sola. Me pregunto qué crees que ganas con eso.
No respondió.
—Eres fuerte, Andi. Pero hasta las personas fuertes necesitan a alguien en quien apoyarse.
—¿Y crees que puedes ser ese alguien?
—Creo que ya lo soy.
Apartó la mirada, pero no discutió. Ese silencio, su silencio, era lo más cercano a un permiso que él obtendría jamás.
No dijo nada más y se negó a mirarlo a los ojos. Mitch se incorporó cuan alto era, la observó un momento más y luego se dio la vuelta y salió de la habitación, dejando tras de sí solo el aroma a cedro y especias que se desvanecía.
Andi se quedó inmóvil un momento; la cerámica fría de la taza de café la anclaba en el presente mientras sus pensamientos se disparaban en todas las direcciones equivocadas.
Nunca había querido que un hombre tomara el control de su vida.
No cuando importaba. No después de Rick.
No después de aquel momento en que le pusieron las esposas en las muñecas e ignoraron su voz, fijándose solo en su apellido y su código postal.
Había pasado cada minuto desde entonces ganándose su poder, construyendo su imagen. Recuperando el control.
Y ahora, un hombre exasperante, guapo y de una firmeza enloquecedora estaba agrietando sus cimientos con nada más que una voz grave y una convicción inquebrantable.
La aterrorizaba. La emocionaba. Y ese era el problema.
Dejó la taza en la mesita de noche y se puso de pie. La bata de felpilla que colgaba del gancho cercano le rozó las rodillas al ponérsela. El suelo estaba fresco bajo sus pies descalzos. Entró en el loft principal y alcanzó a oír el final de la llamada de Mitch en su dispositivo encriptado.
—…no, está a salvo. Por ahora. Esta tarde empezaremos con los protocolos de interrogatorio completos a su personal. Marca cualquier cosa que tenga conexión con The Alder Club, incluso contactos de segundo grado. Del resto me encargo yo.
Terminó la llamada y se giró, sin sorprenderse de verla allí.
Andi fue hacia la cocina, abrió un armario y sacó su barrita de proteínas favorita, la de canela.
—¿Así que ahora vamos a interrogar a mi equipo de campaña?
Apoyado en la encimera, cruzó los brazos de nuevo, como si estuviera tallado en disciplina.
—Los vamos a examinar. A fondo.
—No son sospechosos, Mitch. Son personas en las que confío. Personas que me han apoyado desde el primer día.
—Entonces los inocentes no tienen nada de qué preocuparse.
Andi rasgó el envoltorio y le dio un mordisco mientras lo estudiaba.
—Esto… todo lo que estás haciendo —dijo lentamente—, lo haces porque eres un protector. Porque estás entrenado para pensar diez pasos por delante, para ver las amenazas antes de que ocurran.
Él no lo negó.
—Pero no es solo eso, ¿verdad?
—No —dijo él sin rodeos.
Tragó saliva y apartó la mirada.
—Lo disfrutas.
—Ya te dije que sí.
—No lo entiendo —admitió. Se acercó a las ventanas y miró hacia la calle tranquila de abajo—. Querer tanto control. Necesitarlo.
—Sí lo entiendes —dijo él a su espalda—. Solo que no quieres admitirlo.