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MITCH
Mitch Langdon no creía en las coincidencias. No cuando se trataba de política. No cuando se trataba de amenazas de muerte. Y desde luego no cuando se trataba de paquetes sospechosos dejados a plena vista, bajo cámaras de seguridad, por un empleado con el uniforme blanco del catering.
Subió su informe completo a Cerberus a través de la tableta de campo encriptada que descansaba sobre la encimera de la cocina de Andi.
Sus notas eran clínicas. Precisas. Sin emoción, sin suposiciones, solo los hechos: confirmación visual de un intento de manipulación, capturas fotográficas del intercambio frente a The Alder Club, evacuación exitosa, sin dispositivo de detonación activo.
Conclusión: mensaje, no ejecución. Todavía.
Incluyó marcas de tiempo, datos de comportamiento y registros de movimiento. Su tono era puro SEAL: breve, directo y hermético. Pero bajo esa superficie calmada, algo le escamaba.
El perímetro del club había estado asegurado.
Seguridad había despejado la ruta hasta el coche dos veces.
Su equipo de respaldo había llegado antes de tiempo.
Aun así, alguien había logrado burlar todo eso.
O el cabrón era un fantasma... o alguien le había dado un mapa, lo que solo significaba una cosa.
Mitch clavó la mirada en la última nota de campo y la borró pasando el pulgar. No dejaba sospechas por escrito en un registro permanente hasta tener pruebas.
Aun así, la teoría se enroscaba en su cerebro como un cable tensado al límite. La filtración es interna.
Cerró el archivo y bloqueó la pantalla, luego se dirigió hacia los amplios ventanales del loft, barriendo la calle con la mirada. No esperaba ver nada. Ese no era el punto. Los feeds de vigilancia estaban activos. Los sensores, armados. La amenaza real ya no venía de la calle.
La amenaza real estaba más cerca.
Se giró justo a tiempo para ver a Andi salir de su dormitorio. Tenía el pelo húmedo, recogido en un moño suelto, y llevaba una fina camiseta azul marino y unos pantalones de chándal grises, suaves, que le caían bajos en las caderas. Sin maquillaje. Sin armadura. Solo ella.
El pulso de Mitch se aceleró. No porque pareciera vulnerable, sino porque no lo parecía.
Se movía como si le estuviera plantando cara al mundo entero.
Barbilla alta. Hombros rectos. Pero él vio el temblor que intentaba ocultar cuando fue a coger el portátil.
Cómo su mano se detuvo en el borde de la mesa un latido de más antes de sentarse.
Le pagaban por proteger a Andi Donato, la mujer más dura que jamás le habían encargado proteger, y eso que había trabajado con diplomáticos bajo fuego en Mali y herederas con precio puesto a sus cabezas en Mónaco. ¿Pero esta mujer? Era fuego envuelto en seda.
Era todo lo peligroso, lo hermoso y lo orgulloso a la vez, y seguía librando una guerra en dos frentes: la pública, la que mostraba a la prensa, y la privada, la que no admitiría que estaba perdiendo.
Mitch volvió a la cocina y recogió la taza de café que había dejado humeando junto a la tableta. Cruzó hasta el escritorio de Andi y la dejó con cuidado en la esquina, al alcance de su mano.
—No tenías que hacerlo —murmuró ella, con los ojos en la pantalla.
—Lo sé.
Ella levantó la vista.
—¿Siempre haces cosas sin que te las pidan?
—No. Solo cuando es necesario.
Una pequeña sonrisa se dibujó en la comisura de su boca.
—Eso dice el hombre que se ha adueñado de mi edificio, mi loft y ahora, por lo visto, de mi consumo de cafeína.
—Ya te he salvado la vida una vez. No me obligues a añadir más cosas a la lista.
—Eso no te da derecho a reorganizarla.
—No la estoy reorganizando, Andi. La estoy fortificando.
Ella puso los ojos en blanco, pero él captó el sutil cambio en su postura. Cómo sus hombros se relajaron ligeramente. Quería pelear con él. No quería que dejara de pelear por ella.
Se apoyó con una cadera en el escritorio, brazos cruzados, observándola pasar documentos de política como si el intento de sabotaje de hacía unas horas ni siquiera la hubiera rozado.
—Ya estás otra vez con eso.
Ella no levantó la vista.
—La campaña no se detiene porque alguien decida amenazarme. De eso se trata, Langdon. Si dejo de moverme, ganan ellos.
—Podrías haber muerto.
—Palabras clave: podría haber.
Mitch no respondió de inmediato. Se limitó a observarla.
Era rápida. Eficiente. Vio cómo sus dedos bailaban sobre el teclado, navegando calendarios de campaña, métricas de redes sociales, datos de encuestas, absorbiéndolo todo como si la alimentara. Aquello no era solo su trabajo. Era su identidad.
—Te encanta esto —dijo, más para sí mismo que para ella.
Ella se detuvo.
—Sí —respondió en voz baja—. Me encanta.
Él asintió una vez.
—¿Incluso cuando es peligroso?
—Especialmente entonces.
Esa respuesta debería haberlo molestado. No fue así. Solo le dieron ganas de acorralarla y hacerle sentir lo que era soltar las riendas. Solo un segundo. El tiempo justo para recordarle que no tenía que cargar con todo sola.
—¿Alguna vez confías en alguien más para eso? —preguntó.
—¿Para qué?
—Para cargar con el peso.
Ella no respondió.
Mitch se apartó del escritorio y volvió a las ventanas. Podía ver su reflejo tenuemente: hombros anchos, camisa negra ceñida a los músculos, el perfil de un hombre que parecía más un arma que un guardaespaldas. Quizá eso era todo lo que era. Quizá eso era todo lo que debía ser.
Pero al ver a Andi en ese escritorio, obstinada y deslumbrante, esforzándose con todas sus fuerzas por no flaquear, quería ser algo más. No en lugar de. Sino para.
El silencio se alargó demasiado. Se volvió hacia ella.
—Tu equipo de campaña. Tu círculo íntimo. ¿Confías en todos?
Ella vaciló. Con eso bastaba.
—Necesito una lista de todos los que tienen acceso a tu agenda.
Ella entrecerró los ojos. —¿Crees que alguien de mi equipo...?
—No creo. Verifico —caminó de vuelta hacia ella, con voz baja y firme—. Alguien consiguió tu ruta. Tu vehículo. Tu horario. Eso no es un golpe de suerte. Es información de dentro. Y hasta que sepa quién se la está pasando, asumimos que podría ser cualquiera.
—No puedes pensar que Maya...
—Maya no es intocable.
Ella se puso de pie, con los labios entreabiertos en protesta.
Él se acercó, acortando la distancia entre ellos a la mitad. —No me pidas que te proteja y luego me ates las manos.
—No te estoy pidiendo que...
—Sí lo haces —su voz se volvió más grave—. Me quieres aquí. Si quieres que esto termine, déjame hacerlo a mi manera.
Ella alzó la vista hacia él. Había furia en sus ojos. Y debajo, algo más intenso. Más agudo.
Necesidad. No solo física... más profunda. Él la sintió como un gancho clavado en las costillas.
—Eres imposible —susurró ella.
—No —le deslizó los dedos por el brazo, con toda intención—. Soy necesario.
El silencio entre ellos se extendió de nuevo. Pero esta vez no lo cargaba ninguna discusión. Vibraba con todo lo que no se habían dicho.
Mitch lo vio en cómo las pupilas de Andi se dilataron ligeramente cuando le tocó el brazo.
En cómo su cuerpo se tensó, no por rechazo, sino por contención.
Estaba tensa como un resorte. Eléctrica.
Lista para saltar. Había visto esa postura antes.
En campos de batalla. En clubes nocturnos.
En los momentos justo antes de que una mujer se rindiera, no por debilidad, sino por elegir dejar de luchar.
Todavía no había llegado a ese punto, pero estaba cerca.
El teléfono encriptado en su bolsillo trasero vibró. Un solo zumbido. Código Cerberus para una situación en desarrollo. Mitch retrocedió y sus dedos rozaron los de ella una última vez antes de sacar el dispositivo.
INFORME DE UNIDAD DE CAMPO: ALERTA DE PRENSA – ACCESO NO AUTORIZADO. REPORTEROS VIOLANDO PROTOCOLO DE ENTRADA EN SEDE DE DONATO Y EDIFICIO DEL LOFT.
—Quédate aquí —dijo mientras iba ya hacia su funda y su auricular.
—¿Por qué? —preguntó Andi con los ojos entrecerrados—. ¿Qué está pasando?
—Emboscada de medios. Aquí y en la oficina de campaña.
Ella avanzó y pasó junto a él hacia el perchero. —Tengo que estar ahí fuera. Si alguien...
Su mano se estampó contra la puerta antes de que ella pudiera abrirla. Ella se giró lentamente, con los ojos echando chispas.
—No vas a meterte en una trampa solo para ganar puntos en los titulares de mañana.
—Tampoco pienso esconderme.
Él no alzó la voz. No le hacía falta.
—¿Quieres dirigirte a la prensa? Bien. Pero lo haces a mi manera. ¿Entendido?
Ella entreabrió los labios. Luego volvió a cerrarlos.
—Me lo tomaré como un sí.
Agarró la chaqueta, con el arma ya enfundada, y revisó las cámaras del perímetro del edificio. El vehículo que había dejado preparado como respaldo seguía delante. Bien. La ruta más rápida.
Ella lo siguió sin rechistar. Ese silencio le dijo más que cualquier palabra.
Se movieron rápido. Mitch mantuvo a Andi cerca mientras salían del loft y se dirigían al SUV que esperaba. En cuanto ella salió, empezaron los flashes. Cámaras. Gritos. No era un solo medio. No era un solo reportero. Una ofensiva mediática en toda regla. Alguien les había dado el soplo.
Recorrió con la mirada los bordes de la multitud, memorizando rostros, fijándose en cualquiera que no pareciera encajar. Lo vio: un hombre con un equipo de cámara demasiado nuevo para ser freelance. Sin credencial de medio. Sin identificación visible.
Le deslizó la mano por la cintura y la atrajo hacia su costado, protegiéndola con su cuerpo mientras la guiaba escaleras abajo. Ella se tensó medio segundo y luego se dejó llevar por el contacto.
Otra cámara disparó. Otro grito. —Concejala Donato, ¿es cierto que está bajo protección por una investigación criminal?
Ella se estremeció. Apenas. Pero él lo sintió: su coraza se resquebrajó.
Bajó la voz. —Cabeza agachada. Quédate a mi izquierda. Te tengo.
Hay que reconocerle que no discutió.
Abrió la puerta del copiloto, bloqueó la vista de las cámaras con su cuerpo y le puso la mano en la coronilla mientras ella se agachaba para entrar. Un gesto sutil. Pero firme. Controlado.